CAPÍTULO 34
Estaba dormida.
Entre sus brazos. Acurrucada junto a él, como la niña despreocupada que un día fue. Entregándole su confianza al completo.
—Eres tan hermosa que duele —murmuró horas después, acariciando ensimismado el largo cabello de su diosa particular.
El cinturón todavía colgaba de sus caderas, como un sensual recordatorio de todo lo que había sucedido entre ellos en aquella cama. Igual que la camisola, arremolinada debajo de sus preciosos pechos, o las pequeñas manchas de sangre que atestiguaban su inocencia.
Una inocencia que le había entregado a él.
Pero Caelen nunca había conocido el hambre hasta aquel momento.
Nunca había experimentado nada parecido a esa necesidad cruda, insaciable, infinita, que hacía palpitar todo su cuerpo.
La soledad, que había sido una constante en su vida desde que había asumido el papel de laird y su hermano lo había traicionado, parecía menos asfixiante cuando ella estaba cerca.
Llenaba un hueco en su existencia que no había reconocido hasta entonces.
Solo podía reconocerlo en aquel momento de total vulnerabilidad.
Hacía mucho que no experimentaba esa mezcla de paz, satisfacción, calidez y seguridad que, solo a veces, alcanzaba en sueños. Pero ella se la había proporcionado.
Y ahora no sabía qué hacer con todos los secretos que guardaba. Con la realidad, que se imponía de nuevo después de una noche de ensueño en brazos de su vikinga. Con todas las dudas que germinaban en su mente acerca de lo que sucedería a la mañana siguiente.
El suave suspiro de Freydis, en parte de satisfacción, en parte de agotamiento, inmersa en su apacible sueño, no le proporcionó las respuestas que buscaba.
Rurik seguía allí. Aparentemente lejos. Interponiéndose entre ellos, en realidad.
Con una respiración profunda, la apretó contra su pecho.
Estaba convencido de que se había entregado a él solo para fingir que la intromisión de Marjorie no había tenido lugar, pero mientras abrazaba su cuerpo relajado y saciado, tuvo que admitir una verdad incuestionable: un mero acto de posesión física no la convertía en suya.
Ese era su sueño, pero le haría falta mucho más para cumplirlo.
A ella no le importaban los cuantiosos bienes materiales con los que podía agasajarla. Tampoco su posición social.
Que Dios lo ayudase, porque empezaba a necesitarla.
La quería del peor modo posible.
Nunca una mujer había conseguido desarmarlo de esa manera.
Y nunca encontraría a una que lo complementara como aquella muchacha tozuda y hermosa.
Significaba demasiado para él. Deseaba besarla y tomar su cuerpo. Disfrutar de ella con libertad era lo que más ansiaba en la vida. La imaginaba entregándose a él sin reservas. No impulsada por aquella desconocida venganza o por esos planes absurdos, sino por ella misma.
Por los dos.
—Maldito seas, vikingo… —murmuró cuando decidió levantarse para hacer algo al respecto.
Recordó el sufrimiento con el que lo había recibido después de haber acabado con el guerrero que pretendía violarla. Era tan palpable que su corazón se retorció de remordimientos.
Nunca hubiera imaginado que su angustia le afectaría tanto. En ese instante había deseado acercarse a ella y abrazarla; le costó un enorme esfuerzo no hacerlo. Quería besarla hasta borrar todo rastro de dolor en su cara. Anhelaba librarla del odio y llenar su vacío con pasión.
Pasión hacia él. Solo hacia él.
Lo había conseguido. Por aquella noche. Pero lo quería para el resto de su vida.
Y solo había un camino posible para conseguirlo.
—Me has conquistado. Eso me convierte en un cobarde —murmuró, con la seguridad de que ella no lo oía—. Algún día pondremos nuestros corazones boca arriba, con todas las consecuencias. Cuando ya no tengamos miedo. Pero hasta entonces…
Haría todo lo posible por evitarle sufrimientos. Aunque supusiera avivar los suyos.
Salió de sus aposentos una vez vestido, a hurtadillas para no despertarla, cuando la luz del día comenzaba a despuntar, y buscó a Angus.
Lo encontró entrenando a sus hombres.
—Como siempre, te me has adelantado —lo saludó, palmeándole la espalda con una sonrisa.
—Veo que hoy estáis de tan buen humor que incluso se os ha olvidado la herida de vuestro brazo, laird —respondió el guerrero.
—Se me pasará en cuanto aplique el castigo correspondiente a los traidores que tenemos en las mazmorras, no te preocupes.
—No tenéis por qué hacerlo, mi señor. Esos perros son tan culpables como cualquier hombre del norte que venga con intenciones de quedarse por la fuerza.
—Ellos al menos siempre darían la cara. —Caelen lo llevó aparte—. Yo me encargaré de la escolta de milady y de la propia milady . Te necesito para otra cosa.
Le dictó las órdenes precisas al oído, para que nadie más pudiera escucharlas. Una vez se aseguró de que partía, acompañado de un puñado de sus mejores hombres, se dirigió a los establos, silbando una alegre tonadilla y saludando a todo aquel que se encontró por el camino.
Marjorie no había llegado tan lejos como para permitir que una maldita vikinga, sin sangre noble, sin una estirpe que perpetuar, sin un pasado honorable y sin un futuro halagüeño, le arrebatara al que siempre había sido el hombre de su vida.
Una vez. Solo en una ocasión se había mostrado débil. Suficiente para perderlo.
Pero aquello formaba parte de su propio pasado.
Si lo miraba con objetividad, no era mucho más noble que el de la zorra que le había usurpado su lugar.
Ella había cedido a la tentación que suponían las atenciones de un hombre como Dugall, mucho más carismático a sus ojos que el que en aquel momento era su prometido.
Dugall le ofrecía peligro, descaro y tentación.
Y ella fue lo bastante necia como para dejarse arrastrar.
Solo cuando su prometido los descubrió, se dio cuenta del enorme error cometido. Su impulso lujurioso la llevó a perder todo lo que podría haber conseguido de la mano del futuro laird , pero el tiempo curaba todas las heridas, y ella ya había esperado lo suficiente.
Pero se había llevado una desagradable sorpresa a su llegada, seguida de otras tantas.
Caelen no era el mismo hombre enamorado y destruido que le había permitido regresar a la corte sin mancillar su honor. Se había transformado en alguien con una firmeza calculadora.
Se había casado.
Y ella había tenido que fingir complacencia delante de lady MacSween, cuando lo que deseaba en realidad era arrancarle a tirones cada hebra de ese cabello que parecía tener hechizado al hombre que debería ser su esposo.
¡Incluso se había tragado su orgullo cuando los gritos de placer de ambos aquella maldita noche parecían resonar en cada rincón de la fortaleza!
Ah, si el estúpido de Torin hubiera cumplido su encargo sobrio, en lugar de buscar los arrestos que le faltaban en la cerveza, Caelen no hubiera podido llegar a tiempo de salvar a su preciosa mujercita. La vikinga habría quedado tan marcada que incluso él la hubiera repudiado.
Pero lo evitó. Y el resto de su escolta, pagada con oro manchado de sangre, se encontraba recluido en las mazmorras, esperando a que el laird les aplicara el castigo ante su silencio.
—Lo pagarás caro, malnacida —le lanzó a la puerta que seguía cerrada cuando, aquel amanecer, pasó por ella en dirección a las cocinas, incapaz de escuchar por más tiempo las señales de un placer que recuperaría para sí misma—. Todavía no he perdido.
Se dirigió hacia los almacenes de aprovisionamiento con una idea en mente, en busca de lo necesario para llevarla a cabo. Allí, entre montones de sacos cuyo contenido no le interesaba lo más mínimo, encontró la cal viva.
Echó un vistazo a su alrededor. Estaba sola. A aquella hora de la madrugada, nadie excepto la servidumbre se encontraba en pie. Si alguno de esos desarrapados la descubría, no tendría problemas en echarlo de allí sin explicación alguna.
Contaba con muy poco tiempo hasta que Caelen llevara a cabo el castigo de sus hombres. Y aunque sabía que unos latigazos no serían suficientes para aflojarles la lengua, debía asegurarse de que tendría éxito en lo que se proponía…
Un ruido sordo, muy cerca de donde ella se encontraba, llamó su atención. Marjorie se parapetó tras la primera viga que encontró, esperando a que el intruso saliera sin descubrirla.
Lo último que esperaba era ver a MacSween cargando con una pequeña bolsa que intentó anudarse al cinto, sin éxito. Se le cayó al suelo, y ella vio su contenido antes de que las recogiera.
Monedas de oro.
Se cubrió la boca y elevó los ojos al cielo en un silencioso agradecimiento, mientras él maldecía y se guardaba la bolsa. Después, lo siguió.
Se apropiaría de ella. Si sus peores vaticinios se cumplían, él no tardaría en echarla de sus tierras. Aunque su ridículo sentido del honor lo impulsara a proveerla de una escolta adecuada hasta Stirling, aquel inesperado hallazgo le serviría para mucho más.
Mantuvo la distancia, fingiendo que regresaba de un paseo matinal.
Unos soldados la saludaron, pero aprovechó la mínima oportunidad para esconderse tras la puerta principal cuando Caelen entró en el Gran Salón.
En cuanto pudo, espió por la enorme cerradura hasta ver dónde escondía la bolsa, y casi corrió escaleras arriba para que él no la sorprendiera cuando comprobó que iba a salir de un momento a otro.
Era tal su prisa que, en mitad de los escalones, se encontró cara a cara con la propia Freydis.
— Milady —saludó la vikinga, con una ligera inclinación de cabeza que no ocultaba el orgullo ni su odio hacia ella—. Qué sorpresa veros por aquí tan pronto. Ya habéis pasado entre estos muros el tiempo suficiente como para que todos aquí sepamos que vuestros hábitos no incluyen madrugar.
—En cambio, los vuestros sí. —Marjorie forzó una sonrisa despreocupada—. Solo tenía hambre, lady Freydis.
—¿Y no habéis encontrado nada que sea de vuestro agrado en las cocinas? Es extraño… Mary tiene manos de ángel para cualquier clase de plato. Y siempre hay varios dispuestos por si el laird precisa de ellos.
Sus manos estaban vacías. Y su corazón comenzó a bombear a toda velocidad.
—Estoy acostumbrada a una elaboración mucho más complicada y exigente —respondió, elevando el mentón con altanería—. Lamento decir que, a pesar de los días que he pasado aquí, no se me ha dado gusto en ese sentido.
—Una lástima. Le diré a mi esposo que se emplee más en…
atenderos. —Aquellos ojos azul verdosos tenían el brillo de la satisfacción femenina plena cuando la desafiaron a que replicara.
Marjorie se mordió la lengua, y Freydis exhibió una sonrisa victoriosa—.
Por cierto, no sabréis dónde está, ¿verdad?
Después de la noche tan ajetreada que hemos pasado, creí que lo encontraría a mi lado al despertar, pero se me ha adelantado.
Temo que haya ido a las cocinas a encargar un desayuno íntimo, ya me entendéis…
No quiero estropearle la sorpresa. Pero si vos venís de ahí y no lo habéis visto…
—Supongo que necesitaba la clase de tranquilidad de un líder nato, dispuesto a impartir justicia. ¿No os ha contado lo que piensa hacerles a mis hombres?
La vikinga endureció el gesto.
—Justicia —murmuró, acercándose a su oído—. Eso es exactamente lo que me ha dicho que hará, milady . Y ahora, si me disculpáis, necesito hablar con él antes de que su dura jornada comience.
Descendió las escaleras con el porte de una reina, pero Marjorie sonrió para sus adentros mientras estrujaba la cal viva que llevaba escondida entre los pliegues de su bata.
—Esto no ha terminado —murmuró.
Por el momento, se cubriría las espaldas con el oro de Caelen.
Unas monedas que, bien empleadas, podrían reportarle beneficios con los que ni siquiera era capaz de soñar.