Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 5 La Frecuencia Fantasma
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Capítulo 5 La Frecuencia Fantasma

E l aire de la sala de informática de la Comandancia de Arrecife, una lámina gélida, mordía el calor pegajoso que ya se arrastraba por las calles a esa hora temprana.

Un escalofrío le recorrió la nuca a Leire Garmendia, un alivio punzante que le llegaba hasta las puntas de los dedos, mientras la pantalla la devoraba.

El zumbido incesante de los servidores la envolvía, un murmullo mecánico que se fundía con el chasquido ocasional de su teclado y el siseo del aire acondicionado.

Sus ojos, de un azul tan intenso que casi parecían perforar el cristal, estaban fijos en la pantalla de un viejo receptor de onda corta.

Lo había rescatado del almacén de trastos: un modelo robusto de los noventa, cubierto de polvo, el metal envejecido sin brillo, una pieza arcaica varada en la era digital.

Vidart la observaba desde el umbral; su corpulencia llenaba el marco de la puerta, y una sombra alargada se extendía sobre el suelo pulido.

No pronunció palabra; su silencio se posaba en el ambiente como un peso inamovible, una presencia que Leire percibía en la nuca, antes siquiera de levantar la vista.

Sus cejas, rubias y finas, se fruncieron hasta formar una línea tensa.

Conocía esa señal. Era un mensaje deliberado.

Alguien había querido que fuera tan esquivo como el aire, tan frágil como la espuma, pero ella se negaba a dejarlo escapar, una rastreadora de sombras en el entramado digital.

Las luces de los monitores bañaban su rostro en un brillo verdoso, marcando la tensión de su mandíbula.

Aquel compás llevaba consigo una promesa de desafío, una sensación de que el mensaje no era solo información, sino un juego de gato y ratón donde la vida de un hombre era el trofeo.

Vidart, sin despegar los ojos de Garmendia, sintió que el calor opresivo en su pecho no procedía solo de la isla, sino de una revelación que pugnaba por abrirse paso.

Un tic nervioso en la mejilla de Leire le delató la lucha interna de la teniente.

La estática, con su zumbido constante, era un eco de su propia impaciencia, un recordatorio brutal de la urgencia que les apremiaba.

Leire respiró hondo, el aire frío y metálico llenándole los pulmones hasta la saciedad.

Sus dedos se movieron con una agilidad pasmosa sobre el teclado, abriendo programas, cargando algoritmos complejos con la fluidez de un maestro.

Ignoró el zumbido persistente del receptor antiguo; sus herramientas digitales harían el trabajo que el viejo metal ya no podía.

Era una cuestión de capas, de ir despojando la cebolla sonora hasta alcanzar el corazón del mensaje.

El ruido blanco se transformó en un gráfico de ondas en su pantalla, una topografía irregular de picos y valles.

Aplicó un filtro de paso bajo, después uno de paso alto, cazando el patrón oculto.

El rugido del altavoz disminuyó hasta convertirse en un siseo más tenue.

Sus ojos se entrecerraron, buscando. Allí estaba.

Como una fisura casi imperceptible en un bloque de obsidiana.

Una serie de pulsos, apenas audibles, que se repetían con una precisión helada.

El ruido de fondo se disipó, y lo que antes era un mero batiburrillo ahora revelaba una estructura. Garmendia detuvo el proceso de filtrado y reprodujo el fragmento.

Un silencio pesado se instaló en la sala.

Luego, una secuencia de tonos inaudibles para el oído humano irrumpió en la pantalla, una serie de barras luminosas.

Era un código binario, hábilmente camuflado en el eco de una frecuencia olvidada.

Un mensaje cifrado, sí. Pero lo verdaderamente inquietante llegó cuando el patrón se repitió, idéntico, no una vez, sino cada doce minutos.

El intervalo se marcaba con una exactitud que helaba.

Leire levantó la mirada hacia Vidart, la luz de la pantalla reflejándose en sus ojos azules como chispas.

La confirmación, un puño cerrado en su estómago, se grabó en la tensión de su postura.

El pulso se le desbocó. Doce minutos. El tiempo exacto que el Operador había tardado en colocar el cuerpo y dispersar la sal.

La teniente tecleó con una furia silenciosa, trazando los patrones, buscando la lógica en aquel caos aparente.

Su cerebro ya procesaba las posibilidades, las implicaciones.

Aquello no era una conversación en tiempo real, sino un mensaje persistente, una baliza que irradiaba su contenido una y otra vez, a la espera de un receptor dotado con la clave adecuada.

Un guante arrojado al que tuviera la destreza y la paciencia para recogerlo.

El aire frío de la sala se adhirió a su piel como un sudario.

A Vidart se le encogió el estómago, un frío repentino que nada tenía que ver con el aire helado de la sala.

«El latido del radio». La frase le impactó como un golpe seco en el plexo solar.

Era una punzada familiar, una que no sentía desde hacía dos décadas.

Una imagen se alzó de las profundidades de su memoria, tan clara que casi podía tocarla: la silueta de su hermano, más joven, absorto frente a un equipo similar al que Leire manejaba ahora.

El resplandor verdoso de los indicadores en la penumbra del pequeño estudio, el auricular pegado a la oreja, susurrando palabras ininteligibles sobre «frecuencias y patrones».

La última vez que lo había visto con aquella expresión, días antes de su desaparición, hablaba de un «latido del radio» que nadie más podía oír.

Un código, aseguraba, que escondía «las verdades de los de arriba».

El recuerdo le quemaba la garganta, un fuego sordo que amenazaba con consumirlo.

El pulso se le desbocó, un martilleo en las sienes. No era una coincidencia, era imposible. Veinte años habían transcurrido, y el mismo eco regresaba a atormentarle en una isla perdida en el inmenso Atlántico.

El rostro de Vidart, habitualmente impasible, se contrajo en una mueca seca, un reflejo de dolor contenido.

Leire, al percibir el cambio abrupto en la atmósfera de la sala, se giró para mirarle.

Sus ojos buscaron los suyos, azules contra verdes, intentando descifrar el mensaje silencioso que el capitán le transmitía.

La luz de la pantalla iluminaba la cicatriz sobre su ceja, volviéndolo aún más sombrío.

Una presión helada le oprimía el pecho. La conexión, en ese instante, se volvió innegable, palpable.

—¿Qué ocurre, Julián? —preguntó ella, la voz apenas un soplo que apenas disipó la tensión creciente.

Vidart se acercó a la mesa, apoyando las palmas en el borde, sus nudillos blanquecinos por la presión. Su mirada, anclada en la pantalla que mostraba el pulso repetitivo, era un abismo de tormento.

—Mi hermano —dijo, con la voz áspera, como si llevara días sin usarla—. Él... hablaba de esto. De un «latido del radio». Días antes de que lo dieran por muerto.

A Leire le recorrió un escalofrío que no era del aire frío. La coincidencia era demasiado cruel para ser fortuita. Comprendió el peso de aquella revelación. No era solo un caso más. Era personal.

—¿Un latido del radio? —repitió, intentando aferrarse a la objetividad profesional, pero la punzada emocional de sus palabras la desarmó.

—Sí. Decía que era una forma de comunicación que no cualquiera podía interceptar. Que los corruptos de arriba usaban esas frecuencias para mover información, para... para coordinarse sin dejar rastro en los canales oficiales.

La teniente deslizó el ratón, amplificando la secuencia de pulsos en la pantalla.

—Es un mensaje cifrado, Capitán. Un código de bajo nivel. Se repite cada doce minutos, con una cadencia hipnótica. No es aleatorio, es una baliza. Es una clave, no solo una conversación. Un bucle.

Vidart sintió que el aliento se le atascaba en la garganta. Su hermano no estaba loco. No había imaginado nada. Aquellas obsesiones, aquel sigilo, tenían ahora un fundamento sólido. Aquello que lo había consumido se manifestaba de nuevo, aquí, en la lejanía volcánica de Lanzarote.

—Siempre pensé que era su modo de lidiar con la paranoia. Con la corrupción que veía. Pero... —Su voz se quebró, y apretó los labios hasta formar una línea fina.

Leire extendió una mano, vacilante, pero no llegó a tocarle. En cambio, señaló la pantalla.

—Esto no es paranoia, Julián. Esto es ingeniería pura. Es deliberado. No están hablando, están enviando un mensaje, esperando que alguien con la misma clave lo recoja. El cuerpo de la víctima... la sal... la frecuencia. Todo está diseñado como una parte de un engranaje.

Vidart tragó saliva. La confirmación, amarga, encajaba como la pieza que faltaba. El caso de Soria, la muerte de su hermano, el silencio de los viñedos, los barcos negros. Todo convergía en un punto, un centro invisible que resonaba con el mismo «latido».

—¿Puedes descifrarlo? —preguntó, la urgencia tiñendo cada sílaba.

—Voy a intentarlo. Pero este tipo de cifrado no es común. Parece una mezcla de técnicas analógicas y digitales muy antiguas, diseñada para pasar desapercibida como ruido ambiental. Es una obra maestra del engaño. Necesitaré tiempo.

El capitán asintió, su mirada fija en la secuencia de barras que se repetían sin fin. Tiempo. Era lo único que no tenían.

La sala, con el zumbido constante de los servidores y el frío artificial, se transformó en un santuario gélido donde el tiempo, ajeno a relojes, parecía estirarse y encogerse al compás de los algoritmos.

Garmendia se zambulló por completo en la compleja tarea, tecleando con una velocidad y una precisión que eran el eco de la tormenta en su cabeza.

Los códigos se precipitaban por las pantallas, líneas de jeroglíficos digitales que, como un coro disonante, buscaban una coherencia, un punto de inflexión.

Aquello no era un cifrado común. La señal parecía diseñada para mimetizarse con la estática natural, con la astucia de un depredador que se funde con su entorno.

Había algo brutal y primitivo en su ingenio, pero a la vez, una sofisticación que la desafiaba.

Era como querer atrapar el viento con una red tejida de humo.

Cada programa que ejecutaba chocaba contra un muro de galimatías, una maraña indescifrable.

La frustración, un aguijón frío, comenzaba a arañar su concentración, cada rasguño la agotaba.

La presión silenciosa pero palpable de Vidart a su espalda se sumaba a su propia autoexigencia.

La historia del hermano resonaba en sus oídos, cada fallo un peso añadido, una vida que se le escurría entre los dedos.

Su respiración se hizo más superficial, la mandíbula tensa hasta dolerle.

Vidart, apoyado en el marco de la puerta, permanecía inmóvil, sus ojos clavados en cada movimiento de Garmendia.

Su propio pulso, todavía acelerado por la revelación sobre su hermano, golpeaba en sus oídos como un martillo.

Cada segundo sin una respuesta era un golpe más, un recordatorio de la verdad esquiva y cruel.

La sala, antes solo un lugar de trabajo, se había convertido en un campo de batalla silencioso, donde Leire combatía contra el tiempo y un enemigo sin rostro.

El capitán sentía la urgencia como una opresión física, un fardo de expectativas sobre sus hombros.

La conexión personal lo había atado al misterio con un nudo inquebrantable, y ahora, cada tic del reloj resonaba con la promesa de un hallazgo o la amenaza de un abismo de silencio.

La complejidad del cifrado se alzaba como un muro impenetrable, y Leire, a pesar de su destreza, se enfrentaba a un reto que trascendía lo ordinario.

Había algo antiguo y tenaz en la resistencia de ese mensaje, un sello de conocimiento que se había forjado con el tiempo. El aire de la sala, saturado de ozono y electricidad, parecía vibrar, cargado de la inminencia de un descubrimiento o de la derrota.

Las horas se escurrieron, líquidas, como agua entre los dedos.

Leire sentía el escozor en los ojos, el peso en los hombros, pero una fuerza interna la mantenía alerta.

Un patrón aquí, una anomalía allá. Su mente, un intrincado telar, tejía conexiones invisibles en la penumbra.

De pronto, una línea de código se iluminó en la pantalla, distinta, con una luz propia.

No era parte del cifrado, sino un identificador.

Un rastro digital, un eco remoto. Sus dedos se deslizaron con agilidad, siguiendo la pista.

Un software de mapeo se abrió, trazando una línea, un punto brillante.

La torre. No la estación clandestina que buscaban en el espectro, sino una estructura física, un esqueleto de metal clavado en la tierra.

La torre de comunicaciones. Antigua, abandonada, oxidada por el salitre y el tiempo.

—Lo tengo —susurró Leire, la voz ronca por la concentración, el triunfo apenas contenido.

Vidart, que había permanecido en un mutismo tenso, dio un paso adelante.

—¿El mensaje?

—No, Capitán. El origen. El mensaje... es más complejo de lo que pensaba. Necesitaré algo más que software para desentrañarlo. Pero la señal... se emite desde aquí.

En la pantalla, un punto rojo parpadeaba en el relieve digitalizado del Macizo de Famara, una cicatriz imponente que se alzaba al norte de la isla, un lugar aislado, barrido por el viento y envuelto en la bruma salina.

—Una antigua torre de comunicaciones —dijo Leire, señalando el mapa—. En el Risco de Famara. No figura en los registros de actividad reciente, pero parece que alguien la ha resucitado.

Vidart se inclinó, observando el mapa con atención.

El Macizo de Famara se erigía como una espina dorsal rocosa en el norte de Lanzarote, una cadena montañosa imponente que culminaba en acantilados vertiginosos.

Un lugar perfecto para ocultar algo, para emitir una señal sin ser detectado.

El corazón le martilleó con una intensidad renovada.

La pieza encajaba. La frecuencia, la víctima, el latido de su hermano, la torre abandonada.

Todo formaba parte de una misma, intrincada telaraña.

El aire acondicionado de la sala no bastaba para sofocar el fuego que crecía en su interior.

La búsqueda, pensó, los llevaría a las alturas, a un lugar donde el viento cantaba los secretos del pasado.

La torre los esperaba, una silueta recortada contra un cielo que pronto se teñiría con los colores del ocaso.

La pregunta no era si irían, sino qué otros fantasmas les aguardaban en aquel nido de viejas frecuencias.