Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Freydis vio el dolor impreso en los ojos de Caelen, justo antes de reaccionar a la provocación de su propio hermano.

Ignoraba si nacía de la traición de Marjorie, de las palabras de Dugall o de ambas cosas a la vez. No le importó, porque decidió entregarse por completo a todo lo que su esposo podía ofrecerle.

Justo antes de que el infierno se desatara en Castle Sween.

Apenas pudo pararse a pensar en lo que Dugall acababa de confesar cuando el estruendo de la guerra se cernió sobre ella y todos aquellos que tenía a su cuidado. Sus instintos la llevaron a desenvainar su espada.

Arrancó un escudo de las manos del primer guerrero que cayó muerto a sus pies. Cuando los hombres de Dugall lograron superar las escaleras y penetrar en la fortaleza, ya estaba defendiéndolos.

A pesar de los esfuerzos de aquellas gentes, los hombres de Dugall eran más numerosos. Y aunque muchos de ellos cayeron a las primeras de cambio, por culpa de su clara inexperiencia, sirvieron de avanzadilla para el resto.

En cuestión de minutos, el patio de armas principal se convirtió en una ratonera para los hombres de ambos bandos.

Los cuerpos caían a su alrededor como si fueran moscas, al mismo tiempo que las piedras aplastaban a los enemigos que se encontraban a su paso y una lluvia continua de flechas contenía su implacable avance.

Al menos lo necesario para que ella pensara qué hacer.

—Por los dioses…

Echó un vistazo al puñado de ancianos, niños indefensos y llorosos, y mujeres temerosas, nada seguras de sus recién adquiridas habilidades, que a su vez la observaban, esperando.

—Debería estar con ellos. Luchando —murmuró—. Cualquier ayuda es buena.

— Milady , sentimos ser un estorbo para vos…

Ella maldijo en voz baja. El hombre que había hablado podría muy bien ser su abuelo. Y los pequeños, sus hijos.

Es más, podría estar encinta…

Y esa perspectiva lo cambiaba todo, hasta un punto que jamás se había atrevido a imaginar siquiera cuando comenzó toda aquella aventura.

En aquel tiempo, estaba segura de todo. Ahora, no lo estaba de nada.

Ni siquiera de los sentimientos que su esposo le inspiraba o de los que él mismo le demostraba, cada vez de forma más abierta.

— Milady … Los nuestros están cayendo como moscas.

Y ella tenía que hacer algo, o Caelen jamás se lo perdonaría.

Caelen…

Lo buscó entre la marea humana de guerreros de ambos bandos, enzarzados en una pelea a muerte. No lejos de donde ellos se encontraban, un grupo aún más numeroso intentaba abrir la puerta desde dentro para permitir que los demás traspasaran el puente.

Si lo conseguían, sería su fin.

—¡Freydis! —Por encima del estruendo de gritos y alaridos de guerra, pudo escuchar la voz de su esposo. Solo tuvo que elevar los ojos para verlo en el adarve, lidiando con dos guerreros de su hermano, a los que despachó con pericia—. ¡Llévatelos fuera! ¡Síguelos!

¿Que los siguiera?

—¡ Milady , por aquí! —Una niñita no mayor que ella cuando fue reclutada para la estirpe tiró de su manga mientras señalaba la parte trasera de la torre que en aquel momento los albergaba—. Hay un pasadizo secreto que nos salvará.

—¿A dónde lleva?

—Al bosque —añadió el anciano que acompañaba a la pequeña—. Dugall solo se habrá desprendido de los hombres necesarios para custodiar sus barcos. El resto se encuentra aquí.

Era una afirmación bastante audaz, teniendo en cuenta que ignoraban el número exacto de los efectivos del señor de Jura, pero si tenía en cuenta sus verdaderas intenciones, era fácil concluir que no se arriesgaría a una derrota por dejar atrás más guerreros de la cuenta.

En el bosque estarían a salvo.

Y ella podría regresar para ayudar a Caelen.

Se apropió de toda arma que pudo encontrar entre los cadáveres y se las entregó a las mujeres.

Estas las aceptaron con una mirada de determinación, a pesar del miedo, que le hinchó el corazón de orgullo.

Después, con un movimiento de cabeza, instó al resto hasta que personas y animales cruzaron un pequeño portón deteriorado por los años, que sin embargo no tuvieron dificultad en abrir.

Apenas tuvo tiempo de coger una tea encendida cuando comenzaron a cruzar un pasadizo oscuro, que olía a humedad y cuyas paredes resbaladizas ni siquiera servirían de apoyo en caso de que lo necesitaran.

Avanzaron en completo silencio, con el corazón encogido por el miedo.

Los niños cesaron sus lloros, amparados por sus madres, y los ancianos se ocuparon de que los animales no se quedaran atrás.

Y cuando alcanzaron el otro extremo del corredor y salieron a la vegetación tupida que les proporcionaría la protección necesaria para conservar la vida, al menos hasta que la suerte de su señor se decidiera, Freydis supo que había llegado su momento.

—He de ayudarlo —dijo, pensando en lo que habría sido de Isbeil o Sigrún, con un nudo atenazándole la garganta—.

Me necesita. Vosotras ya sabéis cómo utilizar lo que lleváis en la mano llegado el caso, así que os dividiréis en dos grupos.

Uno, se asegurará de que todos permanezcáis a salvo en un lugar seguro.

Lo más lejos posible del mar. Dugall no está interesado en masacraros, sino en someteros.

Viviréis. El resto, me acompañaréis si estáis dispuestas a arriesgar vuestras vidas contra implacables guerreros, que no tendrán en cuenta vuestra condición de mujeres.

El segundo grupo dedicó unos instantes a comunicarse con una simple mirada, antes de asentir.

—Nos haremos con las armas en cuanto volvamos a la fortaleza —afirmó una de ellas—. Os seguiremos, milady . A vos y a nuestro laird .

—¿Hasta el final?

—Hasta el final.

Algo se desgarró dentro de ella cuando se separó de los aldeanos, acompañada por un puñado de mujeres cuya valentía la había sobrecogido, y regresó al pasadizo.

Era una emoción mucho más conocida que las anteriores, que parecía llamar a las puertas de su memoria para causar estragos en ella.

Como le había sucedido con anterioridad, el sudor frío comenzó a recorrerle la espalda antes de que llegara a su destino.

Las piernas le flaquearon con tanta violencia que tuvo que sostenerse en la puerta antes de abrirla.

Aunque permanecía con su espada en alto, le costó centrarse en afrontar el peligro que podría encontrar al otro lado con garantías de éxito.

Porque su mente había decidido emprender sola un camino desconocido, hacia un lugar similar a aquel.

Con una niña muy parecida a la que acababa de dejar atrás.

La pequeña de sus recuerdos contemplaba aterrorizada cómo los suyos eran masacrados, escondida bajo una humilde cama.

Como una cobarde, había sido incapaz de salir de allí para defender a su familia.

Solo se había tapado la boca para evitar gritar cuando contempló cómo acababan con sus padres ante sus espantados ojos.

Cómo alguien tiraba de su hermana mayor fuera de su hogar, hasta que la perdió de vista.

Después, se había quedado allí, paralizada, hasta que alguien la había descubierto y…

—¡ Milady , cuidado!

Un guerrero interceptó el filo de una enorme espada que iba dirigida directamente a su cabeza antes de que impactara en ella.

Freydis reaccionó a tiempo, como si hubiera salido de una horrible pesadilla para aterrizar en una realidad igual de horrible, y con un contundente movimiento en horizontal rajó el abdomen de su atacante hasta casi partirlo en dos.

El sudor le resbalaba por la frente. El recuerdo persistía allí, confundiéndola. Aterrándola. Debilitándola. Le costó enfocar el nuevo escenario que se extendía ante ella. Y cuando lo logró, el alma se le cayó a los pies.

Después de horas de feroz resistencia, a pesar de la ayuda de las mujeres y la suya propia, los hombres de Caelen habían sido vencidos.

Y su laird , hecho prisionero.

—¡No!

Cuando lo divisó al otro lado del patio de armas, arrastrado por el propio Dugall hacia el interior de la fortaleza, intentó correr tras él para liberarlo, pero el guerrero que le había salvado la vida la detuvo una vez más.

—Si acudís en su auxilio, solo conseguiréis que os apresen también. Y eso acabará con él mucho antes que cualquier concesión en las negociaciones —le susurró al oído, pegándola a la pared de piedra para que permaneciera oculta a los ojos de los invasores.

—¿Concesión? ¿Negociaciones?

Solo entonces fue capaz de escuchar los gritos que llegaron hasta ella antes de que el guerrero pudiera responder como era debido.

—¡Si accedo a mantenerte con vida en lugar de separarte la cabeza del cuerpo ahora mismo, es porque compartimos la misma sangre!

—exclamaba Dugall, coreado por las risotadas de sus hombres, que lo arropaban hacia el Gran Salón—.

¡Más vale que tengas un buen puñado de ofertas interesantes, que incluyan, por supuesto, a mi esposa!

¡Porque, de lo contrario, acabaré con la tuya delante de ti antes de hacerme con el resto del botín!

A cambio, Caelen solo le lanzó una mirada venenosa.

Su mandíbula estaba tan apretada que, incluso desde aquel lugar, ella pudo sentir el odio que lo dominaba.

La ira controlada a base de disciplina. El dolor inmenso y la incertidumbre que lo acompañaron a través de aquel silencio, hasta que desapareció de su vista.

—No puedo consentirlo… ¡No debo!

Se zafó del agarre del guerrero y corrió tras él, sin que el peligro le importara lo más mínimo. El solo hecho de imaginarlo humillado a los pies de su hermano hacía que las entrañas se le retorcieran de furia.

—¡ Milady , no lo hagáis!

El hombre la alcanzó justo antes de que se expusiera a la vigilancia de los soldados de Dugall, pero no pudo evitar que se escondiera bajo el hueco de la escalera, a tan solo unos pasos de la puerta abierta del Gran Salón, para al menos poder escuchar las condiciones de esa rendición que parecía tan evidente, manteniendo su espada para defender a su esposo en cualquier momento.

—Lo degollaré —siseó entre dientes.

—Con eso solo lograréis que los demás hagan lo mismo con vos y con mi laird —replicó el guerrero, en un exceso de paciencia—. ¡Sed prudente, por el amor de Dios! Seguro que él os lo agradecerá…

—Él agradecerá un brazo firme con las armas.

—¡Ya los ha tenido! Pero no ha sido suficiente…

—¿Y bien? ¿Qué es eso que no podré rechazar y que evitará que arrase Knapdale? —estaba preguntando Dugall en aquel momento con petulancia.

Se asomó un poco más sin ser vista. Caelen se encontraba de espaldas a ella.

Dugall estaba tan centrado en masacrarlo con su simple mirada que no se percató de que estaba siendo observado por alguien distinto de sus hombres, apostados a ambos lados de la puerta, mientras en el exterior aún se escuchaban los sonidos del dolor y la derrota.

Debía encontrar a Isbeil y Sigrún, se dijo. Pero antes, necesitaba saber a lo que iba a enfrentarse.