Capítulo 3 El Código en la Dermis #2
La evidencia del cuerpo era irrefutable: la víctima no era un mero transportista de estupefacientes o divisas, sino un nexo en una red de información, una «ficha» en un tablero mucho más amplio, tal como el Operador había insinuado.
—Exacto —confirmó Vidart, su mirada fija en el antebrazo de la víctima—.
Un mensaje que no se puede borrar con un simple formateo de disco.
Un canal de comunicación que ignora las leyes de la geografía y los satélites.
Esta organización no solo usa el terreno volcánico para sus rituales, también para sus comunicaciones.
Y el mensaje es tan vital que lo llevan grabado en su propia piel.
¿Por qué el 44.821? ¿Y a quién va dirigido?
O más importante, ¿a quién le pertenece esa frecuencia?
Los viejos aparatos de mi hermano... él tenía un mapa de licencias, de señales fantasma.
Si el mismo patrón de números se repite, no es casualidad.
La mente de Garmendia ya había empezado a correr, desatando un torrente de hipótesis.
Su mirada se alternaba entre el código grabado y el rostro grave de Vidart, comprendiendo la resonancia personal de la frecuencia.
La precisión del láser, la elección de la onda corta, la ubicación en la piel, todo gritaba deliberación.
Este no era un mensaje improvisado; era una declaración.
—Si es una frecuencia, Capitán, tiene que haber un receptor —dijo ella, con la celeridad que caracterizaba su intelecto—.
Y si es de onda corta, alguien tiene que estar sintonizándola.
O al menos, tener la capacidad de hacerlo.
La pregunta no es solo el qué significa el código, sino el quién lo escucha y el dónde está el aparato para decodificarlo.
Podría ser cualquier cosa: un punto de encuentro, una clave de cifrado para un mensaje más largo, la identidad de otro contacto...
Pero si buscan un sistema tan básico y tan robusto, debe ser porque la red de comunicaciones convencional, los satélites, las antenas modernas, están comprometidos de alguna manera para ellos.
O quieren operar completamente fuera del alcance de cualquier interceptación.
Su tableta se había convertido en una extensión de su pensamiento.
Empezó a teclear, buscando bases de datos de licencias de radioaficionados antiguas, registros de frecuencias asignadas a organizaciones militares o paramilitares, cualquier rastro que pudiera tener el número 44.
821. El misterio de por qué el mensaje estaba en la piel persistía, un detalle perturbador que trascendía la mera logística.
Era un acto de simbolismo oscuro, una firma, o tal vez una forma de coacción para la víctima: llevar el mensaje hasta su fin, literalmente, en su propia carne.
El desafío tecnológico no era encontrar el emisor, sino el receptor, y desentrañar el significado de esa señal fantasma.
Era como buscar una brizna en un ventisquero, pero un ventisquero que era una isla entera, y una brizna que, a pesar de su antigüedad, era capaz de conectar con la oscuridad de Tánatos.
El contraste entre la tecnología punta que usaban para preservar el cuerpo y la arcaica onda corta para la comunicación, solo aumentaba la complejidad del enigma. Los tentáculos de Tánatos se extendían por un terreno insospechado, utilizando viejas técnicas para nuevos propósitos.
La urgencia de Vidart era un latido constante en sus sienes, una necesidad ineludible de acción que no permitía demora.
Las explicaciones de Garmendia, aunque lógicas y pertinentes, solo servían para alimentar la llama de su determinación.
Cada segundo que pasaba sin entender el código era un segundo de ventaja que se le concedía a Tánatos.
El frío de la morgue y el azufre adherido a su piel eran recordatorios constantes del lugar de donde venían y de la crueldad metódica que habían descubierto.
—Leire, necesito que busques receptores —dijo Vidart, su voz cortante, desprovista de cualquier titubeo.
Se había acercado a ella, su mirada penetrante en la de Garmendia, transmitiéndole la magnitud de su requerimiento—.
Receptores de onda corta. Antiguos. Que puedan sintonizar esa frecuencia.
Aquí, en la isla. Si esta es su base de operaciones, si utilizan esto como un centro de retransmisión, tiene que haber equipos escondidos.
No hablo de radioaficionados. Hablo de algo más, algo que Tánatos usaría para sus comunicaciones más sensibles.
Su mano se posó brevemente en el hombro de Garmendia, un gesto inusual en él, cargado de una confianza silenciosa.
Era una orden, pero también un reconocimiento de sus habilidades, una invitación a su intelecto para desentrañar el rompecabezas.
La conexión con su hermano, con Soria, era un peso invisible que ahora compartían, una urgencia que trascendía el mero deber profesional.
El código en la piel no era solo una pieza; era el eje de todo lo que vendría después.
Garmendia captó la intensidad de su mirada, la urgencia de su voz.
La mano de Vidart en su hombro fue un ancla, un recordatorio de que, a pesar de la frialdad de los datos, la investigación estaba arraigada en algo profundamente personal y peligroso.
Asintió, su rostro adquiriendo una concentración casi palpable, ya procesando la logística de la nueva tarea.
Buscar equipos de radio antiguos en una isla como Lanzarote, con su historia de aislamiento y su arraigada «Ley de la Isla», no sería sencillo.
Requeriría contactos locales, un rastreo de viejas licencias, tal vez incluso adentrarse en mercados de segunda mano o almacenes abandonados. Pero el desafío tecnológico era precisamente lo que la impulsaba.
—Entendido, Capitán —respondió ella, su voz firme, ya con un plan esbozado en su mente—.
Empezaré por los registros de licencias de radioaficionados, luego rastrearé los puntos con mayor actividad magnética para ver si hay alguna anomalía que pudiera esconder un equipo...
También podemos buscar viejas estaciones militares o de pesca.
Si existe un receptor en la isla, lo encontraremos.
Es un desafío, pero no imposible. El tiempo apremia, ¿verdad?
Vidart apretó los labios en una línea fina.
—Más de lo que imaginas. Esa frecuencia es una llave, Leire. Y el hombre que la lleva grabada en la piel no es la primera víctima que encontramos con un mensaje. Si entendemos la señal, quizá podamos evitar la próxima. O al menos, desenmascarar a los que la envían.
La morgue, con su persistente olor a desinfectante y su luz implacable, se sentía ahora como el epicentro silente de un sismo subterráneo, cuyas ondas se propagaban mucho más allá de las paredes frías.
El código 44.821 no era solo una cifra; era un grito mudo desde el pasado, una conexión innegable entre el horror de Soria y el misterio volcánico de Lanzarote.
El tiempo, antes una corriente constante, se había transformado en un vórtice, y Vidart sabía que no podían permitirse el lujo de ser lentos.
Debían moverse con la rapidez y la precisión que Tánatos utilizaba para urdir su red de secretos. La caza, apenas comenzada, ya había tomado un matiz más oscuro y personal de lo que Vidart jamás hubiera imaginado.