Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Estaba pálido cuando se dejó caer de nuevo sobre el banquete, como si las piernas no lo sostuvieran. Tan atónito que tardó en recomponerse para plantarle cara.

—No puedes forzarme a llenar tu vientre con mi semilla, ni tampoco a casarme —le soltó, en un murmullo que le costó escuchar—. Tampoco...

—Es un niño lo que quiero, no un matrimonio.

—¿Por qué quieres un hijo mío?

—Porque lo que se hereda no siempre es oro ni tierras. A veces es el valor de un nombre… y la fuerza para saldar deudas antiguas.

Evitó decirle que sería su elección, no la del rey, ni la de la Estirpe. Que sería su forma de desafiar un orden impuesto del que comenzaba a dudar. Su manera de devolver a la sangre lo que le había sido arrebatado.

—¿Piensas que yo consentiría que mi primogénito fuera hijo de una conquistadora del norte?

¿Una mentirosa empedernida? ¿Una muchacha que se abre de piernas solo para conseguir sus propósitos?

—Caelen lanzó una carcajada áspera—. ¡Eres más inocente de lo que te crees si ignoras que un hombre puede proporcionar placer a una mujer y a sí mismo sin necesidad de convertirla en madre!

—Con todo su aplomo recuperado, volvió a ponerse en pie y avanzó hacia ella poco a poco—.

Estaré encantado de demostrártelo, pero antes dime: ¿tan ansiosa estás por compartir mi lecho que te vendes a mí? —preguntó con mordacidad.

Ella alzó la barbilla y lo miró, desafiante. Antes muerta que demostrarle el miedo que comenzaba a superarla.

—Estoy ansiosa por restablecer la memoria de los míos. Por impartir justicia. Y si para lograrlo tengo que venderme, que así sea. Estoy dispuesta.

—Dispuesta. Bonita palabra. Resume lo que siempre he querido de una mujer. Desde que nos

encontramos, he deseado lo que me ofreces, sin más complicaciones.

—Se detuvo frente a ella. En toda su imponente estatura.

Abrasándola con una simple mirada—. Mi cuerpo, a cambio de tus objetivos.

Sin importar que realmente concibamos un hijo, ¿no es cierto?

Después de todo, yo no lo conoceré. Y, si no lo conozco, no estableceré vínculos afectivos con él, ¿verdad?

¡Eso es exactamente lo que has pensado de este sucio, maloliente e insensible escocés!

Pero se te ha olvidado que puedo reducirte con una sola mano, estés de acuerdo o no…

—Ni lo intentes. —Antes de que posara su mano extendida en cualquier parte de ella, Freydis colocó la daga entre los dos. Él se quedó inmóvil—. ¿Esta vez no me animas a rajarte las tripas? Quizá sea porque sabes que lo haré sin que me tiemble el pulso.

—O quizá porque lo que pretendo dista mucho de un ataque. —Sus ojos no mostraban temor alguno cuando hundió los dedos en sus rizos sueltos hasta alcanzar el cuero cabelludo—. Si tu intención es seguir adelante con tus ridículos propósitos, deberías saber primero a qué atenerte conmigo.

—Ya lo sé. Te he visto. En mis sueños.

No sabía qué especie de ente malvado se había apoderado de ella para volverla tan imprudente, pero, en lugar de sorprenderse, Caelen exhibió una sonrisa llena de seguridad. Irresistible.

—Espero que como yo en los míos, porque no soy ningún caballero que tu mente de virgen haya podido fabricar —murmuró, acercando la boca hasta que solo quedó a medio suspiro de la suya—. Del mismo modo que tú tampoco te comportabas como ninguna dama en mi imaginación.

Cuando sus labios estaban a punto de tocarse sin que ella pudiera ni pretendiera hacer nada para evitarlo, él se detuvo y comenzó a olisquear, con el ceño fruncido.

—Un momento… ¿Qué es…?

Dioses, la poción.

No olía mal, pero era un aroma, como mínimo, extraño para todo aquel que no estuviera familiarizado con él.

—Es una bebida para... para librarme de mis pecas —declaró.

—¿De verdad? —Él capturó uno de sus mechones con su mano libre y giró su cara hacia la luz de la antorcha más cercana—. Esa mezcla debe de ser muy potente para librarte de esas pequeñas manchas que, por otra parte, aumentan tu atractivo.

—No quiero aumentar mi atractivo, sino...

—Averiguar qué es exactamente lo que me pides.

Y lo que me ofreces. —Él deslizó las yemas de los dedos hasta su cuello.

Con el brazo libre, enlazó su cintura y la aprisionó contra su pecho, con tanta fuerza que ella apenas pudo soltar la daga a tiempo de que no se clavara en su estómago—.

¿Lo ves? No hubieras sido capaz de hacerlo.

—Por el momento.

Ella lo contempló con su corazón martilleando.

Su pelo negro aparecía suelto sobre sus hombros, como si fuera un dios pagano. Indomable, pero mucho más hermoso que cualquier mortal.

Un calor maravilloso amenazó con derretir cada fragmento de su resistencia.

¡No podía permitírselo! Pero se hallaba indefensa. Con el grueso muro construido a base de convicciones inmutables, resquebrajándose a pasos agigantados por culpa de aquel hombre, empeñado en hacer realidad unas fantasías que nunca debieron traspasar la barrera de los sueños.

—¿Estás furiosa? —murmuró junto a su boca.

—¡Sí, maldita sea!

—Entonces, entrégame toda esa furia. Porque cuando comencemos esto, tendrás que matarme para detenerlo. Hay una línea muy fina entre la pasión y la ira —le dijo—. A veces se entremezclan y voy a demostrártelo.

Tocó su boca con la suya con ternura. Un pequeño suspiro se le escapó cuando el escocés movió los labios sobre los suyos.

Su pulso se aceleró, la sangre corrió más lenta y una extraña languidez la invadió. El pulso le palpitaba en el bajo vientre cuando ella ahuecó las palmas sobre los amplios hombros masculinos, deleitándose con esa sensación caliente y sólida que le procuraba la erección presionando contra ella.

Su boca permanecía inmóvil. No sabía cómo aceptar aquello que le ocurría. Cómo encajaba en sus planes. Dentro de ellos, ella se veía fría, tranquila, consiguiendo del hombre lo único que necesitaba.

Pero eso… Eso era otra cosa.

Notó que su aliento, cálido y provocativo, le rozaba los labios antes de que su boca se posara sobre la de ella, capturándola, reclamándola. Separó los labios para quejarse, pero él aprovechó la oportunidad para penetrarla íntimamente con su lengua.

En algún lugar profundo dentro de ella, algo se liberó. El placer circuló por todo su cuerpo. Los brazos de Caelen se estrecharon alrededor de ella. Sus manos se movieron por su espalda, masajeándola, mientras él profundizaba el beso.

A esas alturas, no podía negar su excitación. Ni tampoco la fuerza de su necesidad.

Una neblina cubrió su mente. Ella abrió aún más su boca, aceptando su pasión. Dios, se derretía contra él cuando enlazó las manos alrededor de su cuello y hundió los dedos en su cabello.

Se perdió en el torbellino de deseo. Durante unos instantes, nada más importó.

Ni su nombre.

Ni la razón por la que él se encontraba allí.

Nada.

Se sintió invadida por el sabor de aquel hombre, que acariciaba el interior de su boca con dulzura. Era como una droga erótica que la marcaba a fuego. Más que un beso, significaba un acto de posesión. Una declaración de intenciones y una promesa que, a su vez, exigía una respuesta.

Un encuentro que la excitaba y la desarmaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El calor le enardecía los sentidos. Despertaba en ella un apetito de algo que clamaba ser saciado.

Las manos de Caelen parecían estar en todas partes. De pronto, se sintió elevada hasta el borde de la mesa, sin que esas manos abandonaran sus nalgas. Las presionaron hasta que notó su enorme erección por encima incluso de la manta que había comenzado a caer, dejándola demasiado expuesta.

Una cantidad de sensaciones contradictorias la barrieron de arriba abajo. Se encontró a la vez, sorprendida por su atrevimiento, nerviosa por su dulce ataque y sofocada por la cercanía de un cuerpo masculino que era puro músculo.

—Mi pequeño rayo de luz, al fin te tengo de verdad. En carne y hueso…

Mi pequeño rayo de luz.

De nuevo aquella frase. Cuatro palabras que le hicieron recuperar la poca cordura que le quedaba antes de que fuera demasiado tarde.

No estaba preparada para un asalto de esa magnitud sobre una mesa. No si ella no llevaba el control de la situación.

—Necesito respirar. Necesito…

Empujó el pecho ardiente lo bastante como para que él se apartara, y se alejó hasta el otro extremo de la habitación. No reparó en el desconcierto de Caelen hasta que no vio cómo la observaba vestirse con prisa. Y recordó la daga justo cuando la recuperó.

—¿Has cambiado de opinión? —le preguntó él, con una mirada sombría que reflejaba desilusión.

Incluso tristeza.

—Debo averiguarlo. Haré la primera guardia.

Salió de allí temblando. Mientras la lujuria todavía la mortificaba entre las piernas, su corazón aún latía desbocado y, por fin, su mente comenzaba a funcionar como debía.

Le había soltado que quería un hijo suyo. Sin más explicaciones.

Él ni siquiera le había preguntado por qué. Cuál era la razón que con tanto celo mantenía oculta, y que la llevaba a entregarse a él, a costa de lo que fuera.

Incluso si el primer intento había terminado en un escandaloso fracaso, con altas probabilidades de que el resto, si es que había más, acabaran de la misma manera.

—Has permitido que las emociones te dominen —se recriminó cuando llegó a un lugar lo bastante alejado como para poder recuperar la compostura, y lo bastante cerca como para vigilar a su único compañero—. ¡Estúpida! ¿Acaso ya has olvidado todo lo que te enseñaron?

No, claro que no. Pero nadie le había enseñado a defenderse del poder sexual de un hombre.

Nadie la había preparado para aquel brutal asalto a sus sentidos, del que todavía tenía que reponerse… antes de volver a intentarlo.

Tenía que tranquilizarse. Trazar un nuevo plan que hiciera caer al escocés en su tela de araña, al mismo tiempo que ella seguía a salvo de su influjo. La poción ayudaría, sin duda, pero su voluntad debía hacer el resto.

Apoyó la espalda en el tronco del árbol que tenía tras ella y palpó su casaca.

Allí, hecha un guiñapo, permanecía la camisola que Sigrún le había regalado.

¿Sería capaz de utilizarla?

«Por supuesto que sí», le dijo una vocecilla al oído. «Si te has rendido de una forma tan vergonzosa a los encantos del maldito escocés, con solo un beso, podrás llegar hasta el final».

Debía seguir hasta el final.

—Que Freyja me conceda la fuerza para abrir mis manos sin arrancarme el corazón —murmuró.

Después, le ofreció una plegaria silenciosa, rogándole valor para conseguir distraer al hombre lo suficiente como para arrebatarle las monedas, seguir adelante con sus planes y consumar la venganza que había comenzado a preparar, el día en que decidió creer el relato de la sanadora.

Cuando hubiera llevado a cabo todos sus objetivos con éxito, se encargaría de soportar aquello que ni las batallas habían logrado doblegar, y que comenzaba a salir a la luz a borbotones, amenazando con destruirla:

El deseo, desconocido hasta entonces, de formar parte de otro ser humano.

Los ladridos de Gràr despertaron a Sigrún y al resto del campamento.

—¿Ocurre algo?

—No lo sé, pero lo averiguaremos enseguida. —Rurik se puso en pie de un salto, espada en mano, al mismo tiempo que el resto de guerreros que habían sobrevivido al asalto, y se fundió con las sombras de la noche, dejándola sola por un precioso momento.

Apenas sobrepasaban la veintena. Cinco de ellos habían caído a manos de los mercenarios antes de que estos fueran masacrados por los vikingos, pero el enfrentamiento les había pasado factura.

Durante los siguientes días, tuvo que afrontar curas infinitas, además de la furia de unos hombres que no comprendían la huida de su líder.

—No huyó. Salió tras el prisionero —les había mentido. Necesitaba mantener en secreto los verdaderos planes de Freydis y el motivo que los impulsaba. Aún no era el momento de revelarlos—. Pero los encontraremos.

—¿Cómo? Su rastro se pierde en el río. Ni siquiera Gràr es capaz de encontrarlo.

—Lo hará. Tened paciencia y fe.

Pero, a aquellas alturas, ya escaseaban de ambas cosas. Lo demostraron cuando volvieron de su inspección, tan derrotados como exhaustos, y se envolvieron en sus pieles junto al fuego que aún ardía.

—Solo eran animales. Ni rastro de guerreros… Ni de ellos —informó el vikingo con sequedad—. El tiempo y las provisiones se nos acaban, pero no podemos atacar la fortaleza del líder de la isla con lo que tenemos. Nos comerían vivos.

—Tampoco nos encontramos en condiciones de robarles los barcos, en la misma proporción en la que ellos destruyeron los nuestros, para regresar a nuestro hogar —adujo Ulf.

—¿Has perdido el juicio? ¡Aun en el supuesto caso de que lográsemos arrebatárselos, ni se me ocurriría regresar sin el oro! —Un escalofrío sacudió a Arne, pero él lo disimuló—. No quiero pensar en las consecuencias…

—No creo que fueran tan terribles como insinúas —siseó Orm, para que el resto de los guerreros no escuchara su conversación.

—Da lo mismo cómo serían. No vamos a regresar sin ella, ¿me oís?

—El vozarrón de Rurik terminó con el secretismo de un plumazo.

Su mirada acerada se posó sobre Sigrún—.

Más te vale que este sinsentido termine como todos deseamos, porque no nos queda más remedio que seguir tus indicaciones en esta tierra del demonio…

—¿Acaso has olvidado de dónde llegaba cuando me conociste, vikingo desagradecido?

—Eres tan escocesa como ese MacSween. Por eso no deberíamos confiar tanto en ti.

Ella fingió indignación y le propinó un codazo en el brazo que los mercenarios le habían herido.

—¿Duele? La próxima vez que tengas ganas de emprender la búsqueda por tu cuenta, recuerda quién te curó —murmuró con una sonrisa cuando lo oyó maldecir—. Descansa lo poco que queda hasta el amanecer. Necesitarás toda tu energía para aceptar lo que se avecina, guerrero.

Y no se refería a los peligros que podrían acecharles en forma de nuevas escaramuzas, sino a algo mucho menos tangible, pero demoledor.

Porque, cuando el campamento volvió a quedar en silencio y Gràr se acurrucó junto a ella, elevó los ojos al cielo.

Entonces los vio.

Dos cuerpos enzarzados en el comienzo de la danza del amor, a punto de convertirse en un solo ser.

—Encontrarás aquello que buscas, muchacha —susurró, al tiempo que cerraba los párpados, satisfecha con su visión—. Y contigo, yo también lo hallaré.

Esperó hasta que solo se oyeron los sonidos de los animales nocturnos y la fogata fue apenas un tenue punto de luz. Después, se puso en pie, indicó silencio a Gràr cuando este la siguió, y se internó en la espesura del bosque.

Poco después, divisó la señal. El pequeño fuego que ardía en lo alto de la colina, de forma intermitente. Una, dos, tres veces.

Sigrún se dispuso a responder.

El momento de prestar ayuda a Caelen había llegado, pero no vendría del ejército de Dugall MacSween, sino de Knapdale.

De su propio hogar.