CAPÍTULO 37
Marjorie había caído enferma.
Un inconveniente para sus planes, que incluían tratarla como si fuera uno de sus hombres, solo para arrancarle la verdad de su presencia allí.
Sin embargo, su indisposición había frenado su ira incontenible al pensar en los intentos de manipularlo por parte de aquella mujer, que, por fortuna, habían caído en saco roto.
Porque desde que había consumado su casamiento, solo tenía ojos y oídos para su esposa.
Si estaba excitado, era a causa de Freydis.
Y lo estaba. Su presencia, su cercanía, eran como un elixir que lo embriagaba. Incluso en aquel momento, enfrascada en la tarea de iniciar a las mujeres del clan en el arte de la guerra, irradiaba una vitalidad impresionante.
Su fortaleza le inflamaba los sentidos.
—Pero lo que nos explicáis va en contra de todo aquello para lo que fuimos criadas —le estaba rebatiendo una mujer entrada en años, con la determinación propia de quien cree en sus convicciones—. ¡No estamos hechas para empuñar una espada o un arco!
—Nuestra función es traer hijos a este mundo, criarlos y hacer de ellos personas de bien, para que sirvan a su familia y a su laird —añadió otra, mucho menos segura de sus afirmaciones que la primera.
—Nuestros maridos no están contentos con estas enseñanzas —comentó una tercera—. Dicen que es peligroso que aprendamos a comportarnos como mujerzuelas.
—¿Es de mujerzuelas aprender a defenderse por sí mismas? —Ante el asombro de Caelen, Freydis les dedicó una mirada que las enmudeció—. ¿Acaso supone un peligro que penséis por vosotras mismas cuando la situación lo requiera?
Un murmullo de tímida conformidad le respondió cuando, en mitad del campo de tiro, ignorando el viento que aquel día soplaba, la vikinga señaló las dianas colocadas sobre muñecos de paja, sacó una flecha de su carcaj y la lanzó para clavarla en pleno centro.
—Si persistís, lo haréis igual de bien en menos tiempo del que todos nos atribuyen. ¡Nadie pone en duda vuestra función, ni vuestra eficacia en ella! No digo que llevéis la contraria a vuestros esposos. Digo que debemos respetarnos más a nosotras mismas, y ellos lo harán también.
—Ya lo hacemos —respondió una joven campesina, con una mirada de resignación que despertó la compasión de Caelen. Y también el orgullo al comprobar cómo su preciosa esposa, vestida de nuevo como la guerrera que siempre había sido, manejaba la situación—. Siempre desde el lugar que nos corresponde.
—¿Nunca habéis pensado que ese es el lugar que otros han elegido por nosotras?
—les preguntó ella, enarbolando de nuevo su espada para que todas vieran que era posible que una mujer la manejara con total soltura—.
¡Son esos hombres a los que adoramos los mismos que nos han relegado a labores propias de nuestro sexo!
¡Pero yo digo que podemos desempeñar las suyas, incluso mejor que ellos en determinadas circunstancias! ¡Yo soy la prueba de que es así!
—Vos sois una mujer del norte —afirmó otra, como si aquello explicara todo lo demás.
—¿Qué importa de dónde vengo o qué sangre corre por mis venas?
¡Bien podría haber nacido aquí, que el resultado sería el mismo!
—Las tripas se le retorcieron al escucharla, pero se obligó a permanecer donde estaba, sobrecogido por la fuerza que desprendían las palabras de su esposa.
Acababa de convertirse en líder indiscutible para todas ellas, que la miraban embobadas.
Y ni siquiera parecía haberse dado cuenta—.
¡Tenemos inteligencia! ¡Podemos utilizarla para algo más que criar niños, llevar una casa o trabajar como mulas en las labores del campo!
¡Ahora, nuestro laird nos necesita de todas las formas posibles!
—¿Por qué? Hemos vivido en paz hasta que...
—¿Hasta que yo y los míos hemos aparecido en Knapdale?
¿Eso ibas a decir? No te preocupes. Soy tan consciente de ello que yo también lo pienso —respondió Freydis—.
Pero he convertido un problema en una razón para superarlo.
Llevo aquí el tiempo suficiente como para acabar por sentirme una más.
Vosotras habéis contribuido a ello, aunque no lo creáis.
Primero, con vuestra desconfianza hacia mí, natural por otra parte.
Después, con vuestra obediencia a las órdenes del laird .
Y, por último, con vuestra sincera y libre aceptación.
Vuestra presencia aquí, todos los días, para recibir mis enseñanzas es la mejor prueba de que lo que digo es cierto. ¿Alguna opina lo contrario?
Todas menearon la cabeza para responder.
—En ese caso, deberíamos continuar. El peligro vendrá, pero no será del norte. Y necesitaréis estar preparadas para ello...
—Casi tanto como lo necesitaréis vos, milady .
Decidió dirigirse a ella con ese trato formal, que expresaba el respeto que en aquel momento sentía, cuando emergió de las sombras y se quedó observándola durante un segundo, con una sonrisilla arrobada que le hacía parecer un bobo.
Lo sabía, pero tampoco podía evitarlo. Ni tampoco dejar de mirar cómo la luz del sol convertía su cabello en una prolongación de sus rayos. Cómo colocó la cabeza de medio lado al descubrir su presencia, hasta dejarlo embelesado ante la belleza de sus mejillas coloreadas por el esfuerzo.
—Será un honor recibirla de vuestra parte, mi señor —le respondió, con una sonrisa sincera y una inclinación de cabeza.
Reflejaba alegría, pero también una mínima parte de la ternura que él sentía.
«Así que esto es la felicidad».
La sensación le resultaba muy rara. Muy nueva...
Aquel deseo de permanecer con una mujer le hacía sentir un poco incómodo. Era un sentimiento más valioso que el oro para él, pero tan frágil como una flor.
En realidad, le daba miedo lo mucho que ella había llegado a importarle.
—En ese caso, ofrezcamos a estas mujeres un espectáculo digno de ser recordado —replicó con un guiño cómplice.
Freydis asintió. Su sangre se le encrespó en las venas cuando aquel formidable cuerpo adoptó la postura característica de un guerrero a punto de entrar en combate.
Bien. Una lucha cuerpo a cuerpo con ella era lo que necesitaba para enfriarse, pero cuando comenzaron a chocar sus espadas, con movimientos fluidos e interrumpidos a cada poco por una breve explicación de ambos, supo que jamás la vencería.
En ningún terreno.
Porque cuanto más deseaba conocer hasta su más vergonzoso secreto, más consciente era de que aquello aún seguía siendo imposible.
Ella seguía manteniendo un fino muro que los separaba.
No había vuelto a preguntar por la suerte de Rurik, pero la sombra del maldito vikingo seguía planeando sobre sus cabezas con un silencio mucho más estruendoso que cualquier grito.
Estaba tan convencido de que aquellas cópulas salvajes eran el medio de preservar sus sentimientos nocivos hacia él, que solo podía seguir el curso de sus instintos para satisfacerla y satisfacerse, mientras seguía preguntándose lo mismo una y otra vez.
¿Cuál era la causa de ese odio tenaz que impedía que sus heridas cicatrizaran? ¿Cuáles eran esas heridas? ¿Cómo consolarla cuando seguía ocultándole la verdadera naturaleza de sus planes? ¿Cuando le había confesado abiertamente que era el instrumento para llevarlos a cabo?
¡Por Dios! ¿De qué se trataba?
—¡Ríndete!
Con un grito de victoria, Freydis amenazó su cuello con la punta de la espada.
Lo había vencido por segunda vez desde que se habían encontrado, gracias a que su mente andaba en otros menesteres muy distintos de la lucha que mantenía con ella. En aquella ocasión, era tan ficticia como el resultado, pero por unos segundos vio el destello salvaje de advertencia en sus ojos.
—Siempre me rendiré ante mi señora —murmuró, inclinando la cabeza con una sonrisa llena de sugerencias íntimas que lograron que sus mejillas volvieran a teñirse de rojo—.
Aunque ahora mismo lo he hecho para que veáis que las afirmaciones de mi esposa son ciertas.
Que podéis defenderos en un momento dado, si vuestros esposos, padres o hermanos no pueden hacerlo.
Que vuestros pequeños pueden sentirse mucho más seguros con vosotras, si aceptáis ese principio.
Porque, a partir de ahí, todo lo demás irá de la mano...
—Con un rápido movimiento, apartó la espada y la atrapó por la cintura para pegarla a él—. Tal y como yo acabo de hacer.
A continuación, la besó. Disfrutó de la rendición que le ofrecieron los brazos femeninos alrededor de su cuello. La boca cálida que se abrió para recibirlo sin ningún tipo de vergüenza. La suavidad de los pechos voluptuosos que se aplastaron contra su torso y los gemidos complacidos de su dueña.
Incluso de las risillas disimuladas que escuchó a su alrededor.
—No te acostumbres, escocés —le murmuró su valkiria particular cuando se apartó de él—. Puede que el día menos pensado mi victoria sobre ti sea tan real como este beso.
—Si ese día llega, dejaré de llamarme Caelen MacSween...
—¡Mi señor! ¡Menos mal que os encuentro!
Los dos se volvieron cuando uno de sus guerreros llegó a su altura, con gesto descompuesto y sin aliento.
Todos sus instintos se activaron al mismo tiempo.
—¿Qué sucede, Archie? —preguntó, casi con temor—. ¿Acaso Angus ha regresado?
—¿Dónde has enviado a Angus?
Freydis lo observaba con el ceño fruncido, pero él la ignoró.
—Habla, por el amor de Dios —ordenó al guerrero.
—Angus todavía no ha vuelto. Y los prisioneros siguen en sus celdas.
—¿Entonces, a qué viene tanto alboroto?
El hombre dirigió a las mujeres una mirada de incredulidad al verlas con diversas armas.
—¡Es lady Marjorie! —exclamó—. ¡No está en sus aposentos! La hemos buscado por todas partes, ¡pero ha desaparecido! Solo sabemos que tomó uno de los caballos más veloces del establo y salió de la fortaleza con la excusa de que se iba a pasear… sola.
—Santo Dios...
—¡Los vigías no dieron la voz de alarma porque tiene por costumbre hacerlo así, desde que vos y vuestra esposa...
! Bueno, desde que habéis decidido comportaros como un hombre recién casado —añadió, con un encogimiento de hombros—.
Pero eso ocurrió a primera hora. Ya es media mañana y aún no ha vuelto...
Caelen se puso en movimiento a la velocidad del rayo.
Dio un paso en dirección al interior de la torre principal, con las monedas de oro como único objetivo.
Por extraño que pudiera parecer, no había reparado en que su esposa podría habérselas sustraído en cualquier momento desde que había bajado la guardia; sin embargo, fue su primer pensamiento al saber que Marjorie había desaparecido.
—Te dije que su mal era una treta, pero no quisiste hacerme caso. —Freydis lo detuvo con una mano firme sobre el brazo, y aquel susurro disimulado lo golpeó como un puñetazo—. No vayas tras ella... por favor.
—Tendría que pasar más de una vida para que yo corriera detrás de lady Marjorie por las razones que tu cabecita alberga ahora mismo.
—Señor, cómo deseaba descubrirla ante sí misma por completo, de una maldita vez.
Pero Sigrún le había advertido acerca de lo que podría ocurrir si lo hacía, así que se contentó con envolverla entre sus brazos mientras depositaba un suave beso en su coronilla—.
Pero se ha ido dejando a sus hombres aquí.
Me ha robado un caballo y se ha aprovechado de una rutina que ella misma creó en su momento, imagino que para que nadie sospechara cuando la usara con unos fines que desconozco, pero que debo averiguar.
—¿Quieres decir que...?
—Solo la mantenía aquí para tenerla vigilada, esperando el momento en que actuara, como así ha sido. Ahora debo atraparla para descubrir sus verdaderas intenciones. Y te aseguro, mi pequeño rayo de luz, que cuando le ponga la mano encima, no tendré piedad.
No le tocaría un solo pelo de su noble cabeza, ella ya lo sabía. Pero sus métodos de persuasión serían infalibles, pensó cuando la dejó atrás y penetró en el Gran Salón.
Necesitaba cerciorarse de que las monedas seguían en el mismo lugar en el que las había dejado.
Se había preocupado de buscarles un lugar fuera de la vista y del alcance de todos.
Un hueco en mitad de la pared, que se abría a través de un resorte secreto situado bajo el dintel de la chimenea, y que solo él conocía.
Sin embargo, cuando lo activó y palpó el hueco que se abrió en la pared, comprobó que estaba vacío.
Las monedas habían desaparecido, junto con Marjorie.
Aunque su dama de compañía seguía allí. Lo comprobó en cuanto el pánico le dejó pensar con claridad y la tuvo delante. Temblorosa, sin atreverse a mirarlo a la cara cuando le preguntó por el paradero de su señora.
—Yo... No tengo la menor idea, mi laird . —Y por la palidez de su rostro, Caelen supo que decía la verdad—. Ella nunca deja dicho lo que va a hacer o decir...
—Demasiado bien lo sé.
Se olvidó de la mujer con rapidez.
Pero la imagen de Marjorie permaneció fresca en su mente.
Así debía ser, si se proponía encontrarla.