Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

—Mientes. Rurik se dejaría arrancar la piel a tiras antes de delatar a los suyos.

Los ojos azul verdosos brillaron con un destello de duda.

Ella no estaba segura de lo que afirmaba.

Y él conocía la verdad. Solo él, por el momento.

Estaba decidido a conquistarla. Tal vez, porque ella estaba decidida a rechazarlo.

—Te he desvelado una parte de mí que muy pocas personas conocen. No para que me veas como un alfeñique sin carácter, sino para que comprendas las razones que me han llevado a actuar como lo estoy haciendo.

—¿Como el conquistador que quiere masacrar al conquistado?

—Jamás consentiría que se hablara de nosotros en esos términos.

Soy tu laird . Tu señor. El hombre que un día se convirtió en tu prisionero y que nunca terminará de liberarse de tu influencia si lo aceptas como esposo.

Pero aspiro a que tú seas mi señora. Te has convertido en el sueño hecho realidad de forma literal.

—Tú… también para mí.

—Al fin lo reconoces. —Su cara se encendió por la vergüenza.

Estaba tan encantadora que le costó un mundo ignorar el hormigueo de sus dedos y no encerrarla entre sus brazos para terminar con esa resistencia estúpida a base de besos—.

De algún modo, el destino decidió unirnos antes de encontrarnos.

Debemos aprovecharlo. Descubrir qué significa esa conexión que sentimos cada vez que ocupamos el mismo espacio.

Cada vez que nos miramos, nos hablamos o nos rozamos.

Porque tú la sientes del mismo modo que yo.

—Dio un paso más allá y tomó sus manos entre las de él—. Tiemblas. No puedes evitarlo.

—Sería inútil negarlo.

—¿Qué hay de malo en aceptar algo así? ¿En reconocer que la atracción que sentimos por el otro sobrepasa cualquier intento de racionalizarlo?

Eres la mujer más intensa que he conocido.

La más arrojada y valiente, también. Testaruda, bella y muy peligrosa.

Cuanto más intento mantenerme lejos de ti, más ganas tengo de acercarme.

—Sus dedos comenzaron a masajear los de ella con círculos lentos, persuasivos—.

Santo Dios, no sabes cuánto deseo tenerte al completo. Sin propuestas absurdas de por medio.

—Si acepto, tendremos que…

—¿Consumar el matrimonio? ¿No era eso lo que querías de mí desde el primer momento?

—Contuvo la respiración y pegó su frente a la de ella.

Si no hubiera estado tan nervioso, examinando cada una de sus reacciones para interpretarlas, se habría reído de sí mismo—.

Todo lo que suceda después de la ceremonia será solo nuestro.

—Ese es el problema. Mi gente quedará fuera de todo esto.

—¿Los mismos que comparten tatuaje contigo? ¿O es que acaso compartís algo más, y por eso se ha convertido en tu más ferviente servidor?

—¡Él me quiere, igual que yo a él!

—¿Por qué? —Cuando ella intentó apartarse, él la aferró por el brazo casi con violencia—.

Estoy dispuesto a transigir con las preferencias de tu corazón.

No me importa que otro lo ocupe, siempre y cuando yo sea el primero en tu cuerpo.

¡Pero no voy a consentir que lo nombres siquiera en mi presencia! ¡No, antes de haberte escuchado!

¡Maldita fuera por siempre! Le hubiera encantado actuar con ella con frialdad, pero nunca había podido hacerlo. Ni siquiera cuando la vio por primera vez, encadenado en aquella cueva maloliente.

—Antes exijo conocer el estado de mis hombres —dijo Freydis con su habitual altanería—. Ya que no vas a permitir que los vea, dime al menos si se encuentran bien.

Hubiera dado buena parte de su fortuna por conseguir para él una mínima parte del cariño incondicional que destilaba cada una de sus palabras. De la preocupación genuina que demostraba por los suyos. Pero ya había comprendido que no había tesoro lo bastante valioso como para comprar su voluntad.

Ninguno, salvo aquellas monedas con el mismo emblema que tenía en el hombro.

—Se encuentran conformes con su situación —reveló a regañadientes.

—Esa es una respuesta ambigua —replicó ella, sin ceder ni un palmo.

—La única que te ofreceré hasta que yo haya obtenido las mías.

—Si hablo, ¿me prometes que ellos no sufrirán ningún daño?

—Prometido.

—¿Juras ante Dios que lo que escuches permanecerá en secreto y no saldrá de aquí?

—Me dejaré cortar la lengua antes que revelar tus secretos —afirmó, colocando una mano sobre el pecho con solemnidad—. Te doy mi palabra. Algo que tiene mucho valor.

—La acepto. Si después considero tu propuesta, ¿me prometes que seguirán sin sufrirlo, aunque no pueda verlos?

—Así será.

Se estaba quedando sin argumentos. Vio cómo se mordía el labio, luchando consigo misma, para terminar asintiendo.

—De acuerdo. El halcón es el emblema de una organización militar a la que pertenezco, destinada a proteger a nuestro rey de las intrigas que sacuden mi país.

—Ella inclinó la cabeza cuando se sentó en el borde del lecho, con la mirada perdida—.

Una estirpe que existe desde antes que el propio rey, formada por… niños.

—¿Niños?

—El hombre que nos arrancó de nuestras familias por orden real se llamaba Gunnar. Fue el mismo que se encargó de nuestra instrucción.

—Espera un momento… ¿Me estás diciendo que te separaron de tu hogar cuando eras una niña para formar parte de una especie de ejército oculto?

—Puedes creerlo o no, pero así fue. Yo era demasiado pequeña como para acordarme.

Y ellos se encargaron de borrar esos recuerdos para fabricarnos una identidad nueva, en la que no había cabida para nada que no fuera la lealtad incondicional a los dogmas de la estirpe, a los miembros que la conformaban y a la persona por la que daríamos la vida.

»Encerraron nuestros cuerpos y nuestras mentes hasta que estas solo fueron capaces de asimilar lo que las rodeaba.

Las órdenes de nuestros superiores. Las enseñanzas para convertirnos en guerreros invencibles.

Si alguna vez pensábamos que podía haber cabida para algo más, éramos severamente castigados.

Si osábamos desviarnos del camino que nos habían marcado con líneas de sangre, padecíamos horrores inimaginables que quedaban grabados para siempre en nuestra memoria.

Poco a poco, nos convertimos no solo en los protectores de Haakon, sino también de sus posesiones fuera de nuestra patria.

»Hace un tiempo, una partida de halcones fue enviada a Escocia con una misión: llevar hasta vuestro rey unos lingotes de oro, con el emblema de nuestro halcón grabado en ellos, con el fin de asegurar la paz entre los nuestros.

Pero antes de que consiguieran zarpar, alguien los descubrió.

Los masacró y se quedó con los lingotes.

—Y has venido a recuperarlos, acompañada por un grupo de vikingos que también son halcones… ¿Por qué en Jura?

—Porque hubo un superviviente que logró cruzar el océano para advertirnos. Él nos dio la identidad de la persona que se había quedado con los lingotes.

—¿Dugall?

Ella asintió.

Y todo comenzó a encajar de un modo casi siniestro.

Él había acudido a la llamada de su hermano, aferrándose a los lazos de sangre que les unían. Como consecuencia, Freydis y sus guerreros lo habían apresado…

—¿Pretendías utilizarme como moneda de cambio para hacerte con los lingotes? —preguntó con el corazón en un puño—. ¿Y, por el camino, querías convertirme en un semental para tus intereses?

—No esperaba encontrarme contigo, lo juro. Pero cuando supimos quién eras, la oportunidad se me presentó sola. Si Dugall MacSween seguía teniendo el oro, podría pagarlo como rescate… por ti.

—Pero él no tenía el oro, sino los mercenarios que nos atacaron poco después de que abandonáramos la aldea…

Caelen se tragó el resto del razonamiento. Era demasiado escabroso y retorcido como para considerarlo siquiera. Aunque lo consideró.

Seguro que su hermano estaba al corriente de su presencia en la isla. Pero, por algún motivo, no pudo acudir con sus tropas a ayudarlo en la emboscada… O no quiso.

¿Era posible que le hubiera mandado llamar precisamente para que cayera? ¿Que enviara a unos mercenarios para acabar con los vikingos, previo pago de unos lingotes convertidos en monedas, sabiendo que él se encontraba con ellos?

No. Ni siquiera alguien tan inteligente y calculador como Dugall podría haber preparado un plan tan enrevesado. Tan cruel. Contra los de su propia sangre…

—Debemos unirnos cuanto antes, Freydis —afirmó cuando el pánico a verla en peligro le recorrió las venas como la lava de un volcán—. Solo así podré protegerte.

—¿De tu propio hermano?

—Incluso de mí mismo si es necesario.

Cuando la miró, ella pareció entenderlo sin necesidad de palabras.

Por primera vez desde que se conocían, extendió una mano y acunó la mejilla barbuda entre sus dedos.

El corazón se le desbocó en el pecho. Por un glorioso instante, se permitió sentir la ternura que le transmitía. La comprensión y toda la fuerza que contenía como guerrera. Como mujer. Como alguien capaz de aceptar una parte de él que llevaba demasiado tiempo enterrada.

—No voy a contarte por qué en su momento te propuse tener un hijo… conmigo. —Los dedos femeninos acariciaron su barba, y él creyó desfallecer—. Conocerás mis motivos a su debido tiempo. Pero ahora… —Ella se humedeció los labios con la punta de la lengua—. Ahora solo te diré que sí.

—¿Que sí?

—Acepto tu propuesta. Seré tu esposa.

—Así que Freydis se ha defendido. —Cuando Sigrún examinó el brazo herido de Angus, que había acudido a su cabaña acompañando a Isbeil, no pudo reprimir un siseo de disgusto—. ¿Pero cómo se te ocurre acorralarla de esa manera, hombre?

—Eso mismo le he venido repitiendo durante todo el camino —añadió la muchacha con severidad—. ¡Se trataba de presionarla para que aceptara a mi hermano, no de iniciar una batalla campal!

—Soy más grande que ella. Un hombre y un guerrero. No tendría que haberme dado problemas…

—Ella también es una guerrera. Al parecer no tan grande, pero sí mucho más rápida, lista y de mente más fría que tú. —La anciana desoyó su gemido cuando comenzó a curarle el corte—. Da gracias a esa envergadura que te hace parecer un oso. De lo contrario, ahora mismo no tendrías brazo.

—No seas tan exagerada, vieja. El arma con la que me atacó era insignificante al lado de mi espada.

—Y tu espada hubiera sido insignificante al lado de la cólera del laird si llegas a tocarle un solo pelo —apuntó Isbeil con mordacidad—.

Date prisa con las curas, Sigrún. Todos los guerreros de la fortaleza van a ser necesarios en los días que se avecinan.

Caelen ha ordenado reforzar la vigilancia mientras se encarga de los preparativos.

—¿Preparativos? —La curandera olvidó la aguja y sujetó a la joven por los hombros—. ¿Eso quiere decir lo que creo que quiere decir? ¿Caelen le ha propuesto matrimonio?

—Después de que la hubiera descubierto husmeando en los aposentos del laird , no tuvo otra alternativa que aceptar quedarse a solas con él. No son precisamente discretos cuando discuten. Sus gritos, órdenes y protestas podían oírse en varias millas a la redonda —masculló Angus con una risilla.

—Igual que el acuerdo al que llegaron. Mi hermano lo ignora, pero este hombretón y yo permanecimos al otro lado de la puerta hasta asegurarnos de que podíamos traerte buenas noticias. ¡Van a casarse, como tú querías! ¿No estás contenta?

La anciana solo pudo asentir. Después, se dirigió hacia la salida con la mirada perdida en otros lugares, otros tiempos y otras circunstancias. Inspiró hondo cuando una ráfaga de viento le movió los cabellos blancos, y acarició las orejas de Gràr cuando este reclamó su atención.

—Estoy satisfecha, milady —afirmó, con la seguridad de que los dioses se habían aliado para que, al fin, todo empezara a encajar.