CAPÍTULO 16
El terreno siguió cediendo.
Y su tranquilidad saltó por los aires. Igual que su orgullo.
—¡Por favor, ayúdame! —gritó con todas sus fuerzas.
En aquella ocasión, él sí se giró.
Y en lo que duraba un parpadeo, lo tuvo allí, analizando la situación como si ella tuviera todo el tiempo del mundo.
—Me parece bien que mantengas la calma, pero debo recordarte que esto…
—Esto es la turbera que yo he rodeado hace un momento. ¿Por qué no has hecho tú lo mismo?
—Porque estaba… distraída —reconoció—. ¡Pero deberías darte prisa!
Lo escuchó maldecir en gaélico. Con la respiración contenida, lo vio buscar a su alrededor, hasta alejarse de nuevo.
—¡Eh, no me dejes así! —El pánico comenzaba a hacer mella en ella—. ¡No sé qué debo hacer! ¡Si me muevo, me hundo! ¡Si me quedo quieta, también!
—De momento, deberías quedarte callada. —¡Había vuelto, armado con una rama larga que colocó entre los dos! Freydis estuvo a punto de llorar de felicidad cuando comprendió—. No puedo agarrarte de los brazos y tirar, porque quedaría atrapado también, así que sujétate al otro extremo de la rama…
—¡Es muy endeble!
—¡Hazlo y sigue mis instrucciones, o morirás aquí! —En mitad de su angustia, ella cedió—. Muy bien. Ahora inclina el cuerpo hacia delante y muévete despacio. Así —la animó cuando lo obedeció sin rechistar y él comenzó a tirar de forma gradual—. Saca una pierna poco a poco. Bien. Ahora la otra…
Se movían en una sincronización casi perfecta, que terminó al fin con ella fuera de la turbera, en los brazos de Caelen.
Por un segundo se derrumbó contra su pecho para recuperar el aliento. Para permitirse mostrarse débil, por una vez en su vida. Protegida, aunque le costara admitirlo.
Escuchó el latido apresurado de su corazón. Su suspiro de alivio. Notó el mentón barbudo apoyado sobre su pelo y pensó que en aquel momento se hallaba tan eufórica que podría engancharse a su cuello y besarlo hasta que no le quedara aliento que ofrecer.
Pero entonces él la apartó con determinación, y una mirada llena de reproches que le heló la sangre.
—Aquí tienes tu bota. Póntela —le ordenó.
—Pero…
—¡Eres una maldita temeraria! ¿Y tú presumes de guerrear como un hombre? ¡Ninguno de los míos habría cometido semejante torpeza, ni siquiera en un terreno desconocido como es tu caso! ¿En qué demonios estabas pensando para dejar de seguir mi estela?
«Venga, díselo. Pensabas en cómo seducirlo, en cómo robarle. En cómo conseguir quedarte encinta de él, para hacerle pagar para siempre por…».
—Estoy helada, agotada y sucia. Pero, como puedes ver, a pesar de haber perdido la bota, conservé la daga —siseó con indignación, mostrándosela—. Al menos podremos seguir adelante con cierta garantía de seguridad.
—Eso si la dama no vuelve a perderse en pensamientos que no tienen que ver con nuestra situación, y termina en algún lugar mucho más peligroso que una turbera, sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.
—Con una mirada de tristeza, él señaló su pie—.
Cálzate y sigamos. Nos queda mucho camino por delante antes de descansar.
—¿Y si tirito tanto que no puedo caminar más?
—No pareces tan frágil —refunfuñó, sacudiendo la cabeza mientras retomaba la pendiente.
Maldito fuera, sabía que resistiría el frío. Estaba acostumbrada a soportar condiciones mucho peores que esa, pero ninguna tan humillante como la realidad de que había dependido de él, por segunda vez en un espacio demasiado corto de tiempo.
La propia furia destinada a sí misma la impulsó a acelerar el ritmo, hasta casi ponerse a su altura.
—Se me despellejarán los pies antes de permitir que vuelvas a llevarme ventaja en nada, escocés —le susurró.
Él solo le respondió con una mirada contundente.
Su actitud arrogante ya no lo abandonó, ni siquiera cuando, al fin, encontraron un pequeño claro en el que pasar la noche, rodeado de altos y frondosos árboles que los resguardarían de las inclemencias del tiempo y de los peligros que pudieran acecharlos.
Sin que mediara palabra entre ellos, dispusieron una pequeña hoguera con las pocas ramas secas que pudieron encontrar y sacaron las escasas provisiones que el escocés llevaba.
—Mañana me haré con una montura, no te preocupes —le informó con frialdad, mientras mordisqueaba un trozo de queso que habían comprado a una mujer—. Así evitaremos que te metas en más problemas.
—¿Serás capaz de lidiar con los que el caballo puede traerte?
Desde el otro extremo de la fogata, Caelen pareció fulminarla con sus ojos grises.
—No estoy de humor para provocaciones. Hoy ha sido un día demasiado intenso y estoy agotado —añadió, bebiendo un largo trago de agua—. Termina y ven a acostarte.
—Estoy bien aquí, gracias —respondió, con los brazos rodeando sus rodillas flexionadas—. El fuego me calentará y me secará.
—Es posible, pero el calor humano lo hará antes y de forma mucho más segura. —No parecía nada contento por el ofrecimiento cuando se tumbó en el suelo—. Vamos. A pesar de la flaqueza demostrada, no me he comido a ninguna mujer jamás, en el sentido literal de la palabra. No esperes ser la primera.
—Si no quieres hacerlo, ¿por qué me lo estás proponiendo?
—Porque todo serían ventajas. Ven y te lo demostraré —replicó con sorna.
—¿Y si me niego?
—En ese caso, no me importará lo más mínimo que estés mojada y sucia a la hora de cargarte sobre mi hombro, desarmarte de forma indefinida, imponerme por la fuerza y pegarte a mí por el resto de la noche —afirmó, con un tono más temible que cualquier grito—. ¿Y bien? ¿Ya te has decidido?
Freydis se tomó un momento para pensárselo mientras lo observaba a través de las llamas.
Sus rasgos pronunciados mezclaban nobleza, orgullo y dureza, mucha dureza. La miraba con expresión de halcón.
Se sintió insegura. Un halcón era lo que menos deseaba ver en él.
«Pero es lo único a lo que ahora mismo puedes agarrarte. Tus recuerdos están anclados a ese animal. Si consigues intimar con el escocés, también te anclarán a él…».
Una vez más, su recién descubierta conciencia tenía razón.
—Resultas molesto —siseó.
—¿Cómo dices?
—Que no permitiré que te propases conmigo —añadió, acercándose a él con el puñal en la mano—. Gracias a ti, sigo armada.
—Yo también. Deberías recordar que la propuesta de…
copular, según tus propias palabras, salió de ti, con todo lo que implicaba.
Yo solo me limitaría a cumplir tus deseos.
—Que en aquel momento no parecían los suyos, a juzgar por el gesto orgulloso que le dedicó cuando la tuvo tumbada delante de él—.
Aunque no será hoy, vikinga. Hoy nos limitaremos a vigilarnos más de cerca.
El susurro se filtró por sus oídos hasta provocarle un escalofrío…
y nublarle la mente de todo lo que no fuera el pecho de él pegado a su espalda.
El sonido de su respiración acompasada, mezclado con el aroma único que ya había aprendido a identificar, y con el firme agarre del brazo masculino alrededor de su cintura.
¿Por qué no podía mantenerse inmune a todo ese despliegue de sensualidad? Hacía días que no tomaba la poción, pero la última tendría que haber bastado por el momento.
«No debería importarte. Reconoce que el calor que mana de él te está relajando y secando tanto que comienzas a bajar la guardia…».
—¡Oh, cállate y vuelve al lugar del que saliste!
—Si te refieres a mí, te aseguro que eso será lo que haga. Pero más tarde. Mucho, mucho más tarde.
Freydis se mordió la lengua cuando la pegó más a él, hasta que notó la forma dura de las monedas de oro clavándose en su trasero.
Suficiente para que dejara de soñar despierta y pusiera de nuevo los pies en el suelo.
Sin imaginarlo siquiera, el escocés le había ofrecido en bandeja de plata la oportunidad de hacerse con el botín. Esperaría a que él estuviera dormido, cortaría la cuerda de la bolsa con su daga y huiría de allí aprovechando la noche.
Claro que, si lo hacía en aquel momento, la segunda parte de su plan jamás se llevaría a cabo.
La más importante. La única que había despertado en ella esa vocecilla interior que la aconsejaba como si tuviera remordimientos.
Como si fuera justa.
Pero siempre había presumido de no poseer conciencia ni un sentido equitativo de la justicia.
Aquel era el mejor momento para demostrárselo a sí misma y, sobre todo, al hombre que la mantenía a salvo, acurrucada contra su duro cuerpo.
Que le proporcionaba calor a través del aliento que depositaba junto a su oreja.
Que, quisiera ella aceptarlo o no, permanecía alerta a cualquier peligro.
Algo que no lograba entender, por muchas explicaciones que le hubiera ofrecido.
Un ramalazo de pánico la tensó de arriba abajo.
Debía poner freno a aquel sinsentido, y tenía la manera de hacerlo en la mano.
Aún empuñaba la daga. Un arma que tendría que haber utilizado contra el escocés en cuanto se le presentó la oportunidad.
Pero no, por supuesto. ¡Tuvo que mostrarse agradecida porque le hubiera salvado la vida, en lugar de acabar con esa atracción insana que parecía sobrevivir a todos los brebajes conocidos por Sigrún!
Pues bien, prescindiría de magias y debilidades y se mostraría como lo que era de verdad.
Aguzó el oído hasta asegurarse de que la respiración de Caelen era acompasada y profunda, y se arrastró hacia delante muy poco a poco, alerta por si él reaccionaba, hasta que pudo librarse de su brazo.
Echó una rápida mirada por encima del hombro, conteniendo el aliento.
Nada. Al parecer, estaba tan agotado que había caído en las garras del sueño sin remedio.
—Primer gran error de todo guerrero que se precie de serlo, escocés —murmuró, con una sonrisa de victoria.
El segundo, por supuesto, consistía en dejar a la vista sus tesoros más preciados, como por ejemplo la bolsa con las monedas. Una vez estuvo a una distancia prudencial, retrocedió con cuidado de no hacer ruido y logró cortar la cuerda que amarraba el oro al cinturón del escocés.
—Freydis… Oh, Freydis…
Ella se quedó inmóvil. Sus ojos volaron hacia el rostro de MacSween, dispuesta a presentar batalla… Pero por suerte, seguía inmerso en uno de sus sueños en los que, según todo parecía indicar, ella seguía siendo la protagonista.
Debía reaccionar antes de que despertara de verdad. Tomó uno de los troncos que todavía ardían en la hoguera a modo de antorcha y se alejó, internándose en la espesura del bosque, a sabiendas de que no tardaría en encontrar el mar y, con él, alguna embarcación.
No miró atrás cuando se guio por la poca iluminación de su antorcha improvisada.
Estaba sucia, pero en cuanto se alejara lo bastante del escocés le pondría remedio.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba caminando cuando se detuvo en una pequeña cala, siguiendo el sonido hipnótico del mar.
Se hallaba escondida entre paredes de roca negra cubiertas de líquenes.
Apenas había playa; solo una lengua estrecha de guijarros húmedos donde rompía el agua gris del estrecho.
Más arriba, protegidos del viento, sobrevivían los restos de una construcción nórdica abandonada hacía décadas.
No más de media docena de muros bajos de piedra y el esqueleto podrido de una techumbre hundida.
Después de asegurarse de que no la había seguido, entró en la ruina. El viento apenas alcanzaba el interior. Todavía quedaba un viejo círculo de ceniza endurecida donde otros encendieron fuego mucho antes que ella.
El lugar idóneo para agradecer, celebrar y purificarse.
Lo primero que hizo fue quitarse la ropa húmeda.
Quería desprenderse de los restos de la turbera, pero también del aroma de Caelen, y que no desapareció de su piel por mucho que se frotó.
El maldito permaneció en su mente incluso cuando decidió cubrirse con la camisola que Sigrún le había regalado, la única prenda limpia que poseía.
Aunque había conseguido parte del oro.
El placer de la victoria la desarmaba, pero el alivio de haber sido capaz de apropiarse de las monedas casi la hizo gritar. Con los ojos cerrados, comenzó a dar vueltas alrededor de las brasas para agradecer a Freyja la fortuna recuperada.
—Una vuelta por Rurik y los demás. Sé que están a salvo —recitó, danzando cada vez más frenética, como si el espíritu de la diosa se hubiera apoderado de ella—. Otra por mi rey, para que pueda mantener estas tierras bajo su mandato. Y otra… Otra por mí…
Para que sus dudas quedaran olvidadas. Para que su lealtad permaneciera al lado de lo que siempre había creído la única verdad establecida.
Se sentía atada a la voluntad de un hombre, porque era incapaz de imponer la suya.
Debía seguir adelante con todo lo que tenía pensado, por mucho que hubiera recuperado parte del oro de la Estirpe.
No podía desligarse de la imagen del escocés.
De las emociones primitivas que la inspiraba.
Su danza se volvió sinuosa, atrevida. Mitad alegre, mitad triste. Porque…
—No hay duda. Eres mucho menos astuta y mucho más temeraria de lo que yo mismo estaba dispuesto a admitir.