CAPÍTULO 45 #2
Acababan de elevarla al rango de señora de Knapdale, y pensaba aceptarlo sin que le temblara el pulso.
—Pero, milady , nuestros esposos han muerto —murmuró una, envuelta en llanto.
—Y alguno de nuestros hijos. Todo por no aceptar la derrota de forma pacífica, como Dugall aconsejó —añadió otra, en idénticas condiciones que la primera.
—¡No lo aconsejó! ¡Lo ordenó, que es muy distinto! ¡Y nuestro jefe se ha entregado por todos nosotros, sin ninguna garantía de que respeten su vida! —Al pensarlo, el pecho se le agarrotó por la angustia—. ¿No merece al menos que luchemos por salvarlo?
—¿Eso es lo que haremos, milady ?
Era Angus quien hablaba. Cuando se giró hacia él, vio en su rostro toda la determinación, la fuerza y el valor que necesitaba para no derrumbarse allí mismo.
—Así es. ¡Pero lo haremos con inteligencia!
¡Con astucia! ¡Conservando la sangre fría, en lugar de lanzarnos a una persecución sin sentido, que con toda probabilidad nos llevaría a la desgracia más absoluta!
¡Acompañados por los mismos que nos han ayudado a recuperar parte de lo que nos pertenece!
—Con una simple mirada, les preguntó si podía seguir contando con ellos.
Uno a uno, los tres señores asintieron sin dudarlo.
Incluso Rurik y los suyos lo hicieron—. Entonces, ¡vamos a organizarnos como el ejército del laird MacSween de Knapdale, porque eso es lo que somos!
Con ánimos renovados, señaló a una de sus mujeres, pues ya las consideraba como tal.
—Tú, ven conmigo al salón. Escribiré una carta, que los jefes aquí presentes y yo firmaremos, donde explicaremos al rey lo sucedido.
La llevarás a Stirling en nuestra representación.
Orm, Ulf, Arne, la acompañaréis en señal de concordia entre nuestros pueblos —ordenó—.
Alexander debe estar al tanto de los actos de varios de sus súbditos, contra uno de sus favoritos.
—Estamos de acuerdo, muchacha —apoyó Niall.
—Y orgullosos de ti —recalcó Gunnar, con una sonrisa.
—Pero supongo que los demás también tendremos nuestro papel en todo esto, ¿no? —preguntó Eirik con sorna, y su única ceja sana alzada.
Freydis los contempló a todos por un instante.
Se disponía a emprender la empresa más importante de su vida, porque estaba en juego su corazón, su cuerpo y su alma.
Su mente era un mar de dudas, que se entrelazaban entre sí para confundirla. Por primera vez, supo lo que era el miedo. Un miedo salvaje, que le paralizaba los músculos. Pero una reconfortante mano en su hombro la tranquilizó.
—Tu momento ha llegado, hija. —Sigrún la miraba con un brillo delator en sus ojos, al igual que Isbeil—. Tienes mucho por lo que batallar. No solo salvar a tu guerrero, sino regresar con él.
—¿Para que no se repita tu propia historia?
Sigrún achicó aquellos ojos llenos de sabiduría, y abarcó con su mano huesuda la mejilla de la joven.
—Tu abuelo nunca fue mío. Tenía una familia en su tierra.
Una mujer, hijos. Cometí el error de entregarle mi corazón, y cuando se marchó, se lo llevó con él —confesó con la voz queda—.
Mi lugar siempre estuvo aquí. Con tu madre, con la familia del laird y Knapdale al completo.
Contigo. Te perdí una vez, porque así lo habían designado los dioses, pero ahora que te he encontrado, no volveré a cometer ese error.
Debes sobrevivir para reescribir tu propia historia fuera de la estirpe.
Para que, algún día, tus nietos te miren con el amor con el que tú me estás mirando a mí ahora. Ya puedo morir tranquila…
—Pero no lo hará en mucho tiempo, porque yo cuidaré de ella mientras tú diriges a todos estos hombres a salvar a mi hermano. —Isbeil tomó el brazo de Sigrún y le dio un beso en la mejilla, con una sonrisa enigmática que le puso la piel de gallina.
—Si estás planeando algo…
—Ah, hermana, ¿por quién me tomas? Solo me preguntaba si alguno de los aquí presentes ha pensado que desconoce cómo traspasar los muros de Jura. ¿No? —añadió, cuando se limitaron a mirarse unos a otros, encogiéndose de hombros—. Bueno, yo tengo la solución. ¡Emma!
Una muchacha surgió de la muchedumbre que los rodeaba. Cabizbaja, se acercó a Freydis, pero esta la reconoció mucho antes de que llegara a su altura.
—¡La dama de compañía de Marjorie! —escupió, con un desprecio que la hizo encogerse todavía más.
—Se llama Emma, y está deseando hacer justicia, ¿verdad?
—Yo… —La sirvienta dudó solo un instante, antes de levantar la cabeza con expresión decidida—.
Milady no solo me ha tratado siempre peor que al perro más miserable, sino que me utilizó para conseguir el favor del laird Caelen, para después dejarme a mi suerte…
aquí. Se marchó en cuanto se sintió mejor de su indisposición, sin reparar en lo que podría ocurrirme cuando el laird Dugall atacase.
La odio —siseó, con tanta inquina que incluso ella se sorprendió—.
Por eso, me encantaría verla sufrir, del mismo modo que yo he sufrido.
—¿Estás insinuando que tu señora se ha marchado con su esposo?
—Lo afirmo, lady Freydis. Yo los vi juntos, conspirando cuando vos y vuestro esposo desaparecisteis.
Más tarde, cuando mi señor Dugall regresó con su hermano inconsciente sobre un caballo, ella no tuvo reparos en acompañarlo hasta los barcos.
Pero se olvidó de que yo conozco la fortaleza de Jura mejor que ella misma.
—Una lenta sonrisa se abrió paso en su boca cuando señaló hacia el horizonte—.
Si os atrevéis a navegar en plena noche, os guiaré.
A ella le llevó una fracción de segundo decidirse.
—De acuerdo. Vamos a enviar esa carta a Alexander —ordenó, dirigiéndose al salón—. Después… comenzará el rescate.