CAPÍTULO 18
Ella solo fue consciente de la contundente presencia del escocés entre sus piernas.
Solo pudo echar la cabeza hacia atrás y entonar una plegaria para que aquella tensión insoportable que estaba generando en el mismo centro de su ser, terminara de una manera u otra.
Su corazón latía tan rápido que parecía a punto de romperle las costillas. Estaba segura de que aquello no estaba bien. De que, tarde o temprano, supondría su ruina.
Aun así, deseó que continuara.
Lo tenía arrodillado. A sus pies. Con su negra cabeza asomando entre sus muslos, mientras su lengua avanzaba a través de lo más íntimo de ella y su dedo se introducía en su interior.
—¡Caelen!
Se tensó al sentir la inesperada invasión, pero cuando el dedo comenzó a moverse, su cuerpo reaccionó. Dejó de pertenecerle. Su mente solo se llenó de sensaciones provocadas por la boca del escocés. Porque, en aquel momento, no eran una vikinga y un escocés. Ni siquiera un cautivo y su carcelera.
Eran un hombre y una mujer. Dos iguales, disfrutando de algo desconocido para ella, pero que le abría todo un mundo.
Sus caderas empezaron a mecerse al son que él tocaba. La pierna que descansaba sobre sus anchos hombros lo presionó para intensificar sus caricias, al mismo tiempo que los dedos femeninos se enroscaban en el cabello negro.
Echó la cabeza atrás hasta que sintió dolor en el cuello y gimió.
Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en cada poro de su piel, como si respirara por ella.
Un dolor desconocido se adueñó de su bajo vientre cuando Caelen aumentó el ritmo de sus acometidas.
¡Señor de los cielos, lo sentía por todas partes!
La llenaba hasta tal punto que la garganta se le quedó seca.
Clavó el talón en la espalda masculina para sujetarse mejor e incluso le tiró del pelo con fiereza.
Y cuando creyó que no podría soportarlo más, algo se desató en su interior, en forma de violentos estremecimientos que la catapultaron hacia delante.
Se dejó ir, hasta que el dolor desapareció y el placer lo arrasó todo. Hasta que se escuchó a sí misma gritando su nombre y se convulsionó hasta perder la noción de lo que la rodeaba.
No comprendió lo que acababa de ocurrir hasta que él no se puso en pie, sin soltarla. Con los ojos negros de pasión, la barba húmeda y los dientes apretados.
—Ahora sí —murmuró—. Ahora estás preparada para recibirme por completo…
Se acomodó entre sus muslos, con toda la intención de continuar con aquel delicioso suplicio, pero entonces escucharon… un alegre ladrido.
Él posó un dedo sobre su boca y apoyó su frente sobre la de ella. Parecía estar padeciendo mucho cuando el primer ladrido se convirtió en otros más conocidos y cercanos, seguidos por los susurros de varias personas que se acercaban.
Por una vez, agradeció la rapidez del escocés. El esfuerzo por contenerse era evidente, pero le colocó la camisola de nuevo, recuperó la bolsa con el oro y le arrojó la ropa para que se vistiera, al mismo tiempo que la protegía con su cuerpo para encarar a los intrusos con la daga.
—¡Mi laird , sois vos!
—¿Angus?
¿Angus?
Debía ser Rurik quien apareciera, no un gigante, desconocido y sonriente, al que Caelen palmeó la espalda antes de que se acercara a ella. Y, por si eso fuera poco, le seguía un pequeño ejército que empujaba a sus cuantos vikingos maniatados.
—Soy yo, mi laird —respondió el aludido, lanzándole una fugaz mirada por encima del hombro de su señor—.
La anciana nos encontró cuando nos disponíamos a navegar hasta aquí.
Ya conocemos el destino de nuestros hombres, milord…
Pero, por fortuna, hemos apresado a los responsables de la masacre y hemos seguido las indicaciones de Sigrún para encontraros.
—¡Sigrún! —Freydis ignoró a todos los demás y la buscó en la penumbra. En efecto, allí estaba, con Gràr a sus pies y ese rostro que no mostraba ninguna expresión. Como si se hallara mucho más allá del lugar donde se encontraban—. ¡Nos has traicionado!
—No, muchacha. Pero han de pasar muchas más cosas para que lo entiendas. Para que todos lo entendáis —respondió impasible, mientras señalaba a vikingos y escoceses por igual—. Ahora que has dado el primer paso, ya no podrás retroceder…
—¡Mi primer paso nos ha llevado a la desgracia, pero lo arreglaré!
Con la rapidez de un felino, arrebató a Caelen la daga y se lanzó hacia Angus, dispuesta a terminar con él y con todos los que se interpusieran en la libertad de los suyos. No podía soportar la mirada derrotada de su lugarteniente, ni la cabeza inclinada con vergüenza del resto.
—¡Quieta!
Un fuerte brazo la enlazó por la cintura y la dejó en vilo, pegada al pecho que, no hacía mucho, ella había acariciado. Ella pataleó como una gata salvaje, pero fue inútil. En un momento, él la desarmó y la inmovilizó contra su pecho.
—No voy a consentir que intentes agredir a uno de mis hombres —le advirtió al oído. A continuación, la empujó hacia Angus—. Veo que habéis hecho un excelente trabajo, chicos. En efecto, ellos fueron los responsables de la emboscada en la que caímos. Pero, gracias a Dios, los habéis apresado.
—Al parecer, no a todos.
—No. Pero su jefa es cosa mía. —Entonces se giró hacia ella.
Sus ojos no expresaban emoción alguna, al igual que el resto de él, cuando mostró la bolsa con las monedas.
Era como si hubiera recuperado la frialdad después de aquellos memorables momentos de pasión que había decidido ignorar—.
Me había robado, pero ya he recuperado el botín.
Al completo. Ahora, vikinga, tú eres mi prisionera.
Las tornas han cambiado —añadió, con una sonrisa de victoria que casi la enfermó—.
Gracias, vieja. Más tarde me explicarás cómo lograste contactar con mis hombres y averiguar nuestro paradero al mismo tiempo. Ahora… ahora debemos volver a casa.
—¡Esa es tu casa, no la mía!
—Ah, pero lo será, porque tú no compartirás las mazmorras con los tuyos. Mi prisión será mucho más… sutil.
Le dio la espalda con una indiferencia que la humilló y, sin más preámbulos, permitió que su lugarteniente le atase las manos y la uniera al resto de vikingos.
—El mensajero ya ha salido. Es cuestión de tiempo que el rey reciba la prueba de nuestro enlace —informó Dugall en cuanto cerró la puerta de sus aposentos.
—El primer paso ya está dado. Ahora debemos usar el oro —le exigió su recién adquirida esposa, mientras se desnudaba con total indiferencia—. No podemos arriesgarnos a que Alexander acceda a concertar un encuentro con Haakon antes de lo previsto o todos nuestros planes se irán al traste.
—No hay planes. Ni oro.
El gesto de triunfo que mostraba la mujer quedó congelado en su cara.
—Creo que no te he oído bien…
—¡Que solo conservo conmigo una pequeña parte, y no voy a arriesgarme a perderlo revelándote su paradero! —le gritó él, furioso—. El resto lo utilicé para pagar a unos mercenarios…
—Entonces, no tendrás dificultad en recuperarlo.
—¡Cayeron cuando atacaron a los nórdicos! —Por supuesto, no le explicó las circunstancias en las que se había producido ese ataque. Colérico, él también se arrancó las ropas—. El único superviviente se hallaba tan malherido que murió poco después de llegar a la fortaleza con las noticias.
Ella se lo quedó mirando boquiabierta. Pálida como un maldito cadáver.
—Has enviado un puñado de mercenarios, pagados con nuestro oro, para deshacerte de unos malditos invasores, y has fracasado… —murmuró entre dientes.
—Debo reservar mi ejército para el ataque que están preparando.
No encuentro otra explicación al hecho de que se mantengan a distancia, al acecho.
Tengo provisiones para soportar un asedio largo, en el supuesto caso de que lo haya.
¡Incluso podría enviar a por la ayuda real si lo necesitara!
Lo que no necesito es la opinión de ninguna mujer que…
—¡Esta mujer te ayudará a llegar a lo más alto! —le escupió con desprecio.
Dugall reaccionó con toda la cólera que llevaba conteniendo desde que, aquella misma mañana, se había celebrado la ceremonia que lo unía a aquella mujer y a toda su perversión.
Se había repetido hasta la saciedad que lo hacía en aras de intereses mucho más altos.
Que, cuando los hubiera alcanzado, podría deshacerse de ella.
Pero, de pronto, al verse frente al lecho que tantas veces había compartido antes del casamiento, le resultó una excusa demasiado débil para soportar sus desplantes.
Se abalanzó sobre ella con tanta fuerza que los dos acabaron sobre el lecho.
—No voy a consentir que ninguna mujer, sea de la condición que sea, cuestione mis decisiones. Mucho menos las militares —siseó cuando ella intentó liberarse y él acabó sujetándola con brutalidad—. ¡Es hora de que alguien te enseñe cuál es tu sitio!
—¿Vas a hacerlo tú? ¿Un segundón que siempre vivió a la sombra de su hermano? ¿Un ser que solo ve a través de los ojos de la ambición desmedida? ¿Un guerrero con el cuerpo curtido y la cabeza hueca? ¿Un…?
La primera bofetada logró enmudecerla.
La segunda fue acompañada de un alarido de rabia y le rompió el labio.
—¡Cállate! —rugió Dugall, con el rostro desencajado—. ¡Cállate o sufrirás las consecuencias!
—¡Ya las estoy sufriendo con este casamiento! ¡Fingiendo que me satisfaces en el lecho, cuando…!
—¡He dicho que te calles!
Quería borrar de ese hermoso rostro todo indicio de esa petulancia que la hacía parecer superior a él. Necesitaba ver miedo en cada una de sus facciones. Sangre. Escuchar súplicas, acompañadas de quejidos de dolor.
Iba a someterla como diera lugar.
—De modo que no te gusta compartir el lecho conmigo… —siseó con una sonrisa siniestra—. Tal vez no haya utilizado los métodos adecuados, pero lo comprobaremos.
Siguió golpeándola en otras partes de su cuerpo sin medida. De una forma salvaje. Como el medio para desahogar la frustración que lo hacía temblar, pero también para asegurarse de que no ofrecería resistencia.
Y cuando el orgullo de su esposa quedó reducido a cenizas, y sus gritos encolerizados llenos de reproches quedaron reducidos a gemidos llorosos, separó sus piernas con la rodilla y la forzó con brutalidad.
No disfrutó cuando su propio placer físico derivó en un clímax rápido e intenso. Pero cuando se apartó de ella y la observó desde su superioridad, inmóvil, devastada, con la mirada perdida, sintió rechazo hacia sí mismo.
—Métete entre las mantas —le ordenó mientras se vestía con prisa—. Dentro de un rato, volveré.
Antes de repetir la hazaña, necesitaba acallar las voces de su conciencia que lo tachaban de miserable por doblegarla, pero ¡qué demonios!, era lo que se merecía.
—Ha tenido suerte de conservar la vida —murmuró para sí en el Gran Salón, solo después de haber despachado a todos los que dormían en él a aquellas horas de la madrugada—. La hubiera estrangulado con mucho gusto…
Entonces, ¿por qué sentía esa desazón tan conocida por él? ¿Esos remordimientos que siempre lo asaltaban cuando, de niño, cometía alguna mezquindad contra sus hermanos y su padre lo castigaba?
Porque la había cometido. Igual que había ocurrido con su primera esposa en el pasado… Del mismo modo que volvería a ocurrir. La maldad era la esencia de su naturaleza. Ni siquiera cantidades ingentes de cerveza podrían reprimirla.
Pero siguió bebiendo, con la esperanza de adormecer su mente para no pensar en nada más cuando volviera a ascender las escaleras de piedra.
Dispondría de nuevo de ella a su antojo; para eso se había casado con ella.
El resto del oro sustraído al orfebre después de matarlo seguiría a buen recaudo, lejos de sus manos.
Y cuando las circunstancias fueran favorables, se aseguraría de que el próximo contingente de guerreros fuera más eficaz a la hora de encumbrarlo a lo más alto.
Ese fue su último pensamiento coherente antes de decidir que ya iba siendo hora de regresar a sus aposentos.
Salió del Gran Salón dando tumbos. Tuvo que sujetarse a la fría pared de piedra para poder llegar sin romperse la crisma en las escaleras, pero cuando logró entrar a trompicones y cerrar la puerta, se quedó pasmado.
Su esposa no estaba allí. El lecho permanecía como él lo había dejado horas antes. No se había acostado, ni cepillado el pelo, ni puesto su camisa para dormir.
Un presentimiento oscuro se le clavó en el pecho como una daga envenenada, pero decidió asegurarse y gritó hasta que la dama de compañía de ella apareció.
—¿Dónde está tu señora? —tronó, con la mente cada vez más lúcida, como si no hubiera bebido ni una gota de alcohol.
—Yo… no lo sé, mi laird . Os juro que la dejé aquí, antes de que vos…
—Sí, ya sé dónde la dejaste. Y lo que ocurrió después. Pero ahora no se encuentra donde debería. —La expresión de la mujer era tan confusa como debía de ser la suya propia—. ¿No te dijo a dónde iría?
—Mi laird , ni siquiera sabía que fuera a algún sitio. Yo…
—¡Está bien, de acuerdo! ¡No quiero más gimoteos por hoy! —farfulló cuando la doncella estaba a punto de echarse a llorar—. No puede haberse marchado muy lejos…
Pero la buscó él mismo por toda la fortaleza, sin hallar rastro de ella. Y cuando dio órdenes de iniciar una búsqueda más exhaustiva por los alrededores, e incluso por todo su territorio, siguió sin encontrarla.
Durante horas peinaron cada brizna de hierba, cada piedra y cada pedazo de tierra de caminos y senderos. Hurgaron en las casas de los campesinos y en todas las dependencias de la fortaleza. Dugall dejó de lado todo lo demás para centrarse en ella.
Hasta que su lugarteniente llegó al anochecer del día siguiente, completamente agotado.
—Milord, no la hemos hallado, ni viva ni muerta. Hemos preguntado a todo aquel que podría haberla visto, pero ni siquiera los pescadores han podido darnos alguna señal de su paradero.
Dugall solo asintió.
Siguió mirando hacia el horizonte, preguntándose dónde podría haberse metido semejante serpiente venenosa, hasta que no tuvo más remedio que aceptar la evidencia.
—Ha burlado la vigilancia de la fortaleza. Me ha abandonado.
Y eso, lejos de incentivar algún sentimiento en él, solo alimentó la cólera y el miedo.
Porque, si ella hablaba, él estaría perdido.