Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Caelen se había ido.

Y lo que era aún más humillante, ni siquiera había advertido el momento en que se marchó.

Al abrir los ojos sola en la penumbra de la cabaña, comprendió que la había engañado.

Aún conservaba con ella su aroma único. El calor que manaba de su cuerpo, y que impregnaba el suyo. El sonido de su respiración agitada por el placer, o los susurros atrevidos que había vertido en su oído mientras hacían el amor. Varias veces.

—Las suficientes como para que cayeras rendida de cansancio, estúpida —se dijo, poniéndose en pie de un salto con el ceño fruncido.

Estaba furiosa. Con él, pero también consigo misma, por haber caído en una trampa tan simple como las artes de seducción de su esposo.

Sus instintos le advirtieron del peligro antes de que su mirada cayera sobre la espada que todavía conservaba. Bueno, al menos no la había dejado desarmada, pensó... Aunque sí encerrada.

Lo comprobó en cuanto corrió hacia la puerta, después de vestirse a toda velocidad, y fue incapaz de abrirla.

—Maldito... ¡Maldito seas!

Por un instante, la congoja ante lo que aquello significaba pudo con ella. Se quedó con los ojos fijos en la cerradura, y el presentimiento de que algo horrible ocurriría, sin que pudiera remediarlo.

El escocés se lo había impedido...

O quizá no.

Dio una vuelta sobre sí misma, en busca de algo que le permitiera destrozar la cerradura. No lo encontró, pero cuando se acercó a la ventana y apartó el trozo de cuero que servía para impedir el paso del frío, comprobó que la madera estaba deteriorada.

No lo pensó dos veces. Tomó un paño grueso con el que envolver la hoja de la espada para no cortarse, y utilizó la empuñadura para golpear con todas sus fuerzas, hasta que las astillas cayeron en todas direcciones, abriendo un boquete lo bastante grande como para que pudiera escapar por él.

La noche ya comenzaba a echársele encima cuando corrió en dirección a la fortaleza, con una sola idea en la cabeza: alejar a Caelen de Dugall, aunque eso supusiera su propio sacrificio.

—Y cuando lo consiga, ¡te mataré yo misma, escocés del demonio! —siseó con los dientes apretados.

Solo ralentizó la marcha cuando la escasa iluminación del castillo comenzó a ser visible. Entonces, se dio cuenta de que se hallaba sola frente a la amenaza que los hombres del señor de Jura seguían representando. Ignoraba dónde estaba su esposo; qué habían hecho con él.

Pero sabía cómo entrar sin ser vista.

Se dirigió hacia la puerta del pasadizo que había traspasado aquel mismo día, aunque pareciera que había pasado una eternidad desde entonces.

En esa ocasión no necesitó ninguna antorcha para orientarse.

Palpó la pared viscosa y húmeda en todo momento, hasta que casi se dio de bruces con la puerta que la llevaría dentro de las murallas.

Inspiró hondo, empuñó su espada y la abrió de un puntapié.

Pero para su total asombro, no eran los hombres de Dugall los que dominaban la fortaleza, sino Angus, acompañado por...

—¿Rurik? —preguntó, incrédula, mientras recorría con la vista la hilera de guerreros que la recibieron, en una perfecta formación que acogía a los esbirros del de Jura, hechos prisioneros—. ¿ Eirik? ¿ Niall?

—Sí, muchacha, somos todos nosotros y una numerosa representación de nuestras fuerzas —murmuró el joven Alasdair, dando un paso al frente...

al mismo tiempo que Isbeil se dejaba ver, acompañada por Sigrún—.

Milady acudió en nuestra busca, junto con esta sanadora que se ha empeñado en permanecer aquí, hasta que volvierais.

Porque, según su don, volveríais. No nos ha costado demasiado recuperar la fortaleza y hacer prisioneros, aunque llegamos tarde.

—¡Freydis!

La joven MacSween la envolvió en un abrazo lleno de lágrimas, al que ella tardó en corresponder.

Se hallaba demasiado afectada por algo que aún no comprendía, como para hacer otra cosa que no fuera llorar. De esperanza al verlos; de tristeza al escuchar a Alasdair hablar de que habían llegado demasiado tarde.

—Hermana mía —murmuró al fin, dejando salir toda su tensión en forma de aire—.

Has sido mucho más valiente que todos mis guerreros juntos.

—A continuación, se dirigió a Rurik y le obsequió con otro abrazo—.

Supongo que vosotros también habréis puesto vuestro granito de arena para que estos hombres hayan sido reducidos...

—Angus fue a buscarnos por orden de tu esposo.

El señor quería asegurarse de que nos encontrábamos bien, solo para que tú lo estuvieras.

—La joven contuvo el aliento. Caelen nunca había buscado la ruina de sus hombres, si con ello conseguía su felicidad.

Le había demostrado amor desde el principio, aunque ninguno de los dos se hubiera dado cuenta.

Oh, señor...—. Pero cuando nos encontró, avistamos las naves de Dugall y sus aliados, y decidimos regresar para ayudar.

—Y ayudamos, jefa —añadió Orm, dando un paso adelante para mostrarle sus respetos con una ligera inclinación de cabeza—. Aunque Dugall logró escapar.

—Con un buen contingente de los suyos y el resto de líderes que lo secundaban, hasta el mar —añadió Arne—. Estábamos a punto de perseguirlos con la propia flota de MacSween, cuando escuchamos ruidos en esta parte de la fortaleza.

—Pensábamos que se trataba de otro grupo de insurrectos —añadió Eirik—. Por fortuna, erais vos, muchacha.

—Nos alegramos de verte, jefa —concluyó Ulf—. No sabes cuánto.

En aquellos momentos, no le importaba demasiado. Solo deseaba saber dónde se encontraba la única persona a la que le interesaba encontrar, y que no se hallaba entre el pequeño ejército que había recuperado sus dominios.

—¿Y Caelen? —Sus ojos recayeron en Sigrún, que había permanecido en silencio—. Abuela... Dime dónde está mi esposo.

—Has recordado... —Por primera vez, vio lágrimas en los ojos de la sanadora cuando avanzó hacia ella y, después de depositar un beso en su frente, cayó de rodillas frente a ella—.

Dios de dioses, mi plan dio resultado...

No solo has descubierto al fin quién eres, sino que tu corazón ya pertenece al que siempre debió ser su dueño.

—Solo sé que pertenezco a este lugar tanto como tú. Como la familia que masacraron para poder llevarme lejos, a un lugar donde borraron todo rastro de mi vida anterior, hasta convertirme en lo que soy ahora mismo, Sigrún...

—Confieso que yo he tenido mucho que ver. Por eso, aquí y ahora, te pido perdón, hija mía.

—¿Por haberme ocultado el significado completo de mis sueños? ¿Por haberme contado a medias mi propia historia, para conseguir atraerme hasta aquí en busca del asesino de Mairead?

—Bueno... por eso, y por la poción. —No había ni rastro de arrepentimiento en los ojos de la sanadora cuando la miró con ellos un instante, para después volver a clavar la vista en el suelo—. Tú creías que bebiéndola podrías protegerte del influjo de Caelen, pero...

—Su efecto era el contrario... —Ella soltó una exclamación; acto seguido, sonrió y la obligó a levantarse, para envolverla en un abrazo casi infinito—.

No penes por ello, abuela. ¿Cómo enfurecerme contigo, si gracias a eso he encontrado al hombre de mi vida?

¿Si, por tu culpa, me he topado con la sangre de mi sangre? ¿Contigo?

—Escocesa como la tierra que te vio nacer.

Nórdica, igual que esa herencia que ha hecho de ti una de las mejores guerreras.

Durante mucho tiempo, tu parte más fría ganó la batalla gracias a la intervención de terceros, pero ahora necesitaremos de tu parte más visceral.

Esa que ha despertado el amor de tu marido.

—Cuando el hombre que hablaba, amparado en la penumbra, dio un paso al frente, ella se quedó sin habla al reconocerlo—.

Bienvenida a tu tierra, Ailsa. Esa de la que nunca debiste apartarte.

Esta vieja tiene mucho de lo que arrepentirse, pero yo también.

Solo te pido que intentes perdonar algún día tanto tiempo de dura disciplina, de castigos inmisericordes, de una formación que te alejó de los tuyos.

En mi defensa solo puedo decir que seguía órdenes, guerrera.

—Hincó la rodilla en tierra y se llevó la mano de ella a la frente—.

Pero temo que esas palabras no sean suficientes.

Eirik ya me ha perdonado. Sin embargo...

—¿Eirik también es un...?

—¿Halcón? Aquí tengo la prueba. —Hauksson dejó al descubierto su hombro, para mostrarle el mismo tatuaje que todos compartían—. Aunque soy mayor que tú y es evidente que no me reconociste el día de tu boda. Yo tampoco lo hice. De lo contrario, quizá todo hubiera ocurrido de otra manera.

La muchacha no salía de su asombro, pero se obligó a actuar.

—En otra ocasión, Gunnar. Más tarde, hablaremos de tus disculpas y mi perdón —afirmó, haciendo un breve recorrido visual por todo aquello que las numerosas antorchas le mostraban—. Ahora, debo apelar a esa guerrera que hicisteis de mí y recuperar a mi esposo.

Se alejó de ellos para recorrer cada rincón devastado por el ataque de Dugall y los suyos.

Los rostros demacrados y sucios de cada habitante de Castle Sween le devolvieron una expresión llena de esperanza, por encima del dolor y la derrota que aún sufrían por la pérdida de los suyos.

Reconoció a parte de las mujeres a las que, no hacía tanto, intentó instruir en el arte de la defensa con un arma, y una idea comenzó a fraguarse en su mente.

Comenzó a llamarlas por su nombre con voz queda, ante el silencio reverencial en el que la envolvieron los guerreros de todos los jefes reunidos allí. Se sorprendió de la facilidad con la que no se había olvidado de ninguna. Y cuando consiguió reunirlas a todas, las llevó junto a los soldados.

—¡Debéis seguir defendiendo lo poco que pueda quedaros después de un ataque tan vil! —gritó, enarbolando la espada por encima de su cabeza.

Todos la miraron con admiración. Otorgándole el respeto que estaba pidiendo sin darse cuenta, como una líder nata.