Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

—Albergaba la esperanza de compartir contigo el baile que corresponde a todo recién casado, pero cuando te busqué, Isbeil me dijo que te encontrabas mal y que habías salido. Lo que no esperaba para nada era encontrarte aquí.

Freydis se quedó congelada.

Hasta que recordó lo que acababa de ver, y la ira la obligó a darse la vuelta para enfrentar a su esposo, con su mirada oscura de advertencia y su mandíbula tensa incluidas.

—¿Dónde están? —consiguió preguntar sin atragantarse en el proceso.

—No están presos.

—¡Eso ya lo veo, maldito seas! ¡Quiero saber qué has hecho con ellos! ¡Porque si has faltado a tu palabra, te juro que yo…!

No tuvo oportunidad de completar su amenaza.

Caelen la arrastró fuera de las mazmorras y atravesó el patio, ignorando los gritos obscenos de los invitados, que lo animaban a consumar el matrimonio allí mismo, a la vista de todos.

Tampoco se detuvo en el Gran Salón, donde la parte que todavía permanecía sobria sonreía ante su actitud, creyendo que les movían las prisas por estar a solas.

Ascendió los escalones de dos en dos, sin que al parecer le preocupara que ella pudiese seguirle el ritmo, y solo se detuvo cuando la arrojó al interior de la habitación y cerró la puerta de un puntapié.

—Primera advertencia, mujer: si vuelves a poner en duda mi palabra delante de mis hombres, te amordazaré hasta que aprendas a comportarte como lo que eres —la amenazó con la respiración entrecortada y el dedo índice en alto.

—¿Tu posesión?

—¡Segunda advertencia! —tronó, sujetando su nuca con una mano firme—. A partir de ahora, te referirás a ti misma como la esposa del laird , porque en eso te has convertido, para bien o para mal. Lo cual supone que aceptarás tus derechos y obligaciones.

—Ah, que también tengo derechos…

—¡Tercera advertencia! Solo disfrutarás de ellos cuando hayas asumido tus obligaciones, tanto fuera de estos aposentos como dentro de ellos.

—Sus ojos se convirtieron en dos rendijas de pura cólera cuando señaló la estancia con un rápido movimiento de cabeza—.

No intentes buscar las monedas, o lo único que encontrarás será al verdadero MacSween.

Al guerrero que no dudará en hacer valer su autoridad con su propia esposa, si esta osa seguir provocándolo hasta acabar con su paciencia.

¡Y ahora mismo, te aseguro que no tengo ninguna!

—Me parece perfecto, ¡porque yo también me arrepiento de este estúpido enlace! Quiero deshacerlo, pero antes, ¡te exijo que me digas qué has hecho con mis hombres!

—¿Tú, exigirme a mí? —Parecía a un paso de la violencia física para reducirla, pero de pronto su mirada se aclaró, como si una diabólica idea lo hubiera tranquilizado—. Se han ido.

—¿C-Cómo?

—Que los he dejado libres. Sabía que era lo que tú querías y, en aquel momento, me pareció la mejor idea para ganarme tu…

afecto, si es que eres capaz de otorgarlo a alguien diferente de ese Rurik del demonio, al que odio con todas mis fuerzas.

—Parpadeó, boquiabierta, y él le mostró la sonrisa más triste que había visto en años—.

No temas porque te delaten. Antes, cualquiera de ellos se sometería a tormento.

En especial tu lugarteniente. Su corazón solo late por ti.

—¿C-Cómo? —repitió.

—«Si piensas ser su pareja, más vale que te acostumbres a hacer lo que dice». Eso me aconsejó cuando no le quedó más remedio que aceptar su libertad, a cambio de renunciar a ti. Se lo prometí, pero no pensaba cumplir esa promesa. Después de todo, era mi rival.

Por alguna razón, le creía.

Rurik y los demás, libres.

Se habían marchado, dejándola sola frente al destino que ella misma había elegido. Las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos, pero ella las desechó de un manotazo.

—Mi hombre de confianza siempre será mucho más que tú, escocés.

—Sé que no piensas lo que dices. Tu llanto contenido te delata.

A partir de ahora, tu hombre de confianza soy, y seré, yo —añadió con aparente tranquilidad, aunque sus ojos parecían dos puñales directos a su corazón—.

Solo dime qué habrías hecho si él te hubiera buscado, vikinga. ¿Te habrías marchado con él?

Ella sacudió la cabeza con desprecio al descubrir su treta.

—No es asunto tuyo.

—Ya lo creo que sí. Eres mía. Si piensas tomar otro esposo a mis espaldas, firmarás la sentencia de muerte de ese hombre y de todos los que van con él.

—No serías capaz de romper tu palabra de caballero…

—¡Rompería el firmamento entero si con ello logro abrirte los ojos!

¡Sin importar quién caiga por el camino!

—Aquella bestia furiosa no era el escocés que ella conocía.

Sus garras de hierro se clavaron en la carne de sus brazos sin que le preocupara lo más mínimo el dolor que podía causarle, y la empujó hacia atrás, hasta que su espalda chocó contra la pared más cercana—.

Asististe a la ceremonia y cumpliste tu parte, ¡pero todo era una estrategia!

—¡No! Pensaba seguir a tu lado hasta el final. ¡Pero los ojos de esa mujer, lady Nara, lograron que volviera a encontrarme… mal!

—¿Y por eso corriste hacia tu adorado Rurik a la menor oportunidad? ¿Por eso abusaste de la amabilidad y el cariño que mi hermana, y otros como ella, te profesan, para traicionarlos?

—¡Tú eres el mayor traidor! Tú, que actúas a mis espaldas con mis propios hombres, haciéndome creer que los mantienes cautivos, ¡para forzar mi rendición!

Caelen se precipitó hacia delante, hasta que apenas le dejó hueco para respirar.

—¿Lo he conseguido, vikinga? ¿He logrado tu rendición?

Porque, si es así, no me arrepentiré en absoluto de haber actuado como un miserable mentiroso.

Aunque, en realidad, no hubo mentira alguna, sino solo omisión de la verdad.

—La mano de Freydis impactó en su mejilla, pero él solo sonrió de medio lado—.

¿Eso es todo lo que sabes hacer? Pégame otra vez.

Más fuerte. ¡Vamos, adelante! Es la última oportunidad que te ofrezco para castigarme como piensas que merezco por haberte ocultado el paradero de tus guerreros.

Me dieron su palabra de que se alejarían de aquí para siempre, y he decidido tomarla como cierta.

—¡Oh, maldito seas por devastar mi orgullo y mi alma de esta manera!

La bofetada se convirtió en una lluvia de inofensivos golpes contra su pecho, de los que él no intentó siquiera defenderse.

Estaba ciega de dolor. Quería hacerle pagar por la inesperada herida que se había abierto en su pecho y que sangraba a borbotones.

Por el pánico de sentirse, por primera vez desde que tenía conciencia, sin la protección constante de los miembros de la estirpe.

Por la rabia que le provocaba la impotencia de saber que no podía librarse del influjo de aquel hombre.

Pero, sobre todo, por ese olor único que le llegaba de él, mezclado con el calor y el sonido ronco de su voz, que la convertían en una pobre mujer desbordada por el deseo.

—¡Te odio! —le escupió a la cara, sin aliento—. ¡En algún momento, no muy lejano, me cobraré mi propia venganza!

—Después de mí. Siempre después de mí.

Él se abalanzó sobre su boca como un ave de rapiña dispuesta a aniquilar a su víctima. La obligó a abrirla y la invadió con el tacto cálido y húmedo de su lengua… Y, a partir de ese momento, todo pensamiento coherente desapareció de la mente de Freydis.

Correspondió al beso con idéntica hambre.

Mordisqueó los labios masculinos como si supusieran un manjar único, y enlazó los dedos en el cuello de Caelen cuando lo sintió aflojarse contra ella, con un gemido de placer primitivo.

De repente, todo desapareció a su alrededor excepto ellos dos.

Sus cuerpos, que se movían para buscar una fricción total. Sus bocas, que demandaban más…

Él hundió los dedos en su pelo. Ella podía sentir cómo su sangre hervía de enfado, de excitación. Sus actos estaban impulsados por un ataque de cólera, pero necesitaba que siguiera de esa manera. Hasta el final.

—¿Estás furioso? —le preguntó entre gemidos, cuando logró apartarse lo justo para poder tomar aire.

—Sí. Mucho. Contra mí, por haber traicionado mi juramento. Contra ti, por ser el origen de mi flaqueza. ¡Porque amas a otro hombre!

No lo sacó de su error. Estaba demasiado inmersa en aquella espiral de lujuria que parecía no tener fin como para atender a otra cosa que no fuera su propia satisfacción.

Cuando él le levantó las faldas y comenzó a hurgar entre sus muslos, enlazó una de las piernas en su cintura y le facilitó el acceso.

Sintió sus dedos extendiendo la humedad que impregnaba su sexo y clavó los dientes en el hombro de Caelen para ahogar un grito de una urgencia feroz.

Sabía que sería rápido. Posiblemente también doloroso.

Pero de ninguna manera tierno. Él se hallaba fuera de sí.

Tenía prisa por introducirse en ella. Sus dedos lo precedieron, imitando el movimiento sinuoso del acto sexual, mientras lanzaba sus caderas hacia delante, hasta que su erección quedó perfectamente encajada en ella.

Se aferró a él como si supusiera su última esperanza de vida. Se colgó de sus caderas y presionó los glúteos masculinos hacia delante con la fuerza de sus talones.

—Caelen, por favor…

Dios, le faltaba el aire. Y ni siquiera lamiendo el sabor salado de la piel del cuello de su esposo lograba recuperarlo.

Pero de pronto, él se detuvo. Sus dedos permanecieron en su interior un glorioso instante más, el tiempo que él necesitó para reponerse.

Escuchó su respiración, que poco a poco se equilibraba, hasta que dejó de sentir el calor de su aliento quemándole la piel.

—No voy a permitir que te entregues a mí por agradecimiento. No me acostaré contigo mientras el fantasma de Rurik esté en el lecho con nosotros. No podría soportarlo.

Había despertado los celos en él, y allí tenía el resultado.

Ella abrió los ojos, mirándolo sin comprender. Su esposo respiraba de forma irregular, acelerada, pero tenía los dientes muy apretados.

Sintió como si le hubieran echado sal en una herida cuando clavó los dedos en los brazos y la apartó.

—Aún no, muchacha.

Retrocedió con la vista nublada por la pasión insatisfecha. Su erección aún no había mermado cuando, sacudiendo la cabeza, le dio la espalda y desapareció.

Así. Sin más.

Durante un tiempo indeterminado, ella permaneció con sus ojos clavados en la puerta cerrada, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir, al mismo tiempo que su cuerpo volvía a la normalidad y su mente se aclaraba.

Rurik y los demás podían hallarse vivos… o muertos. Solo él lo sabía, si es que le había dicho la verdad. Ella había decidido creerlo. Necesitaba hacerlo para aceptar su debilidad por él.

Las manos masculinas recorriendo todo su ser con devoción, los labios sellando cada caricia con un beso, los dientes marcándola como suya… Todo debía estar destinado a un solo propósito.

Y había estado a punto de olvidarlo.

—¡Freydis! ¿Estás ahí?

La vocecita de Isbeil al otro lado de la puerta acabó de decidirla.

Seduciría a su esposo con todas las armas a su alcance y permanecería inmune a su atractivo arrollador, a ese corazón que había comenzado a mostrarle, lleno de honestidad y nobleza. A todo lo que implicara debilidad.

—Pasa.

La joven escocesa entró como un huracán, con el gesto descompuesto, y cerró la puerta a su espalda para correr hacia ella. Gracias a Dios, parecía tan afectada por algo que no se dio cuenta de su propio padecimiento cuando se sentó a su lado y le tomó las manos.

—¡Tienes que hacer algo! —le rogó—. Caelen se ha reunido con los hombres en el Gran Salón para beber…

—Por mí como si nada en cerveza e hidromiel.

—No sé qué ha ocurrido entre vosotros, ¡pero tienes que bajar antes de que sea demasiado tarde y esa serpiente venenosa lo devore de nuevo!

Un terrible presentimiento sin causa aparente le recorrió la columna vertebral.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con la voz estrangulada.

—¡Es lady Marjorie! ¡Acaba de presentarse, con un puñado de hombres a modo de escolta! ¡Ha exigido ser recibida por mi hermano, y él… ha aceptado!