Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Tenía que actuar con rapidez y frialdad, tal y como la habían enseñado, antes de que le arrebataran algo que, al parecer, nunca había sido suyo.

La simple idea le oprimía el pecho, pero apenas tuvo tiempo de echarse el manto sobre los hombros antes de bajar las escaleras junto a Isbeil.

La música seguía sonando en el Gran Salón, pero ya no tenía el mismo tono alegre de antes. Algo había cambiado.

Se notaba en los cuchicheos contenidos, en la tensión de las espaldas masculinas y en el modo en que algunos guerreros observaban hacia la entrada principal. En el centro de la enorme estancia que todavía albergaba las celebraciones por su enlace, aparecían una mujer que se encaraba con Caelen.

Freydis no tuvo necesidad de preguntar quién era. Su altanería natural y su postura elegante hablaron por sí mismas.

Lady Marjorie estaba allí.

Y comprendió al instante por qué él había quedado marcado por ella.

Era hermosa. No de un modo cálido o luminoso.

Tampoco feroz, como podía serlo una nórdica.

Lady Marjorie poseía una belleza elegante y fría, peligrosa precisamente porque parecía frágil.

Su vestido color borgoña estaba confeccionado con una riqueza insultante, y el velo oscuro que cubría parte de su cabello hacía que su piel pareciera aún más blanca.

Lady Eithne se encontraba unos pasos por detrás, inmóvil entre las sombras de uno de los pilares del salón. Sus ojos celestes no estaban clavados en la recién llegada, sino en el propio laird .

Observándolo con preocupación.

Cuando avanzó, Eithne fue la primera en interceptarla.

—No os acerquéis todavía —susurró, sujetándola suavemente del brazo.

—¿Desde cuándo una dama de aspecto delicado da órdenes a una guerrera?

—Desde que esa guerrera está furiosa y a punto de cometer una estupidez delante de cincuenta personas —replicó sin alterarse—. Lady Marjorie no ha venido sola. Y tampoco ha venido por nostalgia. Mirad a los hombres que la acompañan.

Era cierto. No parecían simples escoltas. Permanecían demasiado atentos a cada movimiento del salón. Demasiado preparados.

—¿Quiénes son?

—Problemas —murmuró Eithne—. Si vos podéis verlo, vuestro señor también. Por eso todavía no se ha movido.

Ella dirigió la vista hacia su esposo.

Permanecía de pie junto a la mesa principal, con una mano apoyada sobre el pomo de la espada y la otra sosteniendo una copa intacta. Su expresión era tranquila. Demasiado tranquila.

—No parece feliz de verla —observó.

—No lo está.

—Entonces, ¿por qué aceptó recibirla?

Eithne vaciló un instante.

—Porque tiene el corazón demasiado noble para cerrar las puertas de su hogar a la mujer que una vez amó. Incluso aunque ella no lo merezca.

Freydis sintió un pinchazo desagradable en el pecho.

Celos.

Ridículos. Inoportunos. Peligrosos.

Eithne pareció advertirlo, porque una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—No os preocupéis, milady . —Sus ojos brillaron con astucia—. Las mujeres como lady Marjorie saben cómo atraer a los hombres. Pero las mujeres como vos… son las que no se olvidan.

Era una esperanza tan vaga que se volatilizó en cuanto examinó mejor la expresión de Caelen. El modo galante en el que, al final, se levantó de su asiento y ofreció el brazo a aquella mujer que le revolvía las entrañas, para avanzar por el salón hasta ella.

—Ah, estás aquí, mi querida esposa —saludó fingiendo sorpresa.

—Me has visto desde el momento en que he entrado, acompañada de Isbeil.

No es necesario que aparentes lo contrario, solo porque ha aparecido una invitada inesperada a nuestra boda.

—Tuvo la satisfacción de verlo descomponerse, antes de exhibir su sonrisa más angelical frente a la recién llegada—.

Mi nombre es Freydis y soy la nueva lady MacSween.

Lamento haber tardado tanto en regresar al salón para hacer de anfitriona perfecta, tal y como mi amadísimo esposo quiere, pero él y yo nos encontrábamos… arreglando ciertas diferencias.

—Oh, no son necesarias vuestras disculpas, milady .

—Saltaba a la vista que la noticia la había conmocionado, pero supo disimular sus emociones mucho mejor que ella cuando le correspondió con una leve inclinación de cabeza, lo cual la convertía en una rival a tener en cuenta—.

Soy lady Marjorie de Mornay. Como le estaba explicando a vuestro esposo, sé que no he sido invitada a una celebración de semejante importancia, pero las circunstancias me han obligado a recalar aquí.

—¿Es que acaso os ha ocurrido algo reseñable?

— Milady ha sido atacada por un grupo de asaltantes mientras cruzaba mis bosques en dirección a Stirling, donde se encuentra la reina madre —respondió Caelen con tirantez y una muda advertencia—. Eran tan numerosos que le destrozaron el carruaje y acabaron con buena parte de su escolta.

—Los únicos que sobrevivieron están ahí afuera, aguardando a que el laird decida ofrecernos cobijo…

—Se agarró al brazo del laird y enterró su rostro en él.

Freydis se contuvo. Estaba convencida de que la muy ladina fingía esos sollozos que tanto parecieron conmover a su esposo—. ¿Qué dices, querido?

¿Querido?

—Que es muy tarde para que una dama de noble cuna ande por esos caminos tan peligrosos —respondió Caelen con solemnidad.

¿Cómo era posible que no la echara sin contemplaciones, después de lo que le había contado acerca de ella? ¡Hasta un ciego vería la excelente interpretación en la que él estaba cayendo!

—¿Eso quiere decir que podemos disfrutar de tu hospitalidad? — Lady Marjorie lució una sonrisa tan radiante que podría haber iluminado la estancia entera sin necesidad de antorchas ni velas—. ¿Nos darás cobijo, mi señor?

—No rechazo techo a quien lo perdió en mis tierras —dijo él—. Lo tendrás mientras mis hombres averiguan quién te robó el tuyo.

—Te prometo que no molestaré en tu noche de bodas…

—Ni después. —Fue Isbeil quien intervino. Ella estaba demasiado furiosa como para poder hilar dos palabras seguidas que sonaran a sensatez, en lugar de abalanzarse sobre aquella arpía para arrancarle los ojos, que era lo que quería de verdad—. Caelen, si lo que afirma lady Marjorie es cierto…

—¡Lo es, muchacha! ¿Por quién me tomas?

—Mejor me lo guardo para mí, milady . Aunque buena parte de los presentes conocen vuestros antecedentes y sabrán calificaros según vuestros actos.

—Aquello fue un error y forma parte del pasado. —Marjorie deslizó su mano por el brazo del escocés, que la contemplaba… ¡Conmovido! ¡Afectado! ¡A punto de abrazarla para consolarla!—. Querido, sabes que he cambiado.

—En realidad, no tengo ni idea, Marjorie.

—Entonces, permíteme demostrártelo. Permaneceré aquí el tiempo necesario para que puedas proveerme de un nuevo medio de transporte que me permita llegar a Stirling sana y salva.

Te juro por los sentimientos que un día nos unieron que, cuando lo tenga, me marcharé para siempre y nunca volverás a saber de mí.

Su tono de voz era tan meloso que esperó que él la despachara sin tener en cuenta nada más, pero… ¡No, por supuesto! Dedicó a aquella farsante toda su atención, sus miradas más intensas e incluso sus sonrisas.

—Creo que no me dejas otra alternativa, ¿verdad? —respondió, ante un murmullo general de disconformidad que ignoró—. Isbeil, ordena que preparen unos aposentos para milady y su dama de compañía.

—Pero, Caelen…

—Hazlo.

Su tono no admitía réplica. Igual que la sonrisilla petulante que dedicó antes de pasar por delante de ella con su antigua prometida del brazo.

—Nos veremos, querida esposa —le murmuró.

Sonaba distante. Frío. Como si todo lo ocurrido entre ellos hubiera dejado de importar.

Freydis apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas de las manos. Si hubiera podido encender una hoguera con la mirada que le clavó en sus anchas y atractivas espaldas, habría incendiado la maldita fortaleza hasta los cimientos.

Pero debía comportarse como su nuevo rango requería. Aunque solo fuera para mantener un mínimo de dignidad delante de un clan que ya era también el suyo.

Se estiró hasta lo imposible y fingió que no le importaba el desplante que acababa de sufrir, pero las lágrimas se agolparon en sus ojos sin previo aviso. Desvió la mirada; cuando encontró la de su cuñada, le suplicó en silencio.

—Esto no va a quedar así —respondió su cuñada, tomándola del brazo para abandonar el Gran Salón ante el pasmo de todos los que aún permanecían en él—.

Debemos preparar una ofensiva en toda regla, porque esa malnacida no se marchará de aquí tan pronto.

Ha venido convencida de que todavía puede manejar a mi hermano.

—Es posible que pueda, Isbeil —le replicó, tan triste que ni siquiera pudo resistirse cuando la muchacha la ayudó a meterse en la cama—. Es posible…