CAPÍTULO 36
Marjorie no podía dejar de espiarlos.
Aunque fuera desde el confinamiento voluntario de sus aposentos, se pasaba el día observando por la única ventana de la estancia cómo la perra vikinga había conquistado al laird , hasta el punto de permitirle empuñar un arma como cualquier hombre.
—Pero tus días están contados —murmuró con una sonrisa torcida cuando, aquella mañana, decidió que ya era hora de hacer algo al respecto.
Como llevaba haciendo desde que sus hombres habían sido azotados, se negó a compartir el desayuno con sus anfitriones, alegando un terrible dolor de cabeza que esperaba que Caelen no se creyera ni por asomo.
Ya se había dado cuenta de que ningún mal ficticio, ni real, conseguiría ablandarlo hasta el punto de volver a tenerlo a su disposición, pero el tiempo se le acababa.
Con una sonrisa, se dirigió hacia el lugar donde guardaba las monedas sustraídas y las volcó sobre su mano.
Faltaba una. La que le había dado días atrás a uno de los guardias de la fortaleza, a modo de soborno, junto con un buen rato pasado entre sus piernas, para que se la entregara al señor de Jura.
—A cambio, recibirás más como esta a tu vuelta —le había dicho, para asegurarse de que cumplía el encargo en su totalidad.
Le costó mucho menos de lo que había pensado en un primer momento, pero aun así, el riesgo corrido había merecido la pena.
Según sus cálculos, si aquel desarrapado había cumplido con su parte, el ejército de Jura estaría al llegar. Para entonces, ella ya se habría marchado con su pequeño tesoro, que le permitiría permanecer en la sombra hasta que pudiera arrojarle a aquella mujer todo su odio a la cara. Literalmente.
Guardó las monedas y se dirigió de nuevo a la ventana.
— Milady , mi señor me ordenó que os aliviara un dolor de cabeza. He llamado a la puerta, pero al escuchar ruidos dentro y no recibir la orden de pasar, pensé que quizá os encontrabais peor…
Marjorie dio un respingo al escuchar la voz de la sanadora del clan y se llevó la mano a la frente, fingiendo un pequeño desvanecimiento.
—Ah, sí, gracias… No recuerdo cómo te llamas.
—Sigrún, milady . Nos conocimos hace tiempo, cuando erais la prometida de mi laird .
—Y, a juzgar por la mirada que le dedicó, estaba al tanto del modo en que dejaron de serlo—.
Os traigo una infusión recién preparada de las cocinas, para que la toméis y podáis seguir haciendo la vida social que os habéis propuesto desde el momento en que habéis pisado de nuevo este suelo.
—¿No crees que te estás comportando de un modo muy insolente? —Lejos de perder los nervios, Marjorie se acercó a la curandera con su sonrisa más cordial—. Más bien pareces la abuela de tu señor y de su hermana, en lugar de la vieja que se entretiene con hierbajos recogidos en el bosque.
—Esos hierbajos os ayudarán con vuestro mal. —¿Por qué tenía la sensación de que aquellas palabras escondían un doble sentido?—. Mucho más de lo que pensáis. Y mucho más rápido de lo que cabría esperar.
—Dejémonos de ironías. Ahora te recuerdo…
Siempre adoraste a Isbeil, aunque aún hoy ignoro el motivo.
Es una muchacha insulsa, demasiado inocente para la edad que tiene.
En cuanto a Caelen… No finjas —añadió, arrebatándole el cuenco humeante de las manos para depositarlo sobre el dintel de la chimenea—.
De los dos varones, fue tu preferido desde el principio.
—¿Fingir? No tengo necesidad, mi señora.
Me siento orgullosa de sentir las emociones de las que vos me acusáis como si fueran un delito.
Ayudé a que los tres hermanos vinieran a este mundo, pero solo dos lo hicieron con el espíritu limpio.
Vos elegisteis al único con el alma podrida.
Ahora intentáis enmendar las consecuencias de vuestros actos, pero hay errores que nunca podrán corregirse.
—Eres una malhablada… Tu señor sabrá del trato que me acabas de dispensar —la amenazó entre dientes, clavando los dedos en el brazo escuálido, con toda la intención de hacer daño.
Le hubiera encantado verla retorcerse, suplicando que la soltara, como la vieja indefensa que se suponía que era, pero le sostuvo la mirada sin inmutarse. Con un brillo de sabiduría que parecía fuera de su alcance y que le produjo un inquietante escalofrío.
—¿Eso será antes o después de que haya desaparecido vuestra indisposición, milady ? —tuvo la desfachatez de preguntar—. Porque os comunico que mi señor está muy ocupado, al igual que su esposa. ¿Ya os habéis enterado de que ha comenzado a instruir a las mujeres en el uso de las armas?
—Si sabes algo más y no me lo dices…
—Os aconsejo que guardéis vuestro odio para una mejor ocasión y una presa más débil que yo, milady .
El peligro que se acerca tardará en cernirse sobre nuestras cabezas.
Puede que para entonces las damas sigan siendo damas, y las campesinas, campesinas.
Pero yo he visto a campesinos defender su caballo moribundo hasta el final, y a señores huir ante la menor señal de peligro —susurró Sigrún.
Con esa mirada capaz de adentrarse en lo más hondo de sus pensamientos, hasta descubrirlos por completo—.
Tomaos vuestro remedio y recapacitad cuando el mal desaparezca.
Es posible que aún haya esperanza para vos.
Sin mostrar el menor signo de humildad, la sanadora se liberó de su mano y la dejó sola de nuevo.
Pasó mucho tiempo antes de que Marjorie pudiera recuperar el dominio de sí misma, vital para no cometer más errores como los que aquella deslenguada le había echado en cara con total tranquilidad.
Incluso se tomó el brebaje, pensando que le serviría para llenar su estómago vacío.
No podría perjudicarla, aunque fuera destinado a curar un mal que no tenía, pero su desazón acababa de aumentar.
Se había olvidado por completo de los inútiles que poblaban las mazmorras. Fiel a sus principios de no utilizar la violencia física extrema para arrancar confesiones, el muy estúpido se había molestado en que se recuperasen con rapidez.
Los quería vivos. Lúcidos. Sabía que una presión silenciosa, pasiva y constante obtenía mejores resultados que las torturas de cualquier tipo. Los latigazos solo habían sido un medio para hacer llegar un mensaje a todos en general, y a ella muy en particular: lady Freydis era intocable.
Pues bien, le demostraría lo equivocado que estaba. Y cuando se diera cuenta de que ella podría ofrecerle todo lo que esa mujerzuela endemoniada tenía entre las piernas y mucho más, la repudiaría en su favor.
Tomó su capa, dispuesta a escabullirse por la parte menos vigilada de la muralla con la cal viva y las monedas, pero un retortijón inesperado la dejó clavada en el suelo, doblada en dos.
Se abrazó el vientre y respiró hondo hasta que el acceso pasó. De seguro que aquella bebida estaba demasiado concentrada y le había producido aquel ligero malestar. Marjorie se irguió en cuanto pudo hacerlo y retrocedió cuando recordó la cal viva que debía llevar con ella.
Rebuscó entre los pliegues de su bata, pero no la encontró.
Y entonces recordó a Sigrún pegada a ella…
—Maldita ladrona —farfulló.
Aunque fue su último pensamiento, antes de que la sensación de vértigo fuera tan fuerte que terminó desmayada en el suelo.
—Ya está hecho, milady . He logrado arrebatarle esto. Es cal viva. Ignoro lo que pretendía hacer con ella, pero es todo lo que he podido hacer por el momento.
—No importa. Ahora solo queda esperar.
Sigrún no pudo evitar una mirada de auténtica admiración hacia Isbeil.
Lady Marjorie tenía más que merecido lo que en esos instantes estaría sufriendo. Pero no podía desvelar que conocía sus planes. Ni intentar desbaratarlos. Eso hubiera supuesto una manipulación del destino para la que ninguno estaba preparado.
—Gracias, viejita mía. —Cuando la llamó por aquel apelativo cariñoso, creyó que su curtido corazón se desharía dentro del pecho—. Sabes que te quiero.
—Espero que solo una mínima parte de lo que yo os he querido siempre.
—Mucho más. Nunca llevé bien nuestra repentina separación, sin nada que lo explicara. Nadie lo hizo. Te buscamos por mar y por tierra, sin descanso…
—Hasta ahora no habíamos hablado de esto, pero creo que es el momento.
—Su suerte estaba echada. A salvo de las intrigas de la mujer a la que había dejado un brebaje que la dejaría sin voluntad propia, a petición de Isbeil, pudo dejarse caer sobre el banco de la cocina que la joven había ordenado despejar antes, agotada por completo—.
Una ya no tiene edad para según qué cosas…
—Tú serás eterna. Nunca morirás.
—Tal vez no al otro lado del velo, pero sí en este.
—La anciana tomó las manos de la más joven y apretó sus dedos—.
No podía decirle a nadie el verdadero motivo de mi marcha.
¿Lo entiendes, ahora que la he traído conmigo?
¿Ahora que, por fin, parece que podría encontrar el lugar que un día perdió, junto a nuestro laird ?
—Claro que sí. Sobre todo, porque tú has venido con ella.
—La muchacha lanzó una mirada angustiosa a la puerta entreabierta, en dirección a las escaleras—.
Pero ahí arriba aún tenemos nuestra mayor amenaza.
Mi hermano ha sospechado de sus intenciones desde el momento en que apareció.
Sigue sin fiarse de las evidencias que apoyan su relato.
—Y hace muy bien. —¿Cómo decirle que aquella mujer supondría el principio de su desgracia? ¿Que solo la luz de Freydis podría acabar con la oscuridad que intentaría imponer?—. Sigue confiando en sus instintos, al igual que has hecho tú.
—Dejarla dormida fue lo único que se me ocurrió cuando me avisaste de que se avecinaban cambios. Puedo marchar en busca de ayuda sin que mi hermano se entere. ¡Todavía estamos a tiempo!
—Nadie modificará los acontecimientos que los dioses tienen reservados para nosotros, mi niña —intentó tranquilizarla—.
Hay cambios que no podemos evitar. Partirás, pero no ahora, sino cuando sea necesario de verdad.
Serás tan imprescindible, que todos recordaremos la bondad de tus actos.
Aunque de momento… tendremos que averiguar si mi poción surtió efecto, ¿no te parece?
—Sobre todo, porque corremos el riesgo de que Caelen sufra un nuevo ataque de humanidad y envíe a alguien a preguntar por su estado.
—Ya me ha enviado a mí. —La anciana arqueó las cejas—. Una tiene sus trucos de curandera, muchachita. Solo espero que puedas aprenderlos a tiempo.
Isbeil asintió con una sonrisa, y ambas mujeres abandonaron las cocinas para que Mary y todo su séquito volvieran a ocuparlas, con la intención de seguir con el plan que incluía a la pobre lady Marjorie.