Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

—Creo que siempre has conseguido conmigo lo que te has propuesto, escocés del demonio.

No permitió que la rozara siquiera. Si la besaba, perdería el control de sí misma.

Y lo necesitaba todo para manejar aquella situación. Extraña. Excitante. Demasiado como para renunciar a ella.

Sus ojos reflejaban solo el desafío que suponía satisfacerlo. Su mano descendió por el centro del pecho hasta alcanzar el borde de las calzas.

Tiró de ellas hasta donde pudo sin tener que inclinarse ante él.

Vio su nuez de Adán subiendo y bajando por la garganta cuando él tragó saliva.

El ligero golpeteo del pulso en la base de su cuello.

Cómo sus fosas nasales se dilataban para albergar más aire cuando inspiró de repente, y sus pupilas oscureciéndose por el placer.

—Me alegra comprobar que cuento con tu total colaboración —farfulló Caelen, después de pasarse la punta de la lengua por los labios—. Los tengo tan resecos como mi boca. Pero espero refrescarme… pronto.

Ella dio un paso atrás. El calor que él desprendía era tan potente que la envolvía sin haberla tocado aún. Solo con el poder de su mirada lograba que se sintiera insegura y poderosa al mismo tiempo.

Notó que el ardor cubría sus mejillas cuando comprobó que él no se movía. Seguía desafiándola en silencio. Y ella aceptó el desafío.

Dio un paso atrás y miró hipnotizada el hombre que se erguía frente a ella con las piernas ligeramente separadas.

Era una muestra de fuerza y elegancia masculina.

Él abrió los brazos. Se entregaba sin condiciones. Para él, todas las diferencias que los separaban habían quedado al otro lado de la puerta.

Para Freydis, también.

Sus dedos, inexpertos pero atrevidos, acariciaron los contornos y texturas de su torso.

Su piel suave cubría unos músculos de acero que la hacían arder.

Deslizó las manos sobre su poderoso pecho, el abdomen firme y las estrechas caderas, hasta alcanzar su dura masculinidad.

Sintió el miembro, sedoso y cálido, palpitando entre sus dedos, pero no se dejó engañar por su suavidad.

Bajo la piel tersa se adivinaba una potencia que le hizo temblar las entrañas.

Cada caricia era una rendición, y aun así no conseguía detenerse.

—No ha habido nada entre Marjorie y yo. Lo que viste en el establo…

—No vi nada, Caelen.

—Lo que oíste, entonces, fue una conversación destinada a dejar las cosas claras con respecto a ti y tu posición en esta casa. En el clan y en mi vida.

«Mi esposa no se lo merece». Aquellas habían sido sus palabras exactas.

Ahora comprendía qué era lo que no se merecía.  Se había dejado guiar por unos celos estúpidos. Su esposo era un hombre de palabra, pero de firmes principios y voluntad de acero. Jamás caería de nuevo en una trampa de tales dimensiones, ¿verdad?

—Te deseo —susurró él de repente—. Quiero hacerte todo lo que un hombre hace con una mujer.

Después, le capturó la boca y le impidió seguir pensando.

La besó con tanta ferocidad que ella sintió vértigo.

Ante ese asalto, algo brutal y primitivo se liberó en su interior.

Era una parte de ella inexplorada hasta entonces.

Un rincón tormentoso, ávido, que no se guiaba por la razón ni por la frialdad. Su lado más salvaje e inquieto.

Gimió y se apretó contra él, como si pretendiera absorberlo.

Él apartó la boca de la suya y la deslizó por el contorno de su mandíbula, diseminando miles de besos y pequeños mordiscos que marcaban cada palmo de piel húmeda y tersa que recorrían.

Mientras tiraba de su vestido hacia abajo, sus labios obraban magia en el hueco de su cuello.

Y su lengua dejaba un rastro frío y mojado sobre sus clavículas, descendiendo por el profundo valle entre sus pechos.

Dioses, aquello que sentía se acercaba demasiado a la idea de pecado… Sus brazos fuertes la sujetaron cuando ella se inclinó hacia atrás con un gemido, enlazando sus dedos entre el pelo negro para sujetarse.

Tenía la necesidad de tocar a ese hombre y de que él la tocara de la misma manera. Ansiaba ser poseída por él. Una parte de ella seguía gritándole que retrocediera.

Entonces recordó algo.

Cuando las manos masculinas amasaron su trasero hasta que la erección se clavó en su vientre, Freydis palpó en busca del rubor de rosas, pero Caelen no estaba tan dominado por la pasión como parecía, y lo alcanzó antes que ella.

—Si buscas esto, yo lo he encontrado por ti. —Tuvo que realizar varias inspiraciones profundas para recuperar el dominio de sí mismo y destaparlo—. Oh, huele muy bien. ¿Pretendías nublarme el entendimiento usándolo? ¿Qué es?

—Es algo que… me entregó Sigrún. Solo para embellecerme…

—No necesitas artificios. Ya eres lo bastante hermosa así —afirmó—. Para mí, la más hermosa.

—Pero hay ciertas partes… —Durante una fracción de segundo consideró la posibilidad de no contarle más, pero se observó a sí misma.

Su vestido pendía de sus caderas, hecho jirones.

Solo su camisa interior la separaba de la desnudez total.

No tenía sentido negar lo obvio—. Ella me lo dio para realzar mis senos —soltó de golpe.

—Un truco de prostituta.

—O un modo seguro de despertar la lujuria de cualquier hombre.

Él alzó las cejas con asombro, pero la mente de Freydis se ancló a aquella certeza.

Lo conseguiría. Lo seduciría para utilizarlo, y después…

No se atrevía a pensar en ese desenlace que con tanto mimo había planeado, día tras día, hasta llegar a ese momento. Para ello, debía aferrarse al gran pecado que seguía atribuyéndole.

Una mancha de sangre en sus manos que aún permanecía allí.

Aquella que borraría cuando trajera al mundo al hijo de ambos.

Pero cuando lo intentó, un estremecimiento la sacudió y una oleada de vergüenza la inundó.

Ni siquiera ese pensamiento podía disipar por completo el deseo que sentía por él. Por primera vez, su plan empezaba a parecerle mucho más peligroso para ella que para Caelen.

—Así que querías atraer mi atención… —susurró su marido, dejando el frasco en el mismo lugar donde lo había encontrado—. Hacia tus pechos, nada menos.

Sí. Hacia sus pezones.

Hacia ella… toda ella.

Una oleada de calor la invadió al pensarlo. Era la misma sensación que se anudó en su bajo vientre y que pulsaba en su sexo.

—Ahora comprendo que ha sido algo innecesario —dijo, consumida por la vergüenza.

—Tienes razón. Tus pezones son lo más hermoso que he visto en mucho tiempo.

Están tensos, apretados, empujan hacia mí —añadió, tomando uno entre el pulgar y el índice, sobre la tela de la camisa, para presionarlo, pellizcarlo y acariciarlo al mismo tiempo.

Un latigazo de placer la sacudió entera—.

Han alcanzado su punto máximo y ansían ser tocados.

—Yo también quiero que me toques.

Él pasó las yemas de los dedos por la parte superior de sus pechos, hasta que el deseo creció en ella de forma incontrolada.

¡Dioses, quería desgarrar la camisa y exponerse por completo a él!

—Te deseo, dulzura —murmuró su marido con suavidad.

—Entonces tómame. Tómame ahora.

—¿Y perderme… esto? —Su sonrisa volvió, y el impacto fue devastador—.

No, mi amor. Debes aprender a controlarte, a prolongar el placer…

Incluso cuando crees que te está empujando al borde de la locura.

—Se inclinó hacia ella, succionó su labio inferior y, después, la soltó—.

¿Lo ves? Cuando la anticipación es grande, la liberación es tan poderosa que puede mover las estrellas.

Eso es lo que te daré. Voy a hacerte perder el juicio…

Su mirada recayó en el vestido. Su imagen descuidada era el erotismo en persona.

—Desnúdate para mí, por favor. Necesito que ambos estemos en igualdad de condiciones —le pidió con la voz ronca de necesidad—. Y después, tócate.

La palabra sonó tan suave que ella pensó que la había imaginado.

—Tócate —le repitió—. Hazlo, y serás recompensada.

Todos sus músculos se paralizaron. No podía asumir lo que conllevaba semejante petición. Sus manos empezaron a temblar. Caelen sonrió.

—¿Una guerrera curtida en cientos de batallas se asusta ante lo que su marido desea?

—preguntó, con un tono de voz que se filtró directo a su mente para crear un caos mayor del que ya tenía—.

No temas. Ya te he mostrado cómo debes hacerlo.

Empieza por los pechos, sigue por los pezones. Juega con ellos…

Freydis siguió el dictado de sus instintos.

Dejó que una de sus manos abarcara uno de los senos casi al completo.

Mientras lo amasaba, llevó los dedos al pezón del otro, tal y como él había hecho momentos antes.

Cerró los ojos y se abandonó a las sensaciones que ella misma creaba.

Poco a poco, su mente se aisló de todo lo que no fueran sus propias caricias.

Comenzó a imaginar que era él quien se las prodigaba.

El aroma de su cuerpo todavía le invadía las fosas nasales.

Escuchaba el ritmo apresurado de su respiración.

Seguro que estaba observando cómo ella se excitaba. Y de ese modo, él se excitaría también…

El recuerdo de aquel falo enorme, imponente y brillante de humedad, como lo estaría el vértice de sus muslos en ese mismo instante, le arrancó un gemido de agonía. De placer o de las dos cosas.

¿Qué importaba? Lo único importante de verdad era que la muchacha inexperta y virgen había abandonado por completo su cuerpo en beneficio de una desconocida llena de lujuria incontrolable. Comenzó a mecerse adelante y atrás, como si él ocupara cada poro de su piel y se lo reclamara.

—Basta. —La orden tajante la obligó a abrir los ojos de golpe. Caelen estaba consumido por la misma necesidad que la devoraba a ella, pero sostenía en la mano un cinturón, con una piedra preciosa de un color semejante al de sus ojos—. Lo mandé fabricar cuando desapareciste de mis sueños.

—Tú también desapareciste de los míos…

—Pero esto es bien real. —Hubo un destello de indecisión en sus ojos mientras se lo mostraba. Como si en realidad le avergonzara confesar su origen—. Yo… solo quería atesorar algo tangible de todas esas fantasías que se habían esfumado. Poder tocar algo que me anclara a ti. ¿Te lo pondrás?

—Es… posible.

—¿Solo posible? ¿Cuán valiente puedes ser?

—Tanto como te complazca.

—En ese caso, me complacerás si te lo colocas en las caderas.

En aquella ocasión, no dudó. La anticipación ante lo que se propondría la hacía temblar de pies a cabeza. Deseaba convertirse en su esclava, dominarlo, entregarse y tomar. Todo al mismo tiempo.

Cuando hizo lo que él le había pedido, Caelen tiró de su mano hacia la cama. Se sentó en el borde y abrió las piernas para colocarla entre ellas.

—Siempre has sabido cómo desarmarme —murmuró, describiendo círculos sobre la tierna carne de sus caderas con ambos pulgares. Sus ojos se oscurecieron aún más cuando quedaron prendidos de la piedra preciosa—. Este también es un truco de prostitutas. Solo espero que disfrutes de él.