Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

Caelen no quería luchar contra su hermano.

Podía ser un redomado hijo de perra, traicionero y venenoso, pero la sangre los unía. Y era esa sangre la que le impedía imponerse por su mayor corpulencia y pericia, a pesar de la debilidad que lo acometía.

Durante su apresurada confesión, había intentado rechazarlo con todas sus fuerzas.

Odiarlo por todo lo que había hecho, en nombre de un sentimiento enfermizo que le había dominado desde que tenía uso de razón.

Aunque él siempre hubiera visto en Dugall a su hermano mediano, un muchacho introvertido, callado pero inteligente, y demasiado astuto como para demostrarlo de forma abierta, la realidad siempre había sido otra.

Dugall había pasado por todo lo que los demás habían querido ver en él, sin molestarse en sacarlos de su error.

Dejando que se confiaran, para poder asestar su golpe definitivo en el momento adecuado.

Un momento que había comenzado con la conquista de Marjorie primero, y de Jura después.

Que se había gestado a partir de entonces, y que acababa de alcanzar su punto álgido.

Quiso verlo como lo que nunca había dejado de ser: su hermano. A pesar de todo lo ocurrido. Pero cuando pensó en Freydis y en la amenaza que se cerniría sobre ella si no lo reducía a cualquier precio, todo signo de debilidad desapareció.

—¿Qué ocurre? ¿No has tenido bastante con haber perdido el territorio que padre te legó a su muerte? ¿Ni tampoco con el modo en el que conseguí reducirte para traerte aquí, o el tiempo que has pasado en este lugar infecto? ¿Qué más tiene que pasarte para que luches como tú sabes hacerlo?

—Solo que te ganaras el corazón y el alma de mi esposa. Y eso, como puedes comprobar, no va a ocurrir. Al menos en esta vida.

Dugall le respondió con una risotada, pero retrocedió cuando Caelen y Freydis intensificaron su ataque, hasta que los tres terminaron en mitad de la batalla que aún se libraba en el centro de una fortaleza que comenzaba a estar en ruinas.

—No quiero su corazón, ni su alma. Con su cuerpo me bastará. Y puedo conseguirlo aunque ella no me lo entregue de buen grado —respondió Dugall.

Lanzó un golpe casi mortal con su hacha, directo al cuello de su hermano, pero este logró repelerlo en parte gracias a la espada de Freydis.

Sin embargo, sus fuerzas estaban mermadas.

Durante un instante, ambas armas parecieron medir sus fuerzas sobre las cabezas de ambos hombres.

Hasta que la vikinga ejecutó un movimiento rápido y certero para colocarse entre los dos y herir el muslo de su atacante con la daga.

A continuación, se apartó con tanta pericia que Dugall no pudo alcanzarla, aunque lo intentó.

—No es gran cosa, pero servirá —le dijo ella, encogiéndose de hombros con una frialdad sobrecogedora, mientras le sonreía, refiriéndose al arma que portaba, llena de sangre.

Señor de los cielos.

Le sonreía sin bajar la guardia.

Como si, en lugar de estar luchando por su vida, se hallaran en mitad de un campo de brezo, disfrutando de una tarde al sol sin más preocupaciones.

El corazón se le encogió en el pecho al pensar que, si ella moría, jamás podrían hacer algo tan sencillo. En aquel mismo instante, cuando se atrevió a mirarla por el rabillo del ojo, se prometió a sí mismo que haría todo lo posible por mantenerla a salvo, a su lado.

No importaba si había consentido en que se expusiera de aquel modo.

Sentía que debía respetar sus decisiones.

Las pasadas, las presentes y las futuras.

No solo porque era su esposa, sino también porque era una mujer excepcional, única.

Una guerrera inigualable, para quien el honor era una cuestión de vida o muerte.

Dugall lo había quebrantado orquestando el ataque que años atrás acabó con parte de su familia y los separó. Había tomado a Mairead por esposa para asesinarla por pura ambición tiempo después.

Ella tenía razón.

Había destrozado de un plumazo un cariño de críos que hubiera desembocado mucho antes en lo que ya había conseguido.

Se había encargado de manipular sus vidas sin que ninguno sospechara de él, más allá de su afán conquistador como segundo hijo que era.

Caelen había sido tan confiado que ni siquiera después de encontrarlo con Marjorie quiso cortar todo lazo con él.

Tan ingenuo que pensó que, con su llamada de auxilio, Dugall estaba extendiéndole la mano para recuperar una relación fraternal, al menos, cordial.

Pero su confesión en las mazmorras había terminado de abrirle los ojos, si es que en algún momento los había vuelto a cerrar.

Ya todo encajaba. La presencia de Marjorie en Castle Sween, la desaparición de las monedas que él le había arrebatado al mercenario muerto, después de aquella emboscada, la petición de Dugall con la intención de que él muriera en el ataque de los vikingos…

Y Freydis.

Él la ambicionaba como una más de sus posesiones. Por muy diestra que fuera en la lucha, poseía menos fuerza bruta que un hombre.

Por mucho que se resistiera, si él moría, Dugall la sometería tal como pretendía.

Y no podía consentirlo.

—Podría perdonarte todas tus conspiraciones contra mí. Incluso esa que llevó a Marjorie de vuelta a mi casa —siseó, con los ojos entrecerrados por la furia que, al fin, guiaba sus actos sin asomo de arrepentimiento.

—Eso fue lo único que no planeamos, hermano.

Ella me abandonó llevándose las monedas de oro.

Yo me limité a seguirla con el orgullo del esposo herido por bandera —respondió Dugall, con una sonrisa torcida que se acentuó cuando, en apariencia recuperado del corte en el muslo que no dejaba de sangrar, siguió haciéndoles frente—.

¡Era el mejor momento para aglutinar a mi alrededor a todos los que estamos en contra de Alexander y su reinado!

¡Una ocasión única para hacernos con uno de los baluartes de nuestro monarca, en nuestro beneficio!

—Pero lo que jamás te perdonaré será que intentes hacerte con mi tesoro más valioso: Ailsa siempre fue para mí —siguió diciendo, ignorando todo lo que no fueran ellos y la batalla decisiva.

De pronto, parecía que a sus pies les hubieran nacido alas.

Se interpuso entre ambos cuando su hermano lanzó un ataque directo hacia ella y lo bloqueó con la espada.

Los metales entrechocaron antes de que lograra desviar el hacha para avanzar hacia él, con la determinación de quien está dispuesto a terminar con su enemigo, cueste lo que cueste.

—Desde que era una niña, prefirió mi compañía a la tuya.

Tal vez porque intuía que tu alma estaba negra —añadió, girando sobre sí mismo para lanzar un golpe a media altura que Dugall consiguió esquivar a duras penas—.

Pero los celos hacia mí y todo lo que me rodeaba ya te carcomían por dentro, hasta convertirte en el ser vacío que tengo enfrente.

¡No te conformaste con ejercer de segundo hermano a mis órdenes, y quisiste quitarme a mi prometida!

—Creo que lo conseguí…

—¡Te llevaste a una serpiente tan venenosa como tú!

Debo darte las gracias, hermano. —Su esposa tomó la delantera, mientras él se permitía el lujo de hacerle una grotesca reverencia.

Dugall trastabilló y a punto estuvo de caer, pero una enorme piedra a su espalda, procedente del agujero que lucía la gruesa muralla tras él, actuó de soporte—.

Ahora mismo, ninguno de tus planes llegará a buen puerto.

Tus aliados han desaparecido, mientras los míos toman la plaza a sangre y fuego.

Tu esposa ha muerto, mientras que la mía permanece conmigo…

—¡No será por mucho tiempo!

Dugall arremetió contra Freydis en un ataque de rabia indiscriminado, pero él se interpuso entre ambos a tiempo de evitar que la embistiera como un toro embravecido.

La cabeza de su hermano impactó de lleno en su estómago. Caelen se quedó sin aire. Soltó la espada, que terminó lejos de él por un certero puntapié del que se había convertido en su peor enemigo. Doblado en dos, solo pudo ver cómo el filo del hacha se colocaba en su garganta.

—Tus remilgos a la hora de atacarme van a costarte la vida —escuchó a Dugall—. Yo nunca he tenido, ni tendré, tantos escrúpulos. Por eso, llegaré a ser rey.

—¡Rey del infierno, si el diablo te lo permite! —Una sombra se interpuso entre ellos cuando el hacha se elevó sobre él. Como una exhalación, la muchacha hundió su daga en el vientre de Dugall con un grito de guerra que le heló la sangre—. Reúnete con tu esposa allí, malnacido…

Lo empujó hacia atrás con el pie, al mismo tiempo que él se reponía y recuperaba su espada, dispuesto a defenderla, pero no fue necesario. Cuando Dugall extendió sus manos empapadas de sangre hacia ella, el resto de la muralla dañada se le cayó encima, dejándolo sepultado por completo.