Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 8 El Barco Negro
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Capítulo 8 El Barco Negro

E l aire denso y opaco de la calima, suspendido sobre el risco de Famara, se había disipado con la noche, dejando tras de sí una claridad diáfana.

Julián Vidart sintió el escalofrío en la nuca, un contraste con el calor residual del día, mientras el todoterreno del cabo Morales descendía por las laderas, alejándolos de la torre de comunicaciones.

Dentro del habitáculo, el silencio era una carga, pesado con las coordenadas de Soria y el eco de una verdad que, a cada hora, se revelaba más cruel y cercana.

Leire se había quedado en la comandancia, sumergida entre cables y monitores, intentando descifrar el mensaje latente de la baliza. Vidart, sin embargo, sentía una necesidad visceral de moverse, de rastrear la huella más allá de cualquier pantalla. El rito de la tierra le tiraba, lo arrastraba.

El camino hacia Puerto del Carmen se desplegó entre el negro absoluto del paisaje volcánico y la luz humilde del salpicadero.

Las farolas de los pueblos, allá a lo lejos, eran motas de oro líquido derramadas sobre la negrura.

Al llegar, el contraste impactó como un golpe.

La calma de la montaña se desintegró en un mosaico vibrante de luces, olores y sonidos.

El puerto, un hervidero de turismo nocturno, vibraba con la música ahogada de bares de cócteles, el murmullo confuso de conversaciones en decenas de idiomas y el penetrante aroma a frituras y salitre.

Morales condujo con destreza por las estrechas calles, sorteando coches de alquiler y la ráfaga ocasional de una moto.

Finalmente, detuvo el vehículo en un punto elevado y apartado, donde el todoterreno quedó semioculto tras unos arbustos de buganvilla que derramaban cascadas de color púrpura en la penumbra.

Desde allí, el muelle se extendía bajo ellos como un brazo iluminado, curvándose en torno a la bahía, una cicatriz luminosa en la oscuridad.

—Es un buen sitio, capitán —murmuró Morales, apagando el motor. El denso silencio de la noche, apenas roto por el batir de las olas contra el rompeolas, envolvió el habitáculo. Su voz era un susurro grave, casi inaudible—. Desde aquí lo vemos todo, sin levantar sospechas.

Vidart asintió, su mirada ya devorando el amasijo de mástiles, toldos y luces de navegación que puntuaban la marina.

El agua oscura del puerto reflejaba el fulgor de la noche, creando una ilusión líquida de estrellas rotas.

El aire, antes sofocante, traía ahora una frescura salina que le arañaba la garganta, mezclada con el dulzor del perfume de alguna turista y el inconfundible tufo a gasoil.

Morales había mencionado el nombre del yate, «Erebo», con una inflexión casi reverencial, como si pronunciara el nombre de un ser mitológico que, en la jerga de la isla, era sinónimo de «barco negro».

El viticultor, con su voz temblorosa, había plantado la semilla de aquella sospecha, y Morales la había nutrido con la inteligencia de la calle, con las habladurías de los pescadores, los camareros, la gente que veía y escuchaba más de lo que hablaba.

El «Erebo» era una mole blanca, de líneas elegantes y agresivas a la vez, amarrado en uno de los puntos más exclusivos del puerto.

Su silueta era imponente, más una pieza de arquitectura naval que una simple embarcación.

Las ventanas tintadas reflejaban la noche como ojos ciegos.

A bordo, no se distinguía el menor asomo de actividad.

Un lujo silencioso, ostentoso y discreto a partes iguales.

Vidart extrajo unos prismáticos de la mochila y los ajustó.

La visión se acercó, nítida, revelando la cubierta pulcra, el helipuerto en miniatura de la popa, las antenas que se alzaban hacia el firmamento.

Demasiadas, quizás, para un yate de recreo.

No, aquello no era un barco para paseos de placer.

Aquel yate era una base, un centro de operaciones flotante.

Su estómago se contrajo, una tensión fría instalándose bajo su esternón.

Tánatos operaba a la luz de las lámparas de araña, no solo entre las sombras volcánicas.

El tiempo se diluyó en la espera. Los minutos se estiraban, cada uno un hilo de tensión que se anudaba en la boca del estómago de Vidart.

Las luces del puerto parpadeaban, y el murmullo de la noche se hizo más denso, casi opresivo.

De repente, la cubierta del «Erebo» cobró vida.

Una puerta lateral, hasta entonces invisible, se abrió en el casco, dejando escapar una tenue luz amarillenta.

Luego, hombres. Tres, cuatro, al principio.

Siluetas ágiles, vestidas de oscuro, moviéndose con una cadencia coordinada y profesional.

No eran turistas borrachos, ni marineros de faena. Eran sombras.

Los prismáticos de Vidart se fijaron en cada detalle.

Observó cómo el grupo comenzaba a descargar cajas.

No eran los típicos enseres de viaje. Los bultos eran uniformes, de tamaño mediano, y los hombres los manejaban con una precisión casi quirúrgica, como si cada caja contuviera un cargamento frágil y de un valor incalculable.

Uno de ellos, un hombre alto y delgado, daba instrucciones con gestos concisos, su figura destacando contra el brillo del muelle.

Las cajas, sin marca alguna, eran lisas, de un material que parecía fibra o alguna aleación ligera, y las alzaban con una facilidad que sugería la levedad de su contenido.

Los hombres se movían con una eficiencia mecánica, sin prisas, sin pausas innecesarias, llevando las cargas desde un vehículo discreto aparcado en el muelle hasta la compuerta del yate.

Equipo, pensó Vidart; el tipo de cargamento delataba un propósito más allá de la navegación de recreo.

Podía discernir formas geométricas, paneles, quizás pantallas.

Definitivamente, tecnología. Aquello confirmó las sospechas, no solo del viticultor, sino del propio Morales, que exhaló un soplo de aire contenido a su lado.

El eco de los «barcos negros» se materializaba frente a sus ojos.

El aliento de Tánatos comenzaba a empañar la limpia noche isleña.

Vidart continuó observando. El clic de su propia respiración era el único sonido que se atrevía a romper la quietud en el todoterreno.

El yate no mostraba la iluminación de una fiesta ni la actividad frenética de una descarga legal.

Era una operación sigilosa, ejecutada con una frialdad desapasionada que él conocía bien, la firma de quienes operan al margen, en el intersticio entre la ley y las sombras.

Sus ojos, verdes y penetrantes, se movían de un hombre a otro, intentando captar alguna señal, un rasgo distintivo, algo que desvelara sus identidades.

La cara del hombre alto que coordinaba la operación quedó, de pronto, por un instante, bajo la luz directa de un foco portuario.

La mandíbula tensa, el cabello muy corto, casi rapado, la mirada afilada.

Un rostro inexpresivo, como una máscara de piedra tallada por la indiferencia.

Y entonces, una punzada helada, un reconocimiento que le desgarró el pecho.

Los archivos de Las Hurdes. Las carpetas polvorientas, las viejas fotografías, los informes olvidados en algún cajón de la UCO.

Imágenes borrosas que había revisado mil veces en sus pesadillas, buscando al fantasma que se había llevado a su hermano.

El hombre del foco, aquel al que ahora veía tan nítidamente, no era un rostro común.

No. Aquel semblante lo había asaltado en la quietud de las noches de insomnio, entre la maraña de documentos que describían la purga de agentes honestos.

Era un ex-agente del CESID, cuyo nombre había aparecido, fugazmente, en el apéndice de un informe desestimado hacía décadas.

Uno de los nombres barridos bajo la alfombra.

Uno de los hilos sueltos que el Proyecto Tánatos había dejado, aparentemente, sin rastro.

Pero Vidart poseía la memoria de la tierra, la obstinación del que excava hasta encontrar la raíz más profunda.

El hombre apenas había envejecido; solo unas líneas más duras surcaban su rostro.

Su presencia allí, en aquel puerto, cargando equipo científico en un yate llamado Erebo, significaba que la red era más antigua y poderosa de lo que jamás había imaginado. Las Hurdes, Soria, Lanzarote. Todos eran puntos en el mismo mapa sangriento.

Vidart bajó los prismáticos con la lentitud de quien mastica una verdad amarga.

Sus nudillos estaban blancos. La rabia, contenida a duras penas, le hizo temblar la barbilla.

Su corazón martilleaba contra sus costillas, un tambor sordo de furia y frustración.

La conexión era innegable, tangible. Tánatos no era un secreto local.

Tánatos era una infestación que se extendía por todo el territorio nacional, tejiendo su telaraña desde las montañas de Soria hasta las llanuras volcánicas de Lanzarote, usando a los mismos peones, los mismos nombres olvidados.

—Morales —siseó Vidart, su voz ronca, apenas un hilo de aire en la penumbra del vehículo—. El que está dando órdenes. Lo reconozco.

Morales, que había mantenido su vigilancia silenciosa, giró la cabeza con lentitud, sus ojos pequeños y penetrantes buscando la confirmación en la mirada de Vidart. El cabo había intuido la gravedad del asunto, había visto la tensión acumularse en los hombros del capitán.

—¿Quién, capitán? —preguntó Morales, su voz un murmullo apenas perceptible, cargado de una preocupación genuina. El tono ya no era el de un simple colaborador local, sino el de un aliado que comprendía haberse adentrado en un territorio peligroso.

—Un viejo fantasma —respondió Vidart, sintiendo el ardor de la rabia correrle por las venas—.

De Las Hurdes. Era del CESID. Su nombre figuró en los informes que revisé, de refilón.

Archivos cerrados, barridos. Ahora sé por qué.

Tánatos no es nuevo en esto. Llevan años operando.

Es el mismo mal, Morales. Solo que aquí, en la isla, ha echado raíces más profundas.

El cabo Morales palideció. La poca luz que se filtraba por la ventana del coche revelaba la sombra de un temor que no se había atrevido a verbalizar.

Un ex-agente del CESID. Aquello no era un asunto de contrabando o de turismo corrupto, sino una red de alcance nacional, con ramificaciones que llegaban mucho más allá de las aguas de la isla.

El silencio entre ellos se hizo más espeso, cargado de las implicaciones de la revelación.

La Ley de la Isla, ese código no escrito que había mencionado, ahora se sentía pequeña, insignificante frente a la magnitud de la amenaza. La Guardia Civil local, sus pocos hombres, sus recursos limitados, eran una gota de agua frente a la maquinaria invisible que representaba Tánatos.

—Capitán… —murmuró Morales, con la voz apenas audible, sus ojos fijos en la silueta imponente del yate—. Si esto es lo que usted dice… es una liga distinta. Demasiado grande para nosotros.

Vidart sintió un retortijón de frustración.

Había visto esa mirada antes, la del hombre que asume que el enemigo lo supera en número, en poder y en recursos.

Pero él no era un hombre de rendirse. La imagen de su hermano, la frialdad de su caso sin resolver, lo impulsaba hacia adelante, más allá de cualquier miedo.

—No hay «nosotros» ni «ellos» en esto, Morales —dijo Vidart, su voz ahora baja pero cargada de una determinación acerada—. Hay justicia y hay podredumbre. Y esto es podredumbre hasta los cimientos. Necesitamos saber qué llevan en esas cajas. Necesitamos saber adónde va ese yate.

Pero mientras Vidart hablaba, el «Erebo» comenzó a moverse.

Las amarras, que apenas se distinguían en la penumbra, fueron soltadas con una celeridad asombrosa por los hombres de oscuro.

Los motores rugieron, un vibrar bajo que se transmitió por el agua y por la tierra.

Vidart y Morales observaron, impotentes, cómo la gran nave blanca se deslizaba con una elegancia silenciosa hacia la boca del puerto.

La frustración le arañó la garganta a Vidart, una rabia amarga por la oportunidad perdida.

No encendieron las luces de navegación. Ni un faro, ni una baliza.

Solo la oscuridad. El «Erebo» se convirtió en una mancha más en la noche, una silueta fantasmagórica que se fusionó con la línea del horizonte, engullida por la negrura inmensa del Atlántico.

Desapareció sin dejar más que el rastro aceitoso de su estela y el eco de sus potentes motores, llevándose consigo sus secretos, sus cajas y la certeza de que habían subestimado la capacidad de Tánatos para operar a plena vista, bajo el velo del lujo y la indiferencia.