Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 7 Las Sombras de Famara
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Capítulo 7 Las Sombras de Famara

E l aire del Macizo de Famara, denso, cargado de sal y humedad, arañaba las gargantas de Julián Vidart y Leire Garmendia.

Hacía más de una hora que habían dejado atrás el asfalto hirviente de Arrecife.

La furgoneta de la Guardia Civil, conducida por un reticente Morales, los había depositado al pie de la ascensión antes de que la carretera se volviera un sendero intransitable para cualquier vehículo que no fuera un todoterreno adaptado.

Desde allí, la subida había sido un pulso contra la montaña.

El sol, todavía potente a media tarde, pugnaba por romper la capa baja y compacta de nubes que los lugareños bautizaban «panza de burro», envolviendo el pico en una niebla que, más que fría, era gélida y persistente, calando los huesos.

Cada paso ascendente exigía un esfuerzo redoblado sobre la roca basáltica, pulida por el tiempo y la humedad incesante.

La bruma, al principio un velo lejano en los acantilados, se cerró sobre ellos, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros.

Gotas finas se adherían a la piel y al cabello, empapando la ropa de campo con una humedad fría que contrastaba con el calor sofocante del valle que habían abandonado.

El sendero, apenas una cicatriz en la ladera del risco, se volvió resbaladizo bajo sus botas, traicionero; un deslizamiento allí podía acarrear consecuencias funestas.

Vidart abría camino, sus movimientos precisos, económicos.

Cada apoyo era una elección calculada sobre la piedra irregular.

Sus ojos, verdes e intensos, acostumbrados a la penumbra de los bosques de Las Hurdes, escudriñaban la opacidad de la niebla, buscando el trazo del sendero, la siguiente huella, el rastro apenas perceptible que indicaba el paso de otros.

Su figura era un ancla para Garmendia, quien lo seguía de cerca.

Susurraba advertencias con voz grave y contenida, palabras que el vasto silencio del macizo devoraba casi al instante, engullidas por la espesura que la niebla traía consigo.

—Roca suelta aquí, Teniente —decía.

—Paso estrecho, no mires abajo.

—Cuidado con la humedad en este tramo.

Cada indicación era un cordel invisible que la ataba a la realidad, impidiéndole ceder al vacío blanco que se abría a sus flancos.

A pesar de su complexión atlética y la agilidad innata, el vértigo le arañaba el estómago con cada metro de desnivel.

No era solo miedo a la caída, sino una desorientación profunda, una pérdida de control en un entorno donde la tecnología que la definía, su mente analítica y sus herramientas digitales, resultaban casi inútiles.

Las manos, que solían operar con la precisión de un cirujano sobre pantallas táctiles, se aferraban ahora a las rocas rugosas, buscando una seguridad primitiva.

La niebla era un telón espeso que borraba el horizonte, la tierra, todo lo conocido; solo dejaba la sensación de inmensidad y la cruda vulnerabilidad física.

Para Garmendia, cuya fuerza residía en procesar y dominar la información, aquel contraste era desolador.

Allí arriba, en aquel desierto de nubes, solo importaban el instinto, la experiencia en terreno hostil y una resistencia que ella no había forjado más allá de las simulaciones y los gimnasios.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad envuelta en esa mortaja gris, la silueta fantasmal de la torre se materializó entre la niebla.

Una estructura esquelética de metal oxidado, un andamiaje herrumbrado que se alzaba precariamente contra el cielo cubierto.

Los cables, corroídos por el salitre y el tiempo, se balanceaban lánguidamente con el viento invisible, emitiendo un chirrido metálico que sonaba a lamento del propio macizo.

Al llegar a la base, el contraste entre el ayer y el hoy se reveló con una crudeza punzante.

Racks metálicos de los años setenta, carcomidos por el óxido y vacíos, ocupaban la mayor parte del espacio, mudos testigos de una era de comunicaciones superada.

Pero entre aquella chatarra histórica, como un parásito futurista, encontraron equipo de comunicación moderno: antenas direccionales de alta ganancia, pequeños transceptores de radio con pantallas digitales aún inmaculadas, baterías de litio de última generación y varios kilómetros de cable de fibra óptica sellados en cubiertas de goma que resistían la corrosión del ambiente marino.

Aquella anomalía tecnológica, un punto de eficiencia refulgente en medio de la decadencia, era la prueba irrefutable de una operación clandestina y elaborada.

No era una simple improvisación, sino una infraestructura meticulosamente camuflada, diseñada para pasar desapercibida.

Alguien había invertido tiempo y recursos considerables para mantener una red operativa en aquel lugar remoto y olvidado.

Era una estación fantasma, un nodo secreto en un entramado que desafiaba el orden establecido, escondida a plena vista en un santuario para gaviotas y el paso errante del cabrero.

Garmendia, si bien aliviada por haber alcanzado la torre, no encontró consuelo en la relativa seguridad de la estructura.

La niebla se arremolinaba bajo sus pies, un abismo lechoso que la dejaba suspendida en un vacío blanco.

El suelo irregular bajo sus botas de montaña, el silbido del viento entre los hierros oxidados de la torre, el contraste con la solidez de la tierra firme que ya no se distinguía, todo avivó su temor a las alturas.

Le costaba respirar, un nudo frío se le apretó en el estómago y las manos, a pesar del aire gélido, le sudaron de pronto.

Una opresión la invadió, una sensación de irrealidad.

Se encogió ligeramente, los ojos azules intensos fijos en el suelo, como si temiera que el mismo risco fuera a desprenderse bajo sus pies.

Vidart, que la observaba mientras inspeccionaba el equipo, notó su rigidez, el temblor que recorría su cuerpo.

Se acercó sin ruido; su mano grande y callosa se posó en el hombro de ella con una firmeza silenciosa que no admitía réplica.

No hicieron falta palabras; la urgencia del gesto, la calidez del contacto, la anclaron al momento presente, la devolvieron de golpe a la realidad. No la apretó, solo la sostuvo.

—Mira mis botas —susurró Vidart, la voz grave resonando con una calma inesperada—. Concéntrate en la tierra, no en el vacío. Estamos firmes.

Garmendia asintió. La respiración agitada se normalizó lentamente.

Sus ojos, aún desorbitados, se fijaron en las punteras embarradas de Vidart, en la rugosidad de la roca que los sostenía.

La presencia del Capitán, su instinto sereno, fue un ancla que disipó su desasosiego.

La sensación de vértigo cedió, dejando un temblor residual, pero la conexión entre ellos se hizo más evidente, más profunda.

No era solo la relación profesional de mentor y aprendiz, sino una confianza instintiva, casi familiar, forjada en la adversidad y el peligro compartido. Vidart era su escudo en ese mundo de tierra, sal y misterio, mientras ella se erigía en la brújula en el universo de la lógica y los datos.

Mientras Garmendia, apoyada contra uno de los viejos racks, recuperaba el aliento, Vidart continuó investigando el equipo moderno con metódica paciencia.

Recorrió con los dedos los paneles, las conexiones, buscando cualquier fisura, cualquier indicio fuera de lugar.

Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en una delgada hendidura entre el chasis de uno de los transceptores más grandes y la pared oxidada del rack.

Un objeto estaba encajado allí, apenas visible, como si hubiera sido olvidado o escondido a propósito.

Lo extrajo con cuidado: un cuaderno pequeño, de tapas gastadas y sin pretensiones, cubierto por una fina capa de polvo que delataba el tiempo que llevaba allí.

No era una «pieza» tecnológica más, sino algo distinto, algo que resonaba con el tacto de lo personal, lo ajeno a la máquina.

Al abrirlo, el aire denso se cargó de una nueva electricidad, una tensión que nada tenía que ver con el voltaje de los equipos.

Las páginas amarillentas estaban repletas de anotaciones manuscritas, códigos ilegibles y, de vez en cuando, dibujos esquemáticos de constelaciones o rutas marítimas.

Pero fue un conjunto de números y letras lo que paralizó la mano de Vidart, lo que le robó el aliento.

Coordenadas geográficas. Y, junto a ellas, una palabra que le provocó un escalofrío que no tenía que ver con la humedad de Famara: Soria .

La misma provincia, el mismo escenario del misterio que había consumido a su hermano.

La palabra «Soria» se clavó en la mente de Vidart.

Un eco lejano, ahora terriblemente cercano.

El hallazgo de aquel cuaderno, entre los hierros corroídos de una torre olvidada en Lanzarote, era más que una mera coincidencia; era la confirmación palpable de que este caso —el cuerpo en el volcán, la frecuencia fantasma, toda la trama de Tánatos— estaba imbricado con el misterio de su hermano, con el suceso que había marcado su propia vida y había empujado a una parte de su familia a la tumba.

Le temblaron las manos al pasar las páginas, no por el frío, sino por la pura adrenalina que le corría por las venas.

El tic nervioso en su mandíbula se acentuó, una contracción dura, señal de la tormenta que se desataba en su interior.

Ya no era solo una investigación, una misión oficial de la UCO; ahora era personal, íntimamente personal.

El riesgo se disparó, arrastrándolo a un pozo de recuerdos y promesas incumplidas.

La venganza y la justicia se fundían en un mismo motor.

Garmendia, al observar el rostro contraído del capitán, el color desdibujado de su piel, supo, en lo más hondo, que acababan de cruzar un umbral.

El caso había dejado de ser un rompecabezas abstracto para Vidart, para convertirse en una herida abierta, un duelo que lo consumía desde dentro.

El silencio de la torre se tensó, cargado de la revelación, con la sombra del pasado que, desde las lejanas montañas de Soria, había llegado hasta el remoto Risco de Famara.