CAPÍTULO 35
Cuando se despertó y no lo encontró a su lado, un frío helado la recorrió entera.
El vacío volvió de golpe, abatiéndose sobre ella como un pájaro de mal agüero.
Se sujetó la cabeza con las manos. Quizá así pudiera sujetar también las imágenes que la atormentarían y terminarían con su consciencia, pero fue inútil.
Escuchó un pitido que casi la dejó sorda y que no parecía provenir de ningún lugar en particular, y de todos al mismo tiempo.
Apretó los párpados y se tapó los oídos, pero su corazón comenzó a latir desbocado.
El sudor frío que ya conocía la bañó en cuestión de segundos, y todos sus miembros comenzaron a temblar.
Freydis terminó por abrir los ojos, rendida.
Se quedó en la cama con la mirada perdida. No veía ni un solo detalle de los aposentos donde había pasado la mejor noche de su vida, de la mano del hombre de quien debía vengarse.
Sin embargo, ante ella apareció una aldea devastada.
Los gritos de agonía de los pocos supervivientes se mezclaban con los de victoria de los atacantes.
Eran enormes, terribles. Montados sobre caballos de guerra, enarbolaban sus armas para acabar con todo aquel que presentara un mínimo de resistencia.
Ella estaba allí. Presenciando la destrucción del pueblo. Incapaz de llorar.
Hasta que alguien tiró de su brazo y se encontró a lomos de uno de esos temibles animales. Con los invasores.
Lejos de los suyos.
Aunque poco importaba. Porque los suyos…
—¡Basta! —se dijo en un grito, saltando de la cama para buscar a Caelen—. Él significa luz. Pero también tinieblas…
Unas en las que no deseaba zambullirse, porque intuía que no saldría de allí jamás.
Saltó de la cama como si en ella se encontraran serpientes venenosas y se puso su camisa para dormir y una bata sobre ella. Echó un breve vistazo a la mancha roja que delataba lo que había ocurrido sobre aquella sábana con despreocupación.
No sentía molestias físicas. Y desde luego, tampoco remordimientos por haberlo disfrutado.
Si la venganza era así de dulce, encontraría en ella a su principal defensora.
Aunque eso debería haberla asustado más de lo que lo hacía.
Salió de la habitación dispuesta a encontrarlo. No consentiría que nadie, y mucho menos lady Marjorie, lo hiciera antes que ella. Necesitaba asegurarse de que la huella que aquella noche había dejado en él era tan profunda como la que ella llevaba a sus espaldas.
Lo necesitaba… para asumir la naturaleza de un nuevo sentimiento que se abría paso a trompicones en su corazón. Sin pedir permiso, y con toda una carga de graves consecuencias que tendría que asumir si lo aceptaba.
No contó con el encontronazo con lady Marjorie, pero cuando logró dejarla boquiabierta en una guerra dialéctica en la que salió vencedora, las sospechas comenzaron a corroerla por dentro.
Aquella mujer pululaba por la fortaleza vestida igual que ella. Con el pelo también alborotado, un rubor sospechoso en las mejillas y ojos brillantes.
¿Y si había acudido a sus aposentos después de haber pasado la noche con ella? ¿Y si todo lo que le dijo no eran más que mentiras destinadas a seducirla una sola noche, para después echarla, tanto si estaba encinta como si no?
Su mente era un torbellino de sensaciones contradictorias que no sabía cómo gestionar, pero si de algo estaba segura era de que esa mujer seguiría intentando pegarse a su esposo. Sobre todo, si este al fin le había dado motivos para ello…
—¡Freydis, estás aquí! ¿Te encuentras bien? Pareces un poco pálida…
Solo al escuchar a Isbeil se dio cuenta de que había terminado sentada en uno de los bancos de las cocinas, tan ausente que se sobresaltó.
—Sí, estoy bien. No te preocupes por mí —respondió, con una sonrisa desangelada—. ¿Y tú? No te hacía levantada a estas horas.
—¿No has escuchado los gritos de mi hermano? ¡Va a azotar a esos hombres!
Parecía tan descompuesta que ella se olvidó de sus propios pesares y aguzó el oído. En efecto, el murmullo en el patio de armas era cada vez mayor. Incluso se elevaban algunas voces discordantes, que el laird acalló con su autoridad.
—¡Estos hombres han infringido la ley y merecen un castigo! —bramó.
—¡El verdadero culpable del ataque de ayer ya pagó, mi laird ! —replicó alguien entre el gentío. Cuando las dos se atrevieron a asomarse, ninguna pudo discernir quién fue—. ¡No debería extender su venganza al resto de hombres de lady Marjorie!
—Estoy convencido de que no ha sido un hecho aislado. ¡Casi podría afirmar de quién salió una orden tan repulsiva! Pero necesito pruebas. Testimonios. ¡Eso es lo que les he pedido, y ninguno ha confesado la verdad!
Las jóvenes dieron un paso más, mezclándose con el gentío.
En mitad del patio de armas, varios guerreros de Marjorie aparecían atados a sendos postes, con el torso descubierto.
En el centro, Caelen empuñaba un látigo.
La mirada oscura de sus ojos recorrió a todos los presentes, hasta posarse en ella.
Pensó que le ordenaría que se marchara, pero tras un segundo de indecisión, él asintió y le dio la espalda.
—¿Cómo estás tan seguro de todo lo que afirmas?
La multitud se apartó para dejar paso a la señora de aquellos desdichados. Marjorie apareció vestida como la mismísima reina. Altiva, elegante y bella, avanzó por el pasillo, lanzando miradas desdeñosas a todo el que se atrevía a sostener la suya.
—Respóndeme, laird —lo desafió, con un tono calmado que amenazaba todas las tormentas del mundo—.
Hasta el momento, lo único cierto es que uno de mis hombres tuvo la malísima idea de intentar desfogarse con una vikinga, que resultó ser tu esposa.
Supongo que su estado de embriaguez no le dejó diferenciar muy bien a quién intentaba abrirle las piernas. ¡Todos vimos que estaba borracho!
A su alrededor se oyeron algunos murmullos apoyando sus argumentos, que callaron Caelen la sujetó por los hombros con ferocidad. Enseñó los dientes como una fiera a punto de atacar. Su expresión era tan feroz que ella estuvo a punto de interceder por su enemiga antes de que él la despedazara.
—Vuelve a hablar en esos términos de mi esposa, como tú bien has dicho, y te unirás a ellos en los postes —le advirtió.
Después, la empujó lejos de él y se dirigió al resto—.
¡Me conocéis! ¡Conocéis a mi familia! ¡Muchos de vosotros me habéis visto nacer!
¡Habéis contemplado la muerte de mi padre, mi sucesión como laird , la traición de mi propio hermano!
»Sabéis que no carezco de humanidad ni de sentido de la justicia…
¡Por eso debéis confiar en mí cuando os digo que voy a desenmascarar al verdadero culpable!
¡Nadie osará nunca tocar un solo cabello de mi mujer, o se encontrará con el filo de mi espada!
¡Que esto sirva de aviso para todo aquel que pretenda engañarme con malas artes, traicionarme o buscar mi ruina y la de los míos!
¡Y podéis estar seguros de que lady Freydis es de los míos!
La declaración la atravesó. Ella lo sintió en cada fibra de su ser, que vibró de emoción al escucharlo. Cuando contempló que iba a sufrir por cada latigazo como si los estuviera recibiendo él, supo sin ningún género de duda que acababa de dejar claro de qué lado estaba.
Contempló el castigo sin que le temblara el pulso en apariencia. Pero en la realidad, estrujaba la mano de Isbeil, que no se apartó de ella en ningún momento.
—¡Para! ¡Déjalos! ¡Ellos no han hecho nada!
Las súplicas de Marjorie rompieron el sonido rítmico de los latigazos. Caelen arrojó el látigo lejos de él con hastío, y se acercó a ella.
—Largo —siseó.
Marjorie no fue capaz de contradecirlo. Desapareció entre la multitud, poco antes de que él se alejara en dirección a la torre principal
—No puedo dejarlo solo.
—Freydis, espera…
No escuchó el resto. Todos sus instintos remaban en la misma dirección: consolar a su esposo. Aliviar su sufrimiento. Convertirlo en parte de sí misma, aunque eso supusiera un paso atrás en todo lo que había planeado.
No comprobó lo furioso que estaba, lo devastado que su decisión lo había dejado, hasta que no entró en los aposentos como un torbellino y lo vio sentado en el borde del lecho.
Con los codos apoyados en sus poderosos muslos, frotándose la cara con las manos, mientras su mirada perdida se dirigía más allá de la ventana.
—No deberías estar aquí. En estos momentos, no soy buena compañía —murmuró.
—Yo casi nunca soy buena compañía. Así que supongo que, en eso, como en muchas otras cosas a día de hoy, estamos a la par. Deja que te ayude.
Avanzó, pero él la detuvo con la mano extendida.
—Nadie puede ayudarme. —Sus ojos brillaban de un modo muy sospechoso cuando los clavó en ella—. Sea lo que sea a lo que nos enfrentamos, no ha hecho más que empezar.
—Si te refieres a nuestro acuerdo…
—¿Dejarte encinta? ¡Oh, eso no solo será gratificante, sino la consecuencia lógica de nuestras relaciones, mujer! Me refiero a…
Abrió la boca, intentando que saliera por ella el resto de su explicación, pero sacudió la cabeza con impotencia y volvió a hundir la cara entre las manos.
—Hoy he hecho algo que un día juré que jamás haría.
Cuando era un niño, odiaba contemplar cómo mi padre empleaba el mismo método para sonsacar información a nuestros enemigos.
No era que me repugnara la sangre o que me considerase demasiado sensible como para soportarlo.
Era el menoscabo de la dignidad humana lo que me hacía rechazarlo de forma frontal.
Con el tiempo, me caractericé por emplear otros caminos para llegar al mismo fin.
—Doy fe de ello. Los tuyos son mucho más retorcidos.
—Pero mucho más eficaces. Reconócelo. —Le dirigió una sonrisa tan triste que su corazón se detuvo. Después se miró las manos—. Siempre he presumido de ser un jefe ecuánime con los míos.
—Esos hombres no son de los tuyos.
—Si me fío del relato de Marjorie, pertenecen a la mismísima guardia real, cedida por la reina madre para custodiarla hasta aquí, ya que estaba empeñada en congraciarse conmigo. ¿Te das cuenta? ¡He azotado a los hombres de Alexander!
—Por mí. —Freydis se arrojó a sus pies y tomó sus manos entre las de ella. El sufrimiento que distorsionaba las facciones de Caelen le impactó de lleno en pleno pecho—. En todo caso, yo sería la culpable, no tú.
—Ah, mi pequeño rayo de luz… Un día, no muy lejano, comprenderás hasta qué punto estás equivocada. Tal vez entonces no me aceptes en tu cama ni en tu vida, como lo has hecho esta noche.
—¿Y cómo lo he hecho?
—Como si confiaras en mí. Dando tanto como recibías. Aceptando el placer a manos llenas, como si hubieras nacido para mí. Quiero eso mismo todos los días, mujer. Quiero recibir, pero también dar. Y eso es algo que nunca me había ocurrido.
—¿Con ninguna mujer?
—Con ninguna.
—¿Ni siquiera con… lady Marjorie?
—Ella tendría que morir y volver a nacer para despertar en mí una mínima parte de las emociones que tú me despiertas, mi preciosa vikinga.
Un brillo de ternura aclaró el color turbio de sus ojos.
Ella lo sintió tan adentro que pegó su frente a la de él y acarició su barba.
Caelen la recorrió con una mirada abrasadora.
La deseaba, no era necesario que lo afirmara en voz alta, pero su sufrimiento era mayor que su lujuria.
Acogió su mejilla en la palma de la mano y él se recostó contra ella.
Necesitaba consuelo. Apoyo. Comprensión.
Todo lo que nunca había sentido, pero que brotó de su pecho de forma natural. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando el mejor momento para salir a la luz.
Tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta y clavó los ojos en la boca de su esposo.
Lo besó. Con ternura. Con dedicación. Saboreando los labios lentamente. Recorriéndolos con la lengua, para después profundizar en su interior. Deseaba ser aceptada por completo. Acogida por alguien capaz de hacerla sentirse segura incluso en mitad del caos.
—Debo protegerte. —Cuando la apartó, vio tanta angustia en sus ojos que se encogió, como una niña temerosa de un peligro desconocido—. Ahora mismo, puedo asegurar que eres lo más preciado para mí.
—Pero yo ya sé defenderme. Te lo he demostrado.
—Es esa demostración la que quiero alentar.
—Con un suspiro, tiró de la parte superior de su vestido, hasta descubrir el tatuaje del halcón.
Lo besó y sonrió—. Siempre has pertenecido a una estirpe de guerreros.
A partir de ahora vas a entrenarte con mis hombres.
Tu talento con las armas no puede quedar en el olvido.
De ello depende tu vida y la de los que están a nuestro alrededor.
—¿También la del resto de mujeres del clan?
—Él la miró sin comprender, pero con su ofrecimiento, una idea descabellada comenzaba a tomar forma en su cabeza—.
Caelen MacSween, si de verdad hay algo maligno que nos acecha, todos deberíamos contar con las mismas oportunidades, dejando a un lado nuestro sexo o condición.
Si una mujer se encuentra sola en su casa con sus pequeños, debe saber defenderse de su atacante llegado el caso.
—¿Qué me estás proponiendo exactamente?
Freydis se apartó de él, colocó los brazos en jarras y le lanzó una sonrisa de oreja a oreja.
—Si quieres que me entrene con tus hombres, permitirás que yo haga lo propio con las mujeres del clan. Con todas ellas —subrayó.
Él se rascó la cabeza, considerando la propuesta, y al final extendió una mano.
—Los hombres de Marjorie han regresado a sus mazmorras y ella, con toda probabilidad, se encerrará en sus aposentos para pasar la rabieta, antes de decidir qué va a hacer.
No puedo dejarla ir hasta descubrir sus verdaderas intenciones, pero supongo que eso la descarta como posible amenaza para ti, al menos de forma directa. Con respecto a lo demás… Acepto.
Ella estrechó su mano, como habría hecho cualquier igual a él.
Porque acababa de iniciar un camino sin posibilidad de retorno, y no se arrepentía lo más mínimo.