CAPÍTULO 21
Freydis había desaparecido de sus sueños.
Había ocurrido a la vez que ocupaba una pequeña parte de su fortaleza… Y una muy grande de su cabeza, sus pensamientos y su tiempo.
Rememorar su cuerpo abriéndose para él, confiando en él, lo tenía embobado. Más alterado de lo normal. Porque todo tenía que ver con ella. Tanto sus puntos fuertes como sus debilidades.
No había hecho bien en tomar la decisión de despojarla de parte de su identidad.
Lo sabía, y aun así, se veía incapaz de hacer nada para remediarlo, salvo descender a las mazmorras, dispuesto a sonsacar información a los vikingos que las habitaban.
Los prisioneros estarían lo bastante devastados como para no oponer demasiada resistencia.
Y necesitaba la información para enfrentar a su prisionera.
Con todas las consecuencias.
—Mi laird , no esperábamos veros por aquí.
Los dos guerreros que permanecían haciendo guardia se pusieron en pie de un salto para saludarlo.
Caelen les correspondió con una sonrisa cansada.
—Después de asegurarme de que todo marcha bien en cada cabaña, cada familia y cada barco de pescadores, he decidido que es hora de encargarme de ellos.
—Si podemos ayudaros en algo, lo haremos gustosos —afirmó uno de los vigilantes—. Incluso nos encargaremos de la vikinga cuando ordenéis. Esos de ahí dentro no dejan de preguntar por ella.
—Espero que no se os haya soltado la lengua.
—Somos tumbas, mi laird —concluyó el otro—. Pero el más corpulento, el pelirrojo, no para de darnos problemas.
—Es cierto, mi laird . Parece enamorado de la vikinga.
Los dos rieron la broma, pero él sintió una desagradable opresión en el estómago que lo asustó. Sí, Porque empezaba a despertar emociones que creía enterradas. Y era algo que no podía permitirse.
—Que uno de vosotros me traiga a Angus. Lo necesitaré —ordenó, camino a la única celda donde se encontraban todos los vikingos, hacinados como animales.
No pudo evitar un pinchazo de remordimiento cuando el otro guerrero abrió la puerta y, al acercar una antorcha encendida, los vio.
El lugar apestaba y la humedad se le metía en los huesos, pero si esperaba encontrarse hombres derrotados, lo primero que le recibió fue una mirada fiera y un gruñido, seguido del sonido de cadenas arrastrándose.
—Rurik.
—Veo que te acuerdas de mi nombre, cerdo escocés —respondió el vikingo con un susurro lleno de cólera contenida—. Solo espero que Freydis siga con vida, porque si me entero de que has tocado un solo pelo de su cabeza, iré a por ti…
—Siento desilusionarte. En primer lugar, no podrás ir a ningún sitio en tus circunstancias.
Y en segundo… —El fantasma de unos celos que jamás había sentido le nubló el entendimiento, hasta el punto de acercarse al oído del prisionero, al mismo tiempo que vigilaba al resto—.
En segundo, nunca forzaría a mujer alguna.
Por el momento no lo necesito. ¿Podrías tú decir lo mismo?
Se apartó a tiempo de evitar una patada, con una retorcida sonrisa de satisfacción, que permaneció en su cara cuando Angus apareció.
—Mi laird , ¿me llamabais?
—Sí, Angus. Espero que no estuvieras muy ocupado, porque necesito de tu apoyo y del de estos dos —añadió, señalando a los vigías.
—Solo estaba entrenando a ese puñado de viejas decrépitas que tenéis por ejército, milord —se mofó—. Pero sin duda, esto resultará mucho más interesante.
—Intenso, diría yo. —Sin que mediara palabra, estampó el puño en su mandíbula.
Se lo merecía. Por no olvidarse de Freydis.
Por pensar en ella tal y como lo hacía él.
Pero sobre todo, por amarla y ganarse al menos su afecto de compañera incondicional—.
Angus, arrástralo hasta el jergón. Vosotros, aseguraos de que los demás no suponen amenaza alguna para nosotros.
Ni siquiera pudieron resistirse como les dictaba el orgullo cuando los escoceses los empujaron a un rincón, amontonándolos como si fueran un saco de estiércol, mientras observaban cómo Caelen tiraba de la camisa de Rurik con tanta fuerza que la rasgó a la altura del hombro.
Un precioso halcón con las alas extendidas tatuado en su hombro le enfrió la sangre, hasta casi convertirla en hielo.
—Tú también… —murmuró, con la tea bien cerca, para asegurarse de que sus ojos no lo engañaban—. ¿Qué significa?
—Te gustaría saberlo, ¿eh, escocés?
Había traspasado la fina línea de su contención con aquella sonrisa tan socarrona como su pregunta. Volvió a golpearlo y se abalanzó sobre él con el puño en alto.
—No me gustan algunos métodos de tortura demasiado físicos y contundentes, según mi punto de vista —afirmó, con un tono de voz quedo, pero más escalofriante que cualquier grito.
Tiró de él y volvió a sentarlo, con su cara tan cerca que podría haberlo derribado de nuevo con un simple soplido—.
Por eso no suelo utilizarlos. Destrozan a la víctima, y al final no sabes si confiesa por puro instinto de supervivencia o porque realmente dice la verdad.
Sin embargo, puedo presumir de usar otros medios, mucho más sutiles y menos invasivos en el cuerpo de mis presos.
Acababa de diseñar en su mente un nuevo plan que esperaba que resultase.
Con un gesto de seguridad, señaló a Angus, que le mostró los puños.
—Él será la alternativa. Y créeme, no tendrá los miramientos que ahora mismo tengo yo contigo —añadió, encogiéndose de hombros al ver destellar la duda en los ojos del vikingo—. Voy a repetir la pregunta: ¿qué significa?
—No voy a decírtelo, aunque me arranques el corazón —replicó este con vehemencia—. He sido entrenado para sufrir cualquier clase de tormento que puedas imaginar. Todos lo hemos sido. Te resultará muy difícil averiguar nada a través de mí, antes de matarme.
—¿Eso piensas? Hay una manera infalible, sucio nórdico. Sin golpes. Sin sangre. Directo a la parte más débil de ti, que me has mostrado sin pretenderlo.
En el mismo momento en que Rurik lo miró con los ojos desorbitados y comenzó a sacudirse con rabia, supo que le había entendido.
—No estoy orgulloso de lo que voy a hacer, pero no me queda más remedio. —A continuación, se acercó a Angus y le susurró algo al oído—. Encárgate de que mis órdenes se cumplan a rajatabla. Pero solo cuando yo lo estime conveniente. Ni antes ni después.
Su lugarteniente paseó la mirada del laird a los prisioneros, y luego otra vez a Caelen.
—¿Estáis seguro, mi laird ? —preguntó.
—Completamente.
—Pero entonces ellos…
—Mantén la bocaza cerrada, y así no te entrará ninguna mosca inoportuna —le advirtió—. Dejadlos sin comida ni agua durante todo un día. Después, ofrecédsela a sorbos y en pequeñas cantidades, para aumentar su ansiedad. Repetidlo hasta que yo ordene lo contrario.
Solo esperaba no tardar demasiado en conseguir lo que se proponía, que pasaba por Freydis.
La había dejado encerrada porque no estaba seguro de permanecer inmune a todo lo que removería en él cuando la tuviera delante, vestida como uno de los suyos.
Porque estaba tan enfadado, con ella y consigo mismo, que no había encontrado una manera mejor de mantenerla a raya que tras la puerta de una habitación, en un inmejorable estado de salud.
Pero habían pasado tres días. Podía presumir de pensar con un poco más de frialdad. ¡Maldición, era un guerrero curtido en la batalla! Había padecido dolor de toda índole; seguro que conseguiría sobrevivir a una mujer terca y hermosa, que había decidido abandonarlo incluso en sus sueños.
—Si piensas que has recuperado el control de la situación, voy a demostrarte que no es así —murmuró para él conforme subía las escaleras de piedra que daban a los aposentos privados.
Se encerraría con ella. La chantajearía con aquellos a los que más quería si era necesario. Pero le arrancaría las verdades una a una, y después…
No pudo pensar en un después. Cuando se dirigió a la puerta de su habitación dispuesto a imponerse a como diera lugar, y observó que los dos guardias no se hallaban custodiándola, un presentimiento oscuro comenzó a enroscársele en la columna vertebral como una serpiente venenosa.
Era imposible. Ella no había podido burlar la vigilancia sola…
—Isbeil…
Su nombre surgió al mismo tiempo que abría la puerta y veía a su hermana allí, sentada en el borde del lecho con gesto de impotencia.
—¿Dónde están? —preguntó sin más preámbulos, señalando el corredor.
—Yo… los convencí para que descansaran un rato, mientras los relevaba.
—¿Dónde está? —siguió, haciendo un gesto hacia la cama.
—Pues… —Su hermana se mordió el labio y resopló. Signos de que había cometido un error de los grandes, y que se esforzaba por fingir que se arrepentía—. Estuvimos hablando, y al final decidimos dar un paseo hasta la cabaña de Sigrún.
—¡¿Un paseo?! ¡¿Es que has perdido el juicio?! —Por la cabeza de Caelen pasaron mil y un infortunios en unos instantes; todos tenían como protagonista a Freydis y representaban su huida—. ¡Es mi prisionera! ¡Mucho más peligrosa de lo que imaginas!
—Lo cierto es que no se ha mostrado peligrosa conmigo en ningún momento…
—¡Porque ha sabido desde el principio que tu ingenuidad es tu peor defecto, y ha decidido aprovecharse de él! —Comenzó a pasearse por la habitación como una fiera enjaulada, mientras trataba de poner en orden sus ideas—. Reuniré a un grupo de hombres y comenzaremos su búsqueda.
—No será necesario.
—Registraremos cada cabaña, aunque no creo que nadie se haya arriesgado a darle cobijo, conociendo sus orígenes…
—No hace falta.
—¿Cómo dices?
—¡Que no hace falta! Es lo que llevo intentando explicarte desde que has perdido los estribos en cuanto te he hablado de nuestro paseo —replicó su hermana, la mar de tranquila—.
Llegamos hasta la cabaña. ¿Sabías que se conocen?
Claro, cómo no vas a saberlo, si has viajado con ellas hasta aquí, y además habéis pasado juntos los últimos días…
Aunque Sigrún afirmó que, por alguna circunstancia que no pudo explicarme, te quedaste solo con Freydis…
—¡Ve al grano, por el amor de Dios!
—De acuerdo, de acuerdo… El caso es que, al poco de llegar, ella comenzó a ponerse pálida, a temblar, y se desmayó.
—Caelen detuvo su deambular. Desmayada. Como el día en que habían encontrado la aldea arrasada y enterraron los cadáveres, mientras él le contaba una historia—.
Gracias al cielo, pude pedir ayuda a un par de fornidos campesinos que la subieron a su caballo.
La traje tal como te estoy diciendo, y los sirvientes la acostaron.
Mi dama de compañía y yo nos encargamos de desvestirla y ponerle la ropa de cama. La dejamos sola…
—Te juro que, si sigues contándomelo con todo lujo de detalles, ¡te arrojaré al patio de armas por la ventana! —exclamó él, exasperado.
—¡Está bien! La paciencia no es tu fuerte.
—La muchacha resopló—. Decidí dejarla sola, porque Sigrún me aseguró que su salud no corría peligro.
Que era una reacción normal a lo que estaba por venir.
Así que me fui hasta las cocinas para ordenar que le prepararan un caldo para cuando despertara, y salí fuera a estirar las piernas. ¡Pero acabo de volver, y no está!
El pánico se adueñó de él.
—¿Cuánto hace de eso?
—¡Muy poco! —Isbeil lo miró suplicante, con lágrimas de arrepentimiento en los ojos—. ¡Lo siento mucho, hermano! ¡Ella me aseguró que no escaparía, y yo la creí!
Solo en ese momento se dio cuenta de que la aferraba por los hombros con tanta fuerza, que se había puesto pálida.
—Si te aseguró que no se iría, no lo habrá hecho —masculló, inmerso en sus pensamientos—. Es una guerrera. Por lo tanto, tiene palabra. Honor.
—También dijo que se convertiría en lo que tú querías. En algo así como una sirvienta. Que se mancharía con labores propias de ellas…
Solo una mujer así podría dar la vuelta a una situación irreversible en apariencia, para terminar enfureciéndolo de nuevo y, al mismo tiempo, contenerlo para no soltar una carcajada.
—Entonces la buscaré aquí dentro —decretó—. Mientras tanto, indaga entre el resto de los siervos que se encargan del exterior. ¡Ah! Y no te preocupes. Te perdono. Pero solo después de hacerte pagar cada osadía de algún modo, al menos tan imaginativo como el que empleé con ella.
Hablaría con esa vieja meticona al respecto de ese tema y de otros muchos que aún no habían podido tratar, como, por ejemplo, el desconcertante hecho de que Dugall pidiera su ayuda después de años de ostracismo recíproco.
Pero antes tendría que enfrentarse a sus decisiones con respecto a la vikinga. Había sido demasiado duro con ella. Lo había visto en sus ojos cuando decretó convertirla en lo que no era, en un intento bastante egoísta de dominar su temperamento.
A aquellas alturas, ya sabía que no había tomado el camino correcto, aunque todavía podía remediarlo. Eso, y la amenaza que suponía el odio de su gente hacia los hombres del norte.
Hacia ella.