Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Fue la última vez que vio a su marido durante los siguientes días.

O se encontraba asegurándose de que sus órdenes se cumplieran a rajatabla, o entrenándose con sus hombres…

o, lo que le resultaba del todo inasumible: paseando a caballo con lady Marjorie, como si aquella maldita que aprovechaba la más mínima ocasión para insinuársele, hubiera conquistado de nuevo su corazón.

Los invitados a la boda se marcharon al día siguiente, pero Isbeil permaneció a su lado, con una determinación que para sí hubiera querido la propia Freydis en aquellos momentos.

—Caelen lleva semanas comportándose como un hombre incapaz de apartarte de la cabeza, no a esa pordiosera con ínfulas de reina, que se pavonea de su brazo como si ella fuera su esposa y no tú. Seguro que Sigrún tiene algún remedio.

Atrás habían quedado los días en los que ella le suplicaba una pócima para no caer rendida ante los encantos del maldito escocés.

En aquel momento, le hubiera rogado hasta la saciedad por otra que la librara de aquel letargo en el que se encontraba sumida.

No estaba acostumbrada a sentirse tan frustrada. Tan colérica. Tan… celosa.

Aquella emoción le era tan extraña como el amor que solía provocarla, y que ella tampoco sentía, ni sentiría nunca por aquel hombre terco, demasiado atractivo para su propio bien, leal hasta la estupidez y noble hasta la inconsciencia.

Pero no podía quitárselo de la cabeza.

Su olor impregnándole la piel permaneció con ella el resto de la noche, hasta la madrugada.

Sus susurros roncos, cargados de sensualidad, mientras la acariciaba para llevarla a lo más alto, poblaban cada rincón de su mente excitada.

No podía dormir, ni siquiera para soñar con él.

Tampoco tenía ganas de comer. Probó a enclaustrarse voluntariamente en sus aposentos, con la esperanza de que él acudiera a buscarla, pero fracasó de lleno.

Ni siquiera envió a alguien para obligarla a acudir al Gran Salón para acompañarlo, aunque ¿qué motivo tendría para hacerlo? Ya estaba lo bastante acompañado como para que no buscara en ella nada de lo que otra le daría con gusto.

«Asúmelo. No eres rival para esa mujer. Ella es experta en tratar con hombres como Caelen. Lo conoce mejor que nadie…».

En eso su conciencia se había equivocado.

Quería pensar que Marjorie no había visto nunca la parte más sensible del escocés.

Esa que le había mostrado cuando la salvó de las corrientes del río.

O cuando tiró de ella en las turberas, evitando que estas se la tragaran.

O cuando consiguió que no atacara a Angus hasta amputarle el brazo.

Incluso cuando, con la humildad propia de una persona generosa, le había confiado la verdadera razón por la que mantenía una relación tan superficial con las mujeres.

—Por eso no logro entenderlo. ¡Y no estoy segura de querer hacerlo! —exclamó con rabia a la imagen que el espejo le devolvió aquella mañana, dos semanas después de su boda.

Una boda que no había sido consumada. Y que no lo sería, a no ser que ella hiciera algo para conseguirlo.

—Oh, vamos, eres una estratega militar única —se reprochó, negándose a ver los estragos que el cansancio y el olvido habían causado en su cuerpo—. Tienes que mantener la sangre fría necesaria para analizar a tu adversario y atacar su punto débil.

—¡Esa es mi hermana! —Como siempre, Isbeil se coló en la habitación sin llamar antes y se dejó caer sobre la cama, toda entusiasmo—. Al fin has decidido despertar. Eithne me advirtió de que no te dejara sola cuando ocurriera, porque tendría que controlar el torbellino que llevas dentro.

—Eithne no me conoce de nada… —Aunque un repentino presentimiento le hizo fruncir el ceño—. ¿O sí?

—Bueno, en realidad… ¡Le he contado todo acerca de ti!

Cómo apresaste a mi hermano, vuestra relación hasta que las tornas se cambiaron y fue él el que te apresó a ti, los días que pasaste en estos aposentos como si fueran tu cárcel.

¡Incluso ese modo tan contundente que tuvo para convencerte de que te casaras con él!

—le soltó de carrerilla—. Por favor, antes de que digas nada, escúchame.

Angus y yo no pudimos evitar escucharos.

¡Ni siquiera estábamos pegados a la puerta, lo prometo! Pero es que gritabais tanto que…

—Oh, Señor de los cielos. —Sintió cómo su cara comenzaba a arder por el bochorno y se masajeó las sienes. De repente, sentía un agudo dolor de cabeza añadido al cansancio casi crónico—. Imagino que debí prever tu tendencia a hablar demasiado de temas que no son de tu incumbencia.

—¡Sí lo son! ¡Todo lo que atañe a mi hermano me atañe a mí!

Sobre todo si se trata de asuntos del corazón y necesita un pequeño empujoncito para abrir los ojos y, de paso, abrírtelos a ti.

—Parecía arrepentida, pero terminó encogiéndose de hombros con despreocupación—.

¿Por qué pones esa cara? Hasta mi hermano Dugall podría ver que ese hombre te afecta más de lo que debería.

No me pidas que me haga la tonta y mire para otro lado, porque no pienso hacerlo.

—¿Sería mucho pedir que te callaras unos minutos? Con tanta cháchara, no soy capaz de pensar…

—Yo te daré la solución que buscas. Caelen está perdiendo el tiempo con una mujerzuela que pretende embaucarlo de nuevo, pero que, a la vez, está tan centrada en su propio ombligo que es incapaz de ver aquello que dará al traste con sus planes.

—Si te refieres a mí, lady Marjorie ha evitado cualquier encuentro conmigo desde que está aquí. Me rehúye, aunque yo tampoco haya hecho nada por provocar una conversación con ella. ¡En realidad, solo tengo ganas de sacarle los ojos!

—Comprensible, hermana. Desde que supo que te habías casado con mi hermano, ha considerado que no mereces ni un poquitín de su atención.

Te menosprecia. Ni siquiera te tiene en cuenta, porque él pasa su tiempo con ella en lugar de contigo.

Ese es su punto débil. Cuando reacciones, no se lo esperará.

—Claro…

—Solo flaqueó cuando supo que te habías convertido en su esposa —añadió Isbeil, con una sonrisilla sugerente—.

Supongo que era un inconveniente con el que no contaba.

Que se imaginaba a mi hermano llorando su pérdida como una plañidera, manteniendo la soltería a la espera de que ella decidiera volver a manejar la situación.

—Pero ya no es el hombre confiado que ella conoció.

—Tú le has demostrado ser digna de su confianza, y la ha vuelto a depositar en otra mujer. En ti. No tires por la ventana todo lo que has ganado. Afianza tu posición. Hazla retroceder antes de que vuelva a envenenar esta casa. Mi hermano no cometerá dos veces el mismo error.

Aquella joven acababa de mostrarle el flanco por el que ella podría colarse, sin que lady Marjorie se diera cuenta. Y para ello debía echar mano de sus aliados.

—De modo que Angus está de tu parte, si es que hay partes en todo este embrollo —musitó pensativa.

—Siempre lo ha estado. Como Sigrún.

No lo estarían si supieran lo que ella se proponía.

Si tuvieran conocimiento de la existencia de unas monedas de oro robadas a su gente por Dugall MacSween.

Si conocieran una mínima parte de las razones que la llevaban a seguir con su empeño de conquistar a Caelen en todas sus vertientes y de todas las formas posibles, para darle el golpe de gracia.

Tragó saliva y desvió la mirada de su cuñada. No podía afrontar tanta carga de honestidad si se sentía como una miserable traidora a los suyos…

¡Un momento! ¿Los suyos? ¿Desde cuándo pensaba en esos términos en lo que a los MacSween se refería?

Se retorció las manos, angustiada. Debía proceder con rapidez, o aquella vida sedentaria, lejos de los extenuantes entrenamientos y la rígida disciplina a la que estaba acostumbrada, acabaría con ella y con sus propósitos.

—Sigrún —dijo, con la primera sonrisa genuina en semanas, dirigida a Isbeil—. Ella me ayudará.

—Tenlo por seguro, hermana mía.

No perdió más tiempo. Salió de la fortaleza a lomos de una preciosa yegua blanca, acompañada por la joven escocesa y por Angus, en dirección a la cabaña de la curandera, cuando la tarde ya estaba avanzada, pero le dio igual.

Dejó dicho a dónde se dirigía. Si su querido esposo se dignaba a preguntar por ella, no le sorprendería hallarla en la aldea.

—¿Estás segura de lo que quieres?

La anciana la miró con severidad desde el otro extremo de la mesa.

El delicioso aroma a especias se mezclaba con el del caldo humeante que les había servido cuando las dos jóvenes aparecieron en su cabaña, pero Freydis no se dejó engañar.

La conocía lo suficiente como para saber que todo aquel escenario no era más que un sutil y acogedor montaje que escondía algo mucho más importante: la decisión de seducir a Caelen cuanto antes, a como diera lugar y echando mano de cualquier herramienta, fuera adecuada o no.

—Sí. —Dedicó una breve mirada cohibida a Isbeil, que las escuchaba con la boca abierta, y continuó—. En su momento utilicé la camisola de seda que me regalaste y…

—Tranquila, puedes hablar sin reparos. A pesar de su aspecto inocente, lady Isbeil ya ha escuchado lo que toda mujer debe saber acerca de ese tema.

—Yo… Necesito algo para atraer a mi esposo al lecho y alejarlo definitivamente de lady Marjorie.

Parece haberlo embrujado. Él me ignora. Probé a provocarlo desobedeciendo sus órdenes de mantenerme a su lado, pero actuó como si no hubiera ocurrido nada.

¡Ni siquiera se ha dignado a preocuparse por mi estado, cuando ha comprobado que apenas comía!

—¿Devolvías vacías las bandejas que te llevaban a tus aposentos? —Ella asintió, sin ocultar su desesperación—. Ahí lo tienes. Sabe que solo es una estratagema para llamar su atención, del mismo modo que él utiliza otras para llamar la tuya.

Sigrún agitó el caldo que tenía en su propio cuenco y rebuscó con una cuchara de madera, hasta extraer unos cuantos restos.

—¡Ajá! ¡Aquí está! Esto me acaba de dar la respuesta que todas buscamos: el rubor de rosas. —Cogió un pequeño frasco de barro de los estantes, lo destapó y se lo ofreció—. ¿Hueles algo?

—Sí. Es como si tuviera un pequeño ramo de rosas.

—Esta sustancia es mucho más incitante, pecaminosa y eficaz que una rosa.

—Vació un poco sobre su índice y lo frotó con el pulgar—.

No obliga a nadie. Solo aviva lo que ya existe.

Si no hay nada, sabrá a flor marchita. No olvides que el camino a la mayor felicidad a veces está lleno de peligro.

Pero también es el más largo que debemos atravesar.

—No lo olvidaré.

Las manos le temblaban cuando se guardó el frasco en su capa y se marchó en compañía de su cuñada y de Angus.

Ni siquiera escuchaba la cháchara emocionada de la muchacha acerca de lo que acababa de descubrir.

Cabalgó absorta en sus pensamientos y, cuando llegaron a la fortaleza, al atardecer, se esforzó por parecer serena ante el mozo que la atendió.

—¿Sabes dónde puedo encontrar al laird ? —preguntó.

—Sí, milady . Ha ido a supervisar las reservas de grano para el invierno.

—Es tu oportunidad —le susurró Isbeil, guiñándole un ojo antes de dirigirse hacia la torre, canturreando.

Estaba más segura de su éxito que ella misma. Se encaminó hacia el granero, pero, conforme se acercaba, escuchó voces airadas tras la puerta entornada que la dejaron clavada en el sitio.

—¡No! —exclamaba Caelen, con una dureza desconocida para ella—. ¡Mi esposa no se lo merece!

Estaban hablando de ella. Parecía tan furioso que Freydis estrujó el frasco de rubor de rosas en la mano hasta que le dolió.

Había llegado demasiado tarde. Él faltaría a su palabra. No accedería a dejarla encinta, como dijo que haría. Todo por culpa de esa mujer… Y de ella.

Pero era incapaz de hacer algo al respecto.

La guerrera en la que se había convertido acababa de esfumarse, para dar paso a una mujer desilusionada.

Triste. Tan consumida por la impotencia que solo pudo alejarse de allí envuelta en sollozos.

Con las mejillas empapadas por las lágrimas y el corazón hecho pedazos, en dirección a sus aposentos.

Sin embargo, alguien la interceptó antes de que llegara a la puerta de entrada a la torre. Y cuando quiso reaccionar, se encontró con el rostro feo de un guerrero que la miraba con una sonrisa de dientes picados, mientras su mano se le clavaba en el brazo.

—Al fin te encuentro sola, palomita —afirmó, con un aliento que apestaba a cerveza—. Como veo que tu esposo no te satisface, estaré encantado de ocupar su lugar.

Y sin más, la arrastró con él.