Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

—Entonces, ¿qué tengo que hacer ahora?

Mary, la horonda cocinera, la miró con una mezcla de resignación y cansancio, y le pasó la masa de pan.

—Seguir amasando, milady … o como tenga que llamaros.

—Entiendo tu confusión. —Ella sonrió, solo para disimular la incertidumbre que la había perseguido desde que, hacía tan solo un par de horas, se había despertado en su prisión, ya que se negaba a llamarla de otra manera.

Rememorando paso a paso todo lo que la había llevado allí, para su completa vergüenza—.

Imagino que el laird no os ha explicado cuál es mi condición.

—No ha hecho falta. Todos aquí conocemos esa condición. La misma que la de los hombres que están en los calabozos.

Freydis sacó las manos de la masa que moldeaba con todas sus energías, con la intención de que Caelen la viera y se enfureciera. Y si no, siempre podría disfrutar de algo de libertad, que aprovecharía para buscar el oro en cualquier dependencia de aquella fortaleza, antes de que él regresara.

—¿Sabes qué ha sido de los prisioneros? —preguntó, sin ocultar su ansiedad—. ¿Se encuentran bien? ¿Podría hacer algo para verlos?

—Solo si el laird lo decide —respondió Mary con expresión huraña, antes de limpiarse las manos en el delantal—. Por ahora, conformaros con seguir mis instrucciones, o nadie podrá comer pan, incluida vos.

—De acuerdo. ¿Qué debo hacer cuando la masa esté lista?

—Meterla en el horno y aguardar a que se haga en él. Aunque imagino que para entonces mi señor ya habrá notado vuestra ausencia y estará ladrando órdenes a cada paso para encontraros, así que no debéis preocuparos. La parte del horno será cosa mía.

—¿Y por qué me miras con esa inquina? ¿Por qué lo hacéis todas? —añadió, incluyendo al resto de las siervas que se encargaban de la comida.

La cocinera soltó el aire por la nariz y la observó con los brazos en jarras.

—Porque vos y los vuestros asesinaron a un puñado de hombres que solo obedecían las órdenes de su líder.

Porque esos hombres tenían familia. Mujeres, hijos, madres, que nunca más volverán a verlos con vida, y que ni siquiera han podido enterrarlos como es debido.

—Con los ojos entrecerrados, se acercó a ella, rodillo en mano—.

Porque formáis parte de los invasores que nos quieren arrebatar mucho más de lo que ya nos han quitado, y jamás nos devolverán.

Y mientras vuestros hombres permanecen en las mazmorras, vos disfrutáis de un trato privilegiado.

De total libertad por las estancias de la fortaleza.

E incluso os permitís el lujo de pedirme que os enseñe cómo hacemos el pan, sabiendo que no puedo negarme, por lealtad a nuestro laird …

—Que es también el suyo. Apártate, Mary. Me parece que no estás en condiciones de seguir mostrándole sus límites. Dejadnos solos, por favor.

Las mujeres se sobresaltaron al escuchar la voz queda, pero firme, de Caelen.

Plantado en la puerta, convenientemente vestido, con su cabello peinado en una coleta baja y la barba recortada, estaba aún más atractivo que la última vez que lo había visto.

Si no fuera por aquella mirada tormentosa, que consiguió que la cocinera soltara el rodillo y murmurara una disculpa antes de marcharse junto con el resto, habría disfrutado observándolo. Sin pensar.

Pero Mary había dejado en ella un montón de remordimientos que, hasta aquel momento, le eran ajenos por completo.

—Veo que te has recuperado —le dijo. De pronto, el vestido lleno de harina que llevaba no pareció suficiente protección contra él.

—No fue un incidente. Fue… otra cosa.

—De cualquier modo, no lo bastante grave como para mantenerte en tu lugar. Isbeil ha estado a punto de pagar las consecuencias de tu desafío. Eso por no hablar de los vigías que no estaban donde yo ordené.

—Ellos no tienen la culpa. ¡Ninguno de ellos! —Ella levantó el mentón con orgullo; su corazón comenzó a temblar. No podría soportar que más desgracias cayeran sobre su conciencia—. Si quieres castigar a alguien, aquí me tienes.

—Media fortaleza te estaba buscando, pero ahora que te he encontrado, podrán seguir dedicándose a sus tareas, que incluyen, por supuesto, mantener el grado máximo de alerta.

Ya sabes, pueden venir más de los tuyos.

—Se acercó a ella poco a poco. Con una expresión indescifrable en el rostro.

Hasta que el trasero de Freydis presionó contra el borde de la mesa y lo tuvo a medio palmo de distancia—. Estás sucia.

—Espero que eso os complazca, mi señor —replicó con toda la intención de que surtiera el efecto contrario.

Caelen no respondió. Su atención se centró en un punto concreto de su mejilla que repasó con el pulgar con mucha lentitud. Ella contuvo el aliento por aquella caricia tan inesperada, y él sonrió.

—Así está mejor. ¿Me vas a contar qué pasó? ¿O vas a permitir que otros paguen por tus errores, como ocurrió con mis hombres y conmigo?

Hablaba con una calma letal que la puso en guardia. Debía ceder en una parte, para asegurarse de que no la encerraba, o el caos sería absoluto.

—Quería salir de la habitación. Me ahogaba en ella. Tú me entenderás —añadió, correspondiendo a su caricia con un dedo resbalando por su mentón cuadrado—. Eres guerrero, como yo. Amas los espacios abiertos. El sol, la lluvia y el viento golpeándote la cara…

—Pero odio la traición. Y aborrezco los actos impulsivos que carecen de toda lógica. Como los tuyos. —Él atrapó su mano—. No vas a poder escapar de mí.

—Si hubiera querido hacerlo, no me habría marchado con tu hermana, ¿no te parece? Eso no hubiera estado a mi altura. Pero quería averiguar por qué me había traicionado. Qué relación la unía contigo. Con tu familia.

—¿Y qué te contó la vieja chismosa? ¿Fue ese el motivo de tu desmayo? ¿O es que acaso… estás enferma?

—Detecto preocupación en tu voz, laird . Ten cuidado. Tu gente podría darse cuenta de que te importo más de lo que estás dispuesto a demostrar.

—Consigues alterarme más de lo que deberías.

—La mano masculina se enroscó alrededor de su cuello con la velocidad del rayo, pero solo la mantuvo sujeta, mientras decidía si apretaba o acariciaba—.

Sí, claro que me importas. Lo reconozco y lo asumo.

Por eso quiero saber qué te dijo Sigrún, o qué hizo, para que te mostraras vulnerable en territorio enemigo con un simple desvanecimiento.

—Cantó.

—¿Cantó? ¿Y lo hizo tan mal que preferiste quedar a merced de cualquier aldeano que quisiera tomarse la justicia por su mano, antes que regresar con mi hermana o incluso marcharte para siempre?

—No. Solo… perdí el conocimiento. Como sucedió en la aldea masacrada.

—Él enarcó una ceja—. Si no me crees, puedes preguntar a Isbeil.

¡Ella estaba conmigo! ¡No sucedió nada más!

Lo siguiente que recuerdo es despertar sola, en esa jaula que tan bien has diseñado para mí, con hambre.

Por eso bajé a la cocina. Y cuando vi a Mary amasando pan, quise…

—¿Aliviar tu curiosidad de vikinga guerrera? —Al fin abandonó su cuello para pasar a sujetar sus manos—. ¿Pretendes hacerme creer que has querido acercarte a aquellos a quienes has arruinado con tu emboscada?

—¡La guerra es así! ¡Los guerreros estamos entrenados para matar o morir, y lo sabes!

—Pero ni ella misma comprendía esas lágrimas que, de pronto, se agolparon en sus ojos cuando escuchó las recriminaciones de Caelen y su dureza.

Desvió su mirada de la de él antes de quedar de nuevo en evidencia, hasta que recuperó el dominio de sí misma—.

Puede que no tenga manos de sierva, ni tampoco soltura amasando pan, ¡pero mientras me encuentre bajo tus cadenas, atacaré tu conciencia del único modo que se me permite!

—Así que se trata de eso. En lugar de aprovechar las ventajas que Mary tan bien te ha señalado, te empeñas en intentar enfurecerme.

—Todo lo que preparaste para mí es superfluo. ¡Jamás lograrás desprenderme de lo que soy! ¡Nunca te ganarás mi respeto, de la misma manera que yo no aspiro a ganarme el tuyo! ¡Ni me arrancarás una palabra envolviendo tus verdaderas intenciones en seda, calor y buena comida!

—No es eso lo que pretendo. Lo cierto es que me excitas tanto con la ropa de tu tierra como con la de la mía. Este atuendo te hace parecer menos nórdica. Te transforma en alguien a quien me cuesta ver como una enemiga.

—Pero sigo siéndolo. —La mirada de Caelen se volvió más intensa, casi de posesión física. Ella elevó todavía más el mentón —. ¡Disfruto de la compañía de la servidumbre, porque soy consciente del daño causado y necesito repararlo de alguna manera!

—¿Que disfrutas…? ¿Que quieres reparar…?

—¡Sí! —replicó, sabiendo a la perfección que, por algún extraño motivo, el recordatorio de su situación le ofendía—. Al contrario que tú, yo no estoy hecha para la soledad.

—Estás hecha para sentir, aunque te empeñes en negarlo.

Freydis se quedó sin argumentos. Contemplando el rostro tenso, pero a la vez sereno, que tenía delante, inclinándose sobre el suyo, hasta que sus bocas estuvieron a punto de tocarse.

A punto.

Porque él detuvo su sensual avance y se dedicó a recorrer cada rasgo de su cara con una mirada abrasadora que se quedó clavada en sus labios.

Ella recibió el mensaje alto y claro: aceptaba sus explicaciones. Comprendía su angustia, mezclada con esa ira que la estrangulaba con lágrimas que no derramaría. Estaba decidido a reclamar toda su atención… y lo consiguió.

Se olvidó del pan en cuanto apoyó el trasero en el borde de la mesa, a su lado, y le sujetó la cara con una mano. Sin dejar de mirarla a los ojos, inclinó la cabeza sobre sus labios, pero se detuvo unos instantes.

Le estaba dando la oportunidad de retirarse. Una oportunidad que ella rechazó en cuanto le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí.

Comenzó a derretirse debajo de él cuando su boca caliente y delicada se posó sobre la suya. No era ella quien le acariciaba la cara, le pasaba los dedos por el pelo y se abandonaba a su beso. Profundo, embriagador y muy lento.

«¡Detenlo ahora!».

Ignoró a su conciencia y dejó que él se colocara sobre ella cuando la empujó sobre la superficie de la mesa. Rodeó su cintura con las manos y, a continuación, le masajeó la cadera con mucha lentitud.

—¿Quieres que reconozca que te he echado de menos?

—murmuró—. Te he echado de menos. Porque desde lo sucedido entre nosotros, no puedo apartarte de mi cabeza ni un instante.

No doy un maldito paso sin pensar en ti, y al mismo tiempo procuro alejarme de tu influencia con todas las armas que tengo a mi alcance.

A la vista está que son insuficientes, vikinga, porque al final he vuelto a ti.

Con el torso pegado a sus pechos, ella podía notar incluso cómo le palpitaba el corazón. La fuerza de su cuerpo y la intensidad de su pasión comenzaron a abrumarla.

Dios, nunca había experimentado un deseo tan poderoso, con tantas ganas de perderse en él, pero de repente, su fuerza de voluntad apareció en medio de esa bruma espesa.

—¡Caelen! —dijo con voz entrecortada, empujándolo hacia atrás.

—Freydis —respondió él con un jadeo.

—Quiero que pares. Lo necesito. Por… favor.

Él levantó la cabeza y la miró. Tenía las pupilas dilatadas, pero poco a poco pareció entrar en razón. Apartó la vista y se puso en pie.

—Ve a cambiarte. No quiero verte como si me sirvieras, porque jamás será así. Pero tampoco esperes verme arrodillado delante de ti, salvo para saciar todo lo que ocurre entre nosotros —ordenó—. Cuando termines, reúnete conmigo en el Gran Salón. Tenemos que hablar.