Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Solo alguien capaz de hacerle hervir la sangre con demasiada facilidad podría aguijonearlo con aquella propuesta absurda.

Aunque Caelen imaginaba que el recuerdo constante de ella en sus sueños también tenía algo que ver con el estado de excitación en el que se encontraba, la debilidad de Freydis ya había quedado atrás. Había recuperado la consciencia. Aquella presencia imposible de ignorar.

Volvía a ser la formidable mujer llena de fuerza que lo detestaba mientras no dejaba de mirarlo. La hermosa guerrera que no se rendía, ni siquiera estando en una desventaja tan clara.

Alzó una ceja. El encanto se rompió lo bastante como para que ella recuperara la distancia entre los dos.

—No entiendo qué debemos negociar, muchacha —añadió, más intrigado que otra cosa.

—Si te muestras menos ofensivo conmigo, podría incluso plantearme dejarte descansar cuando tenga que relevarte en las guardias. Porque tendremos que hacer guardias. Confiar el uno en el otro cuando las hagamos. Concedernos un margen para poder bajar nuestras defensas un mínimo.

—Entonces, eres tan valiente como amable. Aunque no recuerdo haberme mostrado ofensivo contigo.

—Te refrescaré la memoria. «Antes, permitiría que se me cayera a trozos». Eso dijiste.

—Ah, espera… Fue cuando tú me lanzaste algo como: «Pierde cuidado, sabandija. Antes me ahogaría con mi propia lengua», ¿verdad? Aunque no estoy muy seguro…

—¡Así fue! ¡No es necesario que me mortifiques más de lo que ya lo hago yo!

Estaba adorable con las mejillas arreboladas, la mirada brillante de ira posada en cualquier lugar que no fuera él y ese gesto huraño. Haría lo posible antes que reconocer lo inevitable, por lo que parecía.

—De acuerdo. —Él se cruzó de brazos, divertido—.

Háblame de esos términos en los que, según tú, tenemos que alcanzar algún tipo de acuerdo.

Porque, si exceptuamos el hecho ineludible de que no sobrevivirías mucho tiempo por aquí sin mí, y que a la vez podrías acabar conmigo en lo que dura un parpadeo, con esa daga tuya… no se me ocurre nada más.

—Eso es porque todavía no te lo he planteado. —Parecía muy avergonzada de hacerlo. Se obligó a mantener la calma y tragó saliva tantas veces, que estuvo a punto de sacudirla para que reaccionara—. En realidad…

—Tienes miedo de hacerlo. ¡Increíble!

—¡Yo nunca he tenido miedo de nada! ¡Jamás en mi vida! —vociferó ella entre dientes—. La riqueza no puede comprar mi favor, MacSween, así que te aconsejo que no te humilles de esa forma tan gratuita intentándolo de nuevo. Lo que quiero de ti no puede comprarse con dinero.

—¿Qué es?

Un escalofrío premonitorio le recorrió la espalda cuando apreció el deseo, vivo y sin disimulos, destellando en los ojos de la joven.

—Tengo que compartir tu lecho. Debemos acostarnos juntos para cumplir el primero de mis objetivos.

Tengo. Debemos.

Parecían las palabras de una condenada a muerte.

Y así era como ella se mostraba ante él. Como si el hecho de hacer realidad todas las fantasías más tórridas que poblaban sus sueños fuera un castigo en lugar de una bendición.

—Eres tú quien ahora lleva las cadenas… —La debilidad lo obligó a sentarse de nuevo, con la mirada perdida, hasta que, poco a poco, las palabras fueron calando en su mente y la ira tomó el relevo—.

Tú no lo deseas más que yo. Prefiero que mi virilidad se marchite y se me caiga.

¡Antes preferiría arrancármela! —estalló—.

En cuanto a esos insultos que encuentras tan dolorosos, ¡si dijese de verdad lo que pienso de ti, abandonarías tu absurdo proyecto y correrías a refugiarte en las faldas de tu madre!

—Por desgracia, no podría hacerlo aunque quisiera.

Parecía dolida por su comportamiento. Humillada en lo más profundo de su ser.

Caelen apretó los dientes. ¡Que el diablo se lo llevara por burlarse así de ella! Nunca había hablado de ese modo a mujer alguna, pero aquella en particular poseía la capacidad de irritarlo más allá de los límites de su paciencia.

—Yo… Lo último que quería era aludir a algún miembro de tu familia. Son inocentes de todo lo que te propones conmigo. Porque sigues proponiéndotelo, ¿verdad? —Desconcertada, ella asintió—. Esa es la razón por la que me has mantenido en tan buen estado de salud…

—Lo que pretendo así lo requiere.

—Como si fuera una especie de semental al que debes seducir para que cumpla tus expectativas en el lecho…

Increíble.

Inconcebible.

Pero real. De hecho, cuando volvió a mirarla, la determinación seguía brillando en sus ojos.

—Eres virgen —concluyó, con un tono más seco del que pretendía. Ella volvió a asentir, enterrando su mirada en el suelo—. Por eso no tienes ni la menor idea de lo que me estás planteando.

—Soy virgen, no ingenua. Sé lo que ocurre entre un hombre y una mujer.

—¿Ah, sí? ¿Acaso te ha besado alguien, por ejemplo?

—¡Por supuesto que sí!

—¿Cómo yo pretendo hacer? Seguro que no…

La deseaba con cada parte de su ser. Había sido así desde que había puesto los ojos sobre ella, para descubrir que la diosa de sus sueños se había convertido en realidad.

«Todavía tienes conciencia. Tu prometida no te la arrebató toda. Y está aquí para recordarte que esa joven es inocente. La malograrías para siempre».

«¿Malograr a una guerrera que me derribó con un certero golpe, que me mantuvo cautivo y que aún, en este momento, pretende seguir imponiéndose sobre mí? Quizá no sea tan mala idea…», respondió a sus propios remordimientos.

Las yemas de los dedos le hormigueaban por la necesidad de hundirlos en aquellos rizos rubios que se habían secado, adquiriendo una textura esponjosa, pero Caelen enlazó las manos a su espalda para contenerse.

—Sigues convencida de que podríamos… ¿Cómo lo llamaste? ¡Ah, sí! Que podríamos copular sin tocarnos —afirmó, con las cejas alzadas.

—Son los besos los que veo innecesarios. Supongo que no tendré más remedio que aceptar el resto como algo imprescindible.

—Así que imprescindible. Que el diablo me lleve…

—En otra circunstancia se habría echado a reír, pero la imagen que Freydis ofrecía, encogida como un pajarillo indefenso, despertó en él algo inesperado que le hizo apiadarse de ella—.

Ahora mismo debería atarte, como me sugeriste no hace mucho.

Pero acabo de descubrir que tú y yo no somos tan diferentes.

—Oh, créeme, escocés endemoniado, lo somos.

—Hay mucho que yo podría compartir contigo, vikinga —le dijo, y comenzó a dibujar círculos lentos sobre su mano con el pulgar.

Ella inspiró con fuerza—. Sí, mucho… para compartir —repitió.

El pulgar resbaló por su mano hasta comenzar a masajear el hueco de su palma—.

Y me parece que tú serías más que receptiva.

Su corazón comenzó a martillear sin control.

Una oleada de calor recorrió su cuerpo, cayendo como una cascada imaginaria hasta los dedos de los pies. Cielos, aquella mujer era mucho más peligrosa de lo que había supuesto en un primer momento, pero no se sentía con fuerzas para rechazarla.

Debía ser ella quien lo rechazara a él. De esa forma, ambos seguirían seguros…

—Vamos a comer, milady . Por favor, toma asiento de nuevo —la invitó, sosteniendo sus dedos helados mientras la acompañaba hasta su asiento.

Ella lo miró con la boca abierta.

—¿Comer?

—Estoy muerto de hambre. Realmente hambriento… Aunque dudo que haya algo que me satisfaga después de lo que me has ofrecido con tanta generosidad.

Freydis no se amilanó. A pesar del rubor de sus mejillas, intentó cerrar los bordes de su manta abierta. Quería protegerse de sus ojos, pero el temblor de sus dedos le confirmó lo que él ya había intuido: planeaba seducirlo, pero no tenía la audacia necesaria para intentarlo.

Si no fuera inocente, no reaccionaría con aquel miedo encubierto cada vez que la provocaba con sus comentarios.

Era virgen, como ella había afirmado.

Pero también estaba bien versada en las sutilezas de la seducción.

Una combinación potente.

—Dime lo que quieres de mí, vikinga —murmuró, cada vez más agotado de luchar contra sus impulsos más primitivos en lo que a ella se refería.

Ella desvió la mirada, pensativa, y aflojó el agarre de la manta. La luz de la fogata encendió el brillo de sus rizos. La piel que la cubría quedó abierta por segunda vez, exponiendo su elegante garganta y las curvas de sus pechos, que se elevaban sobre el borde.

Pechos que aún no conocían el placer del contacto con un hombre.

Su control comenzó a resquebrajarse.

Tenía la boca demasiado seca para hablar, pero aun así tuvo la extraña premonición de que estaba siendo conquistado y no siendo el conquistador.

Y, de pronto, la vio como la había visto en su sueño lascivo, que se había hecho realidad.

No rindiéndose de forma inocente, sino girando en un baile erótico, vistiendo nada más que una tela de seda, etérea y brillante.

Debía detener el curso de sus pensamientos antes de que fuera demasiado tarde.

¡Maldición, lo que debía hacer era alejarse de ella! Dejarla solo en sus sueños. No ceder. Sin importar las ofertas absurdas y provocadoras que pudiera hacerle, no podía doblegarse a la tentación que representaba.

En ese momento, para ser honesto consigo mismo, ese era su mayor temor.

—Lo que quiero es…

—Sí, ya sé lo que quieres —la interrumpió—. Pero es lo que está detrás de tu deseo lo que me intriga.

—No te entiendo.

—He visto tantas batallas como tú has visto días. No estaría aquí contigo si no hubiera aprendido, a una edad muy temprana, a controlar mis instintos. A escucharlos. Y, en este momento, me dicen que tienes más de una razón para desear nuestra unión. —Hizo una pausa—. Para desearme.

—No te deseo.

—¿No? Ven aquí.

—No…

—Ven aquí. —Ella titubeó. Parecía una chiquilla indefensa cuando, al final, se colocó frente a sus rodillas. él se puso en pie. Su dedo resbaló por el mentón de Freydis—. Entonces, ¿por qué tiemblas?

—Porque… tengo frío.

—Eres demasiado mentirosa, incluso para alguien como yo —afirmó él mientras remontaba la línea de su mandíbula con el pulgar.

La muchacha jadeó, y él sonrió.

—Valiente vikinga —murmuró—, no hay ni un hueso frío en tu cuerpo. Te aseguro que, si me hubieras presentado semejante honor en cualquier otro momento, no habría sido necesaria una cadena para retenerme a tu lado.

—¿Ahora sí lo es?

—Lo que es necesario ahora es que conozcas la naturaleza del hombre al que pretendes ofrecerte con tanta despreocupación.

—Pretendía aterrarla para que saliera huyendo, sin importar que sus pies parecían haber echado raíces al suelo—.

Las mujeres no me importan. Ya que presumes de conocer los entresijos del apareamiento humano, te diré que no pienso en ninguna una vez me he acostado con ella. Soy frío, despreocupado…

Nada. Ella seguía mirándolo como si estuviera contándole alguna de sus historias para entretenerla.

—Ahora que sabes que mi interés en ti desaparecerá a la mañana siguiente, ¿todavía deseas que te tome?

Con un suspiro de aparente resignación, ella asintió.

El corazón de Caelen se detuvo.

Dios, ese mal presagio…

—¿Piensas que deseo conservar tu interés, MacSween? Te quieres demasiado a ti mismo. No es tu atención permanente lo que busco, sino un hijo —afirmó ella con determinación—. Quiero un hijo tuyo.