CAPÍTULO 41
—Como habrás tenido ocasión de comprobar, Marjorie no se encuentra en Knapdale.
—Tampoco nuestra querida hermana. Pero sí la doncella personal de mi esposa.
Antes de que Freydis pudiera festejar que, de algún modo, Isbeil había escapado a la masacre, un guerrero pasó ante sus ojos, arrastrando a la pobre sirvienta de Marjorie, que acabó a los pies de Dugall, suplicando por su vida.
—¡Levántate, perra! —El escocés no tuvo compasión de ella y la obligó a ponerse en pie—. ¡Dinos dónde está tu señora o pagarás las consecuencias!
—¡Ella se fue sin decirme adónde se dirigía! —gritó la desdichada, hecha un mar de lágrimas—. ¡Me dejó aquí, imagino que porque pensaba que no sería más que un lastre para ella!
—¿Cómo lo pensó cuando ambas dejasteis Jura? ¡No mientas o te arrancaré la piel a tiras delante de tu nuevo señor!
—Si lo haces, jamás podrás conseguir lo que quieres.
La voz queda de Caelen resonó en la estancia con tal potencia que ella contuvo la respiración.
Podía sentir la ira controlada de su esposo como si fuera la suya propia.
Apretó con más fuerza la empuñadura de su espada y se obligó a seguir escuchando y viendo.
—Me parece que no estás en situación de amenazarme —le respondió Dugall, olvidándose de la criada para colocar el filo de su puñal en el cuello de Caelen.
Freydis ahogó un gemido, y el guerrero que la acompañaba la sujetó con más fuerza, resuelto a que no cometiera una estupidez letal para todos—.
Cualquiera que haya vivido aquí en los últimos diez años conoce tu historia con mi esposa. Cómo te dejó plantado en el altar...
—...y cómo te prefirió a ti, sí —respondió Caelen, sin inflexión alguna en la voz—.
Al fin es tuya, después de tanta insistencia por tu parte.
No conozco los detalles de vuestra relación, ni quiero conocerlos, pero me subestimas si piensas que volvería a aceptarla en el seno de mi casa, de mi vida y de mi corazón, cuando los tres ya tienen una dueña legítima.
—¡Amas a tu esposa! —Apenas se inmutó cuando escuchó reír a Dugall. ¿Caelen la amaba?—. Un error enorme que terminarás pagando más adelante, seguro. Pero ahora dime por qué debería mostrar mesura a la hora de actuar como el invasor que ha conseguido su objetivo.
—Porque todavía no lo has conseguido. Ni lo conseguirás si Alexander se entera de que has irrumpido en la fortaleza de uno de sus jefes preferidos sin un motivo real.
—¿Que hayas acogido a mi esposa en tu seno no te parece lo bastante real?
—No puedes probarlo, puesto que ahora mismo no se encuentra aquí. Por otro lado, yo sí podría probar que sufrí un ataque en tus tierras, a manos de unos mercenarios pagados con unas monedas de oro que salieron de tu bolsillo.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando, pero, aunque la tuviera, tú tampoco podrías probar semejantes acusaciones sin fundamento.
—¿Estás seguro? Da la casualidad de que poseo esas monedas.
Tienen un halcón grabado en ellas, ¿sabes?
Ah, por supuesto que lo sabes, claro. Como su procedencia.
Un robo a los hombres del norte, que pretendían entregárselas a Alexander como prueba de buena voluntad por parte de Haakon.
Ah, que también estabas al tanto —añadió cuando vio cómo Dugall palidecía—.
Aunque supongo que ignoras que los vikingos que arribaron a tus tierras, y cuyo ataque yo intenté detener como un estúpido, pensando que tus intenciones eran tan nobles como las mías, llegaban para recuperar ese oro...
—¡Mientes!
—No voy a defenderme con argumentos, sino con hechos.
—Él había levantado la cabeza con orgullo.
Pese a permanecer maniatado y apaleado, se sabía vencedor—.
Mi esposa fue y es uno de esos vikingos.
Sus hombres podrán corroborar mis palabras, junto con ella, delante del rey, cuando yo le muestre las pruebas que te incriminan.
Pero, por si no son suficientes, siempre puedo apelar a la suerte de tu primera esposa, Mairead.
Mairead.
Era la segunda vez que ella escuchaba aquel nombre. La primera fue por boca de Sigrún, cuando le contó retazos de una historia increíble, pero que fueron suficientes para trastocar su mente, iniciándola en un rumbo desconocido para ella.
Como en aquel preciso instante.
Tragó saliva y entrecerró los ojos. No permitiría que de nuevo aquellos fragmentos la manipularan en una dirección que no deseaba tomar. Lo más importante era su marido. El modo en que atacaba la seguridad de su hermano sin mover un solo dedo.
La información que parecía dispuesto a seguir vertiendo.
—¿Qué tiene ella que ver en esto? —siseó Dugall en un susurro, retrocediendo un paso, como si temiera la respuesta.
—Todo, hermano. La salvé del ataque de los vikingos en su propia casa, en la aldea que masacraron, pero no pude evitar que se llevaran a su hermana menor, Ailsa.
—Freydis dejó de respirar al oírlo. Se apoyó en la pared para no desfallecer—.
Las conocíamos a las dos, ¿recuerdas? Isbeil era gran amiga de Ailsa.
Compartían juegos durante horas, aunque padre nunca estuvo de acuerdo con ese cariño hacia una simple aldeana.
Si hubiera sabido que tú sentías el mismo cariño por Mairead antes de que muriera...
—Posiblemente no me hubiera permitido casarme con ella. Pero cuando la tomé por esposa, tú ya eras el nuevo laird .
—Y bendije aquella unión, pensando que la amabas de verdad. Como un hombre debe amar a una mujer —prosiguió Caelen, implacable—. Nunca imaginé que ella sufriera tanto con ese enlace. Ni que acabara como acabó. Asesinada. Por ti.
—¡Mientes de nuevo!
Con un grito de impotencia, Dugall lo golpeó tan fuerte que acabó en el suelo. Tenía el rostro congestionado. Deformado por lo que estaba escuchando.
—No puedes probar tal cosa —le susurró cuando lo sujetó por la pechera de su camisa y lo puso en pie—. Aunque sea verdad, jamás podrás demostrarlo.
—Entonces es cierto...
—¡Metió las narices donde no le convenía y acabó pagando por ello!
—En la seguridad de que los hombres que le escuchaban eran leales a él, Dugall confesó.
Y con esa confesión, las razones que habían impulsado su venganza quedaron reducidas a polvo—.
Yo la quería. A mi modo, pero la quería.
¡Solo un par de veces tuve que reducir su voluntad a base de golpes, y me odié por ello durante mucho tiempo!
Habríamos sido felices... si no hubiera descubierto los lingotes, mi relación con Marjorie y nuestros planes conjuntos para ese oro.
¡Tuve que deshacerme de ella! ¡Fingir que sufrió un accidente cuando la arrojé por el acantilado, aquella tarde tormentosa!
»A nadie le extrañó que resbalara en el fango y cayera al mar embravecido. Todos conocían su espíritu indómito, su empecinamiento en desobedecerme, aunque eso supusiera enfurecerme y provocar un castigo.
»Llevábamos casados el tiempo suficiente como para que me hubiera dado al menos un heredero legítimo.
¡Pero la muy perra parecía tan estéril como cualquier piedra del camino!
Solo sabía quejarse de mi trato, echarme en cara mis amoríos con Marjorie...
¡Como si tuviera derecho a recriminarme nada!
Por fortuna, se llevó su secreto a la tumba.
Jamás pudo delatar mis planes ante nadie, ni siquiera ante Alexander...
—Acabas de delatarte tú mismo, hermano —afirmó Caelen, después de una pequeña eternidad de silencio.
—Si te refieres a ellos, tengo su vida en mis manos —replicó Dugall, señalando a sus hombres—.
Igual que la tuya. Te aseguro que morirás antes de poder alertar al rey de la conspiración que acabará con él y con su estirpe.
No soy el único jefe de clan que está en desacuerdo con su modo de hacer las cosas.
—Es posible que no seas el único, pero sí el primero en acceder a la proposición de otro laird vencido.
Dugall elevó las cejas con escepticismo.
—Después de todo lo que acabas de oír, ¿aún sigues pensando que puedes salvarte? —le preguntó—. ¿Qué es eso que para mí resultará más valioso que Knapdale?
—El propio Knapdale. Si me matas, la ira de Alexander caerá sobre ti antes de que logres llevar a cabo tus planes.
Has sufrido dos reveses en poco tiempo, querido hermano: tu esposa, la primera que puede delatarte, se ha marchado.
Y has perdido gran parte del oro con el que pretendías financiar tu empresa.
Sin mí, nunca lo encontrarás y lo sabes.
—Freydis soltó el aire que había estado reteniendo, mientras las imágenes de lo que acababa de escuchar se mezclaban en su mente con las que presenciaba, sin ninguna lógica aparente—.
Yo me ofrezco, a cambio de que perdones la vida de cada habitante de estas tierras.
—Ya te tengo en mis manos. ¿Por qué habría de aceptar semejante despropósito?
—Porque podrás encadenarme para siempre, si así lo deseas, después de que yo mismo haya renunciado a Knapdale...
en tu favor. Solo de ese modo Alexander perdonará tu incursión.
Te apropiarás de lo que siempre has querido, y el poder añadido te servirá para lograr lo que deseas.
Sea lo que sea. No tienes otra opción —añadió cuando vio que Dugall enmudecía, pensativo—.
Si yo muero, tus aspiraciones mueren conmigo.
Si vivo, Ailsa permanecerá en silencio y tu secreto más repugnante seguirá a salvo.
—¿Ailsa? ¿De qué hablas ahora?
—Ailsa está aquí. Viva. Es mi esposa —añadió, con una sonrisa torcida llena de seguridad.
Una enorme sensación de vértigo se adueñó de ella. Pareció que el suelo se abría bajo sus pies.
Se tambaleó. Habría caído si el guerrero no la hubiera sujetado a tiempo.
Ailsa.
El nombre se repitió en su mente, anclándola de pronto a un pasado que comenzó a materializarse sin que ella pudiera evitarlo. Como si fueran las raíces de un árbol milenario que habían permanecido moribundas, pero que comenzaban a revivir.
Ella era Ailsa...
— Milady , ¿os encontráis bien?
Lo apartó de un empujón y salió de allí con rapidez, sin mirar atrás.
Corrió al exterior, ignorando el caos que aún reinaba a su alrededor, con una sola idea en la cabeza: escapar de aquello que acababa de escuchar y que parecía pegado a ella.
Desprenderse de la espantosa sensación de irrealidad que la perseguía...
Sus ojos vagaron por el escenario que la rodeaba hasta que repararon en la entrada al pasadizo.
A aquellas alturas, los aldeanos ya estarían lejos. A salvo.
Ella, sin embargo, llevaría consigo el peligro, pensó mientras se dirigía hacia allí, con los gritos de alarma de los hombres de Dugall pisándole los talones.
—¡Prendedlo, atajo de inútiles con patas! ¡Traédmelo con vida, o pagaréis con las vuestras!
Marjorie escuchó el feroz alarido de su esposo sin inmutarse.
Escondida tras una gruesa columna, disfrazada de campesina, se dedicó a contemplar por unos gloriosos instantes cómo Dugall, descompuesto y descontrolado, salía de la torre principal renqueante, sujetándose sus partes íntimas con ambas manos, mientras señalaba a Caelen con un gesto de cabeza.
Era evidente que su antiguo prometido había logrado escapar. Tanto como que su objetivo era alcanzar a Freydis, que en aquellos momentos traspasaba una vieja puerta, veloz como un rayo.
Sonrió, al mismo tiempo que palpaba la bolsa que contenía la cal viva bajo sus ropas holgadas, solo para asegurarse de que, en esa ocasión, nadie había logrado arrebatársela.
Cuando recordó el modo en que Dugall la había tratado la última vez, estuvo tentada de usarla con él.
Había tenido que esperar un tiempo para que sus heridas externas cicatrizasen, antes de presentarse en Castle Sween.
Las del resto del cuerpo aún permanecían con ella, junto con la humillación de haber sido forzada.
Pero no era el momento, se dijo. Aún no. Ya se encargaría de hacérselo pagar, cuando todos los demás escollos hubieran desaparecido.
Salió de su escondite con la seguridad que la caracterizaba, y una sonrisa petulante que solo consiguió que la sorpresa de él se convirtiera en furia.
—Veo que recibiste mi mensaje, y la moneda de oro —presumió.
—¡Fuiste tú! —siseó Dugall cuando la tuvo delante, a una distancia prudencial, sin asomo del temor que debería mostrarle después de su último encuentro—. Tuviste el descaro de dejarme en ridículo delante de todo Jura, abandonándome. Y no contenta con eso, regresas junto a mi hermano…
—Con un propósito que, al parecer, tu limitado entendimiento no te permite ver, querido esposo.
Hazlo, y jamás accederás a lo que pretendes —añadió, mostrándole la bolsa de las monedas cuando él levantó el puño, dispuesto a golpearla—.
Contiene el oro que terminó aquí, en manos de tu propio hermano, y que yo he logrado recuperar.
—No voy a matar a mi hermano. Me resulta mucho más útil con vida.
—Si no deseas más muertes, no las habrá —añadió Marjorie con un bufido, señalando con la cabeza el lugar por el que Caelen se había marchado, seguido por los dos guerreros—. Imagino que, en tu infinita sabiduría, habrás previsto que, llevándote a tu hermano a Jura, su esposa lo seguirá.
—No he tenido el honor de verla, pero en cuanto le ponga la mano encima…
—Yo seré quien se la ponga. —Fingiendo normalidad, se colgó del brazo de su esposo y lo acompañó hasta la entrada del pasadizo—.
Ambos han huido por aquí. Tus hombres tardarán horas en encontrarlos, si es que lo hacen, pero tú lo conseguirías en menos tiempo.
Después de todo, un día este fue tu hogar.
Supongo que aún conocerás algunos de sus recovecos…
Ve, y los tendrás a ambos, junto con esto.
Contraviniendo lo que su ambición le dictaba a gritos, Marjorie le entregó la bolsa con las monedas.
Dugall dedicó solo unos segundos a comprobar su contenido. Después, un brillo codicioso le iluminó el rostro y se extendió hasta su sonrisa cuando la miró.
—Te conozco. Si me las entregaras todas, te quedarías sin ninguna protección frente a mí. —Sus ojos se achicaron con desconfianza—. El tiempo apremia y no puedo malgastarlo en acertijos. ¿Qué quieres a cambio?
—Cobrarme mi propia venganza.
Dugall asintió por toda respuesta, antes de desaparecer.
No preguntó en qué consistiría la venganza en cuestión, aunque Marjorie tampoco se lo habría explicado. Necesitaba viajar segura a Jura, sabiendo que su esposo solo lograría apresar a Caelen en el mejor de los casos.
Freydis acudiría después.
Y cuando lo hiciera… sería el momento de Marjorie de Mornay.