Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

¿Qué especie de duende maligno se había apoderado de él para dejarla marchar así?

En cuanto sintió que Freydis se removía inquieta para alejarse, Caelen decidió que fingir que continuaba dormido era una buena idea, solo para averiguar lo que se proponía.

Una idea incluso divertida. Un juego que quiso seguir cuando notó cómo cortaba la cuerda y se llevaba la bolsa con las monedas de oro.

No iría muy lejos, se dijo. Podría atraparla y detenerla cuando quisiera, se prometió.

Se detendría en cuanto comprobara que no tenía un lugar seguro al que ir, en el que él no apareciera.

—Maldita inconsciente —refunfuñó, en cuanto vio que, lejos de mostrarse prudente, la joven se apresuró a dejarlo atrás—. Al parecer cualquier peligro es preferible a mi compañía.

Eso dolía, mucho más que la herida de la pierna que con tanto mimo ella le había curado.

Si cerraba los ojos, todavía podía sentir el tacto frío y seguro de aquellos pequeños dedos, maniobrando con las vendas para sustituirlas por otras nuevas, conseguidas con alguna de las monedas que se había llevado.

Lo había encandilado. Lo había hecho renegar de sus principios más arraigados con respecto a las mujeres.

Incluso había estado a punto de ceder y darle lo que ella le había pedido con tanto descaro.

Se alegraba de no haberlo hecho. Porque en aquel preciso instante, cuando se ocupaba de borrar su rastro, recoger sus escasas pertenencias y seguirla de la forma más sigilosa posible, ya se sentía bastante culpable como para añadir más errores a su larga lista.

La había mentido en lo referente a sus motivos para no hacerse con un arma de mayor calado, o con una montura que les permitiera avanzar más.

Pero no podía decirle que era el exagerado instinto de protección que le inspiraba lo que lo había movido a correr esos riesgos de los que comenzaba a arrepentirse.

Tampoco le había hablado del paradero del barco que utilizó para llegar hasta la isla de su hermano. Ni de la verdadera relación que lo unía a Dugall, o ya puestos, de la falta de ella.

No podía revelar que, en realidad, apenas habían mantenido contacto desde que el rey le otorgó aquella plaza y Dugall intentó dividir a los MacSween cuando consideró que el número de personas que lo acompañarían no era suficiente.

En aquel momento, decidió ser benevolente con él, por respeto a la memoria de su padre, pero desde que su hermano había partido, un muro invisible se había establecido entre los dos.

Cuando recibió la visita de su emisario pidiendo ayuda, creyó que aquel muro comenzaba a resquebrajarse; ahora, no podría averiguarlo antes de deshacerse de ella.

Y no pensaba hacerlo. Había algo entre ambos que iba mucho más allá del simple deseo físico, aunque todavía no fuera capaz de comprenderlo.

No podía dejarla marchar. No hasta que hubiera conseguido lo que se proponía con ella.

Y eso incluía detener aquella pequeña escapada antes de que fuera demasiado tarde.

Apretó los dientes cuando tuvo que aligerar el paso para no perderla de vista. La muy imprudente se había llevado una antorcha para alumbrar el camino, tan segura estaba de que él no la seguiría.

¿Cómo había llegado a esa conclusión? ¡Por los cielos, si no apartaba sus ojos de ella desde que la había sacado de aquella corriente!

Fueron demasiadas las veces que estuvo a punto de dejarla sola y huir para unirse a su hermano y vengar la muerte de sus hombres, pero entonces todo lo que le atraía de ella actuaba como un lazo alrededor de él para mantenerlo a su lado.

Cuidándola. Protegiéndola, incluso de sí misma, como se disponía a hacer en aquel preciso instante, cuando la vio desaparecer tras los restos de algún antiguo asentamiento vikingo.

—Te empeñas demasiado en parecer dura, mujer —murmuró con una sonrisa cuando avanzó con sigilo—. Y yo… empiezo a pensar que eres más peligrosa de lo que aparentas.

Todo su cuerpo temblaba al rememorar el modo en que ella lo había incitado. Lo rondaba con la habilidad experta de una prostituta, aunque era virgen.

Alguien la había instruido para que lo provocara. Para que lo excitara.

No encontraba otra explicación al atuendo con el que lo recibió, y que le obligó a pegarse a la pared, oculto entre las sombras, para presenciar el despliegue de sensualidad que lo dejó absorto.

Sin palabras.

Solo era capaz de apreciar su piel blanca, su cabello suelto, y el brillo del fuego de las brasas.

En ese momento, ella tenía un pedazo de tela de seda en sus manos y lo usaba para acariciarse con ella de una forma tan provocadora que...

Caelen apretó los dientes. Quería seguir disfrutando del espectáculo en el anonimato.

Las caderas de Freydis se mecían suavemente al ritmo de una música imaginaria.

Sus ojos brillaban con una promesa llena de pasión cuando enroscó la seda como una cuerda, y la pasó entre sus piernas.

Por un agonizante momento, ella la sostuvo justo ahí, acariciando su pubis.

Después, de un modo lento hasta la tortura, comenzó a pasarla por su sexo.

Sus ojos estaban cerrados, pero un suave suspiro escapó de sus labios.

La lujuria creció dentro de él. Sus ojos comenzaron a arder, al mismo tiempo que el deseo lo tensó por completo, como un adolescente a punto de derramar su semilla. No podía dejar de admirar semejante actuación.

La cuerda de seda. La unión entre sus muslos proporcionados.

Entonces, como si ella supiera que era observada y que él estaba a punto de estallar, cesó con sus movimientos provocativos y deslizó la cuerda de entre sus piernas.

—No hay duda. Eres mucho menos astuta y mucho más temeraria de lo que yo mismo quería admitir —murmuró con la voz estrangulada.

Ella no se mostró sorprendida o temerosa.

Solo permitió que sus ojos se encontraran, emitió una risa ronca y desplegó la tela de seda.

Después la sostuvo delante de ella, dejándola colgar entre ellos como una bandera.

Su transparencia revelaba los pezones de sus pechos, la sombra oscura de su pubis...

El deseo lo invadió de una forma feroz, incontrolable.

Y ella rio otra vez. Una risa más profunda, más provocativa... Casi un gruñido.

Humedeció sus labios con la lengua y bajó el borde de la tela para permitirle una mirada rápida a sus pezones endurecidos.

Encantado por aquella especie de aparición, se olvidó del motivo que lo había llevado hasta allí cuando avanzó y extendió la mano, pero ella dio un salto hacia atrás. Con un movimiento rápido, se deslizó tras él, dejando un rastro de su olor flotando en el aire.

Como un auténtico tonto, embobado por la necesidad, lo aspiró.

Había dejado de tener control sobre su cuerpo. Sus pies permanecieron inmóviles cuando ella comenzó a acariciar su espalda, en insinuantes ondas que descendieron hasta sus nalgas.

¡Jesús! Su erección creció e incluso se sacudió. Él se giró, pero ella volvió a ponerse delante de él con total desvergüenza.

—Me has robado —la acusó, maldiciéndose por aquella debilidad que lo convertía en un alfeñique en su compañía.

—Antes lo hiciste tú —le recriminó Freydis, con dulzura y un brillo juguetón en sus ojos.

Como si no fuera ella, y al mismo tiempo mantuviera su esencia.

Mitad diosa de fuego, resplandeciente por las llamas. Mitad doncella de hielo, fría y distante.

Una combinación potente.

Lo bastante embriagadora como para incentivar la pasión de cualquier hombre y confundir su escaso sentido común.

Sus carnosos labios y esos dulces y erectos pezones, duros como piedras, apretándose contra la tela semitransparente, le hicieron gemir mentalmente de lujuria.

Y sin embargo, la expresión de los grandes ojos azul verdosos le había parecido tan vulnerable y perdida, casi patética, que había despertado su instinto protector más feroz.

Otra vez. Sin que pudiera evitarlo.

—¿Has venido a por mí? ¿O es esto lo que de verdad quieres, milord? —canturreó, mostrándole la bolsa con el oro.

—Lo que quiero es hacerte comprender que no soy ningún pelele al que puedas manejar a tu antojo. Si estás aquí, ahora, danzando como una… como una…

—¿Ramera?

—Esa palabra no te define, ni te definirá nunca. Como una mujer experimentada —continuó, después de tragar saliva para regar su garganta seca—. Si te encuentras aquí, en estas… circunstancias, es solo porque yo decidí permitírtelo.

—Oh, bien. Porque eso quiere decir que al fin has considerado mi oferta como de verdad debiste considerarla desde un principio.

Y no había ni rastro de miedo en su expresión mientras lo decía. Tampoco arrepentimiento. Caelen tenía la sensación de que acababa de caer en una trampa urdida por él mismo sin proponérselo.

—Recuperaré eso que tanto ansías para ti —afirmó, sujetando su muñeca hasta que la bolsa bailó delante de sus ojos—. Porque además de un guerrero curtido en mil batallas, soy un hombre. Y estoy a punto de demostrártelo.

¡Al diablo con las monedas!

Se olvidó de todo lo que no fuera la suavidad de aquella boca que ya había probado antes, abierta para él cuando se abalanzó sobre ella como un ave de rapiña, sin darle la oportunidad de apartarse o rechazarlo.

Ambas posibilidades estaban fuera de su alcance, aunque pronto comprobó que ella no se resistiría.

—¿Esto era lo que buscabas con tu absurda escapada? —El miedo le comprimió el estómago al pensar en lo que podría haberle ocurrido si él no la hubiera seguido—. ¿Querías atraerme hasta un lugar más íntimo, para llevar a cabo tus retorcidos planes?

—Quería escapar de ti, llevándome lo que he venido a buscar.

—¿Las monedas? ¿Nuestra unión física? ¿Un hijo, como afirmaste en su momento?

Volvió a devorar sus labios con avidez. Con hambre contenida.

Como si sus instintos al fin se desatasen, sin temer las consecuencias.

La apretó contra su pecho y al mismo tiempo, la empujó contra la pared más cercana mientras sus dientes y su lengua vagaban a lo largo de su cuello.

Saboreando la textura firme, sedosa y húmeda de la piel que tanto lo había obsesionado.

—Lo que… he venido a buscar… —repitió Freydis, arqueándose hacia él cuando apartó parte de aquella camisola obra del mismísimo Belcebú, para dejar expuesto uno de sus preciosos pechos—. Ya sabes… lo que es…

—No, no lo sé.

Nunca había tenido que hacer nada tan difícil como apartarse de ella después de saborear aquel pezón duro y sonrosado, mientras la escuchaba gemir.

Cuando alzó la cabeza, vio sus ojos nublados por la pasión.

Brillantes por la lujuria, al igual que sus labios hinchados o la boca entreabierta.

Era la provocación hecha carne. Y él estaba a punto de caer.

—Dímelo. ¿Cuál es tu voluntad?

—Quiero que me tomes.

Su mirada vagó sobre ella, de la cabeza a los pies.

Deseaba hacer lo mismo con sus manos. Con el resto de su cuerpo.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

¿Y si la tenía a ella, junto con su libertad? ¿Qué mejor manera de ganarse su confianza que acostándose con ella?

Acostarse con ella...

Todo él se tensó con solo pensarlo.

—De acuerdo. Has ganado. —La tenía prisionera entre su cuerpo y la pared, pero adelantó las caderas hasta que su erección se le clavó en el vientre—. No será suave, ni tierno. Habrá dolor, incluso violencia…

—No me importa.

—En ese caso, cumpliré tus deseos. Pero antes, debo prepararte.

¿Estás dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?

—Cuando ella asintió, su imaginación se desbocó.

Y su mente dejó de pertenecerle—. Voy a cumplir tus deseos, porque ahora mismo no puedo hacer otra cosa.

Ahora mismo eres un maldito peligro para mí.

Sus ojos recorrieron las curvas sinuosas que tenía tan cerca.

Las caderas suaves que se perfilaban contra el tacto de sus manos.

Las piernas casi infinitas que, de pronto, deseó que lo rodearan.

El montículo de rizos rubios que coronaban sus muslos, brillantes con una humedad que él mismo había provocado.

Deseó sumergirse en lo que estos escondían y no salir de allí jamás.

Sabía que, si seguía por ese camino, acabaría perdiendo por completo el control…

Y lo perdería. Pero más tarde. Aquel era el momento de la iniciación.

Debía atesorar todo el temple necesario para guiarla hacia el reconocimiento de su verdadera naturaleza.

Apasionada, lujuriosa, atrevida, desinhibida…

—Caelen, tómame.

Fue un ruego que ella acompañó pegándose aún más a él.

Le ofreció de nuevo su boca, y Caelen no la rechazó.

Buscó su lengua en un beso desaforado, lleno de una urgencia que su cuerpo luchaba por contener.

Sus manos se escondieron bajo la tela de seda; le siguió su cabeza, que ascendió por el recoveco de su cintura lamiendo su sabor salado.

Único. La sintió retorcerse contra él mientras la sujetaba.

Escuchó sus jadeos cuando llegó al profundo valle entre sus pechos y los amasó como si fueran lo más preciado de su vida.

Aquello empezaba a convertirse en un problema, y no podía permitirlo.

¡No! Debía recuperar el control de la situación, o sería él quien estaría perdido.

—Eres tan apasionada que me abrumas —murmuró cuando dejó de mordisquearle el labio inferior—. Pero hemos de ir despacio, o no lo disfrutarás.

—No quiero…

—Sí que quieres. Y voy a demostrártelo ahora mismo.

Desesperado, coló una de sus manos entre sus muslos hasta alcanzar su sexo.

Estaba empapada. Justo como quería que estuviera. Justo donde necesitaba que estuviera.

Sin despegar sus ojos de los de ella, Caelen descendió hasta estar de rodillas entre sus piernas y le colocó una sobre sus hombros. Freydis emitió un gritito de escepticismo, pero él la tranquilizó con una sonrisa llena de seguridad, al mismo tiempo que soplaba sobre sus rizos íntimos.

—No voy a dañarte —murmuró—. Voy a complacerte, como dije que haría. Voy a enseñarte el placer que puedes alcanzar y todo lo que añorarás cuando lo conozcas. Cuando acabe contigo, serás una mujer distinta.

Ella se sobresaltó cuando su boca alcanzó los pliegues de su sexo. Intentó apartarse, pero él la mantuvo pegada a su rostro. Y cuando inhaló su perfume único, estuvo seguro de que tardaría mucho, mucho tiempo, en considerar que había acabado con ella.