CAPÍTULO 46
Gràr ladró cuando todos estaban preparados para emprender la marcha.
Fue como una señal que le indicó que podría perfeccionar el plan. Más aún de lo que ya lo había hecho con Eirik, Gunnar, Niall, Alasdair, Angus e incluso Rurik y los suyos.
Todos, formando un solo ejército, lejos de diferencias de naciones o sangres, aceptaron sus respectivos papeles.
Pero se habían olvidado del perro.
—Quiere acompañarte —sugirió Sigrún, guiñando un ojo cómplice mientras le acariciaba detrás de las orejas—. Desde que le permití venir a la fortaleza contigo, os habéis convertido en inseparables.
—No. Era de Caelen de quien no se apartaba…
Sin decir nada, corrió a sus aposentos, tomó una de las camisas de su esposo y se la dio a olfatear a Gràr.
La reacción del can fue la esperada. Comenzó a ladrar, saltando entre todos los presentes, frenético, mientras corría hacia la salida.
—Tranquilo, pequeño, tranquilo… —Freydis lo sujetó y lo acarició hasta que terminó tumbado a sus pies. Después, dedicó a los demás una mirada triunfal—. Si Emma decide echarse atrás en sus planes de supuesta venganza, él será infalible a la hora de mostrarnos dónde lo tienen.
—No me echaré atrás, milady —replicó la joven con aplomo.
—Y yo me encargaré de que así sea, milady .
Angus lanzó a la sirvienta una mirada tan concluyente que debería haberse echado a temblar. Sin embargo, ella le correspondió con un coqueto aleteo de pestañas y un oportuno sonrojo que consiguió que el fiero guerrero casi babeara de puro gusto.
Vaya… Al parecer, a aquellos dos comenzaba a unirles algo mucho más fuerte que la desidia de Marjorie y el afán ambicioso de Dugall.
—Te encargarás de vigilar cada uno de sus pasos, Angus —ordenó, fingiendo severidad—. Si nos la juega, será tu responsabilidad.
—Sí, milady .
—Y tú te vienes con nosotros. —Cogió a Gràr en brazos y se dirigió a Sigrún—. Volveré. Aunque solo sea para que las dos recuperemos el tiempo que otros nos arrebataron, junto con nuestra familia.
—Nunca lo he dudado, muchacha. Los dioses tienen algo grande reservado para ti y tu descendencia. Solo tienes que alargar la mano y tomarlo.
Estaba a punto de dar el primer paso para remendar ese sentimiento de culpa por haber acusado a Caelen de algo de lo que era inocente, haciéndolo pagar por ello.
Para borrar el exceso de responsabilidad que había ahogado a su esposo durante todos aquellos años, convencido de que había tenido mucha responsabilidad en la suerte que ella había corrido, después del ataque vikingo a la aldea.
No podía dejarse llevar por esas emociones, pero tampoco sabía cómo enfrentarse a ellas. Ignoraba el modo en que podría reconstruir la parte de ella misma que todavía flotaba en su mente, como una nube en mitad de un cielo azul. A la deriva, sin un rumbo fijo.
Hubiera sido una estupidez por su parte cargar con la responsabilidad de la situación de Caelen. Él había permanecido en su vida porque ella así lo había querido, desde que se negó a liberarlo de su prisión. Sin darse cuenta de que, de ese modo, ella también quedaba presa…
—La mar en el estrecho está muy brava. —La voz profunda de Rurik la sacó de su ensimismamiento cuando todos se disponían a ocupar las birlinns de los MacSween, varadas en la orilla—. Freydis.
—¿Sí?
—¿Lo amas? ¿Hasta el punto de arriesgar la vida por él?
Ella enfrentó la mirada cohibida de su lugarteniente. Parecía ansioso por que negara algo que era más que evidente para todo aquel que la hubiera escuchado. Entonces recordó los celos de su esposo. Y no le parecieron tan infundados en lo que a Rurik se refería.
—Entregaría incluso mi alma por él sin dudarlo —le respondió, buscando los ojos de su compañero por encima del pelaje del animal que seguía teniendo entre los brazos.
Como si temiera que su confesión lo rompiera por dentro, del mismo modo que había estado a punto de destruirla a ella, antes de que asumiera aquel nuevo sentimiento—. Yo… lo siento.
—¿Por qué?
—Por haberte fallado. —«Por no corresponderte en tu amor», pensó, pero guardó silencio—. Aún no hemos… encontrado el oro.
—Ah… eso.
Había una mezcla de resignación y alivio en la sonrisa que él le dedicó.
—Sí, eso que nos llevaremos cuando tomemos Jura. Los lingotes se han convertido en monedas.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. —Por supuesto, no le habló de la parte que debería permanecer en Castle Sween, aunque no sería necesario. Él se la devolvería en cuanto estuviera libre—. Cuando la recuperemos, podrás regresar a nuestro hogar, con el resto de la estirpe.
—Contigo.
—Yo… no regresaré. —Solo se dio cuenta de la magnitud de aquella afirmación cuando la promulgó en voz alta—. Me quedaré aquí, de donde nunca debí marcharme.
—¡Pero ellos tomarán represalias contra ti! —Los ojos de Rurik parecieron salirse de sus órbitas cuando la apartó del resto con firmeza—. ¡Te castigarán! Y yo no podré hacer nada para evitarlo…
—No necesitarás hacer nada. Eirik, Gunnar. Míralos —le susurró, con un gesto de cabeza dirigido a ellos—. Ellos también se han desvinculado de la estirpe. Han echado raíces aquí. Han formado sus propias familias, desafiando el orden impuesto. Yo haré lo mismo. Pero necesito…
No fueron necesarias más explicaciones. Rurik apretó la mandíbula y dirigió su mirada ceñuda al frente cuando asintió.
—Tienes nuestra completa lealtad, ya lo sabes —siseó con disgusto—. Para Haakon, su halcón Freydis ha muerto en batalla.
—Gracias.
Rozó apenas su mejilla con los labios. No quería incomodarlo, ni tampoco darle esperanzas sobre algo que jamás sucedería. Lo único que quería para él era que pudiera alcanzar la felicidad, tal y como ella estaba a punto de conseguir con la punta de los dedos.
Solo tenía que seguir aferrada a la idea de que Caelen seguía con vida, dispuesto a luchar por ella. Esa sería la única razón que la llevaría a sortear la violencia de las olas contra las birlinns una vez se adentraron en el mar. Aquel era su elemento. Las vencería para encontrar a su esposo.
Tenía que hacerlo.
No desfalleció en ningún momento. Y cuando llegaron a su destino, fue la primera en desembarcar, seguida del resto de hombres, en absoluto silencio.
Una vez hubieron ocultado las embarcaciones para que no fueran descubiertas, avanzaron por la costa, sin perder de vista las torres de la fortaleza de Jura.
—Deberíamos organizarnos para el asalto —susurró Eirik cuando estuvo a su altura—. No parece que nos hayan descubierto…
—Lo harán —intervino Gunnar—. Dugall MacSween tiene fama de sanguinario, pero también de astuto.
—Eso fue antes de que se apropiara de los lingotes de oro de la estirpe. —Todos miraron a Freydis con la boca abierta—. Sí, esa fue la información que nos trajo aquí. Debemos recuperarlos, y eso es lo que haremos… junto con mi esposo.
Obvió contarles cómo habían sucedido las cosas la primera vez que había pisado Jura, porque se había prometido que no volverían a ocurrir de ese modo.
Ya conocía el terreno, incluso con la escasa iluminación que las primeras luces del alba le brindaban.
Cuando se hallaron en la base de la montaña en cuya cima se alzaba la fortaleza, señaló el bosque que la rodeaba.
—Eirik y Niall deberían seguir por aquí con sus guerreros, junto a los de Gunnar, para iniciar una ofensiva rodeando el castillo —susurró, disfrazando su orden de insinuación—. Rurik, Angus y los demás vendrán conmigo…
—Por aquí. —Emma señaló las rocas que formaban la escarpada costa—. Hay una entrada debajo de ellas, que lleva directamente a la torre principal.
—La costa está demasiado desierta —apreció Eirik con el ceño fruncido.
—Es posible que los aliados de MacSween lo hayan abandonado…
—Niall, se nota que no conocéis a fondo al conde de Ross.
Esa alimaña aprovecharía la menor oportunidad para aplastar a cualquiera que se mostrara mínimamente amigable con los hombres del norte…
O con las mujeres —añadió Hauksson, en clara alusión a ella—.
No. Es mucho más probable que haya regresado a su guarida, después de dejar al señor de Jura instrucciones precisas.
—¿Acerca de qué?
—Eso es lo que tendremos que averiguar, Gunnar —respondió Freydis, pensativa—.
Estoy convencida de que los planes de Dugall abarcan algo mucho más grande que apropiarse de Knapdale con el beneplácito de Alexander.
Algo en lo que están implicados un buen puñado de jefes escoceses, y en lo que no estaremos solos.
—¿Os fiais de Emma, milady ? —inquirió Angus con escepticismo.
—¿Lo haces tú?
—Bueno… —La sirvienta alzó una ceja, con los brazos en jarras, esperando la respuesta, pero el grandullón no se atrevía a expresar por completo lo que pensaba. Gruñó algo por lo bajo y acabó encogiéndose de hombros—. Si vos confiáis, yo también.
—Emma, eres una de nuestras mejores bazas, lo reconozco, aunque no la única.
—Con una sonrisilla enigmática, volvió a ofrecer la camisa de Caelen a Gràr cuando se hallaron en la entrada que la muchacha les había indicado.
Como era de esperar, el perro comenzó a ladrar, corriendo hacia el interior.
Al darse cuenta de que nadie lo seguía, se detuvo y siguió saltando—.
¿Lo veis? Ahora sí que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que debemos seguirlo.
Siempre le ha adorado. Lo seguiría hasta el fin del mundo. ¡Adelante!
Marjorie no podía dormir.
Y no era por su violento encuentro sexual con un esposo al que tuvo que rendirse, si no quería ser forzada de nuevo. Tampoco por el hecho de saber que Caelen se hallaba demasiado cerca de ella. Indefenso. Sin la amenaza que suponía la simple presencia de Freydis.
A su merced.
Era algo muy diferente lo que mantenía sus instintos en tensión, después de que Dugall hubiera empleado parte de las monedas de oro en comprar la voluntad de los aliados que lo habían ayudado en Knapdale, cuando estos se rebelaron al saber que no acabaría con su hermano.
A duras penas, el señor de Jura había conseguido la lealtad del resto de los jefes, bajo la promesa de que su hermano accedería a cederle sus tierras de buen grado, lo cual mantendría a Alexander ignorante acerca del plan que acabaría con su reinado.
El oro había ayudado, claro, pero ella se había convertido en el punto de inflexión a la hora de conservar el poder que el conde de Ross y el resto podrían proporcionarles.
—El laird MacSween está enamorado —les había dicho.
—¿Y desde cuándo esa es una razón de peso para cambiar los planes de un ataque? —había respondido Ross.
—Desde que ese amor es correspondido. Por las venas de su esposa corre la sangre del norte. Es una guerrera vikinga que no dudará en seguirlo hasta aquí.
—¡Hemos sufrido demasiadas bajas en Knapdale! ¡No podremos seguir prestándoos nuestros efectivos si se produce un asedio aquí, en Jura, a riesgo de dejar nuestros propios feudos desprotegidos! —exclamó otro laird , coreado por murmullos de aceptación.
—Nadie os lo ha pedido. —Con una mirada concluyente, Dugall indicó a Marjorie que guardara silencio.
De lo contrario, su poder se vería mermado delante de todos, nada menos que por una simple mujer—.
Castle Sween tardará en reponerse de la batalla, si es que lo hace.
En el supuesto caso de que la esposa de mi hermano pretenda acudir en su ayuda, no contará con efectivos suficientes, ni siquiera para molestarme.
«Presuntuoso. Estúpido confiado».
Marjorie se mordió la lengua para no verbalizar lo que pensaba acerca de él y se limitó a asentir con una sonrisa bobalicona. Era lo que se esperaba de ella, y era lo que obtendrían.
—Reforzaré la vigilancia cuando todos vosotros regreséis a vuestros feudos —proclamó Dugall—.
Si esa mujer se atreve a asomar su preciosa nariz por Jura, comprobará de primera mano el poder de su señor.
La tomaré prisionera y obligaré a mi hermano a acelerar su decisión.
Los mantendré con vida hasta tener en mis manos la totalidad de Knapdale…
Aunque todos aquí sabemos que ninguno de los dos tendrá salvación posible cuando nos hayamos hecho con la corona de Escocia.
Aquello había ocurrido hacía horas, pero la quietud que envolvía Jura en ese momento no tenía nada que ver con la tranquilidad con la que Dugall dormía, en sus aposentos.
Marjorie le dedicó una breve mirada cargada de desprecio antes de dirigirse a la ventana.
La niebla, a aquellas horas de la madrugada, era más espesa, más húmeda.
Aun así, pudo distinguir los primeros movimientos al mismo tiempo que el vigía daba la voz de alarma.
—¡Nos atacan!
Dugall saltó de la cama, aún adormecido, y se lanzó a por sus armas. Solo después reparó en ella, apostada en la ventana.
—¿Qué demonios haces, mujer? ¡Apártate de ahí, si no quieres que te atraviesen la garganta con una flecha! —bramó.
Ella obedeció. Era el mejor modo de conseguir lo que se proponía.
Esperó a que él abandonara los aposentos para organizar la defensa y volvió a la ventana. A pesar de la bruma, el número de atacantes parecía muy superior al que les había hecho frente en Knapdale.
No importaba, se dijo mientras tomaba la cal viva, que había ocultado por miedo a la reacción de su esposo, y se dirigía a las cocinas para prepararlo todo.
Freydis daría la cara tarde o temprano. Y cuando lo hiciera… no volvería a alardear de su hermosura.
Pero antes, obtendría de Caelen lo que siempre había querido, y él siempre le había negado.
Delante de su queridísima esposa, si era necesario.