Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

—No me has dicho por qué seguimos adelante, sin un rumbo fijo, y sin que tengas intención de entregarme a tu hermano.

La provocación surtió efecto.

Después de aquel beso desconcertante, Caelen se había sumido en un mutismo que, unido a su malhumor, consiguió que el de Freydis también empeorara.

No le dirigía la palabra, y lo poco que hablaban se convertía en un escueto intercambio de órdenes y contraórdenes, hasta que uno de los dos cedía con un gruñido.

Habían mantenido las distancias mientras comían, mientras atendían sus necesidades fisiológicas e incluso mientras dormían.

Pero la tensión estaba ahí, latente. Con una sola palabra, el equilibrio se rompería.

—Ahora que te has recuperado, te conviene reservar las fuerzas —fue su respuesta cortante, sin aminorar la marcha.

No miró hacia atrás porque sabía que ella lo seguiría. Había demostrado tanto interés en las monedas de la bolsa que él llevaba colgada del cinturón, bien a la vista, que no necesitaba más reclamo para asegurarse de que ambos respetarían ese equilibrio precario que mantenían.

Un arma por una guía fiable. No estaba muy segura de que aquel fuera un trato equitativo, pero debía reconocer que, hasta que no encontraran a los suyos, si es que lo hacían, era lo único que podía aceptar del escocés.

—¿Quién me asegura que estemos buscando a Rurik y a los demás? —Él se detuvo, aunque la mirada que le dirigió por encima del hombro fue tan dura que se arrepintió de haberlo preguntado, aunque su lengua opinara lo contrario—. No deberías mostrarte tan huraño conmigo y sí un poco más… comunicativo.

—Así que comunicativo.

—Si vamos a remar en la misma dirección, deberíamos conocer al dedillo los planes del otro.

—Así que los planes del otro.

—¿Quieres dejar de repetir mis propias palabras? —gruñó ella, exasperada, cuando él alzó una sorprendida ceja—. Llevamos días fuera de la cabaña que era nuestro refugio. Apenas me hablas, salvo para darme órdenes: «Come, bebe, duerme, ven, vete».

—Y tú tardas demasiado en cumplirlas, dicho sea de paso.

—¡No puedo cumplirlas cuando pienso que, en cualquier momento, me entregarás al MacSween de Jura! Ya estoy cansada de fingir mansedumbre. ¡Ni soy sumisa ni tonta!

—Eso ya me quedó claro en su momento.

—Entonces, ¿por qué te empeñas en jugar al despiste conmigo?

—Así había rehuido sus torpes intentos de repetir el beso, solo para poder tener un mejor acceso a la bolsa, se recordó ella mientras se sentaba sobre una roca, ignorando aquella maldita niebla que parecía acompañarlos siempre, y la humedad constante que llevaba consigo—.

No voy a moverme de aquí hasta que no me lo aclares.

—Me parece que los dos tenemos mucho que aclarar, pero no ahora. Vamos.

Ella se cruzó de brazos y alzó la barbilla, desafiándolo.

—Lo cierto es que estoy cansada. No.

—Vamos, he dicho.

—No.

Caelen abrió y cerró las manos al menos un par de veces. Allí parado delante de ella, con las piernas separadas y aquel gesto tormentoso, podría parecer intimidante para otra que no fuera una guerrera hecha y derecha. Pero ella cumplía ambos requisitos.

—Me estás haciendo perder la paciencia y el tiempo, muchacha —lo oyó refunfuñar.

—Perderás mucho más si no me respondes como es debido. Recuerda que yo tengo el puñal. Hasta hoy, nuestra única arma, lo cual me lleva a preguntarme por qué, en estos días, no te has molestado en obtener al menos una espada con la que…

—¡Está bien! —Elevó los brazos al cielo, pero después tiró de sus hombros para ponerla en pie.

La pendiente que estaban ascendiendo hizo que los ojos de ambos quedaran a la par—.

No pienso entregarte a mi hermano hasta que no me cuentes todo.

Y con todo me refiero a todo —remarcó muy despacio, con los párpados entornados en señal de advertencia—.

Sé que sueñas conmigo, del mismo modo que yo sueño contigo.

¡No te atrevas a negarlo! —añadió, cuando ella abrió la boca—.

Sé que el beso que compartimos te confundió tanto como a mí; por eso te lo estoy poniendo fácil estableciendo las distancias y, lo que es más importante, manteniéndolas.

—Yo no necesito que…

—¡Si quieres respuestas, más vale que me dejes dártelas del tirón! —Freydis enmudeció—. Quiero saber el significado del halcón que tienes en el hombro y que es el mismo que hay en las monedas que llevo en la bolsa. Sí, esas a las que prestas casi la misma atención que a mí.

—¡No te pavonees tanto, escocés del demonio! ¡Te presto la atención necesaria para que esa herida del muslo no nos estorbe en lo que sea que estemos haciendo!

—Ah, sí, gracias, Señor de los Cielos. Me acompaña una extranjera que, además, es una santa… —Al fin decidió soltarla, pero su risa no tenía nada de alegre cuando volvió a señalarla con el dedo—. ¡Nadie te pidió ayuda! ¡He sobrevivido a heridas mucho peores!

—¡Yo también! Si te fijaste en mí cuando me quitaste la ropa, ¡habrás podido ver las cicatrices!

Él dejó salir el aire de golpe. La furia pareció abandonarlo en parte. Un brillo sospechoso acentuó el gris de sus ojos cuando la recorrió entera. Con tanta lentitud que cada poro de su piel pareció arder.

Sin que la tocara siquiera.

Era vergonzoso. Pero también gratificante. En lo más hondo de sí, ella sonrió ante la evidencia.

Seguía excitando al escocés.

Eso era un arma mucho mejor que la daga que llevaba, porque le permitiría vencerlo sin verter ni una gota de sangre.

—Créeme, me fijé tanto que la estampa aún me persigue por las noches —reconoció él con la voz ronca—. Pero no consentiré que lo uses en mi contra. Te agradezco tus cuidados con mi pierna.

—No busco tu agradecimiento.

—Buscas respuestas, pero para encontrarlas tendrás que aceptar ese agradecimiento. —Entonces fue él quien se cruzó de brazos. Ella asintió a regañadientes—. Bien. Porque era sincero, igual que todo lo que te he dicho hasta el momento.

—Pero no me has dicho todo, claro.

—Tampoco tú lo has hecho, claro —replicó él con rapidez—. Aunque puedes estar tranquila en lo que al señor de Jura se refiere. Lo que me une a ti es personal. Si has de ser la prisionera de alguien, ese soy yo. En lo referente a tus guerreros, no tengo la menor idea de dónde pueden estar.

—Entonces, ¿hacia dónde nos dirigimos?

—Hacia un lugar relativamente seguro. La cabaña no lo era, por mucho que nos resultara confortable.

Ignoramos quiénes eran los hombres que nos atacaron en la aldea, si nos persiguen, si hay más o de dónde podrían salir —afirmó Caelen, recorriendo los alrededores con la vista—.

Sí, claro que he tenido oportunidades de armarme hasta los dientes sin gastar una sola de las monedas de oro que llevo conmigo, pero eso hubiera supuesto para ti una posible ventaja que no estoy dispuesto a otorgarte.

—¿Para mí?

—Mujer, he convivido contigo el tiempo suficiente como para apreciar que eres peligrosa.

Sé de dónde proviene tu peligro —añadió, con una media sonrisa insinuante—.

Y no pienso ponerte las cosas fáciles. Dependes de mí para salir de este lugar.

Si estoy callado, es porque no sé quién puede escucharnos.

Si camino todo lo rápido que la pierna me permite, es para atravesar las zonas despejadas antes de que alguien pueda atacarnos.

Y si ahora mismo pisamos un terreno cubierto de brezo oscuro y hierba alta, envueltos en niebla, es precisamente para aprovechar sus ventajas.

—¿Qué ventajas?

—Los guerreros contra los que luchamos eran escoceses.

—Disgustado por la cantidad de explicaciones que tenía que ofrecer, terminó sentado a su lado, con la vista al frente—.

Lo sé por su manera de luchar. Eso, por sí solo, ya es garantía de que conocen el terreno, al menos igual que yo.

Solo contamos con una daga y nuestra pericia.

Me parece de seres inteligentes tomar todo aquello que la naturaleza nos quiera ofrecer de manera adicional en nuestro beneficio.

Su actitud hostil había desaparecido conforme hablaba. Ahora la miraba con una mezcla de recelo y ternura que se le metió en el pecho, hasta conseguir que su corazón temblara.

¡Cielo santo, la garganta se le cerraba a causa de su enemigo!

Freydis tuvo que contenerse para no soltar un suspiro. ¡Si hasta se le había olvidado respirar! Sus ojos permanecían clavados en los de él, como si estuviera dispuesta a corresponder su arranque de franqueza con otro muy parecido.

—De momento, no tengo más preguntas. —Se puso en pie de un salto, espantada cuando vio una de sus manos deslizarse hacia las de ella, con toda la intención de albergarlas entre sus dedos.

De acariciarlas. De transmitirles calor, tranquilidad y esa extraña afinidad a la que seguía resistiéndose con uñas y dientes—.

Te agradezco que te hayas molestado en ser… agradable.

—He sido muchas cosas para las mujeres, pero creo que jamás me habían llamado agradable .

Con esa inofensiva confesión, acababa de ofrecerle la primera oportunidad en días para acercarse a él.

Para seducirlo, como Sigrún le había aconsejado.

Se aprovecharía de sus defensas bajas. Conseguiría acostarse con él.

Y después le arrebataría la bolsa, aunque no tendría que suceder en ese orden necesariamente…

—En ese caso, o te has mostrado como el borrico maloliente que eres la mayor parte del tiempo, o has tenido pocas mujeres —insinuó, ladeando la cabeza cuando los ojos masculinos se fueron tras sus largas y gruesas trenzas.

—Las suficientes como para no involucrarme con ninguna fuera de mis necesidades como hombre.

—Miró de nuevo más allá de ella, como si su simple comentario le reportara dolor, en lugar de la atracción que pretendía—.

Digamos que estuve a punto de perderme para siempre, pero que por fortuna encontré el camino adecuado.

—¿Hacia la socarronería?

—Hacia la protección total frente a muchachas con cara de ángel y mente endemoniada. Y ahora, prosigamos. Debemos encontrar algo para comer y un lugar seguro donde dormir antes de que se haga de noche.

Eso significaba que el momento de las confesiones se había terminado. Regresaban los pagos a cambio de la comida indispensable para subsistir, las hogueras entre maleza, las guardias para evitar ser sorprendidos de nuevo y, al mismo tiempo, vigilar al otro…

Caelen volvió a ser el escocés huraño e inaccesible que la había acompañado en cuanto tomó la iniciativa para imponer el ritmo.

Freydis estuvo a punto de preguntarle por qué no robaba un caballo para ir más rápido y poder descansar, pero pensó en lo que aquello podía significar.

En el roce de sus cuerpos casi total, mientras se mecían al trote del animal.

En el aroma ya familiar impregnándola por completo, sin posibilidad de resistírsele.

En el sonido profundo y atrayente de su voz cuando no se dejaba llevar por la ira… y decidió no tentar a la suerte.

—¿Vuelves a estar enfadado y por eso caminas tan rápido? —preguntó en cambio, cuando la pendiente se hizo más pronunciada y su debilidad la dejó unos pasos atrás—. ¿O es que pretendes darme algún tipo de lección para que me mantenga callada?

—¿Tú, callada? ¡Por Dios, mujer, sería más fácil que se helaran los fuegos del infierno!

—Con un resoplido, retrocedió y volvió a poner las manos sobre sus hombros—.

Sí, estoy enfadado. Porque no me gusta la situación en la que tu imprudencia nos ha puesto.

Porque debo mantenerme alerta con todo lo que nos rodea y contigo.

Pero, sobre todo, porque no me gusta sentir lo que siento cuando te tengo cerca.

Porque odio todo lo que implica esa presión a la que me sometes con tan solo un parpadeo.

Porque no se me va de la cabeza tu propuesta y sigue muy presente entre nosotros…

Y porque estoy dispuesto a resistirme a ti con uñas y dientes, aunque en el fondo sé que, tarde o temprano, los dos cederemos a lo que de verdad nos lleva al otro.

Señor de los Cielos…

Aquello había sonado tan intenso que, durante un instante, olvidó que debía resistirse a él.

Hasta que se dio cuenta de que él ya se encontraba a una distancia considerable.

—Espérame —murmuró, avanzando todo lo rápido que podía—. Malnacido arrogante, te crees que puedes soltar todo eso como si nada y después…

Su sarta de insultos se interrumpió cuando pisó una zona de turba encharcada.

Sintió que una de sus piernas se hundía hasta el tobillo e intentó salir, pero enseguida comprendió el error. El terreno alrededor se rompió como una costra mojada, y la pierna desapareció hasta la rodilla.

Luego le siguió la otra.

Acababa de caer en una trampa espesa de agua negra, raíces y barro ácido, que él había sorteado sin problema.

Intentó sacar una pierna…, pero notó cómo dejaba la bota en el camino.

Luego el terreno volvió a ceder debajo de ella, hasta la cintura.

—Caelen… —murmuró entre dientes. Él seguía avanzando. Maldición. Después de todo, tendría que depender de él… otra vez—. ¡Caelen! ¡Socorro!