CAPÍTULO 49
—No se te ocurra tocarlo.
A Freydis no le tembló la mano cuando la amenazó con el filo de su espada.
A sus pies, Gràr comenzó a gruñir en señal de advertencia, pero no se movió del sitio.
Esperaba una orden suya.
Una orden que no daría.
El placer de acabar con aquella sabandija intrigante sería solo para ella.
Marjorie contempló el arma con una sonrisa retadora y presionó más su daga contra el cuello de Caelen, hasta que vio un hilillo de sangre correr hacia abajo, y las entrañas le gritaron que actuara.
—¡Maldita, no le harás ningún daño!
Avanzó en su dirección, pero se detuvo en seco cuando su enemiga quitó el tapón del frasco con los dientes y lo agitó delante de ella.
—Un solo paso más, y sufrirá los tormentos que están destinados a ti.
La cal viva es traicionera. Al principio no sientes nada.
Después parece que los fuegos del infierno te arrancan la piel —explicó en un susurro—.
Notas cómo se deshace poco a poco y la carne se desprende del hueso para no volverse a unir a él nunca más…
—Su mirada delirante se posó sobre ella con el brillo de la venganza—.
Te mantienes consciente en todo momento, inmersa en un dolor indescriptible, mientras no dejas de pensar que nunca volverás a tu aspecto original.
Que tu vida ha quedado reducida a un guiñapo del que todo el mundo se reirá.
—¿Eso es lo que quieres para el hombre que amas?
—No. Eso es lo que quiero para ti.
—Pues tendrás que cambiar de planes, esposa. Yo reservo otro destino para Ailsa.
Al escuchar su nombre escocés, ella se giró. Dugall se encontraba a su espalda, con un hacha que no dudó en utilizar para neutralizar su espada y enviarla con un golpe seco al otro lado de la mazmorra.
—¿Te sorprende que haya averiguado tu verdadera identidad? —le preguntó, con una sonrisa escalofriante—. Bueno, no era tan difícil, ¿verdad, amor mío?
—Si la tocas…
—Haré mucho más que eso, pero más tarde.
Antes, quiero que los dos sepáis que el ataque que la llevó lejos de aquí, lejos de ti, fue orquestado por mí.
Con la única intención de acabar con una familia con la que estabas forjando unos lazos muy poco convenientes para tu posición, hermano —añadió con indiferencia, sin apartar los ojos de Freydis—.
No solo acabé con Mairead cuando fue necesario, sino que, mucho antes, me ocupé de que tú desaparecieras de la vida del futuro laird de Knapdale.
Su corazón se paralizó por un angustioso instante.
—¿Por… qué? —balbució.
—Por él. —Los ojos de Dugall, preñados de despecho, se clavaron en Caelen con furia—.
¿Alguna vez te paraste a pensar en lo que podía suponer para alguien como yo quedar relegado de todas las decisiones importantes del clan?
¿En algún momento fuiste capaz de ponerte en mi pellejo, hermano?
¡No, claro que no! Estabas demasiado ocupado pavoneándote por ser el preferido de padre, el primogénito, el futuro jefe y futuro esposo de una mujer que creías tener a tus pies, como a todos los demás.
—Dugall, eso no es cierto y lo sabes.
—¿Lo sé? —La carcajada amarga reverberó en todos los rincones de la mazmorra—.
¡Hiciera lo que hiciese, jamás contaba con la aprobación de padre!
¡Él solo tenía ojos para ti! Y cuando murió y logré seducir a Marjorie…
¡Ni siquiera tuviste la decencia de mostrarte como un hombre humillado por su prometida!
No sabes cómo te odié por ello… Cuánto tuve que fingir cuando acepté a Mairead como esposa, e ignoré la amenaza que suponía la presencia de Sigrún…
Sus ojos parecían tan brillantes, que pensó que se echaría a llorar cuando los clavó en ella. Sin embargo, la oscuridad que siempre vivía en ellos regresó.
—Por desgracia, tanto tu hermana como tu abuela sobrevivieron y, con ello, me obligaron a modificar mis planes —añadió, refiriéndose a ella, con un amago de sonrisa—.
Reconozco que nunca pensé que volvería a verte, pero ya que estás aquí, he decidido llevarlos a cabo contigo.
Solo de pensar en el placer que me proporcionará vencer toda esa bravura en el lecho…
No pudo continuar. De pronto, Gràr clavó los dientes en su pantorrilla con tanta saña, que el guerrero se tambaleó.
—¡Quítate del medio, perro del demonio!
De un puntapié lo envió fuera de la celda. Freydis escuchó el aullido un segundo antes del golpe seco, lejano, pero demasiado claro para ella.
Le llevó unos segundos comprender lo que había ocurrido.
Y, cuando lo hizo, una furia como nunca antes había sentido se adueñó de ella.
Gràr había terminado en el fondo de aquel enorme agujero.
Había muerto.
—¡Nooo!
Ignoró la amenaza del arma que portaba Dugall, su pericia como luchador e incluso su mayor corpulencia, y se abalanzó sobre él dispuesta a sacarle los ojos si fuera necesario.
Cualquier cosa con tal de hacerle pagar por haber asesinado al pobre animal, pero Marjorie se interpuso en su camino antes de que Dugall pudiera detenerla.
—¡No tocarás a mi esposo sin recibir lo que llevo tanto tiempo planeando para ti!
—¡Antes, tendrás que acabar conmigo! —gritó Caelen.
Todo ocurrió tan deprisa que apenas pudo reaccionar.
Con un rápido movimiento, él consiguió trabar la cadena que lo mantenía preso alrededor de las piernas de Marjorie, cuando esta intentaba verter el contenido del frasco sobre Freydis.
Tiró con fuerza, desestabilizándola, de modo que la cal viva acabó sobre su rostro.
Se cubrió la cara con las manos, retorciéndose en el suelo, en medio de unos espantosos alaridos que le encogieron el corazón. Casi al mismo tiempo, logró arrastrarse hasta Dugall, que seguía amenazándola para que no se moviera, y se aferró a la pierna que Gràr le había mordido.
—¡Por favor, ayúdame! —le suplicó—. En nombre de todo aquello que nos une, de todos los planes que un día nos encumbrarán a lo más alto… ¡Haz algo para salvarme!
—¿A ti?
—¡A tu futura reina!
Dugall dudó. Por su mirada cruzó un esbozo de emoción.
De lo que fuera que quizá, un día, llegó a sentir por ella.
Durante una fracción de segundo, su rostro se transformó en el de un ser atormentado por esa atracción enfermiza nacida de los celos, hasta que con una mueca de repugnancia al contemplar la masa sanguinolenta en la que poco a poco se iba convirtiendo su hermoso rostro, intentó liberarse de su agarre retrocediendo con un puntapié.
—Suéltame, engendro —siseó—. ¿Tú, reina? Lo único que serás a partir de ahora es una pobre mendiga, sin pasado, sin presente y sin futuro…
Aquel era el momento perfecto para que ella, al fin, reaccionara. Se movió con la agilidad de un felino hacia su marido. Logró librarlo de las cadenas, justo al mismo tiempo que alguien tiraba de ella hacia atrás con una fuerza descomunal y la arrastraba fuera sin que pudiera evitarlo.
—¡Aparta tus sucias y sangrientas manos de mi futura esposa! —escuchó vociferar a Dugall, antes de que Caelen se precipitara sobre él para impedir que la atrapara.
—Para eso necesitarás acabar conmigo, ¿no crees, hermano? —le preguntó, con un tono escalofriante—. Y créeme. Seré un hueso muy duro de roer.
Lo siguiente que escuchó fue un chillido lleno de furia. Logró agarrarse al saliente de una de las paredes y se giró, pero apenas pudo apreciar el rostro quemado de Marjorie cuando esta tiró de su pelo.
—¡Te lo arrancaré hebra por hebra si hace falta, con tal de verte muerta, vikinga!
Sus palabras se convirtieron en un montón de susurros cuando salieron por una boca ya incompleta, pero ella las comprendió a la perfección.
Aquella mujer podía estar padeciendo el infierno en su propio cuerpo, pero seguía manteniendo la fuerza suficiente como para aprovecharse del ataque por sorpresa y golpear su cabeza contra la pared que le servía de agarre.
Durante unos segundos, la visión se le tornó borrosa. Apenas pudo moverse cuando notó cómo Marjorie se colocaba a horcajadas sobre ella con la intención de cortarle el cuello, pero sus manos se toparon con los hombros de su oponente e hizo presión para impedirlo.
Pudo al menos forcejear con ella mientras intentaba por todos los medios recuperar su lucidez. El montón de motivos que la habían llevado hasta allí. El amor que sentía por Caelen, por todos aquellos que seguían luchando en la fortaleza y por los que permanecían en Knapdale, aguardando su regreso.
Cada parte de su cuerpo se llenó de pronto de ese sentimiento, que irrumpía en su interior abarcando todos los rincones. Cada poro de su piel reaccionó como si siempre lo hubiera experimentado. Como si las emociones hubieran formado parte de su ser desde que había llegado al mundo.
Había encontrado la mitad de sus raíces allí. En el lugar al que había llegado, jurando vengarse por la muerte de una hermana que no había significado más que los retazos de un recuerdo avivado por el relato velado de Sigrún.
—No consentiré que él vuelva a caer en tus garras… —balbució, mientras intentaba por todos los medios que la hoja no le rasgara algo más que la piel.
—¿Quién quiere a un simple señor de un feudo, pudiendo tener a todo un rey de Escocia?
—Sintió un leve escozor en el cuello y después el cosquilleo de la sangre discurriendo hacia abajo, pero no cejó en su empeño.
Si debía distraerla con cualquier provocación verbal para obtener tiempo, lo haría sin dudar—.
¿Tu limitado entendimiento no te permite atar cabos, estúpida?
¡Dugall acudió a Knapdale con todos nuestros aliados!
¡Poderosos, como pudiste comprobar! ¡Y tan numerosos que, cuando Alexander quiera hacer frente a esta nueva revuelta, no podrá detenernos!
—¿Y dónde están… ahora? —la provocación surtió efecto. Marjorie lanzó un gruñido por toda respuesta, pero ese segundo de indecisión fue crucial—. Sí, soy vikinga… Pero también escocesa.
Y, apelando a esa sangre, encontró la fuerza necesaria para reducir a una simple mujer movida por el odio, los celos y la furia, que desconocía los más elementales pasos a dar en una lucha cuerpo a cuerpo.
Apretó los dientes y desplazó las manos hasta sus costados.
El golpe simultáneo bajo sus costillas fue tan potente y certero que dejó a la noble sin respiración.
Cuando se irguió de golpe para coger aire, Freydis elevó las piernas para lanzarla lejos de ella, con una puntería tan macabra, que el cuerpo de Marjorie se precipitó por el mismo agujero por el que Gràr había desaparecido.
Se puso en pie renqueante y se asomó al abismo negro.
No la vio, pero tampoco se arrepintió al escuchar el golpe sordo que le indicó que había llegado al final.
—Lo merecías —murmuró, retrocediendo con el cuchillo de su enemiga en la mano cuando, poco a poco, los sonidos de la lucha que se estaba produciendo a unos pasos de ella centraron toda su atención—. Caelen…
Corrió a su lado, ignorando su debilidad, las palpitaciones que todavía sentía en la cabeza o cualquier otro signo exterior que la distrajera de su objetivo.
Armada con una daga que distaba mucho de parecerse a la espada que había dejado en la mazmorra, entró en ella a tiempo de ver cómo él se hacía con su arma para defenderse del ataque de su propio hermano.
—¡Vete! —le gritó cuando intuyó lo que se proponía—. ¡Esto es entre Dugall y yo!
—Ah, reconoce que también ella tiene algo que ver, laird —le respondió su hermano con sorna, dedicándole tan solo una breve mirada de desdén por encima del hombro—.
Después de todo, me ha allanado el camino deshaciéndose de Marjorie.
¿Quién sabe? Tal vez, en el fondo, ansíe convertirse en mi esposa y me ayude a terminar contigo…
Desde aquella distancia, pudo ver cómo el gris de los ojos de su esposo se convertía en una tormenta mortal dirigida a Dugall. Sucio, harapiento y débil, le respondió con un movimiento de espada casi letal, que su hermano apenas pudo detener con el mango de su hacha.
Ambos se enzarzaron en un combate que los llevó fuera de la celda, pero ella, lejos de obedecer la orden, se posicionó a su lado.
En aquel instante, había dejado de ser una MacSween para convertirse en la temida guerrera de la Estirpe del Halcón.
—Él robó los lingotes de oro a los míos, con la intención de usarlos en un complot contra tu monarca, cuyas consecuencias y alianzas has tenido la desgracia de padecer en tu propio feudo, escocés —siseó cuando él le lanzó una mirada admonitoria—.
Cuando Mairead lo descubrió, él la asesinó y disfrazó su delito de accidente. Mató a mi hermana…
—Y te mataré a ti si no te pliegas a mis fines, vikinga. Me pertenecerás, del mismo modo que ella antes que tú.
Los ojos de Freydis se clavaron en él.
Se esforzó en verlo como lo que realmente era. Con la mirada de una guerrera fría y calculadora, que prestaba ayuda a su igual. Apretó los dientes y los párpados el tiempo necesario para expulsar de sí todo rastro de emoción que pudiera hacerla más débil, y sonrió.
—Un halcón no pertenece a nadie… y jamás olvida a quien le arrebata el cielo —respondió, con una seguridad escalofriante—. Tú me arrebataste el mío; pagarás por ello.
Se preparó para que su propio esposo le impidiera participar en la lucha, pero cuando ese impedimento no llegó, ella lo miró.
—Adelante —le susurró él, con un asentimiento lleno de aceptación, de respeto y de orgullo, que le insufló el valor necesario para continuar.