Capítulo 17 La Interferencia Política #2
—¿Exageración, Alcalde? —Garmendia alzó una ceja, una fina línea de desprecio apenas perceptible—.
Hemos detectado picos de actividad que coinciden con ciertos movimientos del yate Erebo ; el mismo que su colega, el empresario hotelero, intentó ocultarnos.
También hemos encontrado anomalías en el sistema eléctrico de la isla, picos de consumo que sugieren la alimentación de instalaciones…
digamos, no declaradas . Todo ello, con la complicidad o, al menos, la ignorancia negligente de sus instituciones.
La multa por las infracciones ambientales y de telecomunicaciones es solo el principio, Alcalde.
Lo que descubramos que se ha movido por esa red, si tiene relación con el cuerpo que encontramos en el volcán, puede costarle mucho más que su puesto.
Podemos rastrear cada bit de información que haya pasado por ahí.
No hay resquicio oscuro en la red que no podamos iluminar.
La voz de Garmendia, monocorde, desapasionada, resonó en el despacho.
El Alcalde empezó a sudar. Gotas finas le perlaban la frente.
Su respiración se hizo más agitada. Su mirada huidiza no podía encontrar un punto de anclaje, rebotando de la tableta a los ojos fijos de Vidart, que lo observaban como un depredador acecha a su presa.
La máscara de la falsa afabilidad se había desmoronado por completo, revelando la cobardía subyacente.
La preocupación por el «turismo» había dado paso a un miedo mucho más personal, mucho más profundo.
El Alcalde se frotó las manos con nerviosismo, el reloj de oro perdiendo su brillo.
Su mirada se desvió hacia la ventana, como si esperara una señal.
Las palabras de Garmendia, frías y lógicas, habían impactado directamente en su punto débil.
No se trataba de un simple chivatazo, sino de pruebas técnicas irrefutables.
La red submarina era una evidencia material, algo que no podía negarse con evasivas.
Su rostro, antes orondo y presuntuoso, se contrajo en una mueca de auténtico terror. Su pequeña burbuja de poder local, construida sobre la complicidad y el secretismo, se estaba pinchando ante sus propios ojos.
—Yo… yo no sé nada de eso —balbuceó, su voz ahora un hilo tembloroso—. Esas instalaciones son de… de gente importante. No son asunto mío. Yo solo cumplo órdenes.
Vidart, que había escuchado en silencio la exposición de Garmendia, decidió intervenir. Su voz, grave y rasposa, cortó el aire ya viciado de la oficina.
—¿Órdenes de quién, Alcalde? ¿De la gente que viene en barcos negros?
¿De los que hablan del «honor de los que ya no están»?
—Las últimas palabras, las mismas que había soltado el empresario hotelero durante el interrogatorio, resonaron en el despacho como una bofetada.
Vidart vio cómo los ojos del Alcalde se abrían desmesuradamente, un pánico silencioso lo invadía.
El hombre se tambaleó en su silla, como si hubiese recibido un golpe físico.
Su mente intentaba procesar cómo esos guardias civiles de la península sabían de esa frase, ese código interno, ese susurro que solo los iniciados conocían.
Su labio inferior, gordo y blando, tembló incontrolablemente.
La referencia a «los que ya no están» marcaba un límite invisible, una confesión tácita de que el conocimiento de Vidart y Garmendia excedía con mucho lo que un par de agentes externos deberían saber.
El capitán lo vio. El miedo se dibujó en el rostro del Alcalde, el reconocimiento de que habían traspasado un umbral. El Alcalde comprendió que no eran simples investigadores; habían penetrado en el corazón de la red.
—Esto… esto es mucho más grande de lo que creen —musitó el Alcalde, la voz apenas audible, los ojos clavados en un punto invisible sobre el hombro de Vidart—. Madrid… un Ministro… no puedo…
La revelación se colgó en el aire, densa y cargada de implicaciones.
Un Ministro . La podredumbre llegaba a la capital, al centro mismo del poder.
La boca de Vidart se apretó en una línea dura.
Su hermano, el expediente 44.821, la purga de agentes honestos, el cuerpo del volcán…
todo encajaba en un rompecabezas de dimensiones colosales.
Tánatos no era una red local, ni siquiera regional.
Era una estructura estatal, un Estado paralelo incrustado en las entrañas del poder.
La indignación inicial se transformó en una desconfianza fría y absoluta hacia todo el sistema.
Garmendia no esperó a que el Alcalde se recompusiera. Su voz, tajante, lo ancló de nuevo a la realidad.
—Alcalde, las implicaciones legales de ocultar un centro de datos ilegal —que, por los patrones de tráfico, sospechamos que está ligado a una red de blanqueo, tráfico de influencias, y lo que es peor, a la purga de agentes estatales—, son enormes.
No solo hablamos de su carrera, sino de posibles cargos de prevaricación, obstrucción a la justicia, encubrimiento…
Podemos desmantelar su gobierno local y, con las pruebas adecuadas, llegar hasta ese «Ministro» en Madrid.
Esto es una organización que borra la existencia de personas, que manipula registros y familias.
Ya tenemos un disco duro con parte de la lista de esas personas.
¿Quiere que el suyo sea el siguiente nombre en revelarse?
Porque, créame, Alcalde, Tánatos no protege a sus peones cuando caen. Los limpia.
La mención de la «limpieza» y del «disco duro» golpeó al Alcalde como una ráfaga helada.
Se encogió en la silla, sus ojos pequeños y huidizos por fin se enfocaron en Garmendia, ahora con un miedo crudo, desprovisto de cualquier atisbo de la arrogancia anterior.
El sudor le corría por las sienes, y el olor a incienso rancio de la oficina se mezclaba con el acre hedor de su propio pánico.
Comprendió la magnitud de lo que tenía enfrente.
No eran solo dos agentes de la UCO; eran un vendaval que amenazaba con arrastrarlo todo. Vio la determinación en los ojos verdes de Vidart, la frialdad implacable en el rostro de Garmendia. Habían cruzado el umbral, y la información que poseían era explosiva.
Un zumbido rompió el tenso silencio. El teléfono móvil del Alcalde, que descansaba sobre la madera oscura junto al tazón de caramelos, vibró con discreción.
El hombre miró el aparato como si fuera una serpiente.
El nombre del remitente, parpadeando en la pantalla, pareció congelarle la sangre.
Tragó saliva, una bola seca atascada en su garganta, y con una mano temblorosa, lo descolgó.
—Sí… sí, soy yo… —Su voz era apenas un susurro, irreconocible.
Escuchó en silencio, su rostro transformándose en una máscara de terror, las mejillas flácidas.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la conversación, unilateral, transcurría.
Vidart y Garmendia no pudieron escuchar lo que se decía al otro lado de la línea, pero no les hizo falta.
La expresión del Alcalde era suficiente: la confirmación de que sus superiores, los verdaderos hilos invisibles de Tánatos, estaban moviendo ficha.
Cuando finalizó la llamada, el Alcalde dejó caer el teléfono sobre el escritorio con un ruido sordo. Su cuerpo temblaba, y su mirada, ahora vacía, vagaba por la oficina como la de un alma en pena. Se había desmoronado por completo.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso.
Dos hombres, vestidos con trajes oscuros y cortes impecables, aparecieron en el umbral.
No llevaban uniformes, no eran de la policía local.
Sus rostros eran inexpresivos, sus movimientos, precisos y eficientes.
Uno de ellos, un hombre corpulento con la cabeza rapada y una mirada glacial, se dirigió al Alcalde con una autoridad silenciosa que no dejaba lugar a dudas.
—Alcalde, es hora de irnos.
El Alcalde ni siquiera intentó objetar. Solo asintió, una marioneta que había perdido sus cuerdas.
Se levantó con dificultad, su figura rellenita moviéndose con una lentitud que denotaba su derrota.
Pasó junto a Vidart y Garmendia sin mirarlos, los ojos fijos en el suelo, como si temiera la mirada de esos dos agentes que habían desvelado su mundo.
Los hombres trajeados lo rodearon con una discreción alarmante, sin pronunciar una sola palabra, sin dignarse a mirar a los agentes de la UCO.
Se lo llevaron, una sombra que se desvanecía por el pasillo.
Los agentes quedaron solos en la oficina, impregnada del hedor a incienso rancio y el eco de una amenaza que ahora se cernía sobre ellos desde las más altas esferas del poder.
El miedo había paralizado al Alcalde y, ahora, los que lo protegían lo estaban «limpiando».
Vidart sintió un nudo en el estómago. La lección estaba clara: no solo se enfrentaban a sicarios y centros de datos, sino a la mismísima cúpula del poder, dispuesta a anularlos como si fueran un mal informe de prensa.