CAPÍTULO 44
Cuando oyeron el sonido del cuerno y vieron al hombre que portaba la cruz ardiente, ya fue demasiado tarde.
Los invasores irrumpieron en la aldea al anochecer, como fantasmas amparados en la bruma. Su aspecto terrorífico, de enormes bestias montados sobre caballos de guerra, sumió a sus habitantes en un auténtico caos en cuestión de segundos.
El laird MacSween siempre había logrado protegerlos de las continuas incursiones de aquellos salvajes procedentes del norte, pero en aquella ocasión, nada hacía presagiar que sus guerreros acudirían en su ayuda a tiempo.
Tenían que salvarse ellos mismos.
Aunque no contaran con los medios necesarios para hacerlo.
—¡Ailsa, Mairead, venid, pronto!
Las dos muchachas dejaron sus quehaceres en cuanto comprobaron que la tierra retumbaba por los cascos de los caballos enemigos, y corrieron tras la puerta de su humilde cabaña.
Mientras su madre tiraba de ellas en dirección a la trampilla que abría el suelo para arrojarlas dentro, su padre se armaba con lo que un simple campesino podía tener más a mano, y se despedía de ellas con un beso.
—Tengo que ayudarlos. No podemos quedarnos de brazos cruzados, o terminarán con todos nosotros —les explicó, antes de desaparecer.
—¡Padre, llevadme con vos! —le suplicó Ailsa, debatiéndose entre las fuertes manos de su hermana mayor—. ¡Sé manejar un arco, y un cuchillo! ¡Puedo acabar con unos cuantos!
Como única respuesta, su madre se arrodilló junto a ella y le acarició la mejilla, con las lágrimas empañando unos ojos llenos de espanto ante lo que se avecinaba.
—Eres demasiado pequeña para poder ofrecer resistencia —intentó consolarla—. Ve con Mairead y la abuela abajo. Yo cerraré la trampilla y no os descubrirán.
—¡Pero no podemos dejaros sola, madre! —exclamó ella, sobreponiéndose al miedo que los primeros gritos de pánico de los aldeanos le producían—. ¡Tengo que defenderos! ¡A las tres!
Fue la mano de su abuela la que consiguió atemperar su furia infantil.
—Mi niña, te aseguro que un día, tu arrojo, tu valentía y tus dotes de guerrera ayudarán a salvar vidas, después de que las hayas arrebatado por tu entrenamiento y condición —le dijo—.
Pero eso será dentro de mucho, mucho tiempo.
Cuando el joven Caelen sea capaz de asumir las consecuencias de sus actos, para ir en tu busca.
—Es mi amigo.
—Y te quiere como tal. Pero terminará adorando el suelo que pisas, pequeña —murmuró la abuela, acariciando sus indomables rizos rubios con devoción—. Aunque ahora te abandone.
¿Abandonarla? Siempre jugaba con ella. La llamaba su pequeño rayo de luz, por el color de su cabello, en consonancia con el azul de sus ojos, que se imponía al verde, cuando ella estaba contenta.
—Ve, Ailsa. Ve con la abuela —la instó su madre.
—Pero no quiero dejaros…
De pronto, un fuerte golpe destrozó la puerta justo cuando ella y la abuela llegaban al foso que había tras la trampilla. Ailsa se encontró con un fuerte brazo que la impedía moverse, y una mano que tapaba su boca para que no gritara, pero todavía tenía ojos.
Vio cómo dos enormes vikingos irrumpían en la cabaña y apartaban a Mairead de un empujón, cuando esta intentó defender a su madre.
Vio cómo uno de ellos la arrojaba al suelo para violarla, antes de que su padre entrara enarbolando una simple pala, con un alarido de dolor al ver a su esposa ultrajada, antes de que el otro invasor le atravesara con la espada.
Hubiera deseado estar sorda, muda, ciega. Muerta ella también, cuando vio al propio Caelen acabar con ellos, para sacar a Mairead de aquel infierno. Y cuando logró zafarse del agarre de la abuela, empujó la trampilla para abalanzarse junto a los cadáveres de sus progenitores.
En medio de su llanto desconsolado, no escuchó entrar a otro grupo, ni la orden que la llevó en volandas hasta una de aquellas enormes bestias.
De repente, su mente fue incapaz de darle la orden de defenderse. De resistirse. Sus ojos contemplaron el escenario de fuego, muerte y destrucción que la rodeaba, mientras se hacía una sola pregunta.
¿Por qué la había olvidado? ¿Por qué solo había salvado a Mairead, sin reparar en ella ni en la abuela? ¿Por qué…?
Cuando Caelen se quedó callado y los recuerdos le dieron un respiro, Freydis tomó aire y se limpió las lágrimas para contemplar el lugar que los cobijaba.
Mientras escuchaba, él la había llevado a la cabaña más alejada de la aldea.
Su antiguo hogar.
El de Sigrún.
—Es ella —murmuró en trance, recorriendo cada estante, cada frasco, como si volviera a descubrirlos, hasta que sus ojos se posaron en él—. ¡Sigrún es mi abuela!
—Cuando dejé a salvo a Mairead y volví a por vosotras, tú habías desaparecido, igual que ella.
Muchos días después, cuando ya la dábamos por muerta, apareció para explicarme que habías sido llevada por la fuerza a las tierras de los nórdicos.
—Él le lanzó una mirada cargada de culpa, sentado sobre el catre de la sanadora.
Con las manos sujetando su cabeza, como si temiera que esta se le separara del cuerpo por culpa de sus propios actos.
A punto de… llorar—. Te fallé, Ailsa. Tú confiabas en mí.
Me tenías en un pedestal. Para ti, era el mejor de los guerreros, de los amigos, de los aliados. Tu protector.
—Pensaba que eras infalible —murmuró ella, asintiendo.
—Pero no estuve cuando me necesitaste. Durante mucho tiempo, intenté paliar los efectos de mis errores con Mairead.
Mis padres la aceptaron en el seno de la familia porque yo se lo pedí.
Por eso, llegado el momento, se casó con Dugall.
Otro error mío —se lamentó, apretando la mandíbula, mientras desviaba su mirada al frente—.
La culpa por lo que sucedió con ella después nunca dejó de atosigarme.
Como nunca dejé de recordarte, a pesar de que me esforcé en olvidarte.
De hecho, pensé que lo había logrado, hasta que busqué a Sigrún, con una petición.
—¿Cuál?
—La de cumplir con su última visión. Para entonces, ya te aparecías en mis sueños, pero la mujer que me hacía perder la razón a base de placer en ellos, no se parecía en nada a la niña que un día quise como si fuera mi hermana.
No podía relacionar a ambas —respondió Caelen con un suspiro de derrota—.
Tu abuelo fue un nórdico del que Sigrún se enamoró, pero que volvió a su tierra. Nunca supo que había tenido una hija.
—Mi madre…
—La sangre del norte corre por tus venas, en la misma proporción que la sangre celta. Pero espero que mi relato haya servido para que te replantees muchas de tus decisiones.
«Para que una de esas decisiones sea quedarte conmigo», parecieron suplicar sus ojos cuando los clavó en ella de nuevo.
Pero Freydis se encontraba aún demasiado débil por el ataque de esos recuerdos, como para tomar un camino con garantías de éxito. Si miraba alrededor, todavía veía todo lo ocurrido, con todo lujo de detalles.
—Pudiste decírmelo desde el momento en que nos encontramos, en Jura, en plena batalla —le reprochó con un hilo de voz.
—No podía. Debía respetar los deseos de Sigrún de guardar el secreto hasta que ella hubiera regresado de su viaje, contigo.
Eras tú quien debía acceder a tu pasado, sin que nadie te llevara de la mano.
En mi cabeza, seguías siendo una niña. —Él alargó sus manos con intención de tocarla, pero ella se puso en pie de un salto.
Todavía lo veía como un extraño. Como un muchacho risueño que la ayudaba en sus apuros infantiles.
Como el amante desconocido que poblaba sus sueños más ardientes, hasta que se hizo realidad—.
Cuando te presentaste delante de mí en aquella cueva, solo te reconocí como la mujer de mis fantasías eróticas.
Solo cuando descubrí que Sigrún os acompañaba, comprendí quién eras en realidad.
El silencio se extendió entre ambos. Solo el viento movía las ramas sobre sus cabezas mientras ella intentaba encajar unas piezas que acababan de cambiar toda su vida.
—Compartimos sangre… Por eso siempre he sentido esa afinidad y ese cariño hacia ella.
Hasta ahora no lo entendía, ni lo aceptaba.
Para los miembros de la Estirpe del Halcón, experimentar cualquier tipo de emoción que se parezca al amor hacia otro ser humano, puede representar nuestra sentencia de muerte…
—Fuiste entrenada para no sentir. Para actuar sin cuestionar. Para servir hasta el final a aquellos que creías tus caudillos. Pero acabas de escuchar a quienes te debes en realidad. Ailsa, mi pequeño rayo de luz…
Ella se apoyó en la pared.
Le faltaba el aliento; el valor de rechazarlo.
Y, sin embargo, aún pudo lanzarle una mirada llena de reproches.
—Solo tenía seis años cuando todo ocurrió —comenzó, arrastrando las palabras—.
Intenté evitar la muerte de mis padres, pero no fui rival para ellos.
Mairead también vio todo, tan muerta de miedo como yo.
Mi hermana, de la que no volví a saber nada hasta que Sigrún apareció, con aquella fantástica historia contada a medias, acerca de una muchacha cuya muerte debía ser vengada.
—Aun así, confiaste en ella. Usaste la búsqueda de los lingotes de oro como excusa para acercarte a mí.
—Fue un error de apreciación. Sigrún se cuidó mucho en darme más detalles acerca de mi pasado.
La muy ladina conocía el significado de nuestros respectivos sueños.
Cuando me encontró y viajó con nosotros hasta aquí, se limitó a dejarme caer en ese error, para que mi venganza contra ti se llevara a cabo.
—Y la conseguiste, aunque fuimos mucho más allá. Nos casamos…
«Nos enamoramos». Eso parecían gritarle aquellos ojos grises que ella intentó esquivar, apretando los párpados. Hasta que las imágenes de ellos dos, siendo unos críos, poblaron de pronto cada rincón de su mente.
Freydis se echó a temblar. Su corazón palpitaba con cada uno de aquellos recuerdos, para caldearle el cuerpo y el alma. O para hacerla más consciente de lo que había hecho.
Al embarcarse en aquella misión, había creído que sus razones justificaban cada una de sus acciones, pero en aquel momento, solo deseaba que él la estrechara entre sus brazos para consolarla, mientras ella le pedía perdón.
—Santo cielo, qué injusta he sido… —murmuró, incapaz de reaccionar como debía.
—No te hagas esto a ti misma. —Él no permitió que cayera en ese sopor que amenazaba con destruir cada una de las emociones que había aprendido a experimentar junto a él—.
No seas tan injusta contigo misma. La culpabilidad es un suplicio mucho más duro que ese miedo que ahora mismo sientes, y que ni siquiera te molestas en negar.
—Porque si lo hiciera, mentiría.
—¡Entonces, reacciona de alguna forma, maldita sea!
—exclamó, sacudiéndola por los hombros con fuerza—.
Voy a hacer lo que sea necesario para borrar la huella de la derrota de esos preciosos ojos, ¿me oyes?
Quiero volver a enfrentarme a tu valor. A tu espíritu indomable. A todo lo que admiro de ti, vikinga.
—¿Me… admiras?
—Solo si recuperas la pasión con la que siempre me has entregado lo mejor de ti.
—Con un gruñido de impotencia, la encerró entre sus brazos y capturó su boca en un beso intenso y profundo que no admitía rechazo alguno—.
Necesito volver a sentir el calor que mana de tu cuerpo.
La miel entre tus piernas… Hasta que tú apareciste, nunca había tenido la necesidad de reclamar a una mujer como propia.
—¿Ni siquiera con lady Marjorie?
—Ni siquiera con ella. —Ella se atrevió a mirarlo a la cara, para ver el mismo sentimiento que la ahogaba, reflejado en los ojos grises—.
Jamás había estado con la misma mujer tanto tiempo como para hartarme de ella o caer en sus redes.
Marjorie me manipuló para que cayera en su trampa.
Años después, intentó llamar mi atención o despertar unos celos que estaban muertos en lo que a ella se refería.
—Pero no conmigo…
—Porque siempre nos pertenecimos. Ahora, ambos lo sabemos. —Esperó a que ella asintiera, con las piernas tan débiles como la manteca derretida, y le ofreció una de sus sonrisas más tristes—. Me alegro de que lo hayas reconocido, porque necesito saber… ¿Qué quieres de mí? —le preguntó con voz ronca.
Ya no trataba de aparentar indiferencia. Al contrario, hacía tiempo que estaba cargado de emoción.
El corazón de Freydis empezó a latir sin control.
¿Qué quería de él? Amarlo y sentir el contacto de su boca. Lo deseaba tanto que estaba dispuesta a aceptar el dolor que acarreaba la decisión.
Anhelaba tener recuerdos de su presente, para construir un futuro. Quería creer, aunque solo fuera por una vez, que las cosas entre ellos eran posibles. Que las guerras, las personas y las ambiciones que se empeñaban en separarlos, nunca habían existido.
Alargó su mano para abarcar su mejilla.
Lo amaba. La certeza se le clavó en cada punto de su cuerpo donde el pulso le golpeaba sin control.
Y precisamente por eso, debía poner los intereses de su esposo por delante de cualquier otro.
Tenía que dejarlo libre de ella, pero se veía incapaz de renunciar a él.
«Egoísta», le susurró una vocecilla, a la que ella decidió ignorar por el momento.
—Quiero tu perdón —afirmó, con la voz estrangulada por la emoción.
—Lo has tenido incluso cuando no lograba relacionarte con Ailsa.
—Entonces, quiero recordarte para siempre —le susurró, mientras levantaba los labios hacia su boca.