Capítulo 4 El Silencio de los Viñedos
V idart había dejado a Garmendia en Arrecife, inmersa en la búsqueda de antiguas licencias de radioaficionados, mientras él se reunía con el Cabo Morales.
Este último le había prometido un hilo prometedor.
Bajo la lánguida caída del sol sobre La Geria, que teñía el paisaje lunar de Lanzarote con una paleta de ocres y violetas única en el mundo, Julián Vidart se recostaba en el asiento del todoterreno de la Guardia Civil.
Su espalda ya acusaba el viaje y las horas sin descanso. El viento, que se colaba por una rendija, traía consigo el inconfundible aroma de la ceniza volcánica —el picón— y un sutil dulzor terroso que solo la vid podía exudar en aquellas condiciones extremas.
Morales conducía con la parsimonia de quien conoce cada pliegue de su tierra: cada piedra, cada hoyo excavado a mano en el lecho negro.
Los viñedos, resguardados en depresiones semicirculares, parecían minúsculos cráteres verdes en un mar de basalto oscuro.
Eran agujeros cavados en la ceniza, diseñados para proteger las cepas del viento implacable y para atrapar la escasa humedad que la tierra negra era capaz de retener.
Una metáfora vital, pensó Vidart, de la tenacidad de la vida frente a la adversidad.
Recordó que los secretos más valiosos a menudo se escondían bajo la superficie, a plena vista para el ojo entrenado, pero invisibles para el profano.
La isla misma era un archivo de misterios soterrados, un volumen de roca y ceniza que no revelaba su contenido a cualquiera.
Los días en Canarias, a pesar de su belleza áspera, se estiraban como las sombras en el ocaso, clavando una fatiga sorda en los huesos.
La imagen del código láser en el antebrazo de la víctima persistía en su mente, una frecuencia muerta que ahora vibraba con un eco inesperado del pasado.
El camino de picón crujió bajo los neumáticos del todoterreno hasta detenerse frente a una pequeña edificación encalada, modesta, casi fusionada con el entorno.
Un hombre, con la piel curtida hasta el color del cuero viejo y las manos nudosas como cepas centenarias, los esperaba junto a un muro bajo.
Sus ojos, pequeños y vivaces, se movieron de Vidart a Morales con una rapidez que desmentía su edad.
Era el viticultor, el único que, según Morales, se atrevía a hablar con una franqueza inusual sobre lo que sus ojos, castigados por el tiempo, habían presenciado en la soledad de la noche.
—Don Roque —saludó Morales, la voz atemperada y respetuosa, muy distinta a la que usaba en la comandancia—. Estos son los señores de la Península. Vienen por lo del volcán.
El anciano asintió con un movimiento apenas perceptible de cabeza, sus labios finos tensos en una línea recta e impenetrable.
Observó a Vidart con una mezcla de curiosidad y la desconfianza arraigada de quien ha visto demasiadas cosas, de quien sabe que ciertas preguntas no deben formularse y ciertas respuestas deben morir en la penumbra.
La mirada de Vidart lo escrutó, buscando la verdad que se escondía tras los años de reserva y una vida en una isla donde los forasteros eran siempre una anomalía.
Se percibía en Don Roque la sabiduría inherente a quienes viven de la tierra: la capacidad de leer los signos en el viento, en las nubes, en el comportamiento de las criaturas.
Pero también, la cautela de quien sabe que no todo debe ser verbalizado.
El Capitán sintió la opresión de esa reserva, una barrera invisible pero poderosa.
—¿Y qué quieren saber? —preguntó el viticultor, su voz áspera como la lava seca, pero sin acento marcado, señal de que no era de pura cepa isleña, aunque los años hubieran borrado otros orígenes.
Sus ojos seguían fijos en Vidart, como si buscase desentrañar su esencia antes de soltar cualquier palabra.
Vidart respiró hondo, consciente de que cualquier presión sería contraproducente. La prisa y la fuerza bruta no funcionaban con gente como Don Roque. Aquel encuentro era una danza sutil, un rito de acercamiento.
—Lo que nos pueda contar, Don Roque. Cualquier cosa. Sobre las noches en el volcán, cerca de su propiedad.
El anciano mascó el aire un momento, los ojos perdidos en el horizonte de picón, como si sus recuerdos se dispersaran sobre la inmensidad negra.
Sus manos, que antes sostenían el cayado, se aferraron al muro, los nudillos blanquecinos por la tensión.
Morales, a su lado, mantuvo un mutismo espeso, su presencia un contrapunto de apoyo tácito.
El Cabo entendía que, en la isla, la información era una moneda de cambio preciada, y su entrega dependía de una compleja serie de equilibrios tácitos, de lealtades no escritas y de un temor ancestral a lo desconocido, a lo que venía de fuera y podía alterar la frágil armonía del lugar.
—Luces —dijo finalmente Don Roque, su voz poco más que un murmullo que el viento casi se llevaba—.
He visto luces. Por las noches. Donde se apaga el volcán.
No son de coche, no. Ni de linterna de excursionista.
Como fuegos fatuos, subían y bajaban. Y los ruidos…
un zumbido, a veces. Una vez, como un martillo lejano.
Morales asintió gravemente, sus ojos fijos en el viticultor, otorgando un peso silencioso a cada palabra con su serena confirmación.
Para Vidart, la descripción era una pieza que cuajaba con la escena del dodecaedro de sal, con la complejidad de la puesta en escena, con la extraña preservación del cuerpo.
No eran luces errantes ni ruidos de la naturaleza.
Era tecnología, era gente, eran máquinas operando en la quietud de la noche.
La reflexión del Capitán se detuvo en la sofisticación de Tánatos, capaces de operar en un lugar tan remoto y vigilado como Timanfaya, utilizando la propia naturaleza como cómplice y como disfraz.
Vidart sintió un ansia creciente de profundizar, pero mantuvo la calma. Dejó que las palabras del anciano se posaran, sopesándolas, permitiendo que el mutismo se adueñara de nuevo del ambiente. Una calma más elocuente que cualquier pregunta directa.
—¿Gente? —preguntó Vidart finalmente, la voz suave, apenas por encima del susurro del viento.
Don Roque apretó los labios de nuevo. Su mirada se desvió un instante hacia el mar, un gesto casi imperceptible que no pasó desapercibido para Vidart, habituado a leer los códigos no verbales de su propio entorno rural.
—No sé de gente. Solo de… los señores.
—¿Qué señores?
El viticultor sacudió la cabeza, su expresión una mezcla inconfundible de resignación y un miedo atávico.
—Los señores que vienen en barcos negros. No son de aquí. Nadie los conoce de verdad. Solo se les ve… llegar. Y traer cosas. Y llevarse otras. Desde hace tiempo. Los veo en el horizonte, a la caída de la tarde, o de madrugada. Son grandes. Se mueven sin hacer ruido, como sombras en el mar.
La imagen de los «barcos negros» se incrustó en la mente de Vidart como una astilla clavada.
Clandestinidad, poder, recursos. No se trataba de una banda de delincuentes comunes.
Aquello confirmaba la escala transnacional que intuía.
Los barcos negros, pensó, eran una extensión de la calima, ocultando intenciones, velando la verdad.
No solo ocultaban cuerpos, sino también una red de operaciones mucho más vasta de lo que cualquiera habría imaginado en un primer momento.
El mar, que para la mayoría era sinónimo de libertad y de sustento, para los lugareños era también una vía para la amenaza. Un portal por donde la oscuridad podía deslizarse sin ser vista, para luego desaparecer de nuevo en el horizonte incierto.
Vidart notó cómo el viticultor evitaba mirar hacia el mar mientras hablaba, un tic nervioso que lo delataba.
Aquel gesto revelador valía más que cualquier confesión explícita.
Los ojos de Don Roque se mantenían fijos en la tierra negra, en los viñedos hundidos, en cualquier punto que no fuera el azul profundo del Atlántico, como si en su superficie se reflejara una verdad que no quería o no debía afrontar.
Esa evitación, ese rehuir la mirada hacia la inmensidad marina, era la confirmación más rotunda del miedo que el mar, y lo que de él emergía, infundía en la gente de la isla.
No era solo la amenaza de la naturaleza, sino una amenaza humana, organizada, que utilizaba la vastedad del océano como velo y como corredor para sus operaciones secretas.
El mar no solo traía olas a la orilla, sino también barcos que se movían sin bandera, sin identificación: fantasmas de la noche que transportaban secretos más oscuros que la propia ceniza volcánica.
El aire se volvió denso entre los tres hombres, esta vez más cargado de significados tácitos.
Morales asintió con lentitud, sus ojos encontrándose con los de Vidart en un intercambio mudo de comprensión.
No era necesario un diálogo abierto. El Cabo, hombre de la isla, entendía la lógica del temor y la complejidad de las dinámicas ocultas que el viticultor acababa de describir.
Sabía que la «Ley de la Isla» no era solo un código de honor, sino también una ley de discreción frente a poderes que escapaban al control local, poderes tan vastos y oscuros como las profundidades oceánicas.
Su asentimiento era una validación, una prueba de que Vidart no estaba imaginando la telaraña de influencia que se tejía en los márgenes de Lanzarote.
La deducción era clara: Tánatos no solo operaba en la tierra volcánica, sino que también utilizaba el mar.
Sus «barcos negros» eran los tentáculos de una organización que escapaba a la geografía convencional, una red que se movía entre la oscuridad del agua y la quietud de la tierra.
La imagen de los «barcos negros» se convertía en un símbolo de una corrupción sin fronteras, que se deslizaba libremente por las zonas grises del mundo.
Cuando se alejaban del viñedo, el todoterreno dejando una estela de picón levantado, el teléfono de Vidart vibró en su bolsillo.
La pantalla mostró el nombre de Garmendia.
Su voz, digitalizada por la mala cobertura de la zona, sonó metálica y urgente a través del altavoz, una fisura de alta tecnología en el lirismo rural de La Geria.
—Capitán, lo tengo —dijo Leire, con la respiración entrecortada por la excitación—. El código 44.821… he rastreado la frecuencia. Coincide con una licencia de radio. Una licencia de 1995.
Un escalofrío heló a Vidart, y no tenía que ver con la brisa de la tarde.
Una licencia de 1995. Un origen antiguo y olvidado, en plena era de la comunicación digital.
Tánatos operaba en las sombras del tiempo, utilizando protocolos que habían sido desechados por obsoletos, pero que resultaban perfectos para la clandestinidad.
Era como si hubieran construido su imperio sobre los escombros de la historia, usando herramientas olvidadas para enviar mensajes cifrados a través del tiempo.
Los barcos negros, las luces en el volcán, el código anacrónico… todo empezaba a converger en un concierto de secretos susurrados desde el pasado. La pregunta que ahora lo oprimía era: ¿Quiénes eran «los señores de los barcos negros» y qué relación tenían con las luces en el volcán y la víctima?