Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 20
38%

CAPÍTULO 20

No había vuelto a soñar con él.

Durante los días que siguieron, no volvió a verlo.

Él desapareció. Ni siquiera se molestó en contemplar el resultado de su retorcida idea, aunque, como había ordenado, Angus dispuso a dos guerreros vigilando su puerta día y noche después de que Isbeil la ayudara con el baño y la hubiera convertido en una…

—Dama —pronunció a la imagen que el espejo le devolvía aquella mañana, la tercera que pasaba con la única compañía de la hermana pequeña de Caelen. Una muchacha con un corazón tan grande que no cabían el rencor ni el odio en él—. Oh, Dios del cielo, parezco…

—Hermosa. —Terminó ella misma de recogerle el cabello, dejando algunos rizos rubios enmarcando su rostro, y se alejó para contemplar el resultado—.

Estás preciosa. Pero le falta un poco de color a tus mejillas.

Si mi hermano entrara en razón, podría acompañarte afuera para que te diera un poco el aire. Pero se empeña en mantenerte encerrada.

—Insistiendo en que conserve este aspecto de pajarillo indefenso. —¡Oh, cuánto echaba de menos su indumentaria masculina! ¡Sus armas!—. Con estas faldas casi no puedo moverme…

—Tampoco necesitas hacerlo aquí dentro. Tienes todo lo que puedes desear. Comida en abundancia, compañía cuando la precisas…

—Eso es cierto. No quería ofenderte. —Tomando las manos de Isbeil, se la llevó al lecho con ella.

En aquellos días, por insólito que pudiera parecer, se había establecido un extraño vínculo de afinidad entre ambas, demasiado cercano a lo que podría considerarse como una amistad.

Algo que tenía terminantemente prohibido, como el resto de sentimientos hacia otra persona—.

¡Pero es que tu hermano se ha comportado como un patán arrogante!

Primero ordena que me arranquen todo lo que compone mi identidad como guerrera, como vikinga. ¡Después, desaparece!

No pudo evitar cierto tono de desilusión que despertó una sonrisilla en la escocesa, muy parecida a las que solían adornar la boca de su hermano.

—Al parecer, ese alcornoque con patas no es el único obnubilado aquí. También tú muestras cierto interés en él, por decirlo con suavidad —murmuró, consiguiendo que dejara sus estúpidas ensoñaciones para regresar a su parte más práctica.

Esa que le exigía una solución. No podría recuperar el oro ni liberar a sus hombres allí encerrada.

—Consentiría que me arrancasen los dientes, uno a uno, antes que interesarme por alguien como él —mintió con todo el descaro—. Sin embargo, tú sí que me caes bien. Aunque tengas tratos con esa traidora de Sigrún. Incluso con Gràr, igual de traidor.

—Los dos son encantadores. Y ella ha tenido sus motivos para marcharse de aquella forma y regresar contigo. Solo ahora he logrado entenderlos.

Aquello captó la atención de Freydis al instante.

—¿Has ido a verla? ¿Has hablado con ella?

—¡E incluso he tenido que contenerme para no traerme al perrito! Según me ha contado la curandera, se ha encariñado contigo tanto como tú con él, y te echa de menos. Los dos te echan de menos —remarcó.

—Al parecer, estabais muy unidas…

—Fue mi maestra desde que el laird , mi padre, permitió que me iniciara el arte de la curación.

Ella era una sanadora muy famosa entre nuestra gente.

También entre los clanes vecinos. Con ella no solo aprendí a usar las propiedades medicinales de las plantas, sino a conocer mucho mejor a los antiguos dioses y la conexión que nos une a ellos —como si temiera ser escuchada, se acercó aún más—.

Dicen que Sigrún tiene el don de la visión, y yo puedo atestiguarlo.

—Ya lo creo. —Fingió tranquilidad, pero por dentro hervía de furia al comprender lo que aquello significaba—. ¿Quieres decir que tu hermano, el actual laird , la conocía?

—Desde que tiene uso de razón, igual que mi otro hermano, Dugall. Ellos no se han llevado demasiado bien nunca, ¿sabes? Caelen era el favorito de padre. Tiene un encanto especial, solo comparable a su sensibilidad, que lo hace único.

—Nunca pensé que mi prisionero fuera un ser sensible…

—Lo es. Sufrió mucho cuando padre murió en batalla. Y todavía más cuando lady Marjorie lo dejó plantado en el altar, sin una explicación. Aún hoy la está esperando.

—¿Marjorie? ¿Una mujer lo dejó plantado?

«Estuve a punto de perderme para siempre, pero por fortuna encontré el camino adecuado».

Eso le había dicho, en el único momento en que se había permitido bajar las defensas para mostrarse dolido. Vulnerable.

El resto del tiempo se parapetaba tras un muro de cinismo y aparente despreocupación que nunca llegó a convencerla del todo.

Igual que le ocurría a ella.

Se mordió el labio, pensativa. ¿Qué era esa corriente de afinidad que de pronto sentía por alguien a quien debía odiar? Se trataba de algo mucho más profundo que el deseo compartido. Que el simple placer sexual.

— Lady Marjorie de Mornay, una de las protegidas de la reina madre —respondió Isbeil con tristeza—.

Era una mujer hermosa, alegre, y su familia tenía lazos que la unían a la realeza, nada menos.

Aunque nuestro clan siempre ha sido próspero, padre consideró que sería un buen enlace, y él cayó a sus pies al poco de conocerla.

Pero por lo visto, ella no opinaba lo mismo.

No apareció en el altar. Cuando se cansó de esperarla, haciendo el ridículo delante de todos los invitados, se rebajó a salir a buscarla.

Sin embargo, se había marchado al amanecer, según informó uno de los vigías.

Al parecer, respondía a un llamamiento urgente de la reina.

—Un llamamiento falso, supongo.

—Tan falso como ella. —El rostro casi angelical de la joven se transformó en una máscara de dureza—.

Caelen tardó días en localizarla, en la corte de nuevo.

Y la única explicación que recibió al respecto procedió de la protectora de lady Marjorie.

Se había arrepentido en el último momento y había decidido retirarse a meditar.

—¿A meditar? ¡Ja! ¿Cómo pudo hacerle eso a tu hermano? ¡Es un hombre íntegro y justo! ¡Generoso, como has podido comprobar viéndome! ¡Valiente, orgulloso, arrojado y muy inteligente! ¡Lo es como guerrero, y estoy segura de que también como laird !

Cuando terminó, la muchacha la contemplaba con una sonrisa satisfecha.

Santo Dios. Se había dejado llevar por el modo en que él la había salvado de aquella corriente, cuidándola en la cabaña abandonada.

Podría haberla dejado morir, y no lo había hecho.

La había alimentado, escuchado. Incluso había considerado su propuesta, a pesar de sentirse herido en su orgullo.

Y cuando ella cometió el desliz de las monedas, él le permitió conservar la daga, aunque eso supusiera un riesgo adicional que tuvo muy en cuenta durante el breve espacio de tiempo que habían compartido…

Freydis sacudió la cabeza. ¡Se había acabado! Necesitaba recuperar la cordura para aprovecharse de las escasas ventajas que podría reportarle su nueva situación, si sabía jugar bien sus bazas.

—Me gustaría ir a visitar a Sigrún —dijo de pronto, poniéndose en pie—. Hoy hace un día soleado, para variar, y estoy harta de permanecer encerrada.

—En realidad, sigues siendo su prisionera. Aunque tu jaula sea de oro, no puedo contravenir los deseos de mi hermano. Tu dueño.

—¿Y si lo hacemos sin que él se entere? ¿Dónde está ahora?

—Fuera de aquí. No me dijo dónde iba, pero sí que no regresará hasta el anochecer.

—¿Y el resto de… prisioneros?

—En las mazmorras. Desconozco su estado.

Era la primera vez que se atrevía a preguntar por ellos, aunque la angustia la carcomía por dentro desde que los vio alejarse, camino de las mazmorras. La frustración le sacudía el pecho cuando miraba a su alrededor, sin posibilidad de salir de allí.

Debía hacer algo. Ya.

—Voy a comportarme como tu hermano espera de mí —concluyó.

—¿Como una prisionera?

—Como una mujer humilde. Haré cosas de mujeres humildes, me ensuciaré las manos y los preciosos vestidos que tú me has prestado con tanta generosidad.

—Eso no lo complacerá.

—Lo enfurecerá, hasta que no sea capaz de hilar dos pensamientos coherentes seguidos.

El gesto de Isbeil se tornó malvado.

—Oh, eso estaría muy bien —afirmó, frotándose las manos—. Sería el mejor modo de hacerlo reaccionar. De lo contrario, el tiempo se le acabará, al igual que a ti.

—Exactamente. —No tenía la menor idea de lo que le hablaba, pero decidió aprovechar ese ramalazo travieso—. ¿Me ayudarás?

—Si sirve para conseguir la felicidad de Caelen, lo haré.

—Entonces tenemos que deshacernos de esos dos mastuerzos que están ahí fuera y hacernos con unos caballos.

La muchacha frunció el ceño.

—Si intentas escapar, no lo lograrás. Mi hermano ha redoblado la guardia en cada rincón de la fortaleza, y más allá —afirmó, en un tono que distaba mucho de ser amable.

—¿Escapar? Ni en sueños. Antes tendría que liberar a mis hombres. Ya sabes que soy su líder. Y sin ellos, no soy nada.

Ambas rieron despreocupadas, pero Freydis lanzó un alarido de victoria para sí.

Si aquella muchacha tan crédula supiera cuánto de verdad había en sus palabras…

—Veo que tú también tienes ese encanto personal del que presume tu hermano. Has encandilado a los guardias en un suspiro.

—En realidad, medio suspiro. Debía fingir un desmayo el tiempo suficiente para que acudieran a pedir ayuda —añadió Isbeil, con la preocupación empañando sus preciosos ojos—. Pero no me gusta mentirle. Bastantes engaños ha sufrido ya. Incluso de la propia familia.

—¿Te refieres a Dugall?

—Le sobra malicia y le falta honestidad.

Por eso nunca aceptó su papel como segundo hijo, lo que implicaba que jamás accedería al mando del clan.

Y por eso traicionó a Caelen, llevándose a buena parte de su ejército con él cuando el rey le concedió el dominio de la isla de Jura.

Si te soy sincera, nunca entendí por qué Caelen acudió a su llamada de auxilio después de aquello, pero…

Un alegre ladrido interrumpió aquel torrente inagotable de información. Los dos caballos con los que se habían acercado a la aldea se detuvieron, y Gràr comenzó a saltar alrededor de ella en cuanto puso los pies en el suelo.

—¡Él nos llevará con la sanadora aunque no queramos!

Apenas escuchó el comentario. Recorrió con la mirada todo lo que la rodeaba.

Los aldeanos estaban inmersos en una actividad tan frenética que ninguno reparó en la presencia de una vikinga.

Claro que ella no se parecía en nada a una guerrera, pensó mientras, con el ceño fruncido, avanzaba siguiendo al perrito tras haberlo colmado de carantoñas.

A cada paso que daba, más tenía la sensación de que aquel conjunto informe de humildes cabañas no le era extraño.

«Eso es ridículo. Lo que ocurre es que todo es demasiado parecido a los poblados del norte. Al final, no somos tan diferentes…».

Si exceptuaba la organización a la que pertenecía, y que era la dueña de su vida al completo, lo quisiera ella o no. Aunque cada vez que se paraba a pensarlo, descubría que quería serlo menos.

Y eso le causaba una sensación que no lograba controlar.

—Al fin mis dos muchachas preferidas, juntas.

—Sigrún acarició la cabeza del perro cuando el animal se acercó a ella y las recibió en la entrada de su humilde choza, en la parte más alejada de la aldea, mientras cargaba con un fardo de ramas hacia el interior—.

¿Acaso el laird os ha dado permiso para venir hasta aquí sin escolta?

—Para cuando él pueda hacer algo al respecto, estaremos de vuelta. —Freydis no esperó a que las invitara y entró detrás de la anciana, seguida por Isbeil.

Por un instante se quedó inmóvil, aspirando el aroma que surgía de cada uno de aquellos tarros, mezclado con el de la comida que parecía cocerse en un caldero suspendido junto al fuego.

Cerró los ojos cuando un amago de vértigo amenazó con hacerla tambalearse y dejó que imágenes inconexas poblaran su mente.

Un caldero muy parecido a aquel. Risas de niños acompañadas por las de mujeres. Vozarrones de hombres que anunciaban su llegada al hogar…

—Pareces cansada, muchacha. Supongo que el laird no te trata como a una invitada precisamente.

—La observación aguda de la curandera la obligó a conservar la compostura, aunque solo fuera para dirigirle una mirada llena de rencor—.

Ah, que sigues siendo su prisionera. Bueno, no veo que vistas como tal, aunque estás un poco pálida.

—Y bastante furiosa. Contigo.

—Si vienes en busca de explicaciones, me temo que todavía no es el momento de darlas.

—¿No? ¡Me hiciste creer que eras leal a mí! ¡Que no conocías de nada al escocés! ¿Y ambas cosas resultaron ser tan falsas como tú!

— Lady Isbeil, tomad asiento. Me temo que esto va a ir para largo.

—La anciana no pareció en absoluto afectada por sus palabras.

Con un simple encogimiento de hombros, prestó toda su atención a la olla que contenía la comida—.

Es un delicioso caldo hecho con huesos y verduras. Muy nutritivo y sabroso.

—¡¿Tanto como tus pociones que prometen milagros, pero que no resultan efectivas?!

—¿No han resultado efectivas? —Cuando vio cómo alzaba sus cejas blancas, con cara de inocente, le entraron ganas de estrangularla—. Viéndote, yo diría que sí, chica. ¿O es que acaso no has aprovechado el tiempo que pasasteis juntos en tu beneficio?

—No salgo de mi asombro. ¡Ya os conocíais! —exclamó la escocesa, al mismo tiempo que Freydis sentía cómo su cara ardía por la vergüenza. Aquella bruja endemoniada actuaba como si supiera lo que había ocurrido entre Caelen y ella con total exactitud—. ¡Sigrún, tendrás que contarme esa historia!

—En cuanto esto termine de hacerse.

Sus ojos sagaces las recorrieron a ambas, pero se centraron en la joven vikinga, antes de darles la espalda y ponerse a canturrear…

—«Duerme, pequeña estrella, duerme bajo la sombra del mar. La luna descansa sobre las olas y tu madre vela por ti. Cierra los ojos, ave de mi corazón, escucha el viento entre las montañas. No llegará oscuridad ni dolor mientras el fuego siga vivo…».

No fue la letra. Tampoco la lengua utilizada ni el tono de voz empleado.

O tal vez fuera el conjunto de todo ello lo que hizo que dejara de respirar y parpadeara muy deprisa, para que la visión, tan clara como cualquiera de sus sueños, desapareciera.

No quería ver a aquellas niñas correteando felices, mientras le robaban la comida a la madre entre suaves regañinas.

Su corazón comenzaba a latir por una razón intolerable para ella, si seguía contemplando a la mayor de las dos, que guiaba a la menor en una dulce danza, al son de la tonadilla que cantaba la madre.

Duerme, pequeña estrella…

Un sudor frío la cubrió de arriba abajo. No fue consciente de que permanecía sentada en uno de los dos bancos de la cabaña, ni de que era incapaz de levantarse para escapar del peligro que surgía de aquella escena.

Intentó hablar, pero solo pudo apoyar las manos en la mesa.

Lo último que vio antes de caer desplomada fue el rostro de la curandera, asintiendo con solemnidad, y quizá una pizca de tristeza en sus ojos.