CAPÍTULO 48
El camino bajo los cimientos del castillo fue lento y accidentado.
Emma llevaba la delantera, seguida por Angus, que no le quitaba el ojo de encima.
Freydis ocupaba el lugar central, escoltada por Rurik y el resto.
Todos permanecían en guardia, atentos a cualquier signo de emboscada que pudiera dar al traste con sus planes.
Pero el silencio era tan absoluto que constituía un peligro por sí mismo.
— Milady , nunca os traicionaría —fueron las únicas palabras de Emma cuando, una eternidad después, vislumbraron algo de claridad y los primeros sonidos que indicaban que la otra parte de su plan se estaba llevando a cabo con éxito—.
Me habéis demostrado más consideración en unas semanas que mi ama en toda una vida. Soy persona agradecida.
—Yo también. Pero no tolero la mentira, así que más te vale que, cuando lleguemos a donde quiera que lleve este camino maloliente, no nos encontremos con la muerte.
Así fue.
Cuando alcanzaron el otro lado del túnel excavado entre las rocas para llegar a la fortaleza de Jura, el ataque iniciado por Eirik, Niall y Gunnar había alcanzado su punto máximo.
Tanto ella como Rurik, el resto de sus hombres y Emma, acompañados por un frenético Gràr que no dejaba de emitir agudos ladridos, irrumpieron en el patio de armas, preparados para repeler los ataques de las fuerzas de Dugall.
—¡Emma, ponte a cubierto! —gritó cuando interceptó una espada que iba directa a la cabeza de la sirvienta—. ¡Cuando todo termine, sabré recompensarte! ¡Ahora escóndete!
La muchacha corrió tras una columna y se mantuvo allí, a la expectativa, mientras ella no perdía de vista al perro, que seguía requiriendo su presencia de un modo cada vez más insistente.
—¡Rurik, cúbreme las espaldas! —gritó, dispuesta a seguir al animal hasta los confines del mundo, solo para encontrar a Caelen—. ¡Los demás, replegaos para servir de escolta a los jefes! ¡Ninguno de ellos puede resultar muerto o herido!
—¿Y el oro?
Freydis se detuvo a medio camino cuando escuchó la pregunta.
Cuando se giró, su espada impactó con la de un guerrero de Dugall.
Tuvo que concentrarse en la lucha para no salir malparada, pero su mayor rapidez y pericia lograron que pudiera librarse de él, a tiempo de detener una lluvia de flechas con su escudo.
El maldito Dugall estaba ordenando un ataque indiscriminado, sin importar quién cayera.
—¡Desconocemos el paradero del oro, pero tendremos que vencer para hallarlo! —le respondió, con una mirada de agradecimiento cuando Rurik inclinó la cabeza antes de desaparecer tras la estela de Gràr.
Sorteó a otros dos guerreros, y muchos más cadáveres por el camino, hasta descender a las mazmorras, a través de un corredor en penumbras que contenía un enorme agujero, similar a un pozo, junto a la primera de las celdas.
El ladrido de Gràr la advirtió de su presencia, pero también dio la voz de alarma.
Tuvo que atravesar el pecho del primero de los vigías con la espada para evitar que avisara al resto, pero ya era demasiado tarde.
—¿Quién va? —El animal le clavó los dientes en la pierna—. ¡Suéltame, bicho sarnoso! ¡Que me sueltes, he dicho!
De un puntapié logró enviarlo a la pared contraria, pero su distracción otorgó a Freydis un tiempo precioso. Antes de que pudiera reaccionar, lo redujo colocando el filo de su cuchillo sobre la garganta del desdichado.
—El laird Caelen MacSween —pidió con un susurro—. Si él está con vida, tú conservarás la tuya.
No tuvo más que seguir la dirección de su dedo para escuchar unos extraños sonidos procedentes de la celda que señalaba.
La primera de todas, que desprendía un sospechoso conjunto de suspiros. Siseos. Jadeos… femeninos.
Con un rápido movimiento, golpeó la sien del vigilante hasta dejarlo inconsciente y se dirigió hacia allí.
Lo que vio la dejó muda.
Marjorie se hallaba inclinada sobre la entrepierna de su esposo.
Le estaba practicando una felación.
Él permanecía encadenado. A pesar de encontrarse en disposición de acabar con ella, no se movía.
Bloqueó toda pregunta surgida para alimentar sus dudas y, con fuerzas renovadas, regresó junto al vigilante para arrebatarle las llaves, en completo silencio. Después, se dirigió al perro, que había vuelto con ella como si tal cosa.
—Serás mi mejor aliado, pequeñajo.
Cuando irrumpió en el interior de la mazmorra, como un vendaval furioso, y Marjorie levantó la cabeza, desconcertada, supo que algo andaba mal.
Muy mal.
El rostro de Caelen reflejaba una humillación y un dolor inimaginables, que desaparecieron en cuanto la vio.
—¡No! ¡Vete! —le gritó, apartando a Marjorie de un puntapié para intentar atraparla entre las cadenas.
Sin embargo, ella fue más rápida. Con una sonrisa siniestra, sacó una daga con la que amenazó la garganta del escocés, mientras con la otra mano sostenía en alto un pequeño frasco.
—Ya estamos todos. Me encantará que contemples cómo hago mío al hombre que una vez creíste tuyo, vikinga salvaje —siseó—. Y después, me encargaré de que nunca ningún otro vuelva a considerarte hermosa. Ni siquiera digna de lástima.
Dugall la vio, comandando su grupo de desarrapados vikingos, como si hubiera nacido para ello.
Se fijó bien en sus rasgos fieros. En su cabello único. En el color turbio de sus ojos, visible incluso a aquella distancia.
Y sintió un mazazo de reconocimiento en el pecho.
—¿Ailsa? —preguntó con incredulidad—. Ailsa…
No podía ser. Aquella fatídica noche, él mismo se había encargado de orquestar el ataque a la aldea, con la única idea de exterminar a aquella maldita familia que comenzaba a influir demasiado en la suya.
Se había sentido amenazado por aquella influencia, pese a saber que jamás se convertiría en el heredero legítimo de su padre. Estaba Caelen.
Siempre había estado. Incluso cuando pensó que había tenido éxito en su macabra empresa y le llegaron noticias de la muerte de los padres de Ailsa, su hermano había regresado con Mairead como protegida del laird .
Eso por no hablar de la vieja Sigrún, que siguió viviendo en Knapdale como si tal cosa.
Sus sangres se habían mezclado hasta corromperse. Aun así, aceptó el matrimonio con Mairead porque la otra alternativa, la vida religiosa, era inasumible para alguien con tanta ambición como él.
Sabía que los invasores se habían llevado a la pequeña Ailsa. Creyó que jamás volvería a verla.
Pero su hermano la había convertido en su esposa, en una jugada maestra.
Y ahora la tenía delante de él. Magnífica. Alzando la espada con una templanza que ya hubiera querido él para muchos de sus hombres, mientras les señalaba los puntos estratégicos que quería que ocuparan, sin un solo titubeo.
Debería haberse mostrado ofendido por el simple hecho de que una mujer tomara el mando de aquel modo, aunque fuera su enemiga.
Por la manera en la que sus hombres la obedecieron sin rechistar, provocando una nueva debacle entre sus propias filas, mermadas por el ataque inmisericorde que sufrían a manos de Eirik Hauksson y sus aliados.
En aquel momento, desde las almenas más altas del castillo, mientras se devanaba los sesos buscando una contraorden efectiva que terminara con los invasores, se arrepintió de haber aceptado la marcha de Ross y los demás.
Si los hubiera convencido para quedarse, la situación sería otra bien distinta.
Pero la maldita Marjorie impuso su punto de vista, aunque solo fuera desde su aparente sumisión. Como siempre había ocurrido.
La malnacida se creía más lista que él, pero en realidad era el miedo lo que siempre la había movido.
La petulancia de pensar que su inteligencia estaba muy por encima de la del propio Dugall la había llevado a subestimarlo, segura de que no se daba cuenta de que lo estaba utilizando para sus fines.
Pero él siempre fue consciente de ese detalle, como de muchos otros. También la había utilizado, y era algo de lo que no se arrepentiría nunca.
Sin embargo, debía reconocer que su propia debilidad lo había puesto en aquella situación. Contemplando la destrucción de lo que con tanto esfuerzo se había ganado, sin que pudiera hacer nada más para evitarlo…
—Sí que hay algo más. —Sin perder de vista a Freydis, que corría hacia las mazmorras, se dirigió a su lugarteniente—. Espero que mi esposa se encuentre donde la dejé hace ya varias horas…
—Yo también, mi señor. Desde entonces me he mantenido a vuestro lado. No puedo saber con certeza lo que ha hecho la dama, pero, si lo deseáis, puedo enviar a…
—¡Yo lo haré! —bramó, corriendo hacia sus aposentos con un desagradable presentimiento comprimiéndole el pecho, que se hizo realidad en cuanto abrió la puerta de par en par para verlo vacío—.
¡Marjorie! —En ese momento, logró atrapar a una sirvienta que trataba de protegerse del ataque a la fortaleza—. ¡Tú! ¿Dónde está tu señora?
—Mi señor, yo…
—¡Habla, o te cortaré la lengua yo mismo para que no puedas hacerlo nunca más!
De todos era sabido que el señor del castillo siempre cumplía sus amenazas, así que la pobre chica no se resistió.
—Alguien la vio en dirección a las mazmorras, mi señor… —murmuró, encogida sobre sí misma de puro miedo—. Creo que…
—Caelen. Maldita sea.
Giró sobre sus talones y se dirigió hacia donde la sirvienta le había indicado, lleno de una furia salvaje que solo podría aplacar cuando acabara con aquella víbora.
Cambiaría el orden de las cosas. Todavía podía matar a su hermano, deshacerse de su esposa, que en aquellos momentos solo constituía un estorbo… y casarse con la vikinga.
—Y esta vez, será un enlace por todo lo alto —se prometió mientras se acercaba a las mazmorras—. Querido Alexander, cuando me haga con el trono, tendré a mi lado a una mujer digna de ocuparlo.
De ese modo, se aseguraría la complacencia de Haakon, el monarca del norte, cuando supiera que había tomado una esposa por cuyas venas corría la sangre del norte… y la de Escocia.