CAPÍTULO 12
Sus ojos la condenaban, pero sus sonrisas le aceleraban el pulso de un modo que la avergonzaba confesar.
Aunque tampoco tenía ninguna necesidad de expresar en voz alta que estaba a punto de perder el control.
Caelen lo sabía sin necesidad de escucharlo, porque era lo mismo que lo llevaba a mantenerla sobre su regazo, en aquella enorme tina llena de agua caliente.
El vapor ascendía en forma de serpenteantes volutas, inundando la habitación, pero ninguno de los dos parecía darse cuenta de aquel pequeño detalle.
Los ojos de ambos estaban engarzados, como si fueran uno solo.
—Sé lo que quieres, lo que necesitas… —La mirada salvaje del escocés brilló con un destello de ternura cuando sacó una mano del agua y abarcó con ella uno de sus pechos desnudos—. Siente mi contacto. Disfruta del goce que ambos nos procuraremos una y otra vez… Hasta que los dos estemos saciados.
—Nunca. —Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, sujetándose al poderoso cuello del escocés con las manos para evitar caerse.
Sus cabellos empapados le hicieron cosquillas en la espalda, sueltos y desmadejados.
Salvajes. Igual que se sentía ella en aquel preciso instante—.
Nunca estaré saciada de ti, mi protector.
Apenas fue consciente de las palabras que ambos habían pronunciado.
Cuando él sustituyó su mano por la boca y capturó uno de sus pezones para jugar con él, el cuerpo de la vikinga comenzó a moverse por iniciativa propia.
Se dejó guiar por aquellos dedos, clavados en la tierna carne de sus caderas, que la empujaban hacia abajo, y asintió.
Ella también necesitaba sentirlo en toda su enormidad. Ansiaba dominarlo, pero también ser dominada en la danza más antigua del mundo. En un apareamiento único, que la llevaría de nuevo al éxtasis.
—Ahora puedo ponerte nombre. Al fin —murmuró cuando la erección masculina se acopló entre sus muslos y ella comenzó a restregarse.
Como si supiera lo que tenía que hacer. Como si aquel fuera su lugar natural en el mundo.
Los ojos grises se velaron por la pasión, mientras sus caderas se sumergían por completo en aquella suave cadencia—.
Eres mi protector. El hombre que no me dejó morir…
—Mientras estés conmigo, así será. —Él la alzó con un gruñido insatisfecho y después la dejó caer sobre su miembro hinchado.
Poco a poco, hasta acabar por completo en su interior.
Freydis se quedó inmóvil un momento eterno, con el rostro alzado hacia el techo, como si la luz del día pudiera bañar su expresión de completo éxtasis al sentirse llena, plena—.
Yo seré tu guía, mi pequeño rayo de luz…
¡Un momento!
«¿Mi pequeño rayo de luz?».
¿Por qué aquella expresión le oprimía el pecho con una urgencia desconocida? ¿Por qué la impulsaba a ir más allá, aunque supiera que no iba a gustarle lo que encontrara?
¿Por qué…?
Cuando abrió los ojos, todavía tenía la respiración entrecortada.
Estaba excitada. Tanto, que tardó en comprender que el sueño que lo había causado acababa de escapársele de entre los dedos. A cambio, un agradable calorcillo le entumecía los músculos. Además, el aroma a comida le hizo darse cuenta de lo hambrienta que estaba.
En cuanto parpadeó para aclarar la vista, comprobó que se encontraba en un lugar completamente desconocido para ella. Una figura masculina se hallaba acuclillada junto al fuego de la chimenea, maniobrando con algo demasiado parecido a un animal asándose poco a poco.
Su magnífica espalda se hallaba desnuda. El pelo negro le caía por los hombros y sus músculos se remarcaban a cada movimiento, por leve que este fuera. Ella se encontró observando absorta cada detalle de él. Incluso la estrechez de aquellas caderas.
Las mismas que acababa de acariciar en la tina de su sueño.
Aunque el hormigueo de sus dedos era bien real, igual que la sensación de sentirse protegida, a pesar de no llevar nada encima, si exceptuaba una piel raída que la cubría hasta la barbilla.
—Estoy… desnuda —afirmó con la voz ronca—. Y no me refiero solo a mis ropas…
—Estás viva. —Caelen se giró hacia ella. Las llamas parecieron brillar en sus tormentosos ojos cuando decidió obsequiarla con una sonrisa torcida llena de superioridad—. Lo demás tendrá arreglo en cuanto tu indumentaria termine de secarse.
Entonces todo acudió a su mente en tropel. La escaramuza inesperada. Sus hombres, luchando igual que el que tenía delante por su supervivencia. Olvidándose de quién era el prisionero y quiénes sus carceleros. El grito de Sigrún, empujándola a ponerse a salvo.
Rurik, subiéndola a aquel caballo en contra de su voluntad para envolverla en un galope mortal.
Y el escocés, persiguiéndola. Llamándola.
Salvándola en aquel río que pudo suponer su fin.
Acababa de escapar de las garras de la muerte, pero sus ojos se movieron con rapidez por toda la estancia, en busca de algo con lo que poder defenderse del que se había convertido en su captor.
Aunque…
—Tienes una herida en la pierna —dijo, señalando el precario vendaje que le cubría parte del muslo—. ¿Quién…?
—Tu conciencia puede estar tranquila, vikinga. Ninguno de los tuyos es tan estúpido como para atentar contra mí cuando yo os cubro las espaldas. Fue el acero de uno de esos sucios escoceses el que logró alcanzarme, y de nuevo por una distracción que tuvo que ver contigo.
Era un alivio…
¿Sí? Freydis frunció el ceño. Sin duda, esa preocupación ridícula tenía que ver con su confusión y su debilidad.
—Ahí hay una cuerda —musitó, cuando vio una bien gruesa, enrollada en una de las esquinas.
—Y aquí tengo tu puñal. —Él se lo mostró como si se tratara de una cuchara de madera con la que remover el guiso—. Perdona que te lo haya cogido sin tu permiso, pero estabas inconsciente. A mi merced. Igual que el delicioso conejo que tengo entre manos y que estoy a punto de compartir contigo.
—No me has atado.
—Ni te he degollado, cierto.
—¿Cómo me has…?
—¿Salvado? Me tiré al agua a por ti, y Dios decidió que no había llegado la hora de ninguno de los dos —reconoció con un encogimiento de hombros, al tiempo que se dirigía hacia la mesa—. Solo he podido encontrar dos escudillas que he lavado a conciencia.
—Cómo me has desnudado, escocés. A eso me refería.
—Ah… Bueno, esperaba no tener que explicarte el proceso. La verdad, me ha resultado un poco bochornoso verte en paños menores cuando hace tan solo unas semanas eras tú quien me contemplabas como mi madre me trajo al mundo, pero consideré que era de justicia que pasaras por lo mismo que yo.
Conforme iba recuperando sus reflejos, su ceño se fruncía cada vez más.
—Estás bromeando —aventuró.
En lugar de replicarle con la rapidez y la agudeza acostumbradas, Caelen se molestó en observarla con detenimiento. Sin la furia que su presencia le había provocado en otras ocasiones.
—Eres una guerrera, sin duda —afirmó, acercándose a ella hasta que sus rodillas chocaron con el borde del jergón—. Pero también una mujer. Una muy hermosa.
Bajo aquella mirada intensa, Freydis fue consciente de que el fuego de la chimenea destacaba sus curvas bajo aquella manta, demasiado fina para su gusto, y doraba los rizos de su cabello.
Mi pequeño rayo de luz.
—¿Por qué no has acabado conmigo? —preguntó, con la garganta seca—. ¿Por qué no te has marchado de vuelta a tu hogar?
—Porque no pienso dejar que una mujer, por muy vikinga que sea, se salga con la suya. Aunque, si tú opinas lo contrario, adelante. —Ante sus asombrados ojos, él le cedió el puñal y apoyó la punta en su propio pecho—. Puedes hundirlo a poco que te esfuerces.
—Te apartarás.
—No lo haré.
Sus manos aferraron el mango con decisión. La misma que oscureció el gris de los ojos de Caelen.
Maldito fuera por siempre. No tenía la menor idea de dónde se encontraba. Y tampoco la menor intención de matarlo.
Estaba destinado a otro tipo de suplicio. El destino le acababa de ofrecer una ocasión única para comenzar a ponerlo en práctica.
—Tienes razón. Terminar con tu miserable vida sería el equivalente a arriesgar la mía —siseó—. Aunque te agradecería que me devolvieras mi arma.
—Me parece un trato justo. Tú tienes el cuchillo contigo, y yo el conocimiento del terreno para que puedas salir de aquí con vida. Aunque siento curiosidad por saber cómo me lo agradecerás… ¿Más o menos que haberte sacado de aquellas corrientes?
—Digamos que ambas cosas van a la par.
—Me alegro, porque pienso añadirlo a la lista de todo lo que me debes. Ahora come. Supongo que tendrás hambre.
¿Hambre? Estaba tan famélica que descuidó su propia seguridad y utilizó la daga para cortar unos cuantos trozos de conejo que engulló. Por unos momentos, se olvidó de todo menos de lo que tenía en la mesa. Bebió el vino a pequeños sorbos, hasta que su sed también estuvo saciada.
Hasta que se dio cuenta de que él se limitaba a mirarla en silencio.
—No has comido nada —le dijo—. ¿Es que no aprecias los manjares que tú mismo nos has procurado?
—Son, sin duda, la mejor vista que he tenido en la vida, muchacha —la interrumpió él con la voz ronca, mientras dejaba resbalar su mirada por todo su cuerpo. Después se cruzó de brazos—. De todos modos, tengo una buena razón para abstenerme de estas delicadezas por el momento.
—¿El vino que me has servido, y que probablemente has robado a algún pobre campesino de tu misma sangre escocesa?
—La curiosidad insatisfecha. Aunque el vino lo pagué.
—¿Con qué?
—Con esto. —Sin moverse del sitio, Caelen sacó una moneda de oro que dejó sobre la mesa. Ella palideció—. Veo que la reconoces. Es muy parecida a la que tienes en el hombro.
—¿El… hombro?
Parecía que había ingerido algún brebaje de Sigrún, a juzgar por la lentitud con la que fue capaz de mirarse.
La manta se había deslizado hasta su brazo, dejando a la vista el tatuaje de la Estirpe. Aunque ya lo había visto antes, claro. Cuando la desnudaba…
—¿Dónde? —preguntó con la voz estrangulada cuando consiguió reaccionar a tiempo y abalanzarse sobre la moneda—. ¿Dónde tienes el resto?
—¿Las quieres? —Él hizo el mismo movimiento, hasta que sus rostros casi se tocaron—. Puedo ofrecerte mucho más. Joyas inimaginables, una indumentaria digna de una reina…
Freydis ahogó un gemido. Él pensaba que su interés estaba basado en la codicia y la ambición. Incluso en la vanidad femenina.
¡Qué iluso!
—Las baratijas no podrán comprar tu libertad —afirmó, fingiendo indiferencia cuando retrocedió—. Si has acabado con los míos…
—Fueron los otros guerreros los que portaban más como estas —le informó sin dudar—. En cuanto a los tuyos, no sé nada de ellos desde que decidí salvarte la vida.
Podrían haber muerto. Rurik podría haber muerto.
Su único amigo. Su mejor apoyo.
Igual que Sigrún.
Y, en ese caso, se hallaría sola con el escocés.
El hombre que había descubierto su tatuaje. ¿De qué más se habría percatado? ¿La prenda vaporosa que le había entregado la vieja curandera habría sobrevivido al desastre? ¿La pócima que había tomado justo aquel día seguiría surtiendo efecto?
—No soy tan estúpida como para considerarme tu carcelera, aunque mantenga la daga en mi poder —reconoció con aplomo, mientras recorría la estancia con el mayor disimulo posible.
Si él había descubierto aquel trozo de gasa…
—. Solo necesito saber qué ha ocurrido con mi gente, del mismo modo que tú has conocido el destino de aquellos que te acompañaron.
—¿Y eso por qué? ¿Temes encontrarte a solas conmigo el tiempo suficiente como para que ambos reconozcamos nuestras respectivas intimidades y deseos?
—Sus ojos se estrecharon con suspicacia—.
A mí no me engañas. Desde el principio has mostrado un interés en mí que va más allá de lo que sea que tu cabeza haya planeado.
—Te equivocas. —Indignada, se puso en pie de un salto, cuidando que la manta siguiera en su lugar, y rodeó la mesa hasta estar a su altura—. Mi interés por ti tiene que ver con mi… misión.
—¿La que te han encomendado otros? ¿O la que de verdad te mueve?
Con una lenta sonrisa que pretendía ser insinuante, ella ladeó la cabeza.
—¿Tanta diferencia crees que hay entre una y otra? —preguntó melosa.
Incluso se atrevió a dejar que la yema de su dedo descendiera por el centro del pecho desnudo, en un arranque de valentía. Si debía avanzar en sus intenciones ocultas con respecto a él, cuanto antes lo hiciera, mejor.
Sus ojos capturaron la mirada sorprendida del escocés. Escuchó cómo contenía la respiración, pero, antes de que pudiera alcanzar su objetivo, él atrapó su muñeca y la sostuvo en alto.
—No sabes lo que estás haciendo —afirmó.
Freydis se sacudió con un jadeo ahogado.
¿Qué era aquella corriente de calor que avanzaba por su brazo y se extendía por todo su cuerpo? No fue capaz de pensarlo siquiera. Mientras la mantenía cerca, la obligó a abrir la palma para recorrerla con su dedo a conciencia.
El calor se convirtió en miles de llamas que comenzaron a calcinarla por dentro.
—Sí. Lo sé. Por eso deberíamos seguir negociando.
—¿Negociar? ¿Algo que te hace sonrojarte?
Sus labios se torcieron en una sonrisa segura. La sonrisa de alguien que conocía el tema que ella quería tratar, y que se burlaba.
Tal vez no fuera tan buena idea lanzarse en aquel momento de total vulnerabilidad, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.
La cabaña les ofrecía intimidad.
Tendría que bastarle para conseguir lo que se proponía en el menor tiempo posible. Sin sus hombres para protegerla. Sin Sigrún para aconsejarla.
Solo ella… Y aquel escocés que comenzaba a apropiarse de cada uno de sus pensamientos sin su permiso.