CAPÍTULO 51 #2
—Desde que Sigrún se hizo con él y le curó las patas que algún desalmado le había roto por pura diversión, se convirtió en su amigo inseparable.
Y en el mío. Siempre me conoció, por eso nunca me trató como a un enemigo —le explicó, al tiempo que seguía rascándole detrás de las orejas—.
¡Eh, Gràr! ¿Sabes que esa vieja sanadora se va a poner la mar de contenta cuando te vea y pueda curarte esas heridas tan feas que tienes?
—Él no tiene heridas feas. Tú, sí. Y si de mí dependiera, las tendrías peores. Ahora entiendo su comportamiento contigo desde la primera vez que te olió —replicó Freydis, con un gesto severo y los brazos en jarras, mientras contemplaba la escena anonadada—. Ahora todo encaja.
—¿Estás segura de que encaja todo, vikinga?
Con una sonrisa insinuante, Caelen dejó a Gràr en el suelo y se aproximó a ella.
Pero no tenía fuerzas para rechazarlo.
Tampoco lo hubiera hecho de haber podido.
Un acceso de llanto la obligó a caer de rodillas, junto al perrito, solo para llenarlo de besos. Había sobrevivido, mientras que un ser tan abyecto como Marjorie había terminado en el fondo de aquel agujero, para siempre.
Los dioses, después de todo, habían terminado por aplicar su estricto código de justicia con acierto.
Hundió su rostro en el pelaje del animal y dio rienda suelta a ese llanto que la dominaba por completo.
Pensó en sus padres, en Mairead. En el modo cruel en el que había sido arrancada de su hogar, dejando a su abuela Sigrún sola, junto con su hermana, a merced de un hombre sin escrúpulos que se había creído con la capacidad suficiente de dirigir los destinos de todos.
Incluido el de Caelen.
Las imágenes de su pasado con él acudieron en tropel a su mente, para llenar hasta el último rincón. Él había sido su ídolo. Alegre, despreocupado, pero también firme. Incluso sabio, para una niña de seis años que se negó a verter una sola lágrima cuando su mundo fue destruido.
No había vuelto a llorar hasta que su vida se cruzó con la de aquel muchacho que siempre había sido una especie de paladín para ella y que se había convertido en el hombre de sus sueños… En el esposo de su realidad.
Las lágrimas le limpiaron la cara, pero también el alma.
Acudieron en su ayuda. Sirvieron como el mejor medio para soltar el lastre de su fría indiferencia.
De buenas a primeras, volvió a ser la niña de seis años que lloraba cuando se caía, cuando padecía algún dolor…
Cuando su queridísimo amigo sufría, aunque no tuviera que ver con ella.
Su relación con los sentimientos floreció, como si su cuerpo fuera tierra yerma y el agua que surgía de sus ojos sin detenerse la bendijera.
Permitió que los sollozos se escucharan de lado a lado de la fortaleza conquistada.
Se dejó llevar por los estremecimientos que sacudieron su cuerpo.
Y su mente volvió a ser la de la pequeña a la que arrancaron de su hogar, cuando se aferró al pelaje cálido de Gràr, que intuía su sufrimiento y no dejaba de gemir y de lamerla.
Por una eternidad, se olvidó de todos los que la rodeaban y se permitió viajar a sus orígenes.
Se permitió mostrar todas sus debilidades, sin miedo a lo que pudiera suceder después.
A lo que los demás pudieran pensar de ella.
Lloró por todo lo perdido, pero también por lo que se alzaba ante ella, al alcance de su mano, con tan solo un simple gesto…
—No te niegues la felicidad, Ailsa. —Solo había una persona que la llamaba así, con esa cadencia íntima que la hacía sentir la única mujer sobre la faz de la tierra.
Poco a poco, se incorporó para afrontar la mirada gris, llena de cautela, de su marido—.
No voy a desaparecer de tu vida por miedo a las consecuencias…
A no ser que tú lo decidas así. ¿Eso es lo que quieres?
Se refería a los halcones, sin duda alguna. Un secreto compartido con todos, aunque ninguno lo expresara en voz alta.
Ella contempló la mano que él le tendía.
Después, sus ojos fueron ascendiendo hasta toparse con los de Caelen. Dos pozos profundos de un color gris turbio, que se convirtieron en su dogma.
El único que a partir de entonces seguiría, sin plantearse siquiera si hacía lo correcto.
Sabía que lo hacía. Que al fin había encontrado su camino. El camino del corazón.
—Te quiero a ti. Aquí, delante de todos, lo reconozco.
Lo admito. Lo suplico —murmuró, rendida a lo que sentía—.
Un día, decidí unirme a ti siguiendo los dictados de una venganza errónea, que me llevó a compartir tu vida.
Tu hogar. Tu lecho. Como tu esposa, en todos los sentidos de la palabra.
Ahora, te pido disculpas por todo el daño que haya podido causarte…
Mi laird , mi hombre… mi amor, yo te reclamo.
—Y yo acudo a tu reclamo. —No se dio cuenta de que permanecía de rodillas hasta que él no tiró de ella para ponerla en pie—. Te perdono, Ailsa MacSween. Te perdoné la primera vez que te vi, resuelta a hacer de mi vida un infierno como tu cautivo, cuando, sin darte cuenta, lo conseguiste.
—¿El qué?
—Hacerme prisionero… de ti. De toda tú. De cada uno de tus rasgos, incluso los más retorcidos y oscuros. Esos que hacen de ti una mujer única. Una mujer para mí.
Lo demostró apropiándose de su boca como el conquistador que siempre había sido.
Ella se dejó llevar y correspondió con toda la furia de la batalla que acababan de ganar.
Y cuando logró desprenderse de él y de su influjo, lo premió con la mejor de sus sonrisas y un gesto angelical que le hizo fruncir el ceño.
—Freydis… —le advirtió.
—Caelen… —canturreó ella.
—Dime qué tramas, para que al menos esté preparado. Sé que la presencia de estos hombres no te acobardará en absoluto…
—Qué bien me conoces. Quiero que nos casemos.
—Pero ya estamos casados, mi amor. Tú misma acabas…
Ella negó con la cabeza.
—Nos unimos por el rito cristiano y por el celta, pero no por el rito del norte.
—A él le llevó unos segundos comprender a qué se refería—.
¿Y bien? ¿Te casarás conmigo... otra vez?
¿Harás una mujer honesta de mí? —Su amor por él brillaba en las profundidades de sus ojos—.
Te advierto que voy a volver a ponerme de rodillas, y que así permaneceré hasta que me respondas.
Entonces, los labios masculinos se curvaron en esa sonrisa pícara que ella tanto había aprendido a amar.
—¿Y si pongo una condición? —añadió, al ver que seguía sin pronunciar palabra.
—Adelante.
—Quiero hijos. Muchos hijos.
Caelen levantó una ceja y su sonrisa se hizo más profunda.
—Eso tiene fácil arreglo, como has podido comprobar.
—No tan fácil si pensamos en que aún pertenezco a una estirpe creada para proteger a mi rey. Un monarca que está confrontado con el tuyo...
—Enfrentaremos juntos todos los problemas que eso pueda ocasionar. Y los venceremos, también juntos.
—Serán hijos con la sangre de sus ancestros...
—En efecto. Sangre del norte. Tuya y mía. Como siempre debió ser.
Y, en aquella ocasión, ella no dudó de que así sería.