Capítulo 16 El Primer Giro El Muerto Vivo #3
Vidart sintió un nudo en el estómago, un frío que ascendía desde las entrañas, más helado que el nitrógeno de Tánatos.
No era solo la sofisticación de la operación, sino su crueldad calculada.
No dejaban ni el consuelo del recuerdo oficial, ni la tumba donde llorar.
Convertían a las personas en huecos en la memoria, en susurros que nadie se atrevía a pronunciar.
—¿Y los que tienen familia? —preguntó Vidart, su voz ronca, la imagen de su hermano clavada en su mente. ¿Cómo habían lidiado con sus padres? ¿Qué mentiras les habían contado para justificar la ausencia, el silencio, el vacío?
Leire guardó un silencio breve, sus ojos fijos en la pantalla.
—El sistema es tan intrincado que incluye la manipulación de los seres queridos.
Falsas cartas, mensajes, incluso… acoso sutil para que abandonen la búsqueda, para que asuman la ‘muerte’ y se aparten.
Es una purga completa, no solo del individuo, sino de todo su ecosistema.
Crean una realidad alternativa para proteger su secreto.
Es una logística narrativa, un guion que se extiende a lo largo del tiempo, veinte años en este caso.
El agente de Soria llevaba desaparecido dos décadas, y durante todo ese tiempo, Tánatos controló su narrativa.
Hasta que lo sacaron de su escondite y lo convirtieron en un mensaje.
La respiración de Vidart se hizo superficial.
Era como asomarse a un abismo. No eran asesinos; eran arquitectos de la nada, demiurgos de la desmemoria.
La "justicia" que buscaba parecía un concepto ingenuo, casi ridículo, ante la magnitud de aquella red.
Se sentía como un pulgar rompiendo la superficie de un espejo inmenso y helado.
La garganta de Vidart se anudó con una mezcla de horror y rabia.
La imagen de su hermano, tan vívida en su memoria, ahora se distorsionaba con una nueva y terrible perspectiva.
No era solo que hubiera sido una víctima de la corrupción; era que había sido borrado .
Una palabra que resonaba con la violencia de un golpe.
Su muerte, la que les habían contado, la que habían intentado aceptar, no era el final de la historia, sino el principio de un guion manipulado.
—Mi hermano —murmuró, casi para sí mismo, pero la voz le salió áspera, rasgada—.
El código 44.821… él hablaba de esa frecuencia antes de…
—No pudo terminar la frase. La revelación, ahora, lo hacía todo mucho más doloroso.
No era solo una clave; era el epicentro de la purga, el identificador de los eliminados.
Leire asintió, su mirada fija en él, en la tormenta que se agitaba tras sus ojos verdes.
—El disco duro no solo contiene la identificación de este agente.
Hay archivos correlacionados, otros expedientes.
Son… listas. Listas de nombres, fechas, ubicaciones.
Algunos están marcados como ‘eliminados’.
Otros, como ‘pendientes’. El 44.821 es solo el número de expediente de uno de ellos. Es el principio de la lista.
La última frase de Garmendia le cayó a Vidart como una losa de plomo.
El 44.821 no era el código de su hermano; era el identificador del agente que acababan de desenterrar.
Y si había una lista, si ese código era solo el principio …
Un frío de hielo le recorrió la columna vertebral.
Su hermano no había sido la única víctima en Soria.
La purga de Tánatos, ese "Proyecto Tánatos", había sido mucho más extensa de lo que la UCO, de lo que él mismo, había imaginado.
Se recostó de nuevo, los músculos tensos, el cuerpo exhausto.
La gratitud hacia Morales, el alivio de la huida, todo se había desvanecido, aplastado bajo el peso de la verdad.
El caso se había transformado, mutado en algo monstruoso.
Ya no era solo la búsqueda de la verdad de un asesinato, sino la exposición de una conspiración que se tejía con hilos de mentiras y sangre, borrando vidas enteras, reescribiendo la historia.
Y su hermano… su hermano era uno de esos nombres, una sombra más en esa lista macabra.
La frecuencia, el disco duro, la sal, el dodecaedro, todo era la punta de un iceberg de terror.
Tenía que encontrar el resto de esa lista.
Tenía que sacar a la luz a cada uno de esos "muertos vivos", honrar su memoria y hacer que Tánatos pagara por cada vida borrada.
La rabia, fría y contenida, le encendió los ojos.
—Tenemos que ir a Madrid —dijo, la voz apenas un susurro que, sin embargo, vibraba con una determinación férrea—. Tenemos que revisar el archivo del Banco de España. La caja de seguridad que mencionaba mi hermano. Debe de haber más.
Cabo Morales, que había estado observando la escena con atención, dio un respingo en su asiento. Madrid. Aquello escalaba demasiado rápido, demasiado lejos de la protección de la isla.
—Capitán —empezó, su voz grave—, si esto llega tan alto…
—Precisamente por eso, Cabo —lo interrumpió Vidart, la mirada clavada en el horizonte donde el sol ascendía, cociendo la sal—. Porque la lista debe de ser muy larga.