Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Cuando Caelen volvió en sí, pensó que estaba soñando.

De otro modo, no podía explicarse el estruendo de la guerra que volvía a resonar en sus oídos.

Los gritos, mezclados con el entrechocar de las armas.

Las órdenes que salían de ambos bandos casi al mismo tiempo, ininteligibles, aunque a él le sirvieran para dejar atrás la bruma en la que el golpe de Dugall le había sumido, con un solo nombre en su cabeza.

—Freydis… Ailsa…

La había dejado a salvo en la cabaña de Sigrún. O eso esperaba.

Pero un extraño pálpito en el pecho le advirtió de que algo horrible podría haber ocurrido.

Algo que tenía que ver con su esposa.

De pronto, los últimos acontecimientos regresaron de golpe a su memoria.

El ataque. Su hermano. El cautiverio.

—¡Dugall! —gritó, forcejeando con los grilletes, a pesar de saber que todo intento para liberarse resultaría inútil.

Sintió un dolor lacerante en tobillos y muñecas, que le obligó a preguntarse cuánto tiempo había permanecido encadenado.

Aun así, no cejó en su empeño—. ¡Maldito seas, sácame de aquí o lo lamentarás!

Si le has tocado un solo pelo de su adorable cabeza, ¡juro que cortaré la tuya y la empalaré en lo alto de las almenas, hasta que se descomponga!

Se puso en pie, ignorando el terrible dolor de cabeza que tenía, cuando escuchó movimiento al otro lado de la puerta de la mazmorra, pero permanecía encadenado a aquella maldita pared. Solo pudo dar unos cuantos pasos hacia delante antes de que varias sombras se inclinaran sobre la cerradura.

— Milady , deberíais tener cuidado. El prisionero ha despertado, y nuestro señor se encuentra muy ocupado organizándonos ante la amenaza de los jefes vikingos.

—¿De quién hablas, desgraciado?

Todos sus músculos despertaron al mismo tiempo al escuchar la voz desdeñosa de Marjorie.

—De la mismísima Bestia del Norte, acompañada por el señor de Kintyre, su tío, ambos de sangre del norte. Además, se han hecho con el apoyo de Niall MacSorley y su hijo…

¿Ellos estaban atacando Jura? ¿Con qué fin?

—Me importa bien poco quién esté intentando escalar estos malditos muros. Casi deseo que lo consigan —murmuró Marjorie, con un suspiro que sonaba a resignación, antes de maldecir como el mejor de los guerreros—. ¡Abre esta puerta ahora mismo y déjame a solas con el prisionero!

—Pero si el laird pregunta por vos…

—¡Habré regresado a mis aposentos antes de que a ese cabeza de chorlito se le ocurra pensar en mí! ¡Abre de una vez!

Caelen pensó con desesperación en un modo de aprovechar la oportunidad que la inconsciencia de Marjorie le ofrecía, pero la longitud de las cadenas no le permitía ir más allá del centro de la mazmorra.

Optó por pegarse a la pared, de pie a pesar de su debilidad, cuando, gracias a la iluminación de la tea que portaba el hombre, pudo distinguir la armoniosa silueta de la mujer en el umbral de la puerta.

—¿Caelen? —preguntó con un tono lleno de dudas.

Como si fuera una doncella cargada de buenas intenciones.

—Estoy aquí, como bien sabes —le respondió él con aspereza y los puños tan apretados que sus uñas sucias se le clavaron en las palmas—. Puedes regodearte por mi situación. Seguro que has venido a eso.

—No tienes ni la menor idea del motivo que me ha traído aquí… Tú, déjanos solos —añadió, dirigiéndose al vigilante.

— Milady , no puedo…

—¡Sé que vas a estar cerca, por el amor de Dios! ¡Y él se encuentra encadenado! ¿Qué crees que va a hacerme?

—La pregunta es: ¿qué planeas hacer tú, Marjorie?

Casi pudo sentir su sonrisa, llena de aviesas intenciones, cuando se quedaron solos y el sonido de la llave en la cerradura fue el equivalente a una sentencia de muerte anticipada para él.

Ella sostenía la tea encendida cerca de su cara.

Sus ojos la vigilaron de cerca mientras ella caminaba hacia un lado y otro de la celda, a una distancia prudencial, en completo silencio.

Lo examinaba. Calibraba sus posibilidades de éxito, como si fuera una serpiente a punto de lanzar su veneno. Él lanzó un gruñido de impaciencia y se cruzó de brazos cuando Marjorie colocó la tea en uno de los soportes de la pared, lejos de su alcance.

—Enseguida conocerás mis intenciones, querido —le respondió con voz melosa—. Todas, todas mis intenciones.

—Freydis. —Se lanzó hacia delante. No logró atraparla, pero el movimiento repentino la hizo retroceder, con una pizca de miedo bailando en sus ojos turbios—.

Si tú o tu esposo os habéis atrevido a hacerle daño, no habrá lugar en este mundo lo bastante seguro como para que podáis esconderos de mí, lo juro.

En esta vida, o en las siguientes, os perseguiré como las alimañas despreciables que sois.

—Tranquilo, mi amor. Hasta donde yo sé, que es bastante, tu amadísima y preciosísima esposa está a salvo.

Al menos, de nosotros. Intuyo que ella es la causante de esa alianza tan inverosímil entre vikingos y compatriotas nuestros, aunque, bien pensado, no deja de ser un reflejo de vuestra propia unión, ¿no te parece?

—Ante el silencio de él, continuó—. Solo espero que la batalla termine del mismo modo que vuestro matrimonio.

—¿Con una victoria completa?

—Del lado de los que tenemos la razón, por supuesto. —De modo instintivo, apretó la cabeza contra la pared cuando Marjorie se acercó a él, con la mirada oscura de quien ha perdido la razón en aras de la codicia—. Justicia. Es lo que siempre he buscado.

—No tengo ni la menor idea de a qué te refieres. Creo que siempre se te otorgó. Incluso cuando no la merecías.

—¿Hablas de mi desliz con Dugall? ¡Ah, pero no era el primero, ni fue el último, te lo aseguro!

—exclamó, con una risa cavernosa, más propia de una anciana podrida por dentro que de una mujer joven—.

Solo fue el único que tú presenciaste. Eso lo diferenció del resto y cambió mis planes por completo.

Eras tú el que debías hacerme tu esposa.

El heredero MacSween. De esa forma, yo seguiría el camino truncado de mi padre, cuando Alexander ascendió al trono.

¡El rey nunca ha tolerado la oposición! Mi padre se atrevió a llevarle la contraria…

¡Y a punto estuvo de hundirlo en la miseria más absoluta!

Caelen intentó hacer memoria, ignorando la rabia con la que Marjorie parecía hacerlo culpable de todas sus desdichas pasadas.

Cuando concertaron su compromiso, su padre solo le dijo que los de Mornay necesitaban restablecer su honor como familia y el poder de su apellido, y él prefirió ignorar las razones por las que ese honor y ese poder habían sido menoscabados, solo para aceptar la voluntad de su progenitor sin cuestionarse nada más.

—Mi tío, el hermano de mi padre, fue desmembrado cuando Alexander aplastó la rebelión en la zona de Moray —prosiguió Marjorie, con la mirada tan perdida como su juicio—.

Yo representaba la única oportunidad de mi familia.

Dios sabe que intenté enamorarme de ti. Eras risueño, inteligente, alegre y firme cuando debías, además de atractivo a rabiar.

Un mujeriego encantador, al que ninguna hembra se resistía. Eras luz. Y tu hermano, la oscuridad.

—Dugall siempre ambicionó mi puesto. En todo.

—No voy a negar que me atraía su maldad encubierta.

El peligro que representaba. Su manera retorcida de intentar conseguirme, solo porque yo estaba destinada a ti.

Pero incluso antes de que la revuelta de Caithness hubiera tenido lugar, ¡no quería contemplar cómo el rey cercenaba una mano o un pie a mi padre, acusándolo de rebelde, solo como escarmiento!

Era cierto.

Recordaba a la perfección lo ocurrido en Caithness. Los lugareños habían asesinado al obispo, quemándolo vivo. Como represalia, Alexander detuvo a ochenta hombres que presenciaron el crimen y ordenó cortarles las manos y los pies a todos ellos.

—Tu padre siempre fue un hombre muy prudente.

Hasta el día de su muerte. No lo utilices como excusa para tu comportamiento casquivano.

Solo tu relación con la reina madre, y mi sacrificio, que no te merecías, te salvó de un escarmiento público que hubiera tenido consecuencias nefastas para tu familia.

Además, por lo que veo, tampoco te ha ido tan mal con el paso de estos años —concluyó, señalándola con un orgulloso movimiento de cabeza—. Al final, conseguiste lo que querías.

—Nunca lo he conseguido. —Marjorie hundió los hombros, pero él no se dejó engañar por el aspecto desangelado que ofrecía—.

Siempre fuiste tú, Caelen. Siempre ambicioné todo lo que tú podías ofrecerme.

Incluso… tu amor. Pero lo perdí por culpa de la lujuria.

Pagué el precio de mis errores. Y cuando supe que Dugall había conseguido la plaza de Jura, convencí a la reina madre para que tanto ella como Alexander vieran con buenos ojos nuestra unión.

—Mi hermano jamás ha querido a nadie distinto de sí mismo. Su maldad te ha alcanzado, puedo verlo en tus ojos. ¿Qué ganabas tú, Marjorie?

—Un aliado inestimable para derrocar al rey.

Con contactos entre otros rebeldes descontentos con Alexander, como has podido comprobar.

Y con la riqueza necesaria para sobornar a todo aquel que dudara en qué bando colocarse.

Mi esposo no titubeó a la hora de utilizarla para anticiparse a los obstáculos que pudieran planteársele.

Su mirada lo dijo todo.

Él era uno de esos obstáculos. Por esa razón le había pedido ayuda ante la invasión vikinga. De ahí el ataque de los mercenarios. Ahora todo estaba claro en su mente, pero no por ello resultó menos doloroso.

—Freydis y yo somos unos escollos muy difíciles de salvar —lanzó.

—Pero no imposible.

—¿Qué harás si llamo la atención del vigilante para que interrumpa este sinsentido?

—Permanecerás callado.

—Si te acercas más, podría enrollar esta cadena alrededor de tu cuello y estrangularte antes de que consiguieras reaccionar —la amenazó, señalando los eslabones que unían los grilletes de sus muñecas—. Tengo más fuerza y pericia que tú.

—También más miedo.

Caelen sonrió con seguridad. Si pensaba chantajearlo con su situación, acababa de cometer un grave error.

—Ahora mismo no tengo en gran estima mi vida, mujer —siseó, con una mirada triunfal dirigida a ella—. Tu esposo se ha apropiado de ella, como de todo Knapdale. Aunque aún no haya firmado documento alguno, es el dueño potencial de todo lo que me pertenece por derecho.

—También lo es de mí. Un día, yo también te pertenecí por derecho.

Un gesto de añoranza dulcificó sus rasgos cuando intentó acariciar su mejilla, pero él se apartó como pudo, controlando el acceso de furia animal que lo empujaba a asesinarla.

No podía caer en esa trampa, al menos de momento. Si acababa con ella, Dugall lo ejecutaría. Y necesitaba tiempo, aunque solo fuera para que los atacantes de Jura se hicieran con la fortaleza. De ese modo, al menos contaría con una oportunidad para seguir vivo.

Para regresar junto a su vikinga.

—Nunca te he temido, ni te temeré, Marjorie —declaró, con una tranquilidad pavorosa—. Viéndote, escuchándote… solo me das lástima.

—¿Pensarás lo mismo cuando compruebes que hay algo mucho más valioso para ti que tu propia vida? ¿Que, ahora mismo, puedo conseguir que te eches a temblar con tan solo una palabra?

—No…

—Freydis.

Todos sus músculos se pusieron en tensión al escuchar su nombre. Cualquier rastro de pena que hubiera podido inspirarle un relato que sabía cierto desapareció al ver la mueca de crueldad. Alargó una mano, pero ella se apartó lo justo para que ni siquiera pudiera tocarla.

—Arderás en el infierno si te atreves a tocarla.

—Estoy en él desde que decidí utilizar a tu hermano, y a todos los que me sirvan de utilidad, para obtener mis fines —respondió Marjorie, con un tono de voz ausente de toda emoción—.

Pero no tendré inconveniente en llevarme conmigo a tu amada si no colaboras.

Su destino dependerá de ti. —Su mirada se tornó insinuante.

Elevó un dedo y recorrió con él la comisura de sus labios.

Cuando Caelen le lanzó una furiosa dentellada, ella lo apartó con un chasquido de lengua—.

Mal. Muy mal, querido. Deberías plegarte a mis deseos… si quieres volver a verla con vida.

Todo su cuerpo se paralizó al comprender lo que se proponía.

No habló. Intentó volver la cara cuando Marjorie fue en busca de su boca, pero ella lo sujetó clavando los dedos en sus mejillas, y él no tuvo más remedio que afrontar su mirada triunfal.

—Me darás lo que le has dado a ella, con el mismo placer, mi amor —murmuró antes de besarlo con furia—.

En silencio. No queremos que el vigilante se entere de nuestros juegos amatorios.

Hasta que yo esté satisfecha. Y cuando semejante milagro ocurra, veré si perdono a tu esposa… u os condeno a los dos para siempre.

En aquel instante, ella tenía el poder.

Fue el único pensamiento que cruzó por su mente cuando Marjorie esbozó una sonrisa que lo dijo todo, antes de comenzar a acariciarlo.