CAPÍTULO 30
El guerrero le cubrió la boca con una mano maloliente antes de que pudiera gritar.
A pesar de la borrachera, tenía una fuerza descomunal que le sirvió para mantenerla pegada a su pecho mientras la arrastraba hacia un lugar apartado de la fortaleza. Ella se retorció como una culebra, pero solo pudo ver el escondrijo en el que la dejó.
—Es un ángulo ciego. Aquí nadie nos molestará.
Ni se te ocurra volver a intentarlo, o te dejaré sin un solo diente.
Ni siquiera el más apestoso de los campesinos querrá acercarse a ti —le advirtió el hombre cuando ella se dispuso a pedir auxilio—.
Tienes ropas de noble, pero solo eres una estúpida vikinga que se cree con el derecho a arrebatarle a mi señora lo que le pertenece.
—¡El laird no es, ni nunca fue, de tu señora! —le escupió cuando el hombre se inclinó sobre ella.
—Cuando acabe contigo, tampoco será tuyo.
Estaba sola. En el supuesto caso de que consiguiera llamar la atención de alguien, nadie acudiría con la suficiente rapidez para salvarla. Aquel hombre acababa de sacar un puñal y acercaba la hoja a su cuello.
No tenía alternativa. Aunque aquellas malditas faldas le restaban movilidad, se las ingenió para soltar una patada que dio de lleno en las espinillas del guerrero, pero no lo hizo con la suficiente potencia como para alejarlo de ella e intentar la huida.
—Así que la invasora tiene ganas de jugar… —canturreó él—. Pues bien, juguemos.
Pesaba demasiado. Era tan corpulento que ella no pudo reaccionar a tiempo. En un abrir y cerrar de ojos lo tenía encima. Recorriendo con su lengua la parte expuesta de su cuello mientras ella intentaba defenderse, antes de que todo acabara de la peor manera posible.
—¡Suéltame, cerdo infecto! —susurró cuando logró morderle el labio con saña. El hombre detuvo su ataque, atónito, pero lo reanudó mucho más furioso que antes—. ¡He dicho que me sueltes…!
—Ya has oído a la dama. Detesta tu compañía.
Su tono de voz era inconfundible, igual que la silueta poderosa que pudo ver a contraluz cuando se vio libre del guerrero y pudo arrastrarse hasta la pared de la muralla. Delante de ella, Caelen y su agresor se habían enzarzado en una pelea donde la hoja de dos cuchillos no dejaba de relucir.
El corazón se le paralizó por un instante, pero cuando se puso en pie, dispuesta a ayudarlo, él recibió un corte en el brazo derecho.
Retrocedió, pero no lo suficiente como para que el guerrero pudiera escapar.
Ella escuchó un auténtico grito de guerra antes de presenciar cómo lo despojaba de su arma, lo sujetaba por su pechera y lo aplastaba contra la pared.
—Vas a morir, pero antes me responderás. ¿Quién te ha ordenado que hagas esto? —preguntó con una voz serena, que provocó en Freydis un escalofrío—. ¿Quién?
Parecía una fiera sin control. Tan dominado por la cólera que ella se olvidó por un momento de lo que había escuchado en el granero, recuperó la compostura.
—Caelen...
Él desvió la mirada hacia ella, al tiempo que mantenía inmóvil al hombre con su brazo sano aplastándole la garganta.
En los ojos grises descubrió mucho más que la cólera que lo llevaría a asesinar al esbirro de lady Marjorie. Una necesidad de posesión tan profunda e inextinguible que le llegó a las entrañas. Le alteró la respiración.
Su deseo era tan abierto y provocativo, tan primitivo, que le costaba entender que alguien pudiera encenderla por dentro con tanta facilidad, pero entre ambos había prendido una chispa que había provocado una hoguera de lujuria y necesidad.
Ella lo anhelaba con una desesperación desconocida. Reprobable. Despertaba en sus entrañas unas emociones complicadas y agridulces que no quería sentir. Incluso en aquella situación, era ese maldito deseo el sentimiento que primaba por encima de todos los demás.
—Nadie toca a mi esposa sin su consentimiento… Y sin el mío.
Se había convertido en una bestia fuera de control. Jamás había visto esa expresión fría y vengativa en sus ojos cuando, sin dejar de mirarla, cortó el cuello del guerrero.
Era de justicia, lo sabía. Pero todo su cuerpo se estremeció.
No de pena ni de arrepentimiento, sino de una emoción intensa e irracional que eclipsó todo lo demás.
Cuando él la alcanzó y, delante de los que acudieron atraídos por los gritos, la besó, correspondió con la misma dedicación.
Atrás quedaron de un plumazo los días en los que se había sentido abandonada.
La ira que había alimentado todo ese tiempo.
Incluso lady Marjorie y sus intentos de alejarlo de ella.
Ahora sabía que despertaba en él algo que ninguna otra mujer parecía capaz de controlar. Encerrada entre sus firmes brazos, aspirando su aroma único e inconfundible, se dio cuenta de que era casi imposible resistirse.
Lo deseaba contra su voluntad, y eso la hacía sentirse ridícula, pero también poderosa.
Aquel beso fue mucho más que un mensaje dirigido a cualquiera que intentara lo mismo que el cadáver que yacía a sus pies.
Fue un asalto contundente, destinado a conquistar su boca con el ataque caliente y sensual de su lengua.
Invadió todos los rincones mientras la apretaba con fuerza para forzar su rendición y abarcaba el cuello con sus manos.
La caricia le hizo sofocar otro grito, provocado por la brutal sensación que descendió desde su pecho hasta sus muslos temblorosos.
Debía rechazarlo antes de caer en los entresijos de su propia trampa, se dijo mientras él le moldeaba uno de sus senos, de espaldas al inesperado público. Debía luchar con todas sus fuerzas.
Tenía que huir de su aquello que había planeado, pero no podía.
Él era mucho más corpulento y fuerte... Y ella tenía la sensación de que lo que estaba ocurriendo siempre había sido inevitable.
—Eres mía, y empiezo a sospechar que yo también me he condenado contigo. Aunque ninguno de los dos lo desee. Porque no podemos evitarlo —murmuró Caelen.
Su cuerpo, forjado en metal, la abrazaba con una fuerza implacable. El apetito voraz de su boca, el adictivo calor que desprendía... todo se unía para hacerla perder el juicio.
Sí, estaba realmente prisionera.
Cautiva de sus sentidos. De un hechizo que le hacía ignorar todo lo que no fueran ellos dos, como si en lugar de hallarse al aire libre se encontraran en la intimidad de sus aposentos.
—Vas a comprenderlo de una vez por todas, porque estoy cansado de luchar contra ti y contra mí. Me desnudarás, porque es lo que llevo deseando demasiado tiempo, al igual que yo haré contigo —le ordenó, con voz ronca.
—Lo… haré.
Con el pelo alborotado, tenía un aspecto salvaje, bárbaro. Tan sensual que ella pensó que se moriría si no volvía a pegarla a él, en lugar de apartarla.
—Ve a la habitación.
—Pero estás herido…
—Vosotros, apresad a toda la comitiva de lady Marjorie y encerradlos hasta que se investiguen los hechos.
—¿Qué hechos? ¡Por Dios Santo, es uno de mis hombres de confianza! —Marjorie apareció en aquel momento, tan pálida como un espectro. La empujó a un lado como si ni siquiera la hubiera visto, y se colocó entre ella y su esposo—. ¡Es un hombre! ¡Tú mejor que nadie sabes lo que significa eso!
—¿No te has equivocado de hermano? Fue Dugall quien te lo demostró con creces, no yo.
—¡No vas a borrar lo que acaba de ocurrir entre nosotros con invenciones absurdas! —En ese punto, dirigió una breve mirada cargada de veneno a Freydis—. ¡Pero tampoco voy a permitir que hayas asesinado a uno de mis guerreros sin pruebas, y que pretendas inutilizar al resto!
Todo el mundo contuvo la respiración, incluida ella. En lo más hondo de su ser, esperaba que se encargara de aquella mujerzuela como de verdad se merecía, pero Caelen no parecía dispuesto a perder los nervios con tanta facilidad.
La ignoró, y se acercó a ella.
—Ve. No lo repetiré —murmuró, señalando la torre principal.
Ella decidió obedecer, pero solo cuando estuvo en sus aposentos, comenzó a pensar en lo que había ocurrido. Había sido sorprendida por un soldado cuyas habilidades militares eran menores que las suyas, además de encontrarse mermado por la bebida.
Aun así, había podido con ella porque había bajado la guardia. Porque sus pensamientos hacía tiempo que estaban supeditados a su esposo.
No solo eso. Además, acababa de dejarlo rodeado de sus hombres. De Isbeil y Angus…
De lady Marjorie.
Un puñal clavado en su pecho le hubiera provocado menos dolor, pero se sobrepuso.
Caelen había matado por ella.
Por primera vez, había contemplado al guerrero feroz y sanguinario escondido tras aquella capa de civilización, de socarronería y amabilidad con la que siempre la había tratado.
Y ella había sido la causa.
—Rurik…
El nombre acudió a sus labios al mismo tiempo que comenzaba a moverse, en busca de todo lo necesario para curar la herida de su esposo cuando apareciera.
¿Habría sido capaz de darle el mismo final que al hombre de lady Marjorie? Estaba celoso de su lugarteniente. Eso era tan claro como que ella había contribuido a que esos celos crecieran, sin pensar en sus consecuencias.
—Santo cielo…
Intentó concentrarse en la tarea que tenía entre manos, pero no pudo evitar las lágrimas al pensar en el destino de su amigo y compañero, junto con el resto.
Si habían muerto, si habían desaparecido de su vida para siempre…
Dejó la tela que había rasgado para convertirla en vendajes y se arrodilló junto a la cama, sobrecogida.
El sentimiento genuino y puro que el destino desconocido de su gente le había provocado, y que aceptó, quizá por primera vez en su vida, como algo natural que no rechazaría nunca.