Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Había planeado aquel momento sin dejar ningún cabo suelto.

O eso pensaba, hasta que estuvo desnudo ante ella, y ella ante él.

Hermosa, pero inaccesible. Estableciendo sus propios límites, aun sin pretenderlo.

Caelen tomó aire, preparado para no desmoronarse de puro placer, cuando comprobó que tanto Marjorie como Rurik habían salido de su lecho conyugal y Freydis le había entregado todo lo que su orgullo de mujer guerrera le permitía.

Inspiró el aroma que procedía de la humedad de su sexo y cerró los ojos.

¡Qué equivocado había estado al fingir ignorarla! ¡Cómo la había subestimado pensando que sentiría celos al verlo de la mano de Marjorie, la mujer que más aborrecía en el mundo!

Por culpa de ese plan arriesgado había estado a punto de perder toda posibilidad de alcanzarla. Lo de tenerla era todavía una quimera. Un atrevimiento.

Y lo único atrevido en él en aquel momento era su falo excitado.

—Si hay algo que siempre me ha cautivado de ti, es tu cabello, amor —murmuró, mirando su peinado con devoción—. El color de tu pelo es único. Nunca he visto nada igual.

Sus dedos liberaron cada sección de las trenzas, hasta que el cabello trigueño se derramó libre hasta sus caderas.

Esa masa de rizos ponía a prueba su habilidad para controlarse y contenerse.

Soltó un gemido ante la necesidad que crecía dentro de él. Un gemido desde las raíces de su alma.

—Ahora que puedo disfrutarlo… ni siquiera sé por dónde empezar.

Inspiró hondo y enlazó sus dedos en los suaves rizos, que llegaban hasta las caderas.

Se los imaginó desperdigados por las suyas, mientras la boca de labios sonrosados lo acogía con gusto.

Lo succionaba hasta que no quedaba en él ni rastro de esas defensas que había erigido frente a ella, y que acababa de destruir con un solo suspiro.

Su verga se inflamó, al mismo tiempo que sus hombros se curvaban.

Maldición. La resistencia de su esposa había sido su única defensa contra todo lo que ella despertaba en él. Pero ahora no se resistía. Y él acababa de quedar expuesto…

No, lo realmente peligroso era lo fácil que resultaba bajar la guardia con ella. Pero aún podía ponerle remedio.

Estiró la mano hasta que se topó con el frasco del rubor de rosas, y vertió un poco de su contenido sobre el dedo. Tuvo que contener una carcajada cuando recordó lo que había pensado de aquel ungüento en cuanto vio que Freydis intentaba acceder a él.

Nada más lejos de la realidad. Su desconfianza quedó reducida a escombros cuando se lo aplicó en los pezones y después los lamió con dedicación, sin apartar los ojos de ella.

Era todo un espectáculo apreciar cómo acogía la pasión sin restricciones.

Cómo echaba la cabeza atrás, dejando expuesto su esbelto cuello, y entreabría los labios para jadear de placer.

Caelen posó una mano sobre su cintura y la atrajo más hacia él. El sabor de aquella sustancia era tan único como el de su portadora. En algún momento agradecería a Sigrún su osadía, pero eso sería cuando se cansara de su esposa. Si es que ocurría alguna vez.

—Caelen…

La apartó cuando sintió la presión de su propia sangre palpitándole en los oídos, en las sienes, en su miembro hinchado. Tomó aire, y se centró en el cinturón que pendía tan cerca de él.

—Esta piedra representa tus ojos. Tu valentía.

Tu arrojo. Apunta justo a tu pubis. Tu centro de mujer.

Tu esencia —murmuró cuando la sujetó por las caderas.

Todavía esperaba un rechazo repentino. Un indicio de lucha.

Incluso un gesto de sumisión forzada. Así tendría una excusa para apartarla de él.

Pero ella no le dio ninguna—. Verla ahí me hace perder cualquier indicio de razón que a estas alturas pueda conservar…

Movió a un lado la joya y acarició con la nariz el vello púbico. Su olor encendió aún más su lujuria. Pasó las manos por sus muslos, y luego la acercó más a su cara.

Lo bastante para perderse cuando rozó con los labios los rizos íntimos.

No tocó la esmeralda para no tocar la carne escondida debajo del vello. Si la lamía justo ahí, se derramaría demasiado pronto.

—¿Estás preparada, vikinga? —murmuró, a un paso de la locura más absoluta.

—Siempre.

Fue consciente de haber asentido antes de tumbarla sobre la cama y colocarse aquellas piernas infinitas sobre los hombros. Se inclinó sobre ella y comenzó a acariciarla con la mano. Con la boca. Con una intensidad que rozaba la desesperación.

Freydis no pronunció una sola palabra, pero todo su cuerpo habló por ella.

Notó cómo la rigidez de sus miembros desaparecía conforme sus caricias se volvían más osadas.

Profundizó en su interior con la lengua, mordisqueó su centro de placer con los dientes, hasta que ella tiró de su pelo.

No para apartarlo, sino para pegarlo con más ahínco.

De forma casi salvaje, adelantó las caderas, hasta que se vio oculto entre ella. Inundado por ella.

Señor de los cielos, aquel era el peor tormento imaginable para un hombre. Y, sin embargo, él lo estaba disfrutando.

—Necesito tenerte preparada para mí, muchacha —susurró casi sin aliento. Intentaba ignorar las pulsiones de su propio cuerpo con todas sus fuerzas, pero dudaba que pudiera aguantar mucho más—. De ese modo, el dolor será mínimo. Casi inexistente.

Recibió un gemido de placer como respuesta que le hizo levantar la cabeza. Con las piernas abiertas, los pechos agitados por los jadeos, el cabello desmadejado y las mejillas ardiendo por la pasión desenfrenada, representaba la imagen más erótica que había visto en su vida.

Volvió a enterrar la cabeza entre sus muslos.

La saboreó a conciencia. Cuando estaba al límite, usó su dedo contra el centro de su sexo.

Sin detener la caricia, se colocó sobre ella y la penetró con un movimiento rápido, acabando con su virginidad en el mismo momento en que el grito agudo de Freydis, cuando llegó al clímax, llenó el cuarto por completo.

No pudo poner especial cuidado cuando empujó hasta enterrarse entero.

Había perdido el control de sus emociones, pero también de sus actos.

Cuando llegó su propia satisfacción, un grito de placer le rasgó la garganta.

Sintió que una llamarada de fuego le cruzaba todo el cuerpo y tuvo la impresión de que la realidad se rompía en mil fragmentos.

No supo cuánto tiempo permaneció a su lado después de desplomarse sobre ella. Ni siquiera se dio cuenta de que se apartaba de él, hasta que un frío helador se coló en sus huesos, llamándolo a gritos, y él salió de su propio ensueño.

No había sido solo sexo. Había sido un choque brutal entre dos personas incapaces de seguir resistiéndose, y no estaba seguro de haber salido vencedor. Sobre todo después de comportarse como un salvaje desconsiderado por su situación.

¿Y si la había dañado más de lo necesario?

Abrió los ojos de golpe, dispuesto a reparar el mal causado a como diera lugar, pero antes de que consiguiera siquiera incorporarse, se encontró con una valkiria poderosa, desnuda y sensual, arrodillada junto a él, con el rubor de rosas en una mano y aquella maldita camisa de seda que tanto lo había seducido en la otra.

—Yo también tengo mis fantasías, escocés —la oyó murmurar, con una sonrisa diabólica que le puso todo el vello de punta—. Solo conozco el poder de uno de estos dos objetos, aunque estoy deseando averiguar el del otro.

—Pero… ¡deberías estar cohibida! ¡Dolorida al menos!

—Confieso que he tenido alguna molestia, pero mientras tú dormitabas, yo… me he lavado —añadió, con aquel delicioso sonrojo que lo excitaba tanto.

—¿Y cansada? —aventuró él, apoyándose sobre un codo para poder apreciar mejor la belleza animal de la mujer que parecía empeñada en dominarlo—. No me creo que te hayas recuperado tan pronto de tu primera experiencia sexual.

—Me lo suponía. Pero ha pasado más tiempo del que crees, te lo aseguro. Estaba empezando a aburrirme cuando has abierto los ojos.

—Me gusta esta nueva versión de ti. Juguetona, desinhibida, aventurera…

—Y con ganas de repetir.

Su propósito de quedarse encinta pasó por la mente de Caelen como una centella. Hasta que ella dejó caer la camisola sobre su rostro con una risa cantarina, y todo lo que no fuera estar de nuevo en su interior quedó borrado de su cabeza.

Fingiendo un grito de guerra, se abalanzó sobre ella, pero en lugar de tumbarla sobre la cama, la montó encima de sus caderas. Ella abrió los ojos, sorprendida por la enormidad de su miembro, encajado entre sus piernas, pero después comenzó a frotarse contra él.

—Dios del cielo, si sigues así acabaremos mucho antes de lo que tengo planeado —murmuró sin aliento—. ¿Quién te ha enseñado esto?

—Mis instintos, supongo. Pero veo que voy bien encaminada…

—Demasiado. Espera —suplicó, sujetándola cuando ella quiso continuar con su tortura.

Ella humedeció sus labios, y su control se quebró.

Con un gemido, la empujó contra él y tomó sus labios en un beso ardiente. La bebió. Absorbió su sabor, su esencia. La besó como si quisiera borrar cualquier duda de ella.

—Ahora, ponte la camisola y colócate de pie sobre mí, para que pueda verte.

Sintió que toda ella se convertía en líquido cuando se movió hacia él. Un gemido profundo y salvaje se escapó de su garganta. Él aprisionó sus tobillos con las manos y la sostuvo con firmeza.

—No puedo verte bien.

—Cielos, Caelen, siento un estremecimiento entre mis muslos si me hablas así.

—Perfecto. Es lo que busco. Acércate más.

Una serie de oleadas de placer lo inundaron cuando ella obedeció. Muy poco a poco. Como si supiera el efecto devastador que causaba sobre él.

—Dulce Cristo… —gimió, muy cerca de derramarse—. Ahora gira —le pidió, tan dominado por la lujuria que apenas podía hablar—. Mueve las caderas lentamente. Hazlo hasta que yo te diga que pares.

Lo hizo. Y la imagen de sus rizos dorados, la carne de su sexo dando vueltas sobre él, aumentó la excitación de su falo hasta límites inimaginables.

No pudo evitar tocarla con una mano, mientras la mantenía inmóvil con la otra. Recorrió con los dedos los pliegues íntimos, empapándola de la esencia que volvía a brotar de su interior.

El grito de Freydis fue fuerte, desenfrenado, digno de la magia salvaje que los envolvía. Una demanda cruda. Una súplica de liberación.

Los estremecimientos la recorrieron de una manera tan fuerte que cayó de rodillas.

Justo donde él necesitaba que estuviera. Justo saciada, como debía ser.

—Eres tan receptiva, que creo que nunca tendré suficiente de ti…

Fue la última frase que pronunció antes de guiarla hasta que lo engulló por completo.

Solo fueron necesarios un par de movimientos para que ella supiera cómo tenía que conducirse.

Después, Caelen elevó las caderas mientras era cabalgado por una auténtica amazona.

Cubrió sus pechos con las manos y dejó que sus increíbles rizos lo cubrieran por completo cuando sus acometidas fueron más fuertes, desenfrenadas, entregándolo y entregándose a un placer sin límites que lo rompió por dentro.

Que le obligó a abarcarla con los brazos cuando se derrumbó contra él, después de haber alcanzado su segundo clímax.

En aquella ocasión, se mantuvo consciente. Dispuesto a disfrutar de aquel abandono, de aquel contacto íntimo, tanto como ella le permitiera.

Porque sabía que algo había cambiado entre ellos después de aquella noche.