EPÍLOGO
Castle Sween, semanas después
El rey Alexander recibió la carta de Freydis.
Ante los acontecimientos recientes, como un agradecimiento que rara vez dispensaba, decretó ofrecer el señorío de Jura a uno de los vikingos que más peleó por rescatarlo de las garras de Dugall: Rurik.
Aquella fue la antesala de la verdadera celebración. La que estaba a punto de tener lugar.
Los sirvientes iban de un lado a otro como poseídos, solo para cumplir con las órdenes de sus señores. El gran salón ya estaba preparado. Las mesas, retiradas hacia los lados, y un gran fuego encendido.
Incluso los invitados al enlace se hallaban en él, formando un círculo. Esperaban ansiosos la llegada de los novios, que tendrían que ocupar el centro de ese círculo.
—Se retrasan —murmuró Eirik a Gunnar con disimulo.
—No importa. Hace tanto tiempo que no oficio una ceremonia de este estilo, que podría esperar varias lunas hasta que los dos estuvieran preparados —le respondió este, con un guiño cómplice.
De pronto, el silencio se hizo en toda la sala.
Freydis apareció del brazo del señor de Knapdale.
Estaba radiante, con su vestido de lana largo, casi tanto como las mangas, que estilizaban su figura y cuyo tono azul realzaba el color de sus ojos brillantes de felicidad.
Sobre él, un manto de lana fina color verde bosque aparecía sujeto en uno de sus hombros con un broche circular de plata.
—Es lo único que conservo de tu madre —le había dicho Sigrún aquella misma mañana, mientras se lo entregaba con emoción—. Necesitas algo que te ancle a tu parte vikinga, hija mía. Cuando Morag, la esposa de Gunnar, te vea, se le caerán las lágrimas igual que se me están cayendo a mí.
Gràr ladró con alegría, como si quisiera confirmarlo, empeñado en acompañarla, pero ella se lo impidió.
—Hoy no serás tú el protagonista, pequeñajo —lo regañó con cariño—. Hoy solo estaremos tu amo y yo.
Al menos hasta que la ceremonia finalizase.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía cómoda con la ropa que vestía. Y, al mismo tiempo, como si algo le faltara.
—Tu parte celta te reclama también, niña —le explicó Sigrún—. Por eso debes colocarte estas llaves en el cinturón que llevas puesto, como símbolo de que eres, y serás, la señora de este feudo.
Dejó que la engalanaran con brazaletes y anillos de oro, porque era lo que se esperaba de ella.
Porque, después de la batalla de Jura, era lo que ella había estado esperando con ansia.
Su cabello permanecía suelto en su mayor parte, aunque le confeccionaron un par de trenzas que enrollaron en la parte superior de su cabeza. Sabía que Caelen estaba hechizado por sus rizos.
Le gustaría verla así, pensó, con una sonrisa cómplice. Y cuando le contara sus sospechas, le gustaría todavía más.
No había previsto quedarse embobada cuando vio el atuendo de su marido, que la esperaba en la puerta de los aposentos comunes, con una sonrisa de oreja a oreja que se acentuó al contemplarla.
—Estás tan hermosa que me resulta muy difícil expresarlo con palabras —le murmuró al oído, ofreciéndole el brazo.
—Tú tampoco estás nada mal, escocés.
Todo en él proclamaba su poder, su posición.
Resaltaba esa belleza salvaje que siempre había permanecido latente bajo la fina capa de civilización que le había ofrecido desde el primer instante en que se encontraron.
Su atuendo llevaba los colores del clan MacSween.
Su cabello aparecía perfectamente peinado y su barba, recortada.
Su magnetismo era tal que Freydis no se dio cuenta de que la ceremonia dio comienzo hasta que Gunnar empezó a hablar.
—Que quienes levantaron nuestras casas, navegaron nuestros mares y nos dieron nuestro nombre contemplen hoy esta unión —comenzó, en clara referencia a sus ancestros.
Su discurso prosiguió, pero ella solo tenía ojos para su apuesto marido, que parecía absorto en todo lo que Gunnar decía. Después, Eirik dio un paso al frente portando la espada que había pertenecido a su padre.
—Eres el jefe de tu clan. Tu hermano ha muerto en batalla. Espero que aceptes este ritual de mis manos, como si yo fuera parte de tu familia, MacSween. Es un símbolo de que ahora eres tú el protector de esta mujer.
—La acepto, mi señor.
La acogió con los brazos extendidos, para ofrecérsela a ella.
Sin que sus miradas se desligaran, ella la sostuvo unos instantes antes de devolvérsela.
Con ese gesto aceptaba su protección, pero también el hecho de que ambos compartirían el honor de la familia escocesa.
La sangre que siempre había corrido por sus venas, junto a la de su parte del norte.
—Freydis… el brazalete.
—¿Qué? —Ella parpadeó cuando vio el objeto en sus manos. Lo habían ensayado tantas veces que no le resultó extraño verlo realizar aquella parte del ritual—. ¡Ah, sí!
Extendió la mano para que él le colocara un brazalete de plata en la muñeca. A continuación, ella hizo otro tanto, en medio de un silencio reverencial cargado de significado.
Acababan de sellar su juramento más sagrado. Ninguno de ellos podría romperlo sin perder el honor, pero aún quedaba lo más importante.
Con los ojos brillando por las lágrimas contenidas, ella se desabrochó el broche y lo prendió en el manto de Caelen. Él, a su vez, le colocó el que representaba al clan sobre los hombros.
—No estamos cambiando de identidad, vikinga.
—Las manos le temblaban cuando se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—.
Estamos aceptando la del otro. A partir de ahora, somos dos linajes que dejan de caminar separados para convertirse en una sola casa.
Con el beneplácito de mi rey y, espero, también del tuyo.
—Te aseguro que lo tendrás, escocés.
—Con las cejas alzadas y una palmada en la espalda, Gunnar se giró—. ¡Morag, el cuerno!
Su esposa salió de la multitud portando un cuerno tallado, repleto de hidromiel, que le entregó a la novia. Freydis bebió primero; después, lo hizo él. Y, por último, los dos lo sostuvieron al mismo tiempo mientras bebían un último sorbo.
Los ojos grises la acariciaban como si fueran sus manos, cuando él adoptó su postura más solemne.
—Ante mi familia y la tuya, juro guardar tu honor como guardo el mío. Donde yo encuentre refugio, también lo encontrarás tú —murmuró, con la voz estrangulada por la emoción.
—Ante mi familia y la tuya juro sostener nuestra casa, compartir tu fortuna y permanecer a tu lado mientras los dioses, y nuestro Dios cristiano, nos concedan vida —respondió ella, con el pecho henchido de orgullo por aquel hombre que no solo la respetaba y la amaba, sino que consideraba cada uno de sus deseos como propios.
Todos.
Empezando por la ceremonia.
Aquella fue su última declaración mutua, antes de ser sepultados por una andanada de vítores y aplausos que dieron comienzo a la celebración.
Apenas pudo recibir el beso de amor de su esposo cuando fue llevada en volandas, por todos los asistentes a la ceremonia, hasta el banco de honor del salón.
—Ya está hecho, esposa mía —murmuró Caelen, con aquella sonrisilla que le aceleraba el pulso solo con contemplarla.
—Ya se había hecho hace mucho, esposo mío —le respondió, cubriendo su enorme mano con las de ella sobre la mesa—. Hoy solo lo hemos refrendado ante parte de mi pasado.
—Ante lo que tú eres. Porque gracias a la intervención de ellos, o por su culpa, tu sangre nórdica te mantuvo firme. Te convirtió en una mujer… para mí.
Como si los demás hubieran escuchado sus confidencias, comenzaron a golpear las mesas con los cuernos o las jarras.
Un estruendo que les dijo que su matrimonio, al fin, era reconocido por toda la comunidad.
La escocesa, pero también la vikinga.
—¡Brindemos! —el vozarrón de Gunnar eclipsó por un momento el ruido.
Se puso en pie y levantó el cuerno en su dirección.
El resto de presentes respondió haciendo lo mismo con el suyo—.
¡Por Dios y los santos! ¡Por los antepasados!
¡Por los novios! ¡Por los hijos que vendrán! ¡Y ahora sí, puede comenzar la fiesta!
Los vítores se alargaron mientras los siervos servían las partes de un jabalí previamente asado, además de salmón, venado, pan de avena, mantequilla, queso, cerveza e hidromiel.
Todo en cantidades tan ingentes que, en el momento en que Freydis probó un par de bocados, unas inesperadas náuseas casi la obligaron a vomitar el contenido de su estómago delante de todos.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, es solo que… —Lo miró, a punto de revelarle el verdadero origen de su mal, pero prefirió esperar a estar solos y señaló a los guerreros vikingos que, comandados por Rurik, comenzaron a contar historias de viejas campañas—.
¡Oh, escucha! ¡Al parecer, no eres el único experto en exagerar anécdotas para tener a todos pendientes de ti!
—¿Te refieres al día que enterramos a aquellos desdichados de la aldea atacada? Mi pesar era real. Y también la historia. Era la mía.
—¿Cómo…?
—Fue lo que ocurrió conmigo después de que masacraran a parte de tu familia, junto con todo aquel que intentó oponer resistencia al ataque.
El joven del que te hablé… era yo. —Ella abrió la boca, atónita, pero él colocó una mano sobre su muslo con disimulo.
Como había ocurrido en su primer enlace.
Y la sangre de Freydis comenzó a alborotarse—.
Sentí todas las emociones que te relaté.
Durante mucho tiempo, incluso esperé que tu espectro se me presentase para castigar mi conducta irresponsable.
—No fue irresponsable. Solo eras un hombre. Las personas cometemos errores…
—Eso es cierto. —De pronto, su sonrisa pícara volvió a iluminar su rostro hasta dejarla sin aliento—.
Además, sirvió para lo que tenía en mente: conquistarte a como diera lugar.
A las pruebas me remito, vikinga. —La presión de su mano sobre la pierna aumentó, mientras él dejaba caer un suave beso en el hueco de su cuello, satisfecho al comprobar cómo temblaba—.
Solo deseo que la maldita celebración acabe cuanto antes para seguir demostrándotelo, en un lugar mucho más privado.
—Supongo que la celebración podrá continuar sin nosotros, como sucedió la primera vez…
Ambos compartieron una risa cómplice al recordarlo.
Hasta que sus miradas volvieron a encontrarse, como si siempre hubiese sido aquel su destino.
Se quedaron prendados del otro durante una eternidad.
Fuera del mundo que los rodeaba, pero dentro del suyo propio.
Los ojos grises se estrecharon como los de un formidable depredador al acecho; se levantó de un salto y, sin darle opción a negarse, la tomó en brazos y la sacó del salón, seguido por una multitud de palmas, pitos y comentarios acerca de lo que sin duda estaba a punto de ocurrir entre ellos.
No dejó de mirarla mientras ascendía de aquel modo las escaleras con ella. De decirle sin palabras cuánto la amaba. Cuánto la veneraba. Todas las promesas que pensaba cumplir a partir de aquel día, y hasta su misma muerte…
—Te amo, Freydis. Te amo, Ailsa. Te amo, lady MacSween —le susurró cuando ambos estuvieron en el centro de su cuarto, con la puerta cerrada y el crepitar de la chimenea como el único sonido de fondo—.
Me tomaste prisionero como la formidable guerrera que eres, pero tu principal conquista no fue mi cuerpo, sino mi corazón.
Soy tuyo, y no me arrepiento. Ni de serlo, ni de reconocerlo.
—Yo fui tuya mucho antes de lo que siempre admitiré delante de quien me pregunte —afirmó ella, entrelazando sus dedos en la cabellera azabache de Caelen, antes de ofrecerle la boca.
Él la aceptó en un beso que terminó con un gruñido de necesidad, cuando ella se apartó—.
Sabes que nunca me comportaré como se espera de una mujer…
—Lo sé.
—Que no me doblegaré a tu voluntad, a menos que esgrimas razones de peso y yo las estime convenientes…
—Que Dios me ampare, eso también lo sé.
—Que no me quedaré de brazos cruzados, bordando, mientras tú te juegas la vida en cualquier batalla, sino que te acompañaré para compartir tu mismo destino…
—Sea el que sea —resopló él, poniendo los ojos en blanco con impaciencia—. ¿Adónde quieres llegar, mujer? Porque mi intención es desnudarnos y revolver las sábanas hasta bien entrada la madrugada…
—Quiero decirte que no voy a cambiar de opinión, ni espero que tú lo hagas, cuando sepas lo que tengo que…
—Se quedó callada. ¿Y si no aceptaba el nuevo estado de las cosas?
¿Y si la rechazaba? ¡Dioses, no lo había pensado!
Y la mirada expectante que él le dirigía no parecía augurar nada bueno—. Que…
—¡Habla de una vez, o terminaré eunuco!
Sus ojos fueron directos a su entrepierna hinchada por la necesidad.
Se hubiera reído, si no estuviera tan asustada.
—¡Estoy encinta! —soltó de golpe—. Todavía no se nota, pero te aseguro que es cierto. Sigrún lo ha comprobado. Morag también, cuando llegó a Castle Sween para la ceremonia. No hay ninguna duda.
—¿Encinta…?
Caelen palideció y la soltó de golpe, pero ella se negó a darse por vencida tan pronto.
—Sé que te dije que quería un hijo para conseguir llevar a cabo mi venganza, pero entonces yo era distinta, y tú también —añadió, con una templanza que no sentía ni de lejos—. No voy a suplicarte que aceptes a este niño. Solo quiero que sepas que es fruto del amor, no de la venganza que…
No pudo seguir hablando. Su marido la silenció con un beso destinado a disipar todas sus dudas. Las pasadas, las presentes y las futuras. Cuando se apartó de ella, resplandecía como el mismo sol.
—Si esto responde a todo el sermón que acabas de soltarme, me doy por satisfecho —afirmó, colocando la mano sobre su vientre plano con devoción—. Si no, déjame expresar de otra forma la alegría y el orgullo que siento ante la mera idea de ser padre.
—¿No estás… enfadado?
—No.
—¿Ni siquiera recelas de mí?
—Mujer, ya me has demostrado con creces lo que sientes.
Con las mismas promesas que hemos refrendado hace unas horas, y que son las mismas que pienso cumplir contigo.
Pero necesito asegurarme —añadió, con una mirada pícara en sus ojos mientras comenzaba a desvestirla—.
Comprende que la palabra de dos viejas sanadoras podría no ser suficiente, ¿no te parece?
La naturalidad con la que él aceptaba a aquella criatura la abrumó. La desconcertó. Y, al fin, la llenó de un calor que cubrió hasta el último poro de su piel, con un nombre.
Era amor.
Y ya no intentaría rechazarlo. Ni camuflarlo para poder aceptarlo.
Porque el hombre que comenzaba a colmarla de besos y caricias era, y siempre había sido, el escocés de sus sueños.
La parte que su sangre del norte siempre había reclamado sin saberlo, y que al fin tenía.
Gracias por leer esta novela.