Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 42
78%

CAPÍTULO 42

—¡Freydis!

Escuchó la voz ahogada de su esposo tras ella, pero, en cuanto pudo sobreponerse, siguió corriendo todo lo rápido que sus piernas le permitían.

Necesitaba alejarse de él y de todo lo que parecía representar.

A cada paso, las emociones y recuerdos de su mente se hacían más patentes.

Más imposible de desentrañar. Sentía que debía mantener distancias con él, con todos, para poder actuar con un mínimo de lucidez, pero ni siquiera eso se le permitió.

Solo atinó a salir de la protección de las murallas, cuando la noche ya casi era completa, antes de que Caelen la alcanzara y la hiciera girar.

—Freydis —murmuró.

—No me hables. No me toques...

Ya no sabía quién era. Si Freydis... o Ailsa.

Aquel nombre, que acababa de descubrir, le era cada vez más familiar.

Irradiaba calidez, tranquilidad... paz, amor, familia.

Un montón de emociones que, poco a poco, se fueron colando en su cabeza, junto con los recuerdos que traía consigo y que comenzaron a llegar, complementando el relato fragmentado que en su día Sigrún le había ofrecido.

—Tus raíces son tan escocesas como las mías —le había explicado, antes de partir hacia aquellas tierras—. Tus padres murieron en el ataque que te trajo hasta aquí. Lo demás que te hayan contado, si es que te han contado algo, es mentira.

—¿Quién lo hizo?

—¿Qué importa eso? Cualquiera de los guerreros que ahora veneras.

Así es la guerra —le había respondido la hechicera con tristeza—.

Pero alguien de tu familia sobrevivió. Tu hermana mayor, Mairead, fue rescatada...

para terminar en las garras de un hombre que se convirtió en su esposo primero, y en su verdugo después.

La asesinó impunemente, puesto que disfrazó su muerte como un desgraciado accidente y aún no ha pagado por ello.

Ella había sentido un extraño cosquilleo en el pecho al escuchar aquel nombre. De pronto, en su mente aparecieron imágenes incomprensibles de dos niñas riendo juntas, llorando juntas... Siempre de la mano.

Había sido una sensación tan incómoda que decidió otorgar un voto de confianza a aquella mujer. Seguir el curso de sus instintos, que le reclamaban justicia para una hermana a la que no recordaba, pero de cuya existencia estaba cada vez más segura.

—¿Quién mató a Mairead? —había preguntado, con un extraño nudo en su garganta.

—El hombre que buscas pertenece al clan de los MacSween y es su señor.

—¿Él fue quien acabó con ella?

—Tu hermana murió por una decisión que ella misma tomó, muchacha. Si hubiera actuado de otra manera, es posible que siguiera viva... Aunque, de darse el caso, yo no estaría aquí, contigo.

Ahora comprendía el doble sentido de cada palabra vertida por Sigrún.

En aquel momento, en medio de aquella maraña de medias verdades que la habían manipulado desde el principio, comenzó a comprender que la vieja curandera le había contado lo imprescindible para impulsarla hacia su propia venganza...

con un destinatario que, en aquel momento, parecía ser el equivocado.

—Mi familia murió aquí —le reprochó, temblando. Apretó los párpados con furia. La fugaz imagen de un joven risueño, tendiéndole la mano para ayudarla a bajar de un árbol, le hizo abrirlos de golpe—. ¡Tú te la llevaste! ¡Te llevaste a Mairead y la entregaste a ese monstruo! ¡Tú la mataste!

Sin que mediara explicación, él tiró de ella hacia la espesura del bosque, aprovechando la ventaja que su ataque les otorgaba. Por más que se resistió, no pudo detenerse ni detenerlo, hasta que se encontraron lo bastante lejos de cualquier signo de civilización.

Solos. Por completo.

—Eso es lo que has creído todo este tiempo... —afirmó, atónito, cuando decidió soltarla—. Que yo era el asesino de tu hermana... ¿Por eso deseabas vengarte de mí de ese modo retorcido? ¿Concibiendo un hijo mío? ¡Responde!

—¡Solo te responderé cuando hayas pagado por su muerte! Me he limitado a ganar tiempo hasta conseguir lo que realmente quiero de ti.

—¿Y después?

Por toda respuesta, Freydis sustituyó la espada por una daga con la que lo amenazó. Él le dirigió una sonrisa escalofriante.

—Vamos, vikinga. Acaba lo que has empezado, si tienes el valor para hacerlo —la provocó con una voz cargada de advertencias—. ¿Es que acaso ese valor te ha abandonado, al igual que tus ansias de venganza?

—Cállate...

—¿Por qué? ¿Me he acercado demasiado a la verdad y te incomoda? ¿Ya no deseas cumplir tu cometido... conmigo?

—Cállate, Caelen...

—Si lo hago, ¿dejarás de sacudirte como si fueras un pequeño pájaro a merced del viento? Te conozco. Te he visto antes. Fue hace mucho tiempo. Tú no eras así. Eras solo una niña...

—No...

—Lo has escuchado por boca de mi hermano.

Por eso huiste por el pasadizo. Pero veo en tus ojos que has empezado a recordar la aldea arrasada.

Los guerreros masacrando a sus habitantes.

—Él dio un paso más, hasta que la punta de la daga comenzó a presionar su piel desnuda—.

Una familia agonizante. Una niña cubierta de sangre.

De ceniza. Unos ojos que intenté olvidar con todas mis fuerzas, hasta que lo conseguí...

—No.

—Tenías los mismos ojos fríos... incluso entonces.

La mano que sujetaba el arma comenzó a temblar.

—Esa niña murió.

—No. —Él bajó la voz, hasta convertirla en un susurro—. La mataron.

—¡Basta!

Con un gruñido casi salvaje, apretó la daga contra él y rasgó su piel.

—Hazlo —le dijo Caelen, inmune al ataque—. O admite que ya no sabes quién eres. Hazlo —le repitió en un siseo que casi pareció un ruego—. Porque, de lo contrario, tendrás que aceptar tu destino a partir de ahora.

El corazón de Freydis se paralizó. Su poder la mantuvo clavada en aquel lugar, como si estuviera atada con cadenas.

Él tomó su mentón y elevó su cara.

—Estás llorando.

—Por ti. —Poco a poco, comenzó a asimilar el significado real de la situación en la que se encontraban—. Has escapado...

—No es la primera vez que deshago un nudo complicado.

Si además me atan las manos hacia delante en lugar de a la espalda, me lo ponen todavía más fácil, vikinga.

Mi hermano está tan pagado de sí mismo que no vio venir el golpe ni pensó que me hallara en condiciones de emprender una carrera tras de ti, en cuanto te escuché gemir al otro lado de la puerta.

—Su agarre se afianzó, con un ramalazo de ternura que le encogió el corazón—.

Pero he sellado un trato con él y cumpliré mi parte.

—No lo hagas...

Solo se dio cuenta de que tenía las mejillas empapadas por el llanto cuando sacudió la cabeza y las piernas comenzaron a flaquearle.

—¿Quieres salvar al que siempre consideraste el asesino de tu hermana? —le preguntó él, con un deje de sorna.

—Ahora... ahora ya no sé qué creer, ni quién soy en realidad. Borraron de mi mente esa parte. Nunca me consideré una escocesa... Tú lo sabías. Lo has sabido desde el principio. Pero me mantuviste en la ignorancia, igual que la traidora de Sigrún.

Quiso apartarse de él y darle la espalda. Emprender el camino contrario para dejarlo a su suerte, con la indiferencia que siempre había sentido ante cualquier condición humana.

Pero era incapaz de resistirse al efecto que le provocaba su cercanía. Su sola presencia despertaba el recuerdo de sus besos: el calor de su boca, su sabor masculino, las caricias de sus hábiles manos...

—¿Buscas la verdad? ¿La escucharás si te la cuento?

Ella solo podía mirarlo.

Él pasó el pulgar por su mentón.

—¿Vas a hacerlo? —le preguntó a su vez.

—Solo si tú lo deseas.

—¿Y después?

Sintió la mano de su esposo abarcar su mejilla mojada por completo. Escuchó el sonido de sus respectivos corazones, latiendo de forma acompasada. Como si siempre hubieran formado parte de uno solo.

—Aquí estamos a salvo por el momento. No nos encontrarán si no queremos. Pero después, cumpliré con mi palabra.

—¡Puedes seguir a salvo para siempre! ¡Alexander te arropará cuando conozca el ataque de Dugall! ¿Por qué empeñarte en cumplir con el trato hecho con el mismísimo diablo?

—Porque de él dependen demasiadas vidas... Mi pequeño rayo de luz.

De pronto, aquellas palabras ocuparon su lugar en la mente atormentada de la joven.

Así era como él la llamaba cuando estaban juntos.

De niños, habían sido amigos. Y el destino se había encargado de que, años más tarde, se convirtieran en amantes.

—Debo hacerlo para poder regresar —continuó él, ocultando el temblor de su voz a través de un abrazo que lo dijo todo—. Aun así, si no regreso, si muero... Por favor, recuérdame siempre.

—¡No tendré que recordarte, porque seguirás vivo, a mi lado!

—No me da miedo la muerte. Pero la posibilidad de no volver a verte, de perderte otra vez, me da pavor.

Freydis se aferró a él con fuerza. No lo dejaría marchar. Si era necesario, se entregaría con él.

Pero entonces firmaría su sentencia de muerte, tal y como le había dicho el guerrero para evitar que intentara liberarlo en el Gran Salón.

—Volverás a verme. Te lo garantizo —le aseguró, sellando su promesa con un beso—. Dios, siento tanto haber intentado utilizarte para mi absurdo plan...

—No lo sientas aún, mi vikinga. Espera a que tu mente recuerde todo por completo. Quizá, en ese instante, decidas odiarme para siempre. ¿Quieres arriesgarte?

El pulso le latía en los oídos. Todas las señales le advertían que huyera de allí.

Pero ella asintió, al mismo tiempo que, por fin, las tinieblas que la habían acompañado se disiparon y las escenas inconexas que le habían causado fríos desvanecimientos comenzaron a ocupar su lugar.