CAPÍTULO 38
Habían pasado tan solo unas semanas desde que había decidido plegarse a los deseos del MacSween.
Pero para Rurik se habían convertido en una eternidad poblada de lluvia, viento, mar embravecido y, sobre todo… anonimato.
Aunque tanto él como el resto de los hombres indultados por el escocés eran libres, fingían ser humildes artesanos para poder subsistir. Él, por su parte, ayudaba al herrero de Keills.
No podía regresar sin el oro. Sin Freydis.
—¡Golpea con más ímpetu ese hierro o se enfriará antes de que le des forma!
Rurik lanzó una mirada oscura a su supuesto maestro, pero hizo lo que le ordenó sin una sola palabra de protesta.
Como el resto de los vikingos, desperdigados por la aldea, convertidos en lugareños gracias a las túnicas de lana áspera y los mantos gaélicos que les habían proporcionado a cambio de sus servicios en todo tipo de ocupaciones.
De cualquier forma, no hubieran podido mostrarse como guerreros. Sin sus armas, sin su líder, habían sido despojados de esa identidad. Aunque seguían siendo miembros de la Estirpe del Halcón.
No podían comunicarse en su lengua natal, so pena de ser descubiertos y descuartizados por toda una horda imaginaria de furiosos campesinos que no dudarían en emprenderla contra ellos a la menor sospecha de que eran hombres del norte.
Por lo tanto, habían permanecido a una distancia prudencial unos de otros en cuanto consiguieron un lugar en el que pagar su manutención con trabajo duro.
Hacía días que él no tenía contacto con los demás, pensó mientras descargaba su frustración e impotencia con cada golpe de martillo sobre el hierro al rojo vivo. Era tal su fuerza que incluso el yunque temblaba.
—Eso está mucho mejor —afirmó Gill, el herrero, un escocés que casi le doblaba la edad, tan alto como voluminoso, con un brazo que podría abarcar los dos de Rurik sin esfuerzo alguno y una expresión risueña que rara vez cambiaba, a no ser que lo sacaran de sus casillas—.
Si sigues así, dentro de poco podré retirarme y dejarte la forja para ti, muchacho.
Has demostrado aptitudes, disciplina, nobleza y, sobre todo, humildad para soportarme.
—Según los religiosos de la capilla local, es un milagro que hayas encontrado a alguien que te soporte. Ni siquiera tu mujer, la buena de Alis, lo consigue por mucho tiempo.
—Ah, esa hembra del demonio que no me ha dado un solo hijo varón a quien legarle el fruto de mi trabajo.
Pero para Rurik ya era más que claro que aquel gruñón adoraba a su esposa. Tal y como él había adorado a Freydis... O como ella adoraría al escocés.
La mano que empuñaba el martillo quedó a medio camino cuando lo pensó.
Maldición. ¿Lo amaría? Y, lo que era aún más preocupante, ¿habría conseguido que ella lo amara?
Había que estar muy ciego para no advertir que el MacSween bebía los vientos por ella.
Hasta tal punto era evidente, que Rurik llegó a consolarse con la descabellada idea de que, al menos, quedaría en unas manos inmejorables para protegerla, mientras que ellos aceptaban su humillante destino como simples labriegos en aquella aldea alejada del castillo MacSween... Aunque no lo suficiente.
Porque una parte de él albergaba la esperanza de volver a encontrarse con su mejor amiga, con su jefa... Con el amor de su vida, frustrado por unas circunstancias que se empeñaban en ir contra él.
—Encontraré el oro —aseguró para sí mismo entre dientes, amparado por el ruido metálico del martillo impactando contra el hierro candente—. Y cuando lo haga, tú podrás elegir el camino que tomar, por primera vez en tu vida, Freydis.
—¡Eh, Rurik! —exclamó el herrero desde la entrada de la fragua. Nadie había cambiado su nombre. Aquella zona había sufrido constantes invasiones nórdicas a lo largo de los años. A nadie le extrañaba que se llamara de aquella forma—. ¡Aquí hay alguien que pregunta por ti!
Él se limpió el sudor de la frente con el reverso de la mano y abandonó su tarea. El calor que reinaba allí dentro era insoportable, así que se alegró de poder salir al exterior.
Aunque esa alegría le duró poco.
Cuando tuvo delante de él al gigante que había comandado a los guerreros que los redujeron gracias a aquella vieja traidora de Sigrún, la sangre se le revolvió en las venas.
—No pienses que vengo a buscar tu ruina ni la de los tuyos, porque no es así —afirmó Angus antes de que él consiguiera articular palabra—.
Como ves, acudo tan solo con tres de los hombres del laird .
Venimos cansados por el viaje, mojados y con un caballo cojo por culpa del fango.
No representaremos para vosotros demasiada amenaza, ¿verdad?
—¿Por qué tendríais que ser una amenaza para mi aprendiz?
—preguntó el herrero, entrecerrando los ojos con suspicacia—.
Todos aquí conocemos al laird . Estamos al tanto de su reciente enlace con una muchacha de origen nórdico, entre otras cosas.
Pero me parece que ignoramos algunas partes, incluso más importantes que ese matrimonio...
—Cada cosa a su tiempo, Gill —replicó Angus, con una mirada de reconocimiento a todo lo que lo rodeaba, incluidos los lugareños que comenzaron a acercarse, atraídos por su presencia—. ¿Dónde está el resto, Rurik?
—¿Es que acaso tu señor ha cambiado de opinión y pretende terminar lo que empezó de otra manera?
—Mi señor, que también es el tuyo, es un hombre de palabra. —El guerrero apretó la mandíbula y el agarre a la empuñadura de su espada, pero no hubo nada más que delatara la tensión que contenía en aquel momento—. Jamás rompería una promesa.
—¿Y si ignora que la ha hecho?
—Conoce todos los detalles.
Evitó pronunciar nombres por alguna razón desconocida, pero el mensaje se clavó en el corazón de Rurik como una daga envenenada.
Ella estaba al tanto de su liberación. Y no solo no había hecho nada para averiguar su paradero, aunque solo fuera para reunirse de nuevo con ellos, sino que además... se había casado.
Apretó tanto los puños que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos.
Sus ojos se quedaron fijos en la estampa que ofrecían los cuatro guerreros que seguían frente a él, acompañados por un número cada vez mayor de campesinos que, de pronto, parecían tan suspicaces como confiados habían sido en un principio.
Dio un paso atrás mientras buscaba con la vista al resto de sus hombres. Hasta entonces, siempre se habían encontrado a una distancia prudencial. En aquella ocasión también los divisó sin esfuerzo.
Con una simple mirada se comunicaron entre ellos.
Podía oler la amenaza creciente en el aire, pero si Angus y el resto de los escoceses lo atacaban, al menos no estaría solo.
—Te he dicho que no vengo buscando un enfrentamiento —le soltó el gigante, como si hubiera leído sus pensamientos—. Solo quiero cumplir las órdenes de mi señor.
—Hasta donde yo sé, eran que debías dejarnos en paz.
—Te aseguro que no hemos hecho este maldito camino, que debería haber sido un paseo inofensivo en bote por el mar, solo por capricho.
Gracias a una tormenta, tuvimos que salir a caballo por tierra hacia el norte.
A través de un camino inundado por la lluvia, acampando en cualquier parte y con un jamelgo viejo que decidió meter la pezuña en algún lugar inapropiado para enlentecer nuestro avance todavía más gracias a su cojera...
—No me interesan los inconvenientes de tu viaje —le cortó con acritud.
—Te interesarán cuando sepas que la intención del laird es asegurarse de que tú y tus... compañeros os encontráis en perfecto estado.
Las cejas de Rurik se alzaron hasta casi la base del cabello.
No podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¿Me estás diciendo que se preocupa de que sus órdenes se hayan cumplido al pie de la letra? —Esperó a que Angus asintiera para continuar—. ¿Que, en realidad, sigue deseándonos el mismo bien con el que nos liberó?
—¿Caelen os liberó?
A esas alturas, las sospechas de Gill y las del resto de los aldeanos le importaban bien poco. Los ignoró y dio un paso al frente, más intrigado que atemorizado por la situación en su contra.
—Respóndeme, escocés —exigió en voz muy baja—. ¿Es ella la causante de todo este sinsentido?
—No lo sé, pero supongo que, en realidad, el laird ha caído en sus redes, como cualquier hombre enamorado, y ha decidido dar gusto a la mujer que se ha entregado a él con tanto fervor.
El hombre se encogió de hombros.
Solo el enorme control ejercido sobre su mente impidió que Rurik se lanzara a su cuello para degollarlo con sus propias manos. Y fue ese mismo control el que le hizo comprender lo que aquello significaba.
Freydis se había entregado a su esposo por voluntad propia. Quizá para cumplir la misión que le había sido encomendada. Por puro interés. Pero también cabía la posibilidad de que hubiera sido... por amor.
—Está bien —cedió, aparentando indiferencia para ocultar lo humillado que se sentía—. Diles a tus señores que nos encontramos a gusto. Felices. Agradecidos de que nos hayan otorgado una segunda oportunidad, que no pensamos desaprovechar. Y añade...
—¡Mirad! ¡Allí! ¡Son birlinns !
De pronto, todo el mundo desvió su atención hacia el lugar señalado por el muchacho que había gritado. Un nutrido grupo de naves se acercaba a la costa. Angus lanzó una maldición y caminó hacia el borde de la colina donde se hallaba la forja, achicando los ojos.
—Son las velas del laird Dugall. No hay lugar a dudas —afirmó—. Ese malnacido no vendrá con buenas intenciones después de tanto tiempo...
—¿Es posible que lady Marjorie tenga algo que ver en esto? —preguntó otro de los guerreros escoceses—. Aún recuerdo lo que al parecer ocurrió entre ellos. Quizá él tampoco lo haya olvidado. Esa mujer se encuentra en Castle Sween...
Se trataba de la persona que poseía los lingotes de oro. Y en lugar de ir tras él, era él quien se adentraba en Knapdale.
Quizá el destino sí le tuviera reservado algo grande, pensó Rurik, un instante antes de darse cuenta de que, si el señor de Jura podía suponer un peligro para ellos, también lo sería para Freydis.
—No parece que lo tengáis en muy alta estima —comentó, solo para sondear el terreno que se disponía a pisar.
—Ni yo ni nadie en estas tierras —afirmó Angus.
—En ese caso, se me ocurre una forma infalible de agradecer a tus señores el gesto que han tenido con nosotros. —Sin apartar la vista de los barcos que seguían acercándose, Rurik sonrió como un guerrero por primera vez desde que lo habían dejado libre—. Os ayudaremos.
—No veo cómo podéis hacerlo.
—Con mis dos brazos, mis piernas, mi destreza, mi mente y las de todos mis hombres. ¿O es que acaso se os ha olvidado que manejamos las armas como si hubiéramos nacido con ellas en la mano?
Fue una fanfarronería que surtió efecto.
Después de un instante en el que Angus pareció sopesar los pros y los contras de desviarse del camino marcado por Caelen, asintió.
—Es posible que él aún ignore que se acercan. Pero cuando los vea, tendrá detrás de él un ejército digno del rey Alexander —afirmó, extendiendo los brazos para que Rurik los tomara, sellando un pacto que sería difícil de romper.