Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

—¡Dugall MacSween se acerca! ¡Y no viene solo!

El grito del vigía activó de inmediato la alarma en toda la fortaleza.

Caelen se olvidó de las monedas de oro, incluso de Marjorie, para atender el peligro que se cernía sobre ellos.

Desde que su hermano se había marchado, jamás había vuelto, mucho menos en son de paz.

Mientras abandonaba el Gran Salón para asumir el mando, recordó la afirmación de Freydis: Dugall poseía el oro que habían ido a buscar, convertido en monedas.

Faltaba por saber si las había usado para pagar a los mercenarios que los atacaron o fueron ellos quienes se las robaron antes de ese ataque. Porque, si se trataba de lo primero…

—¡Sus intenciones no son buenas! ¡Mira!

Lo arrastró con ella, atravesando el caos del patio de armas, hasta lo más alto de las almenas del castillo.

Desde allí, Caelen pudo apreciar que las velas de las naves de su hermano se hallaban desplegadas hasta el final.

Los guerreros habían colocado los escudos solapados a lo largo de los lados de los barcos, con un mensaje inequívoco para los vigías de la costa, que también había comprendido él: llegaban listos para la batalla.

Santo Dios…

No tenía tiempo para pensar en la razón que había llevado a su propio hermano a levantarse en armas contra él. Tosa su atención recayó en su esposa.

—Debemos dar la voz de alarma —murmuró, acariciando su mejilla, antes de tomar una tea y encender la hoguera de aquella torre, la más alta, que siempre estaba preparada con alquitrán, turba y leña verde—. Supongo que, si te ordeno que te pongas a salvo, no me harás el menor caso…

—Supones bien.

—Entonces, ¡ayúdame! ¡Reúne a las mujeres, niños y ancianos y llévalos al patio de armas inferior, junto con el ganado que esté más cerca!

—¡Pero ellas pueden empuñar un arma!

—¡Aún no están preparadas! —Él tampoco lo estaba para perderla a ella, pero se tragó la angustia y la sepultó entre sus brazos—. Por favor… por favor.

Hubiera estado dispuesto a obligarla por la fuerza, pero ella entró en razón.

—Volveré. Mientras tanto, permanece sano y salvo. Por favor… por favor —le respondió, con un fugaz beso en los labios que le supo a despedida, antes de desaparecer entre el gentío.

Caelen permaneció con la mirada clavada en ella hasta que se aseguró de que cumplía su petición.

Después, se concentró en organizar la defensa antes de que Dugall llegara a la base de las murallas.

Gritando órdenes a un lado y a otro, envió guerreros con la cruz de fuego, a lo largo y ancho de Knapdale, mientras desde las murallas sonaban los cuernos, con el toque de alarma del clan para congregar al resto de la guarnición.

Aún contaba con un tiempo precioso, pero ya podía ver alguna columna de humo procedente de las aldeas cercanas.

Los aldeanos que no habían logrado entrar para que Freydis y un pequeño grupo de guerreros los protegieran habrían huido hacia los bosques, pero antes habían destruido cualquier suministro de comida de sus casas, para que los atacantes no pudieran abastecerse tras el desembarco.

Atacantes.

Mientras corría hacia sus hombres, reconoció que, en lo más profundo de su corazón, siempre supo que algo así ocurriría tarde o temprano. Las ansias conquistadoras de Dugall no se habían visto satisfechas con la plaza otorgada por Alexander en Jura.

Él siempre había ambicionado Knapdale por encima de cualquier otra cosa.

Y el ataque de los vikingos en su propio terreno, unido a que con toda probabilidad ya conocía el paradero de las monedas, se había convertido en el mejor de los motivos para hacerse con la plaza.

—Pero no me conoces lo suficiente si piensas que no vamos a presentar batalla, hermano —afirmó en un susurro, con la vista fija en las naves que acababan de llegar a la costa y en los hombres que, como hormigas, descendían de ellas para avanzar por el interior formando una hilera—.

¡Arqueros, ocupad vuestros puestos en el adarve y las saeteras!

¡Vosotros, defended la puerta principal y el rastrillo!

—gritó al grupo más numeroso de guerreros, armados con hachas danesas de mango largo, espadas y escudos—.

¡Estad listos para contener un ariete o para un ataque sorpresa!

¡El enemigo aún puede flaquear antes de atravesar el bosque!

Una mirada firme se escapó hacia la parte superior de la fortaleza, donde ya se habían apilado piedras pesadas, cal viva, resina y agua hirviendo.

Ordenó a varios de sus hombres que no se apartaran del pozo de agua dulce para evitar que alguien lo saboteara y lo envenenara, así como la protección del almacén de grano y las provisiones de carne en salazón, bloqueándolo bajo llave.

Y cuando creyó que todo estaba bajo control, subió al adarve, preparado para comandar la defensa de su hogar cuando el enemigo se dejara ver.

Durante unos angustiosos minutos que le parecieron horas interminables, un tenso silencio se adueñó de la fortaleza y de quienes permanecían en su interior.

Aldeanos, guerreros, siervos… Todos contuvieron el aliento, con la mirada puesta en él, esperando la menor señal para cumplir con su función de forma ordenada y fría. Tal y como él los había enseñado.

Al fin, sabría si las horas empleadas por Freydis con una parte de la población de Knapdale darían los frutos esperados.

Lo primero que escuchó fue un ruido sordo, que parecía nacer de las entrañas de la tierra.

El suelo bajo sus pies comenzó a temblar conforme el sonido se convertía en estruendo.

Caelen infló el pecho y elevó la espada, dispuesto a dar la orden de ataque, pero cuando vio el número de guerreros que comenzaron a rodear la fortaleza, dudó.

Santo cielo.

Eran muchos más que los que de seguro compondrían la guardia de Jura.

Sospechaba que Dugall se había tomado su tiempo en reunir a todos los que quisieran seguirlo.

De hecho, era muy posible que muchos de ellos ni siquiera fueran guerreros curtidos en batalla.

Aun desde su posición, podía apreciar la extrema juventud de algunos de los que formaban la primera línea.

Iban a pie, pero también a caballo. Y parecían tan ordenados, tan dispuestos a cumplir con frialdad las órdenes de su señor, como los suyos propios.

—Maldición… —murmuró entre dientes.

En aquel momento, echó de menos a Angus mucho más de lo que nunca llegó a pensar.

No tenía que haberlo enviado a una misión tan inútil, solo para tranquilizar a su esposa. Ella parecía haberse olvidado de la suerte de los vikingos, puesto que no había vuelto a preguntar por ellos y se entregaba a él, si no en alma, sí en cuerpo.

Ahora necesitaba a su lugarteniente junto a él, pero el mal tiempo habría retrasado su búsqueda y haría lo mismo con su regreso.

—¡MacSween, si no quieres ver tu hogar reducido a cenizas, entrégame lo que me has usurpado!

Era la potente voz de su hermano. Mientras su ejército se había detenido a las puertas de Castle Sween, él había avanzado, a lomos de su enorme caballo de guerra, para que pudiera diferenciarlo bien del resto.

—Cualquiera de los aquí presentes puede atestiguar que jamás te he robado nada mientras este hogar fue el tuyo, hermano —respondió en un tono quedo, recalcando la última palabra con sorna—. Mucho menos cuando nuestros caminos se separaron.

—¡Lo has hecho cuando pisaste el suelo de Jura!

—¿Te refieres al aciago momento en el que decidí acudir a tu llamada de auxilio para hacer frente a una inesperada invasión vikinga?

—¡He recibido noticias de que muchos de esos hombres viven de forma pacífica en tus tierras, mezclados con los tuyos! ¡Solo un ruin e hipócrita como tú permitiría algo así con los atacantes de su propio hermano!

—¿Ahora has decidido que la sangre debe unirnos? ¿O fue cuando pensaste en tenderme una trampa para deshacerte de mí y así poder optar también a Knapdale?

Había sido una bravuconada, pero supo que había dado en el clavo cuando Dugall se quitó el casco y pudo ver la palidez de su rostro, a pesar de la suciedad.

Señor de los cielos. De alguna manera que estaba dispuesto a desentrañar, su hermano había orquestado todo aquel plan para acabar con él…

—No esperes saber demasiado —canturreó Dugall—. Todo a su debido tiempo. Primero, me apropiaré de lo que consideras tuyo… A no ser que me la devuelvas.

—¿Qué tengo que devolverte, según tú?

Quería que el oro de los vikingos saliera a relucir. Que su petición llegara acompañada de una confesión que Freydis escucharía. Solo necesitaba ese motivo para ordenar un ataque sin tregua, a pesar de que, a todas luces, el número de guerreros de Dugall sobrepasaba el suyo.

Pero su hermano era demasiado astuto para caer en una trampa tan pueril.

—Algo muy valioso —le respondió—. Más que cualquier riqueza que puedas imaginar, aunque supongo que, dado que te has casado no hace mucho, no tendrás dificultad en comprenderme cuando te lo diga…

—¡Habla de una maldita vez!

—¿No te lo imaginas? —Ante su silencio, Dugall también elevó la espada por encima de su cabeza—. ¡Mi esposa! Me he casado, aunque, por supuesto, mi enlace no fue tan sonado ni tan público como el tuyo. ¡He conseguido a Marjorie! Ella huyó… ¡y tú la acogiste! ¡Por lo tanto, exijo compensación!

Su carcajada atronadora apenas le llegó a los oídos.

Era incapaz de reaccionar. Hasta que, poco a poco, su mente fue asimilando lo que acababa de oír.

Marjorie, la esposa del señor de Jura. Una mujer capaz de cualquier cosa por acceder a las cotas de poder más altas y que había huido con unas monedas de oro que pertenecían a su esposo…

De pronto, tuvo que contener el montón de preguntas que le llenaron la boca. Más tarde obtendría sus respuestas. Desde luego que sí.

Caelen apretó los dientes, al mismo tiempo que sus dedos sujetaban la empuñadura de la espada con tanta fuerza que estuvieron a punto de fundirse con el metal. Sus ojos registraron un leve movimiento en la parte más baja del castillo.

Era Freydis. Elevaba el mentón con su orgullo habitual, mientras le hablaba con una simple mirada. Le decía que no se rindiera. Que luchara por lo que siempre le había pertenecido. Que no cometiera de nuevo el error de cubrir una fechoría de su hermano, como había hecho con Marjorie.

Pero no habría otra Marjorie. Los ojos azul verdosos se lo aseguraron sin dudar.

Él ya no era el muchacho enamoradizo que creyó que su corazón era menos importante que el honor de una mujer que lo había engañado con su hermano.

Ahora estaba tan seguro de que seguía manteniendo ese corazón como de que cada uno de sus latidos tenía una dueña: su vikinga.

Asintió al mensaje silencioso de su esposa e inspiró hondo.

Por ella, se dijo. Y por cada una de las almas que poblaban Knapdale.

—Marjorie ya no se encuentra aquí —afirmó con decisión—. Puedes comprobarlo, si aceptas la única oportunidad que te daré para que entres en mi hogar de forma pacífica. Tú solo. Desarmado.

—¡He llegado para destruirte y llevarme lo que es mío! ¿Y eres tú quien se atreve a imponerme condiciones?

—¡Solo así te asegurarás de que no miento!

Dugall pareció pensárselo unos instantes, pero finalmente negó con la cabeza y volvió a colocarse el casco.

—Hay otra manera, hermano. Estás a punto de descubrirla. —Lanzó un alarido de guerra y lo apuntó con su espada—. ¡Adelante!

Una horda de guerreros corrió hacia las murallas, portando escaleras con las que pensaban penetrar en su interior. Con un grito igual de feroz, él ordenó que comenzara la defensa de la plaza.

La fugaz tregua se había acabado.