CAPÍTULO 31
—¿Rezas? ¿Por mí, o por él?
Freydis levantó la cabeza en cuanto escuchó la voz a su espalda.
Caelen permanecía en medio de la habitación, con su brazo herido y una expresión de auténtica sorpresa en la cara.
—Si con él te refieres al guerrero de tu amante, no siento la más mínima compasión. Ha tenido su merecido final. De haber podido, yo hubiera hecho lo mismo que tú —respondió, con la cabeza bien alta. No se arrepentía de haber mostrado flaqueza—. Déjame ver ese brazo.
—Aún no. —Parecía dolido cuando se apartó de ella—. Entonces, ¿esas plegarias eran por mi estado?
—Por lo que he apreciado, tu estado no reviste gravedad. Su borrachera impidió que hundiera la hoja. El corte parece superficial.
Se apresuró a tomar los enseres para curárselo, pero él apresó su muñeca y la detuvo.
—Me dijiste que me desnudarías después de que yo te lo pidiera —le recordó.
—Me lo ordenaste más bien.
—Y tú estabas más que dispuesta a cumplir esa orden. No lo niegues, porque no me engañas.
—Nada más lejos de mi intención negarlo. —Fingió tanta cantidad de indiferencia que, cuando lo llevó hasta el banquete cercano, lo desprendió de la camisa a tirones y empapó un paño en el agua de la palangana, le dolía todo el cuerpo—. ¿Ves? Ya estás medio desnudo.
—El resto…
—¡Tu preciosa invitada estará encantada de encargarse del resto! —Había recuperado su capacidad para pensar. Y con ella habían regresado los celos y la rabia, que empleó en limpiarle la herida con energía—. Te curaré porque todavía no he decidido si dejar que te desangres.
—No hay ni una pizca de indecisión en lo que estás haciendo —siseó él entre dientes—. Si pretendes hacerme pagar algo, más vale que lo hagas de otra forma.
—¿Te duele?
—¿Un poco, quizá?
—¡Pues no es nada en comparación con lo que yo he sentido viéndote con la mujer que ya te destruyó una vez!
—La herida no necesitaba puntos, así que se la vendó lo más rápido que pudo y se alejó de él en cuanto tuvo oportunidad—.
¿Preguntabas si lloraba por ti? ¡Ni en mil años!
¡Nunca verteré una sola lágrima por un hombre que no lo merece!
—¿Y quién, según tu inmensa sabiduría, lo merece más que yo?
—¡Mi gente! ¡Rurik! —gritó—. ¡Después de verte cortándole el cuello a ese malnacido, ya no sé si creerte! ¡Ignoro en qué condiciones le has dado la libertad, si es que se la has dado!
—Nunca te he dado motivos para dudar de mi palabra.
La alcanzó, dispuesto a sacarla de su error, pero ella interpuso su mano entre los dos.
—Ni se te ocurra —le advirtió—. Ahora mismo, solo piensas con lo que tienes entre las piernas. Y yo necesito que vayas más allá. ¡Que te pares a considerar que la libertad de mis hombres es engañosa!
—Te juro, maldita mujer, que no tengo ni la menor idea de adónde pretendes llegar.
—¡A que dictaste su sentencia de muerte, de una manera mucho más sutil y agónica que si los hubieras ejecutado, igual que hiciste conmigo!
—A esas alturas, las lágrimas volvían a empaparle la cara—.
¡Son extranjeros en tus tierras! ¡Enemigos de tu clan, como yo!
¡No tendrán medios para marcharse, ni para subsistir aquí!
¡Eso es el equivalente a una muerte lenta y dolorosa!
—De modo que sufres por ellos.
—¡Siempre lo haré! ¡Son parte de mí, por mucho que eso despierte tus ridículos celos!
—Supongo que tan ridículos como los tuyos.
Acababa de herir su orgullo masculino a sabiendas. ¿No iba a enfurecerse con ella?
Según parecía, no. Se limitaba a mirarla serio, sentado de nuevo, con una expresión que no pudo descifrar y que le puso más nerviosa que cualquier grito.
—No puedo estar celosa si no siento amor —se defendió.
—¿Estás segura? —Con una ceja alzada tan arrogante como todo él, volvió a acercarse a ella y levantó su barbilla con los dedos—. Tienes tanta razón en tus argumentos que no puedo replicarlos con un mínimo de éxito, por mucho que me duela.
—Entonces, ¿no niegas que hace un momento estabas ocupado con ella en el granero mientras hablabais de mí?
—Santo cielo… —Él soltó una carcajada—. Muchacha, te juro que jamás he pensado en otra mientras estaba con una mujer.
Freydis parpadeó.
—Es decir, que…
—Es cierta la segunda parte, pero no la primera.
Y aunque lo fuera, ¿me crees tan ruin, tan falto de carácter, como para permitir que quien me hizo tanto daño en su momento vuelva a adueñarse de alguna parte de mí?
¿Después de que uno de sus guerreros haya estado a punto de violar a mi esposa en mi propia casa?
—Su mirada se endureció, igual que el agarre de su barbilla—.
No voy a reprocharte tu inconsciencia al ir a buscarme al granero sola, habiendo extraños dentro de la fortaleza, solo por el hecho de que querías verme.
Pero sí tendrás tu reprimenda por haberte marchado de nuevo sin mi permiso, hasta casi el anochecer… Más tarde.
—Fui a ver a Sigrún en compañía de Isbeil y Angus. Además, me traje a Gràr.
Junto con un corazón que empezaba a calentarse.
Caelen se preocupaba por ella.
—Menuda defensa —se burló él.
—Mejor que la que tú me has dispensado todos estos días, ignorándome.
—Se mordió el labio para evitar otro ataque de celos.
No se rebajaría más—. No pretendas hacerme creer que tus pensamientos estaban conmigo y no con ella, porque aún ahora, después de haber estado a punto de morir a manos de un borracho, has sido incapaz de echarla de tus tierras y asegurarte de que no vuelve nunca.
—No puedo hacer eso. —Se apartó de ella con un suspiro—. No todavía. Ni tampoco puedo explicarte las razones. Tendrás que confiar en mí.
—¿Tanto como tú confías en mí ocultándome algo así?
—¿Es que no te he demostrado esa confianza convirtiéndote en mi esposa?
¡Maldita sea, has tenido libre acceso a cualquier parte de mis posesiones!
¡Te he dejado vía libre para que pudieras escapar, y te has mantenido atada a mí, igual que permaneces atada a esos absurdos planes que te empeñas en llevar a cabo!
—Cuando la sujetó por los hombros, ella se asustó.
Volvía a ver esa frialdad de guerrero en los ojos grises—.
¡Sé que tengo que contártelo todo, por desagradable que sea!
¡Aunque esté temblando ante la idea, y las cuerdas imaginarias que me atan a ti se hayan deshilachado, como si estuvieran a punto de romperse! Pero será… más tarde —repitió.
—No me hagas esto. No permitas que vuelva a olvidarme de quién soy, porque lo único que soy capaz de pensar es en lo que seré cuando esté contigo en todos los aspectos posibles — murmuró, con la vista clavada en ese magnífico pecho que subía y bajaba por la respiración agitada—. Por favor…
—Ven conmigo. —La llevó hasta la puerta y mandó llamar a Angus. Su lugarteniente apareció acompañado por el resto de la escolta de lady Marjorie, maniatados—. ¿Los ves? Mañana recibirán su castigo de mi mano. A no ser que decidan confesar quién instigó a su compañero a tocar aquello que no es suyo.
—Nos debemos a nuestra señora, laird —replicó uno de ellos con la cabeza alzada.
—Admiro vuestra lealtad. Solo espero que sigáis manteniéndola después de los cien latigazos que recibiréis cada uno. Mañana, al amanecer —añadió, dirigiéndose a Angus—. Después, me encargaré de su ama.
—¿Vas a echarla?
—Voy a asegurarme de sus intenciones. —Despidió a su lugarteniente y volvió a sus aposentos con ella—.
De momento, su versión acerca de lo sucedido con su carruaje parece ser cierta.
Mis hombres encontraron señales del ataque, junto con el resto de guerreros que componían su comitiva, muertos. Marjorie no mentía en eso, al menos.
—Pero sí en lo demás. —Freydis se había olvidado de sus propósitos, de los consejos de Sigrún e incluso del rubor de rosas.
Caelen volvía a mostrarse vulnerable. Y estaba cansada de luchar—.
No soy tan necia como para no ver lo que es evidente.
No puedo competir con alguien que ya formó parte de ti.
—No.
Se quedó inmóvil, a punto de abrir la puerta que la alejaría de él para siempre, pero no se volvió.
—Una simple palabra no remienda errores —murmuró.
—No soy suyo. Y jamás renunciarás, no está en tu naturaleza.
Ahí tienes unas cuantas palabras más. Pero si sigues empeñada en salir de aquí, has de saber que saldré tras de ti y te convenceré de que, en realidad, no ha pasado ni un solo segundo en el que no haya pensado en ti.
Incluso cuando estaba con ella, eras tú quien me acompañaba.
Puede que ya no sueñe contigo, pero no puedo sacarte de mi cabeza ni un maldito día.
—Después de una pausa, añadió—: Ahora, por favor, te pido que vuelvas a mi lado y termines lo que has empezado. Que cumplas mi orden. Desnúdame.
Todo en ella le decía que no retrocediera. Que, si atendía a lo que le pedía, caería en la trampa que más temía y que menos controlaba. Si accedía, podría firmar su sentencia de muerte con respecto a la estirpe y sus directrices.
No podía enamorarse, se recordó mientras giraba sobre sus talones para enfrentar la mirada de Caelen. No podía revelar a nadie su existencia, ni sus fines, ni involucrar a nadie más, so pena de que todos acabasen muertos…
—Está bien —afirmó, extendiendo la mano hasta posarla por completo en el pecho masculino—. Lo haré. Pero no porque tú me lo ordenes, ni tampoco porque me sienta chantajeada.
—Jamás utilizaría el chantaje contigo. Ni ninguna otra artimaña para que te entregues a mí.
—Él le cubrió los dedos con los suyos y entrecerró los ojos—.
Solo quiero que todos los demás desaparezcan de nuestros aposentos.
Por hoy. Por ahora. Me conformo con que estés conmigo de verdad, sin condicionantes. ¿Lo he conseguido?