CAPÍTULO 43
—¡Isbeil, eres tú!
Eithne corrió hacia ella, antes incluso de que consiguiera desmontar para ayudar a Sigrún a hacer lo mismo y que el mozo pudiera llevarse el caballo.
Estaba tan agotada como la vieja hechicera de huesos de hierro, pero no había podido disuadirla de su empeño en acompañarla cuando la salvó del brutal ataque de su hermano Dugall.
—¡Freydis no puede quedarse aquí! —le había gritado, presa del pánico, recordando el papel que había jugado la vikinga en tierras de Jura.
—No solo puede, sino que debe, milady —le había respondido Sigrún, con su habitual aplomo—.
Marjorie continúa siendo un peligro para todos.
Mucho mayor que el de Dugall. Ella huirá, pero regresará sabiendo al fin cuál es su lugar.
Pero cuando lo haga, no será sola. Debemos recabar toda la ayuda que necesite...
Isbeil había desistido de preguntarle en qué podría contribuir a conseguir esa ayuda.
Era una sanadora reconocida, pero nada más.
Era ella quien se había propuesto visitar las tierras de la familia de su amiga primero, y las del propio Eirik Hauksson después, junto con las que el vikingo cedió a su mentor y tío, Gunnar, para formar un frente común contra su hermano Dugall.
Sin embargo, no pudo evitar que la anciana se plantara delante de ella, dispuesta a convertirse en su compañera de viaje.
—Me necesitaréis —afirmó, cuando logró encaramarse a lomos del caballo con cierta agilidad—. Lo comprobaréis en cuanto lleguemos al lugar indicado.
Que no era la fortaleza de los MacSorley, desde luego.
Mientras su amiga la estrujaba entre los brazos, ella vio por el rabillo del ojo cómo Sigrún se limitaba a observarlas sin mostrar emoción alguna.
—¡Oh, no tenía noticias de tu visita, pero me alegra igual! —exclamó Eithne, con una sonrisa de oreja a oreja que su hermano se encargó de borrar con una sola frase.
—Solo alguien demasiado inconsciente y temeraria cruzaría el terreno que nos separa con una anciana como única escolta —refunfuñó Alasdair, dirigiéndole una mirada dura que le encendió las mejillas por la vergüenza—.
Lamento no poder recibiros como mi hermana, milady .
Mi estado de ánimo es bastante más sombrío que el suyo.
—Seguro que dejará de serlo en cuanto os explique el motivo de mi presencia aquí, mi señor —respondió la joven, señalando su propio aspecto—.
Como podéis comprobar, mi estado no es el mejor para una dama de alta alcurnia.
Ni mi medio de transporte, aunque la anciana que veis conmigo suele resultar una defensa mucho mejor que muchos guerreros, llegado el caso.
—Lo dudo —replicó el joven, enarcando una ceja cuando se cruzó de brazos—. Pero antes de que os desmayéis de puro cansancio, entrad al salón. Mi padre y el resto de la familia os atenderemos como os merecéis.
Aunque su rostro todavía reflejaba dureza, sus ojos le dirigieron una mirada tan ardiente que ella tuvo que carraspear para escapar de su influjo y comportarse con un mínimo de decencia, y toda la solemnidad que se requería de ella.
Ignoró los latidos furiosos de su corazón cuando posó la mano sobre el brazo que su anfitrión le ofreció y entró en la fortaleza con el mentón bien en alto, y una sonrisa dirigida a Eithne, que continuaba parloteando acerca de temas que su cansancio le impidió asimilar.
Debía centrarse en su objetivo. No podía permitirse distracción alguna. Su hogar, y la vida de todos aquellos que lo componían, dependían de su rapidez.
—¿He oído que la pequeña de los MacSween ha llegado?
—Niall MacSorley no esperó a que fuera anunciada y salió del salón, con los brazos abiertos y ese vozarrón que podía intimidar, pero que a Isbeil siempre le había inspirado ternura.
Sin embargo, se quedó inmóvil al verla—.
¡Por los dioses, muchacha! ¡Parece que has salido de una auténtica batalla campal!
—Eso es precisamente lo que ha ocurrido, mi señor. —Cuando realizó una cortés reverencia, los ojos se le inundaron de lágrimas—. Mi hermano Dugall... ha atacado Knapdale.
—¡¿Cómo?! —El enorme corpachón de MacSorley se inclinó hacia ella, mientras rodeaba sus hombros con un brazo y la llevaba al salón—. Criatura, siéntate junto al fuego y descansa. Tu criada puede quedarse contigo...
—Es la sanadora Sigrún. Y sí, agradecería mucho que le dispensarais el mismo trato que a mí...
—Entonces no se hable más. ¡Alasdair, muchacho, sirve a la joven una copa de vino para que pueda calentarse, y otra para la sanadora!
Las dos la bebieron casi de un trago. Solo cuando notó el licor corriendo por sus venas, se sintió con fuerzas para contar al laird lo sucedido en Castle Sween. Todos permanecieron mudos mientras exponía su relato.
—¿El MacSween de Jura os atacó para reparar su honor, por su esposa? —preguntó Niall cuando ella terminó.
—Todos pudimos escuchar que deseaba que Caelen se la devolviera.
¡Pero él nunca se la llevó! Cuando Marjorie apareció, el día de su boda, ¡ninguno sabíamos que era la esposa de Dugall!
No solo se quedó en nuestro hogar, sino que trató de sembrar la discordia entre mi hermano mayor y su esposa, carcomida por los celos.
Tanto Sigrún como yo intentamos dejarla fuera de combate de alguna manera, mientras averiguábamos la verdadera razón que la había llevado allí —prosiguió, señalando a Sigrún ante los atónitos ojos de todos los presentes—.
¡Pero no lo conseguimos antes de que ella huyera!
Ahora... ahora ignoro dónde podrá encontrarse.
—Desde luego, no en Castle Sween. Conozco a toda tu familia.
Al laird MacSween. Lleva su sentido del honor hasta las últimas consecuencias.
Jamás mentiría en algo así, por mucho que su hermano lo traicionara en su momento —murmuró Niall, mesándose su poblada barba, pensativo—.
Imagino que Alexander ignorará que el ataque se ha producido...
—Dugall acudió con muchos más efectivos de los que tenía en Jura —respondió, limpiándose las mejillas empapadas—. Pero ninguno llevaba el distintivo de la casa real.
—Es posible que detrás de ese motivo, por todo lo demás cuestionable, se esconda otro que haya aglutinado a más jefes de clan. Solo para asegurarse de que la victoria fuera absoluta.
—Lo ha sido, mi señor. Pero gracias a Sigrún, conseguí escapar en busca de ayuda.
—¿Deseas que envíe efectivos a Castle Sween?
—no esperó a que le respondiera. Con una mirada fiera, Niall desenvainó su espada y señaló con ella a su hijo—.
Caelen, y su padre antes que él, nos prestó ayuda siempre que lo necesitamos.
Es hora de que cumplamos como es de ley.
Alasdair, convoca a todo aquel que podamos reunir sin dejar desprotegido nuestro propio territorio. Nos vamos a Knapdale.
—Mi señor, me temo que ni siquiera vuestros hombres serían suficientes.
—Isbeil se mordió el labio cuando el laird la miró sin comprender, pero Eithne, situada a su lado, apretó su mano con disimulo para otorgarle la fuerza necesaria—.
He emprendido este viaje con la intención de recabar toda la ayuda posible.
—¿A quién te refieres, muchacha?
—A Eirik Hauksson y su mano derecha, su tío Gunnar.
El silencio volvió a hacerse en la sala. Espeso, lleno de un montón de sospechas cuya dirección ella ya conocía. Todos pensaban en Freydis, en su sangre. Nórdica, como la de los hombres que pretendía convertir en aliados.
Hasta que Niall chascó la lengua, con un firme asentimiento.
—Ambos han demostrado ser fieles a la corona. Aunque ninguno ha rechazado su parte vikinga, los dos han tomado esposas escocesas. Al igual que Freydis y Caelen —afirmó—. Supongo que eso deberá bastar para depositar en ellos la confianza mínima como para adentrarnos en sus tierras.
—De cualquier manera, no lo haremos solos, padre —intervino Alasdair, sin apartar sus ojos de Isbeil—. Nuestros hombres nos cubrirán las espaldas en caso de ser necesario.
—No lo será. Eirik acompañó a mi muchacha al altar.
Fue un invitado más a la fiesta, como lo hubiera sido Gunnar de haber podido asistir.
—Todos centraron su atención en Sigrún. Hablaba con el aplomo de una dama, y la desvergüenza de una mujer humilde que no tenía nada que perder—. Contaréis con ellos. Os lo aseguro.
Ninguno la contradijo. Todos se pusieron manos a la obra.
En menos de una hora, una comitiva de al menos medio centenar de hombres, comandados por Niall, Alasdair y la propia Isbeil, con Sigrún junto a ella, se plantó en las tierras de los MacLiùr.
Como la sanadora había vaticinado, Eirik puso a su disposición un nutrido grupo de guerreros, con él a la cabeza, en cuanto escuchó la explicación de MacSorley, y se dirigieron hacia Kintyre.
Al anochecer, ya habían alcanzado la antigua fortaleza de Eirik sin que nadie hubiera emitido la menor queja al respecto de su marcha rápida, o la práctica ausencia de paradas para descansar.
A esas alturas, su agotamiento había alcanzado cotas inimaginables.
Apenas se sostenía sobre el caballo. Tanto Hauksson como Niall o su hijo Alasdair la mantenían bajo una vigilancia constante, pero sabían que sugerirle que se apeara del caballo y descansara un poco hubiera sido desperdiciar tiempo y esfuerzo.
Ella no haría el menor caso hasta que no hubiera conseguido su objetivo.
—¡Eirik! ¡Por los dioses, la próxima vez que decidas hacerme una visita, avísame antes! ¡Mis vigías han estado a punto de atravesarte la frente con una flecha!
El famoso Gunnar, del que Isbeil tanto había oído hablar a Nara, la esposa de Eirik, apareció en la entrada de la fortaleza cuando dejaron caer el puente.
A través de su mirada velada por el sueño, la joven pudo apreciar que su complexión física y su edad podían considerarse similares a las de Niall MacSorley.
También una expresión risueña que cambió a otra taimada, en cuanto contempló el número de hombres que se presentaban ante él.
—Lo habría hecho de haber tenido tiempo, tío —respondió Eirik, señalándolos—. Pero nos urge tu intervención.
—¿En qué? Parece que comandas más de un ejército...
—Solo lidero mi parte. El resto pertenece a Niall MacSorley, que acudió a mis tierras, acompañado de lady Isbeil, solicitando mi ayuda.
Caelen MacSween ha sido atacado por su propio hermano, contraviniendo todas las leyes del honor, excepto la que enarbolaba acerca de la aparición de su esposa en tierras de Knapdale.
Algo que, por otra parte, no se tomó la molestia de probar antes de masacrar a todo el que se opuso a sus designios.
—Eirik inclinó su cabeza en señal de respeto y apretó los dientes—.
Mi señora quiere contraatacar, y nosotros estamos de acuerdo.
Esa sabandija no ha dejado de intrigar en nuestra contra desde que yo tomé por esposa a Nara.
—Lo mismo puedo decir yo —añadió Niall con convicción—. Ese hombre no es trigo limpio. Y el hecho de que haya preparado la ofensiva con tanta antelación como para asegurarse la lealtad de clanes que cuestionan las decisiones del rey, me da que pensar.
Era evidente que a Gunnar también, porque se limitó a asentir con aire ausente.
—Necesitamos todo hombre que sepa manejar un arma para devolver la plaza a su legítimo dueño —insistió Eirik—. Sé que pocas veces te he pedido algo, pero esta es una oportunidad única de cobrarnos nuestras propias venganzas contra un aliado indiscutible del conde de Ross.
Si es que ese dueño continuaba con vida.
Isbeil lanzó una mirada al cielo anaranjado.
La noche estaba a punto de caer. Se había movido lo más rápido que había podido, pero la angustia solo le permitía pensar que había llegado demasiado tarde.
Que no habría esperanza, ni para ella, ni para Freydis, ni para Caelen o todos los demás. Que...
—Mi cuñada es Freydis. Llegó de tierras del norte, aunque pertenece a esta.
Fue arrancada de su familia siendo una niña, por los invasores, que se la llevaron lejos.
Después de una auténtica tortura, esta mujer que viaja conmigo, Sigrún, logró encontrarla y traerla de vuelta, hasta que se casó con mi hermano.
—Aquella era su última oportunidad de acelerar los acontecimientos.
Se las arregló para permanecer recta en su asiento—.
Ella permanece en el interior de la fortaleza, junto a su esposo.
—Freydis... ¿Es la que yo...?
—Me temo que sí, tío —respondió Hauksson.
—Oh, dioses... —La cara del señor de Kintyre se tornó tan pálida que parecía a punto de caer fulminado al suelo cuando la miró—. Lady MacSween, ¿sabríais decirme si la muchacha tiene un... un... en... en...?
—¿Un halcón tatuado en su hombro? —terminó por él, al verlo señalarse justo ahí, tartamudeando como un jovenzuelo tímido—. Sí, mi señor. Eso es justo lo que tiene.
—Oh, dioses... —repitió el hombre.
Una expresión culpable reemplazó al desconcierto, pero fue solo un instante antes de que su esposa saliera para acompañarlos a todos en el patio de armas.
—Querido, deberías advertirme de la presencia de invitados o nunca podré hacer las funciones de una castellana eficiente...
—su voz se fue extinguiendo cuando reparó en la presencia de Sigrún.
De pronto, Morag abrió la boca por la sorpresa, para pasar a curvarla en una sonrisa de oreja a oreja.
Parecía que ignoraba por completo a Isbeil cuando avanzó, extendiendo las manos, en su dirección—.
Que los dioses nos asistan... ¿Eres tú, Sigrún?
—Claro, vieja cascarrabias. Tu único ojo no te engaña. —Ante el pasmo generalizado, su acompañante saltó del caballo sin dificultad y corrió a fundirse en un abrazo con la señora de la fortaleza—. Aunque, por lo que veo, te conservas mejor que yo... ¿Quizá sea el amor?
—O quizá que soy más joven. —Ambas lanzaron una risotada al mismo tiempo. Después, Morag la señaló, mirando a su esposo—. Gunnar, te presento a Sigrún. Fue mi mentora hace tanto tiempo que ya casi ni lo recuerdo. Una sanadora con el doble don, como yo... Como Nara.
—Entonces, ¿os conocéis? —preguntó Isbeil, sin dar crédito.
—No hay nadie en varias millas a la redonda que no conozca a Sigrún —presumió Morag con orgullo—. Querido, si ella acompaña a Eirik y al resto, puedes atender y aceptar sus peticiones sin ningún tipo de reparo. Llegaréis a buen puerto.
En ese instante, Sigrún lanzó a Isbeil una mirada de triunfo.
«Os lo dije».
La muchacha asintió y sonrió. Quizá su éxito estuviera al alcance de la mano.