CAPÍTULO 51
—Al fin he podido vengar la muerte de mi familia. El asesinato de mi hermana…
Caelen parecía no escucharla. Sus ojos permanecían fijos en el montón de escombros bajo los que se encontraba su hermano. Mostraba… dolor. Pesar. Pero ni una pizca de remordimientos o dudas acerca de lo que acababa de ocurrir.
—Si yo no me hubiera comportado con tanta petulancia, sabiéndome heredero de mi padre…
—murmuró, sacudiendo la cabeza cuando dejó caer los hombros.
El único signo de derrota que Freydis apreció en él cuando apoyó la punta de la espada en el suelo—.
Si hubiera visto antes sus intenciones, quizá nada de eso hubiera ocurrido.
Quizá hubiera podido hacer algo para cambiar su opinión acerca de mí, hasta recuperar nuestra relación de hermanos…
—Durante años has cargado con un sentimiento de culpa muy parecido al mío, escocés.
—¡Porque durante años pensé que tu desaparición había sido por mi causa! —confesó entre dientes—. Estoy avergonzado. ¡Ni siquiera soy capaz de mirarte a la cara! Yo… te fallé cuando más me necesitaste. Y años después, fallé a tu hermana. A tu abuela…
—Mi abuela me encontró gracias a ti. A tu apoyo, a tu silencio cuando ella te lo pidió. Si yo hubiera descubierto mi verdadera identidad entonces, la hubiera tachado de mentirosa, como poco. ¡Nunca la hubiera creído, porque mi mente estaba vacía de recuerdos!
—Otros se encargaron de que así fuera, preparando un destino para ti peor que la muerte. —Su mirada se escapó hacia los dedos inertes que asomaban por debajo de la montaña de piedras—. Mi padre entrenó mi cuerpo para ser un buen jefe, pero también mi mente. Todo fue culpa mía.
—Pero el curso de los acontecimientos debía ser ese.
El sentido de responsabilidad que siempre has tenido ha estado a punto de sepultarte, tal y como acaba de ocurrir con Dugall.
—Posó la mano sobre su espalda con delicadeza.
Notó los músculos tan duros como las piedras que contemplaban.
Aún estaba dominado por la tensión, por la rabia y la frustración de ver a su hermano muerto.
Tuvo que contenerse para no lanzarse a su cuello y festejar que seguían vivos, pero señaló a su alrededor los últimos vestigios de una batalla que les daba como ganadores indiscutibles—.
Hay personas que nacen con nobleza, con orgullo, con honor.
Otras, por el contrario, jamás podrían llenar sus corazones de algo diferente de la ponzoña, la oscuridad, la bilis que da el odio acumulado.
Los celos enfermizos… Tu hermano siempre perteneció a la segunda parte.
Nunca hubieras podido hacer nada para remediarlo.
—Pude, pero no quise verlo. —El enorme guerrero cayó de rodillas junto a la improvisada tumba de su hermano, cabizbajo. Conteniendo un llanto que sabía que Dugall no merecía—. No me comporté con él como debía…
—Pagaste por sus fechorías como si hubieran sido tuyas. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer, escocés. Si él tropezaba, tú estabas ahí para ayudarlo. Si caía, tú lo levantabas…
—¡Debí poner más empeño! —Los ojos grises estaban arrasados en lágrimas cuando los dirigió a ella con furia—.
Es posible que Dugall hubiera dudado de mis sentimientos hacia él como hermano.
En muchas ocasiones fui el hombro en el que se apoyó, sí.
Pero en otras, se encontró solo frente a la autoridad de mi padre.
Yo estaba centrado en otras cosas… Y él creyó que eliminándolas, lograría recuperar la atención que mereció, y que padre nunca le dio.
—¿Te refieres a mí? ¿A mi familia?
Por toda respuesta, él asintió, atormentado.
—Una vez, Sigrún me aseguró que el destino de cada uno se escribía en el momento en que llegábamos al mundo, pero que nuestros actos podían ayudar a cambiar el rumbo en determinados momentos.
—Él la tomó por los hombros—. Tú y yo lo hemos conseguido, vikinga.
Todo parecía indicar que nuestras vidas se separarían, pero nuestras decisiones nos han unido. Espero que para siempre.
Al fin superaba la angustia que ese exceso de responsabilidad le había causado. Al fin comprendía que Dugall se había convertido en un monstruo por iniciativa propia, no por su causa.
Inspiró hondo, le sonrió como solo él sabía hacer y elevó la espada con un grito enfervorizado de guerra, que fue coreado por todos los presentes.
Solo cuando Eirik Hauksson, Gunnar y Alasdair se les unieron, la tomó entre sus brazos con autoridad y selló la victoria con un beso inolvidable que la marcó como suya. De nuevo.
—La plaza es nuestra, mi laird —exclamó Angus, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Y el oro también —añadió Rurik, enseñándole dos enormes bolsas repletas de monedas—. No tuvimos dificultad en encontrarlo. Ahora podemos devolverlo a la Estirpe, de donde nunca debió salir.
Freydis se apartó de su esposo a duras penas, solo para comprobar que todos se hallaban sanos y salvos, excepto…
—¿Y el laird MacSorley? —preguntó con el ceño fruncido.
—Mi padre ha muerto en combate, milady . —Alasdair se apoyó en el pomo de la espada e hincó una rodilla en tierra, tan cabizbajo que ella no pudo distinguir sus emociones—. Os pido permiso para poder llevármelo y prepararle el merecido funeral en nuestras tierras.
—¿A mí?
—Eres la persona que los ha traído hasta aquí. —Caelen asintió, conmovido y tan orgulloso que no cabía en sí—. Les expusiste tu plan para conquistar la plaza y liberarme, sin saber siquiera cómo me encontrarías.
—Vivo, escocés del demonio. No contemplé en ningún momento encontrarte de otra manera. ¡Si hubieras muerto, jamás te lo habría perdonado!
Le propinó un puñetazo en el hombro, solo para esconder la fuerza de los sentimientos que la zarandeaban, dando al traste con esa frialdad que la había convertido en legendaria entre los miembros de la estirpe…
«No podrás renunciar jamás. No podrás dejarte llevar por ningún tipo de emoción, incluido el amor. Nunca abandonarás una batalla. Serás leal a tu estirpe hasta el día de tu muerte».
Al recordar los mandatos de la organización, el pecho se le paralizó de temor.
Amar a Caelen implicaba faltar a todos ellos. Si pretendía vivir una vida junto a él, tendría que renunciar a todo lo demás, incluida una lealtad que había dado por hecha hasta el momento en que su hermoso escocés se había presentado en sus sueños más sensuales.
Sus ojos buscaron los de Rurik, con un silencioso mensaje que él interpretó a la perfección.
—Mis palabras siguen en pie —le dijo, cuando se acercó a ella para tomarla de las manos—. Has muerto en batalla, honrando los principios de los Halcones hasta tu último aliento…
—Yo corroboraré sus palabras en cuanto tenga que dar cuenta de las mías, que será más temprano que tarde —apoyó Eirik, dando un paso al frente.
—Haakon me pedirá explicaciones. Y cuando se las dé, le haré saber que una de sus mejores guerreras dio su vida por él y por lo que consideraba justo —remató Gunnar, inclinando la cabeza en señal de total aceptación.
Freydis los miró a todos, mientras su mano permanecía sobre el hombro de un atribulado Alasdair, sin encontrar las palabras adecuadas para agradecerles el sacrificio que estaban a punto de hacer por ella.
Si aceptaba, Rurik y los demás volverían con el oro que habían ido a buscar, junto con el mensaje de su muerte. Pero cabía la posibilidad de que llegaran más hombres del norte. Más miembros de la estirpe que pudieran descubrirla. Y, en ese caso…
—Podéis llevaros a vuestro padre para rendirle los honores que sin duda merece, laird MacSorley —murmuró, incapaz de seguir pensando en las consecuencias que sus actos estaban a punto de tener.
Después, se dirigió a su lugarteniente, conteniendo las incomprensibles lágrimas que amenazaban con empaparle la cara—.
Rurik, has sido mucho más que un compañero para mí.
Te has convertido en un amigo, en un confidente…
En lo más parecido a un hermano que he tenido la suerte de conocer.
No me olvides nunca, porque yo no lo haré.
—Tampoco yo, amiga. Tampoco yo.
Había tanta tristeza en el rostro del vikingo que sintió la necesidad de consolarlo con un beso en su mejilla, pero un sonido proveniente de las mazmorras la dejó paralizada.
—¿Habéis oído eso? —preguntó, exigiendo silencio con un gesto de la mano.
El sonido se repitió, aumentado por una especie de eco que lo hizo mucho más reconocible para ella.
Contuvo la respiración, e incluso cada uno de los pensamientos que la llevaban a tener esperanza.
No podía ser. Era imposible. Ella había visto cómo…
El ruido chillón, casi suplicante, volvió a escucharse, esta vez mucho más claro para todos los presentes. Sus ojos se cruzaron con los de Caelen.
—¿Gràr?
—No lo sé, pero pienso averiguarlo ahora mismo —le respondió, lanzándose hacia el agujero por el que el perro había caído, como si una horda de enemigos la persiguiera.
Cuando llegó a su destino se quedó inmóvil, escuchando…
—¿Gràr? —llamó, con una vocecita llena de incertidumbre.
Los sonidos que le respondieron la hicieron caer de rodillas en el borde del agujero. Sus gritos eran bajos, ahogados…
Y luego, lo escuchó.
Un sonido frenético. Garras arañando la piedra.
Y un ladrido.
—¡Gràr!
Se asomó al mismo tiempo que veía lo más parecido a una cabeza peluda intentando salir a la superficie.
Lo sujetó y tiró de él con fuerza, hasta que ambos estuvieron lejos del peligro.
El perro, por un milagro que algún día lograría entender, no mostraba lesiones más graves que unos pocos rasguños y el hocico ensangrentado.
Loco de contento, comenzó a lamerla hasta que olisqueó al que siempre había sido su verdadero dueño.
Se lanzó hacia Caelen y no paró hasta que el escocés no lo cogió entre sus brazos para hacerle todo tipo de carantoñas.
—Al parecer, este agujero está lleno de salientes —informó Angus cuando se asomó a él—. Es posible que el chucho se quedara en uno de ellos. De ahí que consiguiera llegar arriba sin apenas esfuerzo, y sano y salvo…