CAPÍTULO 19
Soportó el resto del camino envuelta en un mutismo que a nadie pareció extrañar.
Ni siquiera al maldito MacSween.
Al atractivo, irresistible e insoportable escocés que comandaba aquella expedición, como si hubiera nacido en uno de los barcos que los llevaron de regreso a sus dominios. Para la atención que le dispensaba, ella hubiera podido ser invisible. Un espectro.
Aunque estaba a punto de convertirse en uno.
Dado que sus hombres se habían visto reducidos a un puñado de prisioneros de guerra, dominados por los escoceses, y Sigrún la rehuía como si tuviera alguna enfermedad mortal, en un silencio tan empecinado como el suyo, a Freydis solo le quedó la opción de negarse a comer.
Durante los dos días que pasaron sorteando el peligro inminente de un mar mucho más enfurecido que ella, rechazó las escuetas raciones que le ofrecía Angus, por mandato de su laird .
—Si no comes, él te lo hará tragar a la fuerza —le advirtió en una de las ocasiones—. Te necesita viva.
—Yo también a él.
—Pero es obvio que nuestros motivos difieren mucho.
Angus, yo me encargo. —Aquella sabandija parecía tener oídos en todas partes.
Ella se limitó a mirar su gesto amable con odio y apretó los dientes, como si así pudiera impedir que le metiera la comida en la boca por la fuerza—.
Muchacha, una vez más, debo hacerte notar lo inconsciente de tu actitud.
No vas a morir de inanición antes de que lleguemos a Knapdale. No hay tiempo material para ello.
—Suponiendo que allí acceda a comer. Porque pienso seguir negándome hasta morir.
Oh, maldición, qué poco creíble había sonado.
Caelen le respondió con una sonrisa de oreja a oreja, y una mirada que prometía todas las tormentas del mundo si persistía en su actitud.
—Eres valiente en el campo de batalla. Arrojada hasta la imprudencia… Y muy cobarde en lo que respecta a tus pobres intentos de terminar con tu propia vida. O de llamar mi atención, que para el caso viene siendo lo mismo.
—Si crees que lo hago para llamar tu atención, es que eres más ignorante de lo que siempre había pensado de ti.
Con un gruñido bajo, la sujetó por el brazo y la puso en pie. Contenía su cólera, pero ella la vio reflejada en sus ojos.
—Tus insultos no van a sacarme de mis casillas —le advirtió en voz muy baja—. Pero sí que podrían provocar la desgracia de los tuyos.
—¿A qué… te refieres?
—A que ellos dejarán de comer cada bocado que tú rechaces. Si quieres morir de hambre, adelante, pero lo harás llevándotelos contigo.
La sangre se le heló.
Estaba contemplando el verdadero temple de un laird escocés herido en su orgullo masculino. Sabía que lo haría sin que le temblara la mano. Ya le había demostrado en más de una ocasión que no hablaba por hablar.
Nunca.
Aquello no iba a ser una excepción.
—No son más que enemigos, aunque haya compartido en algún momento más de una broma con ellos —añadió él cuando la vio dudar—.
En cuanto lleguemos, ocuparán las celdas más oscuras y putrefactas, destinadas a los hombres de la peor calaña.
Con suerte, no se los entregaré a mis guerreros, para que impartan justicia a su manera…
—¿Y yo? ¿Qué piensas hacer conmigo? ¿También me entregarás a tus guerreros?
—Eso nunca. —Un destello de dolor enturbió sus ojos. No se sintió orgullosa de su pequeña victoria—. Pero me temo que tendrás que esperar para conocer tu destino.
Fue la última conversación que mantuvieron, una vez que ella dio su brazo a torcer y siguió comiendo, aunque solo fuera para que Rurik y los demás también lo hicieran.
Se negaba a pensar en lo que sucedería a continuación.
Se las arregló para alejar de su mente cualquier emoción que pudiera influir en su propósito.
Tomó tanta distancia con lo que había sucedido entre ellos antes de que la tomara prisionera, que cuando pisaron tierra firme e hicieron el resto del camino sobre los caballos que otros tantos guerreros les tenían preparados en la orilla, ni siquiera se inmutó al compartir el del escocés.
No podía caer de nuevo en el mismo error.
Aunque su cuerpo reaccionara ante el más leve contacto, como si un montón de incendios prendieran en su interior al mismo tiempo, su mente estaba entrenada para superar escollos mucho más complicados que el simple deseo sexual hacia un hombre…
«No es simple, reconócelo. Nada en él lo es. Por eso sabes que, si en algún momento consigues que las tornas se vuelvan para llevar a cabo tus intenciones, disfrutarás con ello».
No. Moriría mil veces antes de dar la razón a la inoportuna conciencia, que le susurraba al oído aquellas inconveniencias.
—Ya hemos llegado, muchacha. Puedes relajarte lo bastante como para no partirte por la mitad. Solo he tenido contigo el mínimo contacto exigido por las circunstancias. No hay, ni habrá, ningún otro, salvo que yo lo estime oportuno.
A ella solo le quedó contemplar la magnificencia de la construcción que la rodeaba, para no dar rienda suelta a toda la rabia que había ido acumulando, junto con las preguntas hirientes cuya respuesta desconocía, y que tenían que ver con la intimidad compartida con aquel hombre, transformado en un magnífico y letal guerrero, líder en su feudo.
La fortaleza parecía inexpugnable a simple vista, se dijo para obligarse a pensar con un mínimo de frialdad.
Como lo hubiera hecho sin esfuerzo alguno, antes de toparse con el escocés.
Las torres contaban con vigilancia, así como los puntos estratégicos y más débiles.
Sus hombres parecían tan bien adiestrados como habían demostrado en el camino hasta allí.
Los aldeanos gozaban de buena salud en general, según pudo comprobar en persona antes de cruzar el puente.
Aquellos dominios eran el orgullo de su líder. Un líder que desplegaba su autoridad sobre todos. Incluida ella.
—Cómo no, mi señor. Lo que vos estiméis oportuno, siempre, mi señor —se mofó, enfrentándolo en cuanto los dos descendieron del caballo—. ¿Y qué es lo que ordena ahora el señor? ¿Que me postre a sus pies delante de todos los presentes en esta fortaleza?
—Basta ya.
—Quizá así os deis por satisfecho, mi señor —continuó ella, implacable.
Después de todo, Sigrún la había abandonado antes de traspasar las gruesas murallas.
Era la única persona cuya traición le dolía como un puñal clavado en el corazón, si exceptuaba al hombre que tenía delante.
No había gran cosa más que perder—. Quizá cuando…
—He dicho basta. —La sujetó por el brazo cuando ella se dispuso a arrodillarse, a sabiendas de que aquello le desagradaba, obligándola a permanecer de pie, pero sus ojos se fueron más allá de su espalda con un brillo cálido—. ¡Ah, mi preciosísima Isbeil! ¡Dios, cuánto te he echado de menos!
Y la entregó a Angus para abrazar a una muchacha casi tan alta como ella, que se enganchó a su cuello y lo llenó de besos, en medio de auténticos gritos de alegría.
—¡Caelen! ¡Oh, Caelen, nos llegaron noticias de que todos habían muerto!
¡De que tú habías desaparecido! —exclamó, con lágrimas en unos angelicales ojos ambarinos, casi del mismo color que su pelo.
Era hermosa, pero el dolor que sentía parecía tan auténtico que Freydis dejó a un lado la oleada de incómodos celos que la hicieron ver todo de color rojo—.
¡Nadie había conseguido encontrarte! Y de repente, no solo apareces, ¡sino que traes contigo a Sigrún!
¡A ella! —añadió, señalándola como si la conociera—.
Te dije que la mujer de tu vida estaba por llegar —le susurró al oído, con una sonrisa enigmática que le puso el vello de punta.
—Esta vikinga está lejos de ser la mujer de mi vida, aunque sí que ha sido la culpable de lo que me ha ocurrido en las últimas semanas… hermanita. —¿Hermana? Vaya… Como por ensalmo, los celos desaparecieron, aunque no la ira que la mantenía pegada a Angus—. Te presento a Freydis. Mi prisionera.
—Lo has dicho de un modo que no admite réplica, hermano.
La muchacha se acercó a ella sin ningún miedo y la tomó de las manos. Fue un gesto acogedor, pero ella sintió como si un rayo hubiera descargado sobre su cabeza. Aunque lo intentó, no fue capaz de deshacerse de aquel contacto, ni de la mirada amigable que la atrapó como si fuera una trampa mortal.
—Eres demasiado hermosa y orgullosa como para convertirte en su prisionera. Aun así, bienvenida a casa —la saludó, con una sonrisa que le calentó el corazón.
—Gracias, lady Isbeil.
—No se las des tan pronto. Ella formará parte de tu nueva función aquí. —Caelen se interpuso entre las dos, y toda conexión desapareció—. Hermana, si la vista no me engaña, tenéis casi la misma talla.
—Bueno, su busto es un poco más…
—La misma —insistió él con terquedad—. Encargaré algunos vestidos para ella, pero mientras se los confeccionan, necesitará alguno que otro.
—Por si no os habéis dado cuenta, ya voy lo bastante vestida, mi señor —lo provocó Freydis, con el mentón en alto y el pecho temblando ante unos recuerdos que acudieron a su mente sin previo aviso.
Y sin que nadie los invitara.
—No como yo he decidido. —Su sonrisa macabra la dejó sin aire—.
Aquí tienes la respuesta a tu pregunta, vikinga.
Hoy te bañarás como una dama de alta alcurnia, antes de dejar que otros te vistan y te acicalen como a una.
Cada vez que te mires al espejo, con todas tus necesidades básicas cubiertas, verás a una muchacha escocesa y no a una guerrera.
Podrás relacionarte con quien te venga en gana…
siempre que sea dentro de los confines de esos aposentos que ordenaré que te preparen.
Dos hombres vigilarán la entrada día y noche.
Podrás buscar la compañía de cualquiera que desees, salvo la de tus propios hombres, de quienes no sabrás nada a no ser que yo ordene lo contrario.
No te faltará de nada… excepto tu libertad.
Contempló cómo se marchaba, después de dar un beso a su hermana en la frente, con absoluta indiferencia. A pesar de que sabía que acababa de condenarla a muerte.
Podría haberle suplicado para que cambiara de parecer, pero no lo hizo. Ni siquiera lo intentó.
Algo gritó en su interior. Un sonido ensordecedor que la obligó a taparse los oídos. De pronto, apenas pudo distinguir la figura de Isbeil, que la animaba a seguirla en medio del mismo estupor que la dominaba a ella.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos, pero las contuvo a base de fuerza de voluntad.
Porque él había impuesto sus condiciones no con la alegría del vencedor, sino con la tristeza del hombre que había estado a punto de entregar su corazón a alguien que lo había decepcionado.