CAPÍTULO 26
—Estás preciosa. Le robarás el aliento, ¿verdad, Sigrún?
La curandera se limitó a asentir, con Gràr correteando entre sus piernas.
—Deberás robarle algo más que el aliento si pretendes conservarlo a tu lado, muchacha —vaticinó—. De momento, solo has conseguido la lealtad incondicional de este animal peludo. Desde que has llegado a la fortaleza, no consigo que permanezca conmigo más de lo necesario. En cuanto puede, se escapa.
—Es Caelen el destinatario de todo ese cariño.
—Freydis se sentía traicionada por el perro.
Algo tan absurdo como el arrebato de ternura que la llevó a acariciarlo detrás de las orejas mientras le susurraba palabras en su lengua—.
No me miréis como si me estuvierais viendo en mi noche de bodas y él fuera mi esposo. Es solo que estoy un poco nerviosa.
—Los nervios propios de toda novia.
—¿Lo dices por experiencia, Isbeil?
—Lo dice basándose en la evidencia —respondió Sigrún con aspereza—. No deberías acudir a tu propia boda con esos pensamientos, muchacha. Influirán en tu futuro de forma muy negativa.
—Bien conoces tú lo que me propongo. Hasta ahora ese futuro no me ha importado.
—Pero a partir de ahora te importará, ya lo creo…
¿En qué andaba ahora la mente de aquella vieja traicionera?
Prefirió callarse la aguda réplica que le hizo cosquillas en la lengua y se centró en la imagen que el espejo le ofrecía. Tal vez así consiguiera dominar ese cariño que, a pesar de todo, seguía sintiendo por aquella mujer tan ambigua como sus decisiones.
—No parezco una nórdica —se lamentó.
—Pareces mi hermana, que es lo que serás cuando el sacerdote os una. —Los ojos de la muchacha brillaban de alegría cuando la contempló—. ¿Tú te has visto bien?
—Para mi desgracia —murmuró entre dientes.
Y lo que era peor aún, le gustaba lo que veía.
La suave lana del vestido, de un tono azul verdoso, mangas largas y bastante pesado, tenía un tacto cálido. Acogedor. Encima llevaba un manto sujeto por un broche celta, con forma de círculo abierto y nudos entrelazados. Su aguja era larga, diseñada para atravesar lana gruesa.
La propia Sigrún se lo había entregado aquella mañana luminosa, afirmando que representaba los valores del clan.
Justo dos semanas después de que hubiera aceptado aquel sinsentido.
Su cabello caía en delicadas ondas por su espalda, cubriéndola hasta las caderas, y aparecía dividido en varias trenzas a ambos lados de su cabeza.
Entre algunas de ellas, Isbeil había logrado colocarle diminutos anillos de plata envejecida, aunque apenas se distinguían bajo el velo que caía desde su coronilla, sujeto por pequeñas horquillas metálicas y parcialmente atrapado entre las trenzas.
Gràr ladró de nuevo, rescatándola de sus propios pensamientos, para descubrir que se frotaba las manos casi con desesperación.
—No sé si podré… —murmuró en voz alta.
—Claro que podrás. Porque es lo que deseas.
—Tú, traidora, no deberías hablar con tanta seguridad acerca de mis deseos —replicó, apoyando un dedo en el huesudo pecho de la sanadora, que ni siquiera se inmutó.
—Algún día te arrepentirás de lo que piensas acerca de mí, pero eso será cuando abras los ojos.
—Ya no creo en tus acertijos, del mismo modo que dudo de tus pócimas.
—Ah, pero necesitarás de ambas cosas, muchacha. —A pesar de todo, Sigrún le acarició la mejilla—. Sé que siempre has sido prudente. Incluso en los momentos más difíciles, como el que estás a punto de superar.
—Entonces, ¿por qué me dejaste sola?
—Nunca lo hice, pero era necesario para que comprendieras que una persona prudente sabe que los dioses a menudo no nos dan lo que queremos o intentamos conseguir, sino lo que necesitamos.
Y la mayor parte de las veces, nos sorprendemos descubriendo que lo que necesitábamos era también lo que más deseábamos, pero que estábamos demasiado ciegos para verlo.
—Un galimatías digno de alguien tan sabio como tú. —Isbeil depositó un beso en la mejilla de la curandera y luego extendió una mano hacia la novia—. ¡Vamos! Seguro que Caelen está tan nervioso como tú por nuestra tardanza.
Durante aquellas semanas, apenas se habían visto, pero él había retirado toda vigilancia sobre su persona para concentrarla en las mazmorras.
El mensaje estaba claro: confiaba en ella, pero no lo suficiente como para permitirle un acercamiento a aquella parte de la fortaleza. Hacia Rurik y los demás.
Y, a pesar de todo, no deseaba hacerle sufrir, pensando que lo traicionaría el día de su enlace, como había ocurrido con Marjorie. Solo lo deseaba a él.
Descendió las escaleras y salió hacia la pequeña capilla, donde su futuro esposo la esperaba, rodeado de gente expectante ante la aparición de la muchacha que se convertiría en la esposa de su querido laird .
En la puerta, un hombre de aspecto intimidatorio, con una cicatriz que le cerraba casi por completo el párpado derecho, le hizo una reverencia.
—MacSween me ha pedido que sea yo quien os escolte hasta el altar, milady —le dijo… ¡en su lengua!
—¡Hablas mi idioma!
—Él es Eirik Hauksson. Hasta no hace mucho, todos lo conocíamos como La Bestia del Norte.
Pero una muchacha escocesa lo conquistó por completo.
Ahora es el laird de los MacLiúr por matrimonio, aunque me temo que jamás dejará de lado su ascendencia nórdica —le susurró Isbeil—.
Mi señor, creo recordar que vuestro tío, el actual laird de Kintyre, y su esposa, también estaban invitados…
—Ninguno de los dos ha podido asistir, pero yo los representaré sin problema.
—Oh. En ese caso, os presento a lady Freydis. Compatriota vuestra, y futura lady MacSween.
—Conozco el carácter firme, decidido y tranquilo de mi anfitrión. Pero nunca imaginé que tuviera los arrestos suficientes para tomar una esposa de sangre del norte. —Cuando el hombre sonrió, el cambio en su rostro fue asombroso—. Será un placer y un honor escoltaros hasta él, milady .
Ella asintió. Sus dos acompañantes desaparecieron, mezcladas con los invitados a la ceremonia, cuando avanzó del brazo de Hauksson y divisó a Caelen.
Vestía una túnica larga de lana oscura que le llegaba hasta las rodillas, cubiertas por unas calzas. Un grueso cinturón ceñía la tela a la cintura, de donde pendía su espada, y una pesada capa le cubría los hombros, sujeta por un broche.
Nunca lo había visto así, con el cabello peinado hacia atrás, la barba recortada y ese brillo de admiración en sus ojos mientras la recorría entera. Fue incapaz de articular palabra cuando Eirik la dejó a su lado y su futuro esposo la saludó con una inclinación de cabeza.
—Gracias por asistir, después de todo —le murmuró con calidez—. Padre, podéis comenzar.
Freydis no fue consciente de la ceremonia. Sus ojos parecían anclados a los de Caelen. Sus dedos permanecieron entrelazados, pero no se sintió invadida, ni expuesta. Ni siquiera en peligro.
Él olía a humo. A cuero mojado. A hierro y bosque húmedo.
Sintió una calma extraña y peligrosa, como si por un instante hubiera dejado de luchar.
Y cuando escuchó a su espalda los vítores y contempló la sonrisa de oreja a oreja del laird , comprendió que todo había terminado.
—Ya está hecho. —Él se inclinó hacia su boca, pero solo rozó sus labios en un beso demasiado liviano—. Ya eres mi esposa. No hay vuelta atrás.
Si le quedaba alguna duda acerca del significado de sus palabras, se disipó en cuanto él la arrastró a la carrera hacia la fortaleza, recibiendo todo tipo de felicitaciones por el camino, y se detuvo en la puerta abierta del Gran Salón, iluminado por antorchas y velas encendidas.
—Adelante. Ahora, esto es tan tuyo como mío.
No podía experimentar ese orgullo cuando él extendió una mano y le hizo una reverencia para permitirle el paso.
Pero lo experimentó. Fue una sensación extraña, que le invadió el pecho, y no se marchó ni siquiera cuando ocupó su lugar a su lado, justo antes de que lo hiciera el resto de los invitados.
—La mujer que está sentada junto al hombre que te llevó al altar se llama Nara y es su esposa.
Más adelante te la presentaré —le informó Isbeil cuando se acomodó en la silla contigua, en la parte central de la enorme mesa—.
Tienen un hijo, Logan, pero es demasiado pequeño y decidieron dejarlo al cuidado de su nodriza.
Mira a ese hombre tan bien parecido que no nos quita el ojo de encima.
Se llama Alasdair. Es el heredero del clan MacSorley y ha venido con su padre, Niall, y su hermana pequeña Eithne. Y Alasdair… Bueno…
—Ya veo… Si no tienes cuidado, tu hermano va a darse cuenta de que babeas en su presencia, de que el corazón está a punto de estallarte en el pecho por su causa y de que no has probado bocado, deseando bailar con él.
—¿Tanto se me nota?
—Tienes la cara tan roja que podrías iluminar con ella todo el salón —le susurró con una sonrisa.
—Caelen planea aliarse con ellos para fortalecerse frente al poder nórdico; me encantaría sugerirle una alianza matrimonial entre Alasdair y yo. ¿Crees que lo rechazaría?
En ese instante, notó la ligera presión de una mano en su muslo que la dejó boquiabierta. Sus ojos volaron hacia su marido. Él continuaba su conversación con los hombres que tenía al lado, pero los dedos acariciando su pierna le dijeron con toda claridad que sus pensamientos permanecían con ella.
Unos pensamientos llenos de promesas imposibles de ignorar, que pensaba llevar a cabo a la mayor brevedad posible.
—Estoy convencida de que no te negará nada de lo que le pidas —respondió a su cuñada, con la boca seca—. Te adora…
No podía apartarse, pero tampoco era capaz de aceptar la caricia como todo su ser le reclamaba, así que se concentró en la comida que atiborraba la mesa.
En el olor delicioso que despedían los panes oscuros, los quesos curados y las enormes fuentes de venado, jabalí, salmón ahumado, aves de caza y cordero, que los sirvientes les colocaron delante.
—Eithne y Alasdair te están mirando, igual que Nara… —Pero no con hostilidad, sino con una intriga que le alegró el corazón. Ese que siempre había presumido de no tener y que, desde que había conocido a Caelen, no dejaba de palpitar—. Eithne es mi mejor amiga. ¡Ven y te la presentaré!
—Ve. Bailaremos más tarde. —De pronto, se encontró con la morena cabeza de su esposo inclinada hacia el hueco de su cuello. Un hormigueo inquietante la recorrió de la cabeza a los pies cuando él depositó un suave beso justo en aquella zona—. Después solo estaremos nosotros.
Solo ellos.
Las piernas le temblaban cuando abandonó la mesa y siguió a Isbeil hacia el lugar donde las mujeres contemplaban los bailes que los hombres habían iniciado, en el centro del salón.
—Caelen no participa aún, pero lo hará junto con el laird Eirik y todos los demás jefes —le informó su cuñada antes de hacer una reverencia a las otras damas que las acompañaban—. Lady Nara, esta es mi nueva hermana, lady Freydis.
—¡Oh, estaba deseando conocer a la muchacha que le ha robado el corazón a un mujeriego de la talla de MacSween!
Pero ahora que os tengo delante, solo puedo decir que ese granuja ha elegido a alguien a la altura de su bondad, su nobleza y su honestidad.
— Lady Nara la tomó de las manos y la observó con admiración—.
El laird jugó un papel fundamental para que mi esposo y yo pudiéramos vivir tranquilos y felices.
Por eso, cuando vaticiné esta unión gracias a mi doble don, solo buscaba su bien.
—Aunque él no lo vio así. Todavía recuerdo su humor cuando mi hermano y yo los visitamos no hace tanto.
—Una joven de tupido cabello castaño y luminosos ojos azules la saludó con una inclinación de cabeza—.
En vista de que mi amiga está demasiado deslumbrada por vos como para presentarme, lo haré yo misma.
Soy Eithne MacSorley, a vuestro servicio.
—Me alegra conoceros, lady Eithne. Pero me temo que no soy merecedora de tantas atenciones. Yo…
Estuvo a punto de confesar que los motivos de ese enlace no tenían nada que ver con el bienestar de Caelen, a quien tanto parecían apreciar, pero el color lavanda de los ojos de lady Nara captó toda su atención.
Había visto antes unos ojos así, pero no en su hogar.
¿O sí?
La conocida sensación de vértigo regresó sin previo aviso. Ella se apoyó en la pared cercana e inspiró hondo.
—Freydis, ¿te encuentras bien?
Intentó enfocar la imagen de Isbeil, pero por mucho que parpadeó, estaba tan borrosa como el resto.
—Otra vez no…
Sacudió la cabeza y retrocedió para alejarse de todo el tumulto de invitados. Con un poco de suerte, alcanzaría la salida antes de caer de nuevo desmayada. Corrió hacia el exterior e inspiró hondo hasta que el sudor frío y el mareo desaparecieron.
Y solo entonces comprendió que se hallaba sola. Libre, al menos por unos instantes, para moverse por donde quisiera.
Siguiendo un impulso, corrió hacia las mazmorras. Cuando los vigías la vieron, intentaron detenerla, pero fue más rápida que ellos y se coló por el infecto corredor. No pretendía liberarlos. Era algo que, por el momento, estaba fuera de su alcance.
Solo quería verlos. Asegurarse de que Caelen había cumplido su promesa.
Pero cuando alcanzó las celdas, su sorpresa fue mayúscula.
Estaban vacías.