CAPÍTULO 23
En cuanto la dejó sola en las cocinas, inspiró hondo y siguió apoyada en la mesa. Hasta que las piernas recuperaron la fuerza para sostenerla y su mente, la claridad de ideas necesaria para aprovechar la oportunidad que se le presentaba.
Contaba con un tiempo escaso, pero valiosísimo si sabía usarlo bien.
Cuando Mary y el resto de las sirvientas volvieron a sus sitios, ella murmuró unas palabras y se escabulló en dirección a sus aposentos.
Apenas empleó un par de minutos en limpiarse los restos de harina y ponerse, sin ayuda, uno de los vestidos que Isbeil le había cedido.
Ya hablaría más tarde con ella, aunque solo fuera para disculparse.
Conociendo a su hermano y el estado de furia contenida en el que se había presentado en las cocinas, era probable que la hubiera pagado antes con ella.
Y no se lo merecía.
Al igual que ella tampoco se merecía la actitud huraña de aquellas gentes, pensó.
Sí, no estaba sorda. Había escuchado a las mujeres cuando afirmaban que se había convertido en la amante del laird .
A los guerreros, reclamando su parte entre comentarios groseros, por considerarla un botín de guerra.
Ninguno de ellos había tenido el coraje suficiente como para exponérselo a Caelen, pero tampoco estaba segura de que no hubiera llegado a sus oídos.
Solo así podría explicar su inesperada irrupción en las cocinas. Sus exigencias implacables, después de que los dos se quedaran solos… Y esa silenciosa y sensual presión.
—¿No era eso lo que querías? —le preguntó a la imagen del espejo—. ¡Si deseas quedarte encinta para que tus planes se cumplan, tendrás que tolerar un mínimo de contacto físico!
Tolerar no era la palabra. Lo que le ocurría a su cuerpo cuando él la tocaba era mucho más que una mera reacción. Se olvidaba de sí misma, con todas las consecuencias.
Debía cambiar de estrategia si quería conservar al menos su dignidad de guerrera y preservar su corazón de más ataques como el que acababa de sufrir.
Pero antes tendría que hacerse con la totalidad de las monedas de oro en las que, al parecer, se habían convertido los lingotes que habían ido a buscar.
O, al menos, gran parte de ellas. Y eso suponía una cantidad bastante mayor que la que había logrado ver dentro de la bolsa que Caelen había recuperado.
Si se retrasaba demasiado, el escocés comenzaría a sospechar, así que decidió comenzar por sus propios aposentos. A pesar de no haber entrado nunca en ellos, sabía dónde se encontraban.
Cuando franqueó la puerta de las dependencias privadas del laird y cerró a su espalda, soltó el aire de golpe con alivio. No parecía que nadie la hubiera visto.
Registró los puntos más importantes de la estancia con una sola mirada: el enorme lecho, que le produjo un incómodo cosquilleo entre los muslos al recordar el modo en que él la había seducido en las ruinas, no sería un buen escondite, sin duda.
Tampoco el pequeño cofre que se hallaba sobre la repisa de la chimenea apagada y que ni siquiera se molestó en registrar.
Sin embargo, el baúl que permanecía a los pies de la cama, junto a un pequeño escritorio con dos cajones a cada lado, llamó su atención.
Caelen guardaría allí su ropa, seguro. Y parecía lo bastante hondo como para guardar también otras cosas de mucho valor. Después, si no hallaba lo que buscaba, se encargaría del escritorio.
Se dirigió hacia el mueble, pero no hubo dado dos pasos cuando la puerta se abrió de par en par y el enorme Angus ocupó todo el hueco. Su expresión era feroz, pero sus ojos brillaban de un modo que le provocó desazón en cuanto se fijó en ellos.
—No deberías estar aquí, chica —apreció, antes de acercarse y volver a cerrar—. Si el laird se entera de que pretendes husmear entre sus cosas, tendrás problemas.
—¿Por qué piensas que pretendo husmear? —Le hizo frente, pero se desplazó hacia su derecha para intentar apoderarse del raspador utilizado para romper el sello de lacre de las misivas, que acababa de ver sobre el escritorio.
Si aquel animal con piernas intentaba algo, podría defenderse—.
Además, no creo que te importe demasiado que yo me meta en problemas.
A no ser que tengas miedo de que te arrastre conmigo, cerdo escocés.
—Oh, qué boca más encantadora. ¿Usas ese lenguaje tan fino también con el señor? —Poco a poco, una sonrisa desagradable se fue dibujando en la cara barbuda del lugarteniente, que siguió acercándose a ella—. Porque, si no es así, alguien debería enseñarte modales.
—¿Y ese alguien vas a ser tú? —Por fortuna, Angus no pareció percatarse de que ya sujetaba el raspador a su espalda, esperando el mejor momento para usarlo—.
Apestas a cerveza. Estás sucio y te tambaleas.
Dime, ¿qué opinará tu señor cuando compruebe el estado en el que te encuentras y vea lo que pretendes hacer conmigo?
—¿Hacer? A estas alturas, nadie que viva en esta fortaleza o sus alrededores, y que esté en su sano juicio, pretendería hacer nada con una gata salvaje como tú.
Excepto Sigrún y lady Isbeil, claro. A ellas las has embrujado con esa magia negra nórdica que todos los tuyos habéis traído —la acusó cuando elevó las manos—.
¿Ves? Vengo desarmado. No me hará falta nada más que lo que llevo puesto para darte una lección acerca de lo que ocurre en las tierras de los MacSween cuando eres sorprendida a punto de robar en las dependencias del laird .
—Tendrás que probar tus acusaciones antes. Ese laird que nombras con tanta alegría presume de ser un hombre justo.
—No tendrá inconveniente en seguir siéndolo, cuando le muestre eso que escondes en la espalda. Dámelo.
—No.
—Si sabes lo que te conviene, muchacha, me lo darás por las buenas…
Así que creía que se había apropiado de un objeto de valor.
Por un instante, se preguntó si aquel gigantón patoso estaba al corriente de que su amo guardaba nada menos que un tesoro que había sido robado a la estirpe, pero en cuanto apreció su gesto, supo que eso hubiera sido demasiado para alguien de su limitada inteligencia.
Sin embargo, sí poseía fuerza. Tanta, que podría reducirla con esa mano que permanecía extendida delante de ella sin apenas proponérselo. Debía actuar rápido si quería salir airosa, así que inclinó su cabeza hacia un lado y fingió observarlo con detenimiento.
—Si lo quieres, tendrás que quitármelo tú mismo —le provocó.
Angus no se lo pensó. Con un gruñido, se abalanzó sobre ella. Freydis le clavó el raspador en el brazo, justo cuando estaba a punto de alcanzarla. Después, rápida como un gamo en plena huida, se escurrió por debajo y corrió hacia la salida…
Aunque no llegó a alcanzarla. De repente, Caelen apareció frente a ella. Alto, poderoso. Como un dios a punto de impartir justicia.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
—¡Esa mujerzuela que tenéis con vos me ha atacado! —Angus elevó el brazo ensangrentado y el arma—. Escuché ruidos sospechosos en vuestras dependencias y, al ver que vos os encontrabais en el Gran Salón, decidí comprobar que todo estaba en orden. ¡Pero me la encontré hurgando entre vuestras cosas!
—¿Qué esperabas? ¡Es una cautiva con demasiada libertad como para no intentar huir!
Freydis no daba crédito a lo que estaba oyendo.
¡En lugar de defender a su hombre, la estaba justificando! ¡A ella!
Abrió la boca, estupefacta, pero la mirada del escocés se la cerró de golpe.
Sabía lo que estaba buscando. Le advertía que se mantuviera en silencio, o habría graves consecuencias. Todo sin pronunciar una sola palabra.
—¡Esa mujer está sembrando la inquietud, mi laird ! —exclamó Angus, sacándose el raspador del brazo sin apenas inmutarse—. ¡Hoy, sin ir más lejos, dos de nuestros mejores hombres tuvieron que ceder a las peticiones de lady Isbeil, provocadas por esta bruja!
—Lo sé.
—¡Y por si eso fuera poco, dos campesinos tuvieron que traerla en su carro lleno de paja, porque decidió desmayarse!
—Lo sé.
—Los hombres del norte amenazan nuestras fronteras. Debemos permanecer alerta, mi laird . ¡Pero su presencia en el interior de la fortaleza solo aumenta nuestros problemas!
—Lo sé —repitió él por tercera vez, con su mirada clavada en ella y mil pensamientos pasando por su cabeza—. Lo cierto es que ninguna de las dos partes estará a salvo hasta que esta mujer no tenga un lugar definido. Pero no serás tú quien se lo dé, sino yo. No volverás a tocarla.
Angus inclinó la cabeza a duras penas.
—Mi laird , sabéis que daría mi vida por vos. Nunca os faltaría al respeto, pero ¿por qué debería obedecer, si ella representa un peligro de semejantes proporciones para todos?
Solo entonces Caelen desvió su atención.
—Porque va a ser mi esposa.