Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Nada podría haberla sorprendido más.

Por un instante, su cabeza fue incapaz de aceptar lo que acababa de oír. El silencio fue tan atronador que pensó que el corazón se le saldría del pecho si nadie hacía algo para remediarlo.

Por supuesto, fue el laird quien lo hizo.

—Angus, déjanos solos —ordenó—. Y ve a que Sigrún te cure ese rasguño. Espero que la próxima vez que se te ocurra enfrentarte desarmado a la señora del castillo, te lo pienses dos veces.

—Yo no soy…

—Ve, Angus. Y cierra la puerta al salir —insistió Caelen con autoridad.

No le prestó atención a ella hasta que se quedaron a solas. Y cuando eso ocurrió, deseó que el gigante no se hubiera marchado tan pronto. La expresión del laird era tan oscura como todo lo que pretendía transmitir con ella.

—Bien. Como veo que no has podido perder la oportunidad de intentar encontrar las monedas, aun a riesgo de que yo tome represalias, hablaremos aquí.

—¿Represalias? ¿Así llamas a la absurda proposición que acabo de escuchar?

—¿Absurda? ¿Así llamas al modo que he encontrado de que ambos tengamos lo que buscamos? —Él se apoyó en el dintel de la chimenea con un hondo suspiro—. Angus podría haberte matado.

—No lo hubiera hecho sin tu consentimiento. Es más fiel que Gràr.

—Tarde o temprano, ocurrirá. Porque encerrarte con los tuyos me parece algo demasiado benevolente como para llevarlo a cabo.

Y tenerte aquí conlleva riesgos, como el enfrentamiento con alguno de mis hombres o incluso con la servidumbre, que te ve como un privilegio andante.

Eso por no hablar del resto de habitantes de Knapdale, que ya te conocen de primera mano gracias al inoportuno desmayo.

Freydis sacudió la cabeza.

No podía ser verdad. No podía estar utilizando aquellas razones de peso para intentar…

—¿Casarme contigo? —¡Si incluso le costaba pronunciarlo!—. Es la solución más ridícula que he escuchado en mi vida.

—¿Acaso tienes otra que no implique tu libertad ni la de los tuyos?

—Él se volvió con una mirada penetrante que la hizo retroceder, como si mantuviera una presión física sobre ella—.

Todavía me duelen las muñecas por la cuerda que las amarró, gracias a ti.

No pidas más consideración de la que mereces.

—De modo que sería una especie de penitencia por haberte apresado.

—Puedes verlo como gustes. —Aunque parecía resentido, su rostro solo expresaba… ¿anhelo?—. Comprendo que la propuesta te haya sorprendido. Para serte sincero, ni yo mismo me creo que te la haya hecho.

—¿Sincero? Nunca lo has sido conmigo. Y tendrás que empezar a serlo si quieres que acceda.

—No tienes otra opción.

—Puedo negarme. Para siempre —añadió muy despacio—. Y entonces, ¿qué harás conmigo? ¿Ejecutarme? ¿Entregarme a tu hermano? ¿Al rey de Escocia? ¿Correrán mis hombres la misma suerte? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Dónde están y cómo se encuentran?

—No te conviene hacer tantas preguntas.

—Seguiré haciéndolas acerca de todos en general y de Rurik muy en particular. —Ante la sola mención del vikingo, Caelen apretó los dientes por la rabia; la sonrisa de Freydis se acentuó—. Es mi hombre de confianza.

—No volverá a serlo. Nunca. —Él la aferró por los hombros con autoridad—. Y tú jamás podrás cumplir tus objetivos si no accedes.

Aunque le costara la misma vida reconocerlo, tenía una parte muy grande de razón.

Y alguna ventaja en la que ni ella misma había pensado.

Si se convertía en su esposa, sería la dueña de todas las estancias de aquella fortaleza como su señora.

Obtendría una posición de privilegio que le permitiría liberar a los suyos al menos.

Además, sería una oportunidad única para obtener lo único que pretendía de él: un hijo.

Cuando se asegurase de estar encinta, le escupiría a la cara todas las razones que le habían llevado a ello y regresaría a su hogar para siempre, con el niño de ambos.

—Tú tienes algo que yo ansío, y que no tiene nada que ver con su valor material —le espetó.

—Te aseguro que tú también tienes algo que yo ansío. —Lo que leyó en su mirada la dejó clavada en el suelo. Con el pulso latiendo en cada rincón de su cuerpo y la respiración acelerada—. Estás pálida.

—No quiero que me mires así. Como me miró Sigrún justo antes de que me desvaneciera.

—Nada más lejos de mi intención provocar un nuevo desmayo que te haga ser consciente de tu condición vulnerable. No te odio. Por mucho que haya intentado hacerlo, nunca lo he conseguido.

—¿Y por eso quieres atarme a ti para siempre?

—¿Te sentirías atada a mí si accedieras a nuestro matrimonio? ¿Tú, una vikinga cuyas creencias son cristianas, pero permanecen arraigadas a sus dioses paganos? No me extrañaría que ahora mismo afirmaras que, para ti, esa unión no sería válida.

—Es que no lo sería.

Se vio tan sorprendida cuando él la enlazó por la cintura y la besó, que no pudo evitarlo. No fue un beso apasionado, pero sí destinado a hacerla comprender por otros medios, cuál sería su lugar si al final se convertía en su esposa, fuera por el rito que fuese.

—No me importa el método, pero sí el resultado —le susurró cuando la apartó de él, como si en realidad no hubiera alterado hasta la última de sus terminaciones nerviosas—. Aunque comprendo que lo que te pido es demasiado, y que deberé ofrecerte algo a cambio.

—¿Respeto?

—Y honestidad. —Él le dio la espalda de nuevo—. No pienso repetir ciertos errores…

—Ella, sin duda, lo fue.

—¿Sabías que existía alguien? —preguntó él, con la boca abierta—. Claro, cómo no. Tu amistad con mi hermana tiene sus riesgos, y este es solo uno de ellos. Bien, supongo que tarde o temprano tendrías que enterarte de su existencia. De lo que hizo y de cómo me dejó.

—¿Tanto la… amabas?

—Eso creía. Hasta que la descubrí enredada con mi hermano, en una situación, digamos… comprometida para los tres —respondió, con una sonrisa que le puso todo el vello de punta.

—¿Dugall te arrebató a tu novia?

—No solo eso, sino que una vez lo consiguió, perdió todo interés en ella. Marjorie se deshizo en disculpas hacia mí, esperando seguramente que volviera a aceptarla para hacerla mi esposa. Me juró una y mil veces que solo había ocurrido en una ocasión y que jamás volvería a repetirse, pero yo…

—Te comportaste como un hombre defensor de su honor.

—Ella tomó su brazo y tragó saliva. No podía soportar el sufrimiento que veía en los ojos grises, pero tampoco el ataque inesperado de celos que eso le provocó.

Porque, por un instante, deseó ser la destinataria de todas esas emociones que hacían temblar al escocés—.

No tenían derecho a humillarte de esa forma. Ninguno de ellos.

—Pero lo hicieron. Delante de buena parte de la nobleza escocesa que acudió al evento, invitados por mi padre, que aún vivía.

Ninguno de ellos presenció cómo ella se entregaba a Dugall, ni la sonrisa petulante de mi hermano cuando descubrió mi presencia.

Justo antes de fingir arrepentimiento y bajar las faldas de mi prometida hasta los tobillos, de donde nunca debieron ascender con otro que no fuera yo.

—Casi no pudo escuchar su respiración, demasiado serena para la importancia de lo que le estaba contando, cuando elevó una mano y rozó sus rizos rubios con las yemas de los dedos.

Como si quisiera grabarse cada detalle de su cabello—.

Gracias. No suelo hablar de esto con nadie.

Pero sí con ella.

Sintió una extraña opresión en la garganta que solo se iría llorando de emoción. O besándolo hasta borrar de su rostro esa expresión de derrota.

Quería verlo de nuevo desafiante. Con esa socarronería que parecía ir con él, aunque solo fuera para mortificarla. Dios, echaba de menos su media sonrisa, sus palabras afiladas provocándola, sus dobles sentidos, sus insinuaciones…

El hombre que tenía delante, cabizbajo, parecía una sombra de sí mismo.

—Yo también te agradezco ese ataque de sinceridad. —Con un carraspeo, ella rechazó la caricia y se apartó—. De esa manera, he podido ver tus puntos débiles.

—¿Tal y como yo he visto siempre los tuyos, vikinga?

Bueno, al menos el brillo socarrón regresó a sus ojos, aunque todavía parecía triste. Abatido. Luchando consigo mismo por permanecer tan fuerte como ella.

Sí. Al final iba a ser cierto que se parecían mucho más de lo que creían.

—Sigo sin entender la razón por la que, después de lo ocurrido, acudías en ayuda de un hermano traicionero cuando te interceptamos —murmuró—. Ninguno de ellos se merecía tu consideración.

—Consentí en que Marjorie regresara a su hogar a pesar de que, con esa decisión, no solo encubría lo que había hecho con Dugall, sino que me presentaba como un auténtico pelele.

Después de aquello, mi hermano solo lo fue de nombre.

Tomó posesión de las tierras que el rey le otorgó y, desde entonces, se dedica a administrarlas según un criterio que desconocía.

Hasta que, un buen día, decidió pedirme ayuda para defenderse de los nórdicos.

Se la presté, porque creo firmemente que no se puede vivir mucho tiempo dominado por el rencor.

Pero no te confundas —afirmó, con el ceño fruncido—.

Contigo las cosas funcionarán de otra manera.

Nos casaremos con todas las de la ley. La escocesa y la divina.

Asistirán los nobles más importantes del momento.

A partir de ese día, te convertirás en mi esposa. Pero también en mi compatriota.

Sería el golpe de gracia a su identidad como vikinga. Como miembro de la Estirpe.

Traicionaría cada uno de sus mandatos. Y con ello, pondría en riesgo su propia vida y la de aquel bruto que se empeñaba en ganársela respondiendo a sus desaires con una consideración inquebrantable.

—¿Por qué? —preguntó, inmersa en sus pensamientos—. ¿Por qué sigues reteniéndome contigo, cuando podrías entregarme a la autoridad real o al señor de Jura?

Caelen la tomó de los hombros y se inclinó hasta que sus miradas estuvieron a la par.

—Porque me has demostrado de mil maneras distintas que tú también lo deseas —respondió con la voz queda—.

Porque, aunque afirmé que, desde lo de Marjorie, me he limitado a utilizar a las mujeres para satisfacer mis necesidades, acabo de descubrir que quiero satisfacer las tuyas por encima de todas las demás, muchacha…

Pero, sobre todo, porque mi confesión ha servido para que tú inicies la tuya.

Es tu turno, Freydis La Vikinga. Quiero que me hables de ese halcón que tienes en el hombro.

El mismo que tiene tu adorado Rurik. Y te lo advierto: sabré si me mientes, porque él ya ha hablado.